“Ve más despacio o se dará cuenta”, suplicó con suspiros ahogados y la mirada perdida.

“Ve más despacio o se dará cuenta”, suplicó con suspiros ahogados y la mirada perdida.

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La Hacienda de Fuego

(Capítulo I: La primera tarde)

—Ve más despacio o se dará cuenta —suplicó, con suspiros ahogados y la mirada perdida.

Pero esa súplica aún no existía aquella tarde de calor sofocante en la hacienda de Oaxaca, cuando el sol mexicano caía implacable sobre los campos de agave, haciendo brillar las pencas azuladas como esmeraldas bajo la luz intensa. El aire olía a tierra seca, mezclado con el aroma dulce de las flores de bugambilia que trepaban por los muros encalados. En ese paisaje inmóvil, como detenido por el peso del mediodía, el destino de Sofía quedó sellado sin que ella lo supiera. Porque sus ojos se posaron por primera vez sobre Mateo con una hambre que ninguna oración al padre Vicente podría aplacar, ni todos los rosarios del mundo podrían extinguir.

Sofía había llegado desde Ciudad de México apenas tres semanas atrás, en un carruaje elegante tirado por cuatro caballos andaluces blancos. El vehículo iba cargado con baúles repletos de vestidos de seda y encajes importados desde París, sombrillas de marfil, zapatos de satén, joyas que su padre, un comerciante rico, le había dado como dote generosa. Era la flamante esposa del coronel don Francisco Mendoza y Herrera, un hombre de cuarenta y siete años que poseía una hacienda enorme de más de dos mil hectáreas, dedicada principalmente al cultivo del agave para mezcal, que exportaba en barricas de roble hasta España y Francia, donde era apreciado en los salones aristocráticos.

Era su tercer matrimonio. Después de enviudar dos veces de esposas que habían muerto en partos difíciles, don Francisco necesitaba desesperadamente una esposa joven que le diera un heredero varón, alguien que pudiera continuar su imperio comercial. Su edad avanzada hacía cada vez menos probable conseguirlo de forma natural, y cada año sentía más cerca el peso del tiempo.

Sofía tenía apenas veintiún años recién cumplidos cuando llegó a la hacienda como nueva señora de la casa. Había aceptado el matrimonio arreglado por su padre, don Arturo Ramírez, un próspero comerciante de la capital que, sin embargo, necesitaba conexiones políticas y comerciales con los grandes hacendados del sur para expandir sus negocios de importación. El matrimonio, como tantos otros, había sido una transacción comercial disfrazada de unión romántica, en una época en que las mujeres eran moneda de cambio entre familias ambiciosas.

Sofía era una mujer de belleza delicada y etérea, la clase de rostro que hacía voltear cabezas en las calles adoquinadas de la ciudad. Su cuerpo era esbelto, con una cintura tan diminuta que podía abarcarse con dos manos masculinas: apenas cincuenta y cinco centímetros que los corsés ajustados enfatizaban de forma dramática. Sus caderas, suaves, parecían aún en transición hacia la plenitud de la madurez; había pasado su adolescencia en un convento donde la dieta era estricta y el ejercicio limitado. Sus senos, pequeños pero perfectamente formados, se insinuaban bajo las blusas de encaje fino. Tenía las piernas largas y delgadas, los brazos delicados, la piel blanca como porcelana que el sol de Oaxaca amenazaba constantemente con broncear a pesar de las sombrillas perpetuas y los polvos de arroz que aplicaba cada mañana frente al espejo.

Su cabello castaño oscuro, con reflejos cobrizos, brillaba cuando la luz lo alcanzaba. De noche lo soltaba y caía en ondas gruesas hasta media espalda; de día lo llevaba recogido en moños elaborados adornados con peinetas de carey y perlas. Sus ojos, color miel oscura, casi ámbar, miraban el mundo con una mezcla desconcertante de inocencia virginal y curiosidad ardiente, esa curiosidad que ni cinco años de educación represiva con las carmelitas habían logrado extinguir del todo. Sus labios, carnosos, de un rosa natural, los mordía inconscientemente cuando estaba nerviosa o pensativa. El rostro de facciones delicadas, pómulos altos, nariz pequeña y respingada, mentón suave, se coronaba con un cuello largo y elegante que las monjas señalaban constantemente como signo de “buena crianza”.

El matrimonio sin fuego

La noche de bodas había sido un desastre absoluto, a pesar de la pompa con que se celebró el enlace en la catedral de Ciudad de México, ante cuatrocientos invitados de la alta sociedad. Don Francisco, aunque intentaba valientemente cumplir sus deberes conyugales, sufría de dificultades propias de su edad y de décadas de excesos con alcohol y prostitutas, que habían debilitado su vigor masculino.

Sus intentos eran dolorosamente breves, duraban apenas unos minutos, y eran mecánicos, sin preámbulo romántico ni ternura alguna. La montaba como se monta un caballo en el establo, descargaba rápidamente y se volvía hacia su lado de la cama, cayendo inmediato en un sueño roncante que hacía temblar los vidrios, dejando a Sofía confundida y profundamente frustrada, sin entender qué se suponía que debía sentir durante el acto marital.

Las monjas le habían enseñado, durante la preparación para el matrimonio, que el acto carnal era un deber doloroso y desagradable, que las mujeres virtuosas soportaban estoicamente para dar hijos a sus esposos y cumplir el mandato divino de la procreación. Le habían repetido que el placer físico era pecado, que sólo los hombres depravados y las mujeres de mala vida buscaban gozo en ello. Que ella debía cerrar los ojos y rezar Avemarías en silencio mientras su marido cumplía sus necesidades.

Pero había algo, muy hondo, que le decía que debía haber más que eso. Sentía una inquietud constante en el cuerpo, especialmente ese calor líquido e incómodo entre sus piernas que no entendía ni sabía cómo aliviar. Pensamientos vagos pero insistentes la acechaban durante las horas solitarias, cuando su esposo roncaba en un cuarto aparte después de sus torpes intentos. Soñaba con ser tocada de formas que no podía nombrar, con manos que exploraran su cuerpo con más paciencia y cuidado del que Francisco mostraba jamás. Despertaba empapada en sudor, agitada, sin comprender del todo qué significaban esas sensaciones nocturnas.

Don Francisco pasaba la mayor parte de su tiempo supervisando personalmente la producción en los campos de agave, donde cientos de jornaleros trabajaban bajo el sol brutal, o en el pueblo de Oaxaca arreglando negocios con comerciantes y funcionarios corruptos. A menudo se ausentaba semanas enteras, viajando hasta el puerto de Veracruz para supervisar los embarques europeos, dejando a Sofía sola en aquella hacienda inmensa que parecía tragársela con sus corredores interminables y cuartos vacíos.

Sus únicas compañías eran las criadas zapotecas, que hablaban un español áspero, difícil de entender, y la miraban con una mezcla de lástima por su soledad evidente y de curiosidad por aquella joven señora de ciudad que no sabía cómo manejar la vida en una hacienda remota.

Sofía vagaba sin rumbo por los corredores amplios de la casa colonial, con sus arcos moriscos y azulejos de Talavera importados desde Puebla. Pasaba horas mirando por las ventanas hacia los patios interiores, donde las fuentes de cantera no dejaban de murmurar. Intentaba leer novelas románticas francesas que había traído escondidas, porque las monjas las consideraban literatura peligrosa que llenaba la cabeza de ideas inadecuadas. Pero ni siquiera las aventuras ficticias de heroínas apasionadas lograban distraerla del peso del aburrimiento y de algo más oscuro: un deseo sin nombre que crecía dentro de ella como una planta trepadora, enredándose en cada parte de su cuerpo, haciéndola sentir inquieta, ansiosa, como si la piel le quedara pequeña.

El carpintero mulato

Fue durante uno de esos días interminables, cuando la primavera mexicana llenaba los jardines de explosiones de color, que reparó por primera vez de verdad en Mateo. No como una silueta más en el paisaje de sirvientes, sino como un hombre.

Mateo era un esclavo mulato de veintiocho años que trabajaba como carpintero maestro de la hacienda. Se encargaba de reparar muebles antiguos, puertas, vigas, todas las estructuras de madera de la casa que el clima húmedo deterioraba sin descanso. Era hijo de una esclava africana, Yara, traída desde Cuba en un barco negrero, y de un capataz español llamado Miguel Torres, que nunca lo había reconocido oficialmente como hijo, aunque todos sabían la verdad: los ojos color avellana claro del muchacho eran el espejo exacto de los de Miguel.

Antes de morir en un accidente absurdo con un caballo, el capataz había enseñado en secreto a Mateo el oficio de la carpintería fina, como una forma torpe de expiar su culpa. El joven había heredado la estatura alta de su padre —rozaba el metro noventa— y la fortaleza de su madre africana. Su cuerpo, moldeado por años de trabajo físico, era el de un atleta: hombros muy anchos que se afinaban hacia una cintura estrecha, brazos musculosos donde cada fibra se marcaba bajo la piel, un pecho amplio, un abdomen plano y firme. Sus piernas, largas y poderosas, hablaban de jornadas enteras bajo el sol cargando maderas pesadas.

Su piel era de un color caramelo oscuro, punto perfecto entre el ébano de su madre y la oliva mediterránea de su padre. Brillaba de sudor cuando trabajaba al mediodía, haciéndolo parecer una escultura de bronce cobrando vida. El rostro combinaba rasgos marcados y armoniosos: mandíbula cuadrada cubierta por una barba corta, labios llenos, nariz proporcionada, pómulos altos, ojos avellana casi dorados que, bajo la luz, parecían sostener brasas. Llevaba el cabello negro, muy rizado, cortado casi al ras en los lados, un poco más largo arriba.

Las manos de Mateo eran grandes, con dedos largos, manchadas de polvo de madera y cicatrices, pero increíblemente precisas cuando una gubia tallaba una flor o un motivo en la madera.

Sofía lo había visto antes, de pasada, desde las ventanas de su cuarto que daban al patio principal. Lo había registrado apenas como parte de aquel mundo ajeno. Pero poco a poco, casi sin darse cuenta, había comenzado a observarlo con más atención.

Veía cómo sus músculos dorsales se contraían bajo la camisa de manta cuando cepillaba una tabla. Cómo el sudor descendía por las líneas de su espalda. Cómo se movía con una gracia felina a pesar de su tamaño, como los grandes felinos de las ilustraciones de África que había admirado de niña. Cómo, de vez en cuando, se limpiaba la frente con el antebrazo, dejando al descubierto más piel, más ancho de pecho, más contornos.

Empezó a buscar excusas para estar cerca de donde él trabajaba. Salía al corredor con un bastidor de bordado y fingía coser mientras lo miraba por encima de la tela. Bajaba a “revisar las flores” justo cuando él reparaba los bancos de cedro del jardín. Se demoraba en el comedor “eligiendo fruta” cuando él estaba agachado arreglando la pata de una silla antigua.

Sus ojos lo seguían con una fascinación creciente que empezaba a preocuparla. Sabía, en algún lugar de su conciencia, que no estaba bien que la esposa del amo observara a un esclavo de esa manera. Pero cuanto más intentaba reprimirlo, más insistente se volvía aquello que ardía bajo su piel.

La ventana rota

Una tarde particularmente calurosa de mayo, cuando el termómetro parecía haber enloquecido y la hacienda entera se adormecía bajo la siesta, Sofía intentaba dormir en su cama de dosel. El aire no corría; ni siquiera las cortinas de gasa se movían. Vestía sólo un camisón de algodón, porque el corsé era una tortura en ese calor.

Notó entonces que la gran ventana de su habitación, la que daba al corredor exterior, no cerraba bien. El pestillo de bronce se había aflojado del marco de madera y colgaba, inútil. Por ahí entraba polvo, ruido y, lo peor, la sensación constante de desorden.

Lo normal habría sido tirar de la campanilla y ordenar a una criada que llamara al carpintero. Eso habrían esperado las reglas de la casa, las normas de decoro. Pero un impulso súbito, que no quiso analizar, la hizo levantarse, ponerse un vestido ligero color crema, sin corsé, soltarse un poco el cabello —que cayó en ondas sobre sus hombros— y salir en busca de Mateo personalmente.

El taller de carpintería estaba en la parte trasera de la hacienda, lejos de las miradas. Era un edificio de adobe, rectangular, con techo de tejas rojas y olor a madera recién cortada, aceite y sudor. La puerta estaba abierta para permitir que corriera algo de aire.

Él estaba inclinado sobre una mesa de trabajo, puliendo la superficie de una puerta de cedro. La espalda desnuda —se había quitado la camisa por el calor— se movía al ritmo de los brazos. El sudor le brillaba como una película fina; los músculos se marcaban al compás del esfuerzo.

—Mateo —dijo Sofía.

Intentó que su voz sonara firme, como correspondía a la señora de la casa, pero se le quebró un poco.

Él se irguió de golpe. Se giró. Sus ojos se abrieron un instante con una alarma que rápidamente controló. Bajó la mirada hacia el suelo, como mandaba la costumbre.

—Señora Sofía —dijo, inclinando la cabeza—. ¿En qué puedo servirle? Si necesitaba de mí, debió mandar una criada con un recado. No es apropiado que usted venga hasta aquí sola.

Su voz era profunda, con un castellano perfecto y, a la vez, una cadencia distinta, herencia de la lengua de su madre.

Sofía, al verlo tan cerca, sintió cómo el corazón le golpeaba en el pecho. Incluso la vergüenza de estar allí, transgrediendo normas que le habían repetido toda la vida, se mezclaba con una excitación que no pretendía nombrar.

—La ventana de mi cuarto no cierra —explicó, esforzándose por sonar indiferente—. El pestillo está roto. Necesito que lo arregles antes de que mi esposo regrese y note el problema.

Mateo alzó la vista un segundo, y en ese segundo ella vio algo que la dejó sin respiración: reconocimiento. No como señora, sino como mujer. Una conciencia aguda de ella, un destello de deseo cuidadosamente reprimido. Era el espejo exacto de lo que ardía en ella.

—Por supuesto, señora —respondió—. Buscaré mis herramientas y subiré enseguida.

Mientras subían por la escalera de cantera hacia la planta alta, Sofía caminaba delante, sintiendo detrás la presencia de él; el sonido de sus pasos, el calor que despedía su cuerpo, el olor a madera y sudor que la envolvía. Cada sentido estaba alerta.

Una vez dentro del cuarto, con la puerta cerrada, el silencio cayó como una losa. Mateo se dirigió recto a la ventana, dejando la caja de herramientas en el suelo. Examinó el pestillo, sacó un destornillador; sus manos, grandes, se movían con seguridad.

Sofía no se retiró a la sala contigua ni fingió ocuparse de otra cosa. Se sentó en el borde de la cama, las manos juntas, la respiración acelerada. Observaba cómo los músculos de sus brazos se flexionaban al girar el destornillador; cómo la piel, brillante, se contraía con cada movimiento.

Sin darse cuenta, había dejado de ver la ventana. Lo veía sólo a él.

Preguntas peligrosas

—Mateo —dijo de pronto, sin pensarlo demasiado—, ¿tienes esposa? ¿Alguna mujer… con quien compartas tu vida?

Él se detuvo un instante, con el tornillo a medio sacar. Luego continuó, como si nada, pero su voz cambió.

—No, señora —respondió—. El coronel no permite que los esclavos nos casemos en la iglesia. Algunos viven juntos en los bohíos, como pueden. Yo he preferido estar solo.

Sofía sintió un alivio extraño y culpable.

—¿Y no te sientes… solo? —insistió—. Sin compañía. Sin… intimidad.

Mateo dejó por fin las herramientas. Se giró hacia ella. Apoyó la espalda en la pared junto a la ventana, como si necesitara algo sólido detrás.

—Señora Sofía —dijo despacio—, esas son preguntas muy personales que usted no debería hacerle a un esclavo. Y mucho menos aquí, en su cuarto, estando solos. Si alguien nos oye, si alguien nos ve…

—No hay nadie —lo interrumpió ella, con una seguridad que era medio verdad, medio deseo—. Las criadas están en la cocina. Mi esposo no volverá en días. Estamos solos, Mateo. Respóndeme.

Él la miró largo rato. Sus ojos, normalmente contenidos, ahora le devolvían un torbellino.

—Sí —admitió al fin—. Me siento solo. De una forma que tal vez usted no pueda comprender. Pero es el precio que pago por no encariñarme con nadie. Aquí no somos dueños de nuestro destino. Hoy estás, mañana te venden. Es más fácil acostumbrarse a la soledad que a que te arranquen a quien amas.

Sofía se levantó de la cama. El corazón le retumbaba en los oídos. Dio un paso hacia él. Luego otro.

—¿Y qué hay de… lo que no promete futuro? —dijo casi en un susurro—. De los momentos que sólo son eso: momentos. Sin dar ni pedir nada más.

Mateo retrocedió instintivamente hasta chocar con la pared. Sus manos se tensaron a los lados del cuerpo.

—Señora, está jugando con fuego —dijo, con la respiración agitada—. Un fuego que nos quemará a los dos. Si alguien nos ve, si alguien sospecha, me matarán a golpes. Y a usted… su esposo podría encerrarla en un convento, para siempre.

Sofía alzó la mano, temblorosa, y la posó sobre el pecho desnudo de él. Sintió el corazón latiendo bajo esa piel caliente, veloz como un caballo desbocado.

—Entonces tendremos que asegurarnos —susurró— de que nadie lo sepa nunca. Por favor, Mateo. Enséñame lo que mi cuerpo lleva semanas pidiéndome y yo no sé ni cómo nombrar.

Él cerró los ojos con fuerza, como si esa súplica fuera un golpe. Pareció debatirse consigo mismo, como un hombre que lucha contra una corriente poderosa. Sus labios se apretaron.

Al final, algo cedió.

Tomó su mano entre sus dedos oscuros y la apretó contra su propio pecho.

—Que Dios y los santos nos perdonen, señora —murmuró—. Porque si alguien se entera de lo que vamos a hacer, estaremos condenados.

El fruto prohibido

La besó.

No fue un beso ceremonioso ni distante, como el que le había dado su esposo en la catedral. Fue un beso urgente, vivo. Sus labios, cálidos, se movieron sobre los de ella con una mezcla de hambre contenida y cuidado. La lengua de él buscó la suya, explorándola con una maestría que la mareó. Sofía sintió las piernas flojas, un vértigo dulce que nunca había conocido.

Las manos de Mateo la sujetaron por la cintura, firmes, como si temiera que se desvaneciera. Mientras la besaba, fue desabotonando el vestido de algodón. Cada botón que se abría era un paso más allá de lo permitido, y ella, en lugar de detenerlo, levantaba apenas los brazos para facilitarle la tarea.

El vestido cayó al suelo con un susurro. El aire caliente de la tarde acarició su piel, cubierta apenas por el camisón ligero. Los ojos de Mateo la recorrieron con una mezcla de reverencia y dolor.

—Es usted… más hermosa de lo que jamás me permití imaginar —dijo, la voz ronca.

La ayudó a deshacerse de las últimas prendas, y por primera vez en su vida Sofía se supo desnuda ante unos ojos masculinos que la miraban de verdad. No había prisa grosera, ni indiferencia, ni deber: había atención.

Él la tomó en brazos, como si no pesara nada, y la depositó sobre la cama de dosel, cuidando de no golpear su cabeza con la columna de madera. Se inclinó sobre ella, besándole el cuello, los hombros, las clavículas. Su boca descendió a los senos, rodeando los pezones con la lengua hasta hacerlos endurecer. Sofía arqueó la espalda sin poder evitarlo, un gemido escapó de su garganta.

Las monjas nunca habían hablado de nada parecido.

La boca de Mateo siguió bajando, lenta, torturadora, besando su vientre, deteniéndose en el ombligo. Cuando por fin llegó entre sus muslos, Sofía lo miró con sobresalto, sin entender qué pretendía. Entonces él la sostuvo suavemente, separándole las piernas, y posó la boca allí, donde toda su educación le había dicho que era vergonzoso incluso pensar.

El grito, afilado, le subió a la garganta, pero ella lo mordió a medias, ahogándolo en la almohada. Nunca, en todas sus noches de soledad, había imaginado que era posible sentir semejante oleada de placer. Cada movimiento de esa lengua parecía encender alguna fibra desconocida. El calor que llevaba semanas torturándola ahora encontraba un cauce, una dirección, hasta que, de pronto, todo se tensó y se deshizo en un espasmo que la dejó temblando de pies a cabeza.

Cuando abrió los ojos, con la respiración todavía entrecortada, lo vio de pie junto a la cama, desabrochándose los pantalones. No apartó la mirada. Nunca había visto desnudo a un hombre de verdad: a su esposo lo conocía sólo de sombras, de roces fugaces en la oscuridad.

Lo que vio la sorprendió y asustó a la vez.

—Eso… no puede caber —susurró, con la cara encendida—. Es demasiado grande.

Él sonrió, y la sonrisa, por primera vez, no fue una sonrisa de esclavo resignado, sino de hombre.

—Iremos despacio —prometió—. Si le duele demasiado, me detengo. Se lo juro.

Subió a la cama, cubriéndola con su sombra. Se apoyó con los antebrazos a ambos lados de su cabeza, cuidando de no aplastarla. Ella sintió la punta de su miembro buscando la entrada, y todo su cuerpo se tensó.

—Por favor, Mateo… despacio —jadeó—. Si no, mi esposo se dará cuenta cuando vuelva…

Él entendió, aunque no todas las palabras. Entró en ella con una lentitud casi dolorosa. Hubo un momento de quemazón aguda, como si su cuerpo se rompiera, pero también un sentimiento profundo de plenitud, como si al fin ese vacío que tanto la perturbaba hubiera encontrado su llenura.

Se detuvo cuando estuvo hondo en ella, respirando con dificultad.

—¿Está bien? —preguntó—. ¿Quiere que pare?

Sofía, para sorpresa de ambos, movió las caderas. Fue un movimiento tímido, pero bastó para que la fricción la hiciera gemir.

—No —dijo—. No pares… sólo más despacio. Que nadie nos escuche.

Él obedeció. Estableció un ritmo lento, controlado, como si cada embestida estuviera medida. No había golpes torpes, ni respiración de borracho encima; había un vaivén profundo que la llenaba y la vaciaba alternadamente, despertando sensaciones desconocidas.

Ella se agarró a sus hombros, a su espalda, a donde pudo. Clavó las uñas en esa carne tensa cuando otra oleada la arrasó. Esta vez el placer fue más largo, una marea que subía y bajaba hasta dejarla exhausta. Mateo, sintiendo cómo ella lo rodeaba y apretaba, no pudo contenerse mucho más. Se tensó, enterrado hasta el fondo, y descargó con un gemido ahogado contra su cuello.

Durante un momento, la hacienda entera pareció callarse. No hubo más sonido que el de sus respiraciones entrecortadas.

Luego, la realidad se coló de nuevo por la ventana recién reparada.

Un antes y un después

Mateo fue el primero en reaccionar. Se apartó con cuidado, se levantó de la cama y empezó a vestirse de prisa, con las manos temblándole. Cada botón abrochado era, a la vez, un regreso a la realidad y un intento desesperado de negar lo que acababa de ocurrir.

—Lo que hemos hecho —dijo, sin mirarla— es una locura, señora. Si alguien lo supiera… si alguien lo intuyera… esto no puede repetirse. Nunca.

Sofía, todavía envuelta en las sábanas de seda, con el cuerpo aliviado y a la vez consciente de una nueva hambre, lo miró como si estuviera oyendo hablar a un extraño.

—No te lo puedo prometer —murmuró—. No ahora que sé qué es lo que mi cuerpo pedía. ¿Cómo voy a soportar otra vez a mi esposo… como antes? Tú has abierto una puerta, Mateo. Y no sé cómo cerrarla.

Él se abrochó la camisa hasta arriba, recogió sus herramientas, se acercó a la ventana y comprobó que el pestillo encajaba ahora con firmeza. Miró hacia el corredor, aseguró que no hubiera nadie, y luego se giró una última vez hacia ella.

—Entonces, si es inevitable —dijo, apagado—, tendremos que ser más cuidadosos que nadie en esta tierra. Porque cada vez que vuelva a tocarla, señora, estaremos jugando con mi vida. La suya, al menos, vale algo a ojos de esta sociedad. La mía no.

Abrió la puerta, salió al corredor y la cerró tras de sí con un clic suave.

Sofía quedó sola en la habitación, aún oliendo a sudor, a madera, a algo nuevo que no sabía si llamar pecado o despertar. Se recostó de espaldas, mirando al dosel, sintiendo todavía el eco de su cuerpo vibrando.

Sabía que su vida había cambiado para siempre aquella tarde calcinante en la hacienda de Oaxaca. Que ya no era la muchacha que llegó en un carruaje de cuatro caballos, con baúles llenos de encajes y novelas francesas. Ahora era una mujer que conocía el fruto prohibido.

Y en una tierra de jerarquías rígidas, de hombres como su esposo, de esclavos como Mateo, las historias en que una señora y un esclavo se buscaban a escondidas casi siempre terminaban en tragedia.

Pero esa certeza, todavía, no era suficiente para apagar el fuego que le ardía en la sangre.

Su destino estaba en marcha. Y ni el sol de Oaxaca ni las oraciones del padre Vicente podrían detenerlo.

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