¿Te Quedarás Si Me Desvisto? La Viuda Preguntó Después de Que el Vaquero la Salvara en el Río

¿Te Quedarás Si Me Desvisto? La Viuda Preguntó Después de Que el Vaquero la Salvara en el Río

La viuda del río y el halcón de Durango

La lluvia caía como un castigo del cielo sobre las colinas verdes de Durango, mientras el río rugía con furia, arrastrando todo a su paso. En medio de la tormenta, un grito desgarrador cortó el aire, helando la sangre del solitario vaquero que cabalgaba por la orilla.

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Juan “el Halcón” Ramírez, con el sombrero empapado y el revólver al cinto, detuvo su caballo y escudriñó la oscuridad. Entre las olas turbulentas vio una figura: una mujer atrapada por la corriente, su vestido rojo flotando como sangre diluida. Sus brazos se agitaban desesperados y sus ojos, llenos de terror, se encontraron con los de él por un instante antes de que una ola la hundiera.

Sin pensarlo, Juan saltó del caballo y se lanzó al agua helada, luchando contra la corriente que parecía querer devorarlo. Sus manos fuertes encontraron al fin el brazo de la mujer y, con esfuerzo que le quemó los pulmones, la arrastró hacia la orilla. Ambos cayeron sobre las rocas, jadeando bajo la lluvia implacable.

Ella tosió, escupiendo agua, y levantó la mirada. Era hermosa, con el cabello negro pegado al rostro y labios temblorosos que murmuraron un “gracias” apenas audible.

—¿Quién eres? —preguntó Juan, quitándose el sombrero para sacudir el agua.

—Soy María, la viuda de don Álvaro —su voz quebrada pero firme.

El nombre de don Álvaro resonó en la mente de Juan como un eco de leyendas oscuras. Se decía que el hombre había sido un terrateniente cruel, asesinado por bandidos meses atrás, dejando a su joven esposa sola en una hacienda aislada. Los rumores decían que María no era una viuda cualquiera; algunos susurraban que ella misma había ordenado la muerte de su esposo. Pero allí, empapada y vulnerable, parecía más una presa que una cazadora.

—Te llevaré a un lugar seguro —dijo Juan, ofreciéndole su mano.

—Hay una cabaña a unas millas de aquí. Podemos descansar y secarnos.

María asintió, pero sus ojos lo estudiaron con una intensidad que lo hizo sentir desnudo bajo su mirada. Caminaron en silencio, la lluvia y el río llenando el vacío entre ellos.

La cabaña era rústica, medio derruida. Juan encendió un fuego con ramas húmedas que crepitaron y humearon. María se acercó temblando y se sentó cerca de las llamas, el vestido rojo adherido a su cuerpo como una segunda piel.

—¿Por qué un vaquero como tú arriesgaría su vida por una desconocida? —preguntó ella, su voz baja, casi un susurro seductor.

Juan se encogió de hombros, evitando mirarla directamente.

—No podía dejarte morir. Eso es todo.

Ella sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios.

—Eres un hombre honorable, Juan. Lo vi en tus ojos cuando me sacaste del agua. Pero dime, ¿qué harías si te pidiera algo más?

El corazón de Juan dio un vuelco. Antes de que pudiera responder, María se levantó y comenzó a desatar los lazos de su vestido. La tela roja cayó lentamente, revelando su piel pálida bajo la luz del fuego.

—¿Te quedarás si me desvisto? —preguntó, su voz un desafío, sus ojos fijos en los de él con una mezcla de súplica y amenaza.

Juan se puso de pie de un salto, retrocediendo, su mano instintivamente acercándose al revólver.

—No sé qué juego estás jugando, señora, pero no estoy aquí para eso.

María se detuvo, pero no cubrió su cuerpo. En lugar de eso, soltó una risa aguda que resonó en la cabaña como un eco de locura.

—No te asustes, vaquero. No quiero tu cuerpo aún. Quiero tu ayuda. Hay hombres que vienen por mí y tú eres mi única esperanza.

El aire se volvió pesado. Juan la miró, intentando descifrar si decía la verdad o si era una trampa.

—¿Bandidos? —susurró ella, acercándose de nuevo, el vestido medio subido, pero sin cubrirse del todo—. Mataron a mi esposo y ahora quieren mi tierra. Me persiguen desde hace días. Si me encuentran, me matarán… o algo peor.

Juan apretó los puños. Había oído historias de bandas que saqueaban haciendas en la región, pero nunca pensó que se toparía con algo así.

—¿Por qué no fuiste a las autoridades? —preguntó, desconfiado.

—Las autoridades están compradas por los bandidos. Nadie me ayudará, excepto tú. Por favor, Juan, quédate conmigo esta noche. Si me dejas sola, no sobreviviré al amanecer.

El vaquero dudó, dividido entre el instinto de huir y la sensación de que esta mujer, por loca o peligrosa que pareciera, decía la verdad. Finalmente asintió.

—Está bien, pero mantén tu ropa puesta y mantén distancia. No confío en ti todavía.

María sonrió de nuevo, esta vez con un brillo de gratitud en sus ojos. Se cubrió con el vestido y se sentó junto al fuego mientras Juan tomaba guardia cerca de la ventana rota, su revólver listo.

La noche avanzó lentamente, el crepitar del fuego siendo el único sonido. Pero justo cuando el cansancio comenzaba a vencerlo, un ruido lejano lo alertó: el galope de caballos acercándose.

—Maldición —murmuró, girándose hacia María—. Son ellos.

Ella palideció, asintiendo.

—Nos encontraron. Rápido, escondámonos.

Juan la tomó de la muñeca y la llevó a un rincón oscuro detrás de un viejo armario. Se agacharon, conteniendo la respiración, mientras las sombras de los jinetes se proyectaban contra las paredes.

Eran al menos cinco, con rostros curtidos y rifles en mano. El líder, un hombre con una cicatriz cruzando la mejilla, desmontó y se acercó a la puerta.

—Sé que estás aquí, viuda —gruñó—. Sal ahora o quemaremos esta posilga con ustedes dentro.

Juan miró a María, que temblaba a su lado.

—¿Tienes un plan? —susurró.

Ella negó con la cabeza, lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Solo protégeme.

Juan respiró hondo. No era su pelea, pero algo en los ojos de María lo ató a ella. Con un movimiento rápido, sacó su revólver y apuntó hacia la puerta.

Cuando el bandido entró, un disparo resonó en la cabaña y el hombre cayó con un grito. Los demás respondieron con una lluvia de balas, astillando la madera.

—¡Corre! —gritó Juan, empujando a María hacia una ventana trasera.

Saltaron al exterior, cayendo en el barro, y corrieron hacia el bosque mientras los bandidos los perseguían. Las balas silbaban a su alrededor y un dolor agudo atravesó el brazo de Juan. Había sido alcanzado, pero no se detuvo.

Llegaron a una cueva oculta entre las rocas, donde se escondieron jadeando. María presionó su mano contra la herida de Juan, sus dedos temblorosos.

—Lo siento, te metí en esto.

—No hables —respondió él, apretando los dientes—. Solo quédate quieta.

El sonido de los caballos se alejó poco a poco, pero la tensión no desapareció. Juan sabía que los bandidos volverían. Miró a María, cuya belleza ahora parecía una maldición.

—¿Por qué yo? —preguntó, débil por la pérdida de sangre.

—Porque eres el único que me miró como si valiera algo —respondió ella, su voz quebrándose—. Y porque creo que tú también estás huyendo de algo.

Juan no respondió. Tal vez ella tenía razón. Tal vez ambos eran fantasmas en busca de redención.

La noche los envolvió y, mientras el dolor lo arrastraba hacia la inconsciencia, la última imagen que vio fue el rostro de María, sus ojos brillando con miedo y esperanza.

¿La salvaría, o ambos perecerían en esa tierra salvaje?
Solo el amanecer lo diría, si es que llegaban a verlo.

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