«Entiérrenme aquí», suplicó, y cuando el vaquero la agarró, tembló y sintió miedo.
Donde nace la esperanza
El viento aullaba sobre las llanuras secas, llevando un susurro que hizo al vaquero detenerse en seco.
—Entiérrame aquí, por favor.
La voz temblorosa suplicó. Jamás había escuchado el miedo y la desesperación tan crudos en la voz de una mujer. Su corazón se apretó, y antes de darse cuenta, corría por la tierra polvorienta, siguiendo el sonido, ajeno al peligro que lo aguardaba.
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El polvo giraba alrededor de sus botas mientras avanzaba hacia el lecho del arroyo, el abrigo ondeando como una bandera azotada por la tormenta.
Allí, medio desplomada contra una roca afilada, la vio: una joven nativa, la ropa desgarrada, el rostro pálido y mojado de lágrimas. La imagen lo atravesó más hondo que cualquier bala.
—Tranquila —dijo, arrodillándose junto a ella.
Ella se estremeció ante su contacto, temblando con violencia. Sus ojos, grandes y atormentados, se encontraron con los del vaquero.
—No… no te acerques —susurró—. No puedo.
El vaquero ignoró por un momento su miedo, concentrándose en la profunda herida de su costado, la sangre tiñendo la tierra. Un relámpago partió el cielo, iluminando el dolor grabado en su rostro.
Rasgó parte de su abrigo y lo envolvió alrededor de la herida, sosteniendo su cuerpo frágil.
—No estoy aquí para hacerte daño —dijo con dulzura—. No puedo dejarte.
Ella temblaba más fuerte, la voz rota:
—Quiero morir… entiérrame aquí. Es lo único que merezco.
Él apretó la mandíbula. Había visto la muerte de muchas formas, pero nunca a alguien tan joven rogando por ella.
—No mientras yo esté aquí —susurró, firme pero tierno.
La tomó con suavidad pero con decisión, levantándola en sus brazos. Ella se puso rígida, la respiración entrecortada por el terror.
—No me toques… estoy maldita.
La tormenta rugía, la lluvia les azotaba el rostro mientras avanzaban hacia la pequeña cabaña desgastada en el borde de las llanuras.
Su temblor no cesaba, y por primera vez en años, el vaquero sintió el miedo de fallar a alguien completamente indefenso.
Sabía que no podía dejar que el pasado ni sus temores dictaran ese momento.

Cuando llegaron a la cabaña, los relámpagos iluminaban el mundo en destellos irregulares.
La acostó sobre la mesa, tomó su botiquín y trabajó rápido, murmurando palabras de consuelo que apenas se oían sobre el rugido de la tormenta.
Ella lo observaba, cada músculo tenso, los ojos saltando de un lado a otro, inseguros.
Sin embargo, por primera vez, él vio un destello de confianza.
La mañana llegó gris y pesada, las nubes aún colgando bajas sobre las llanuras.
El vaquero la vio despertar, notando los moretones y cortes que marcaban su piel.
—Estás a salvo —dijo en voz baja—. Nadie te hará daño aquí.
Ella intentó incorporarse, pero gimió de dolor.
—Soy Mara —susurró—. Ellos… me cazaron. Mi familia, mi gente…
El vaquero le ofreció agua, dejándola beber despacio, observándola con atención.
Ella se sobresaltaba ante cada movimiento, los ojos buscando el horizonte como si el peligro pudiera saltar de la propia tierra.
Durante días la cuidó: le dio de comer, curó sus heridas, le ofreció consuelo silencioso.
Ella seguía recelosa, nunca permitía que él se acercara salvo cuando era absolutamente necesario.
Cada vez que intentaba tocarla, Mara se estremecía, temblando de puro miedo.
—Vas a vivir —le dijo una tarde, sentado frente a ella—. Vas a sanar. Te lo prometo.
Sus labios temblaron.
—No sé cómo confiar en nadie. No después de todo.
El vaquero asintió.
—Entonces empecemos poco a poco. Paso a paso.
Las noches pasaron y Mara le permitió estar cerca: a veces le tomaba la mano mientras dormía, a veces la guiaba con suavidad hacia el fuego.
El dolor físico fue cediendo, pero el miedo en sus ojos permanecía, una sombra que él debía acompañar, nunca vencer.
Tres días después de la tormenta, el peligro volvió a caballo.
Un grupo de hombres armados se acercó, los rostros duros y decididos.
Mara se tensó, el miedo estallando en su rostro.
—Me han encontrado —susurró.
El vaquero tomó el rifle, se colocó entre Mara y la amenaza.
La dirigió a un rincón oculto, le dejó comida y agua.
Los hombres se acercaron, exigiendo a la fugitiva.
—No dejaré que te lleven —murmuró, los ojos fríos y decididos.

Los disparos resonaron sobre las llanuras.
Luchó con fiereza, protegiéndola a toda costa, impulsado por el terror que Mara ya no podía ocultar.
Ella lo observó, los ojos abiertos, viendo por primera vez no a un extraño, sino a un protector.
Un hombre que se negaba a dejarla caer.
La pelea terminó con los hombres huyendo, derrotados.
Mara cayó en sus brazos, temblando.
—¿Me salvaste? —susurró, la voz quebrada por el miedo y el alivio.
—No —dijo él suavemente—. Tú también me salvaste, al permitirme estar aquí.
Los días siguientes estuvieron llenos de momentos tranquilos, de cuidados y confianza que crecían poco a poco.
Mara se permitió estar cerca del vaquero, sus temblores menos frecuentes, la mirada menos perdida.
Juntos repararon la cabaña, cuidaron el pequeño huerto y contemplaron las llanuras infinitas.
Una tarde, mientras el sol teñía el cielo de ámbar y rojo sangre, Mara lo miró.
—Nunca pensé que a alguien le importara —susurró.
Sus manos, antes temblorosas, buscaron las de él.
El vaquero sonrió, posando su mano áspera sobre la de Mara.
—Estás viva. Eso es lo que importa.
Por primera vez, Mara lo creyó.
Y por primera vez, el vaquero sintió el peso de años de soledad aligerarse.
La mujer que había salvado, antes temblorosa y aterrorizada, ahora estaba a su lado, símbolo de coraje y confianza nacidos del dolor.
Se sentaron junto al fuego esa noche, dejando que el silencio los envolviera, no pesado, sino lleno de promesas.
Mara se recostó contra él y, por primera vez, él la abrazó sin miedo, sin dudas.
Y aunque el mundo afuera seguía siendo duro e implacable, dentro de aquella cabaña había seguridad, calor y el frágil inicio de un lazo que ni tormenta ni amenaza podrían romper.
—Gracias por no dejarme morir aquí —susurró Mara.
Él besó su frente, la voz baja y firme.
—Nunca volverás a estar sola.
Las llanuras se extendían infinitas, pero dentro de esa pequeña cabaña, la esperanza finalmente había echado raíces.