Cuidé a mi marido inválido durante 4 años… hasta que lo escuché llamarme “su empleada gratis”

El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas de la pequeña casa en Coyoacán, iluminando el rostro cansado de Leticia Sánchez. A sus 37 años, las arrugas prematuras alrededor de sus ojos revelaban el peso de los últimos 4 años. con movimientos metódicos y silenciosos, acomodaba la almohada bajo la cabeza de Rafael, su esposo, quien permanecía en la cama articulada que ocupaba el centro de lo que antes había sido su sala de estar.
¿Está bien así, mi amor?, preguntó Leticia, ajustando la inclinación de la cama. Rafael, un hombre que alguna vez había sido robusto y enérgico, ahora lucía delgado y pálido. El accidente automovilístico que había sufrido 4 años atrás había dejado su cuerpo inmóvil de la cintura para abajo, según los médicos, de forma permanente.
“Más arriba, Leti, ¿sabes que me duele la espalda cuando no estoy bien posicionado?”, respondió con un tono cortante que Leticia había aprendido a ignorar. La rutina diaria era implacable. Leticia se levantaba a las 5 de la mañana para preparar el desayuno, administrar los medicamentos, ayudar a Rafael con su aseo personal y luego correr a su trabajo como secretaria en una notaría.
Durante su hora de comida regresaba a casa para atender a Rafael y al finalizar su jornada laboral se apresuraba nuevamente para preparar la cena, lavar la ropa y limpiar la casa. La señora Guadalupe de la farmacia me preguntó por ti hoy,”, comentó Leticia mientras servía la comida en un plato. “Dice que hace mucho que no te ve, que deberías salir un poco.
” Rafael emitió un bufido despectivo. “¿Para qué? Para que la gente me mire con lástima.” No, gracias. Prefiero quedarme aquí. Lo que Rafael no mencionaba era que durante las horas en que Leticia estaba ausente, pasaba el tiempo navegando por internet o viendo televisión. Su condición limitaba su movilidad, pero no su mente, que permanecía aguda y a veces cruelmente astuta.
Esa noche, mientras Rafael dormía, Leticia se sentó en el pequeño balcón de su casa, observando las luces de la ciudad de México a lo lejos. Había abandonado muchas cosas, sus clases de baile folclórico, las reuniones con sus amigas, incluso las visitas dominicales a su madre en Toluca. Todo por cuidar a Rafael, por ser la esposa que había prometido ser en la salud y en la enfermedad.
El teléfono vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Carmen, su mejor amiga, desde la secundaria. ¿Cómo estás, amiga? Te extrañamos en el café de ayer. Ya son tres meses sin verte. Leticia suspiró. Carmen no entendía. Nadie entendía realmente. Tecleó una respuesta rápida. Todo bien. Rafael necesitaba ayuda con la terapia. La próxima vez será.
Sabía que era una mentira. No habría próxima vez en el futuro cercano. Rafael dependía completamente de ella, o al menos eso era lo que él le había hecho creer. Al día siguiente, mientras preparaba la comida, el celular de Rafael sonó. Él estaba tomando su siesta habitual, así que Leticia se acercó para silenciarlo. En la pantalla vio un mensaje de un número desconocido.
Ya enviaste el artículo la fecha límite es hoy. Leticia frunció el seño, confundida. Artículo. Rafael no había mencionado estar escribiendo nada. De hecho, siempre se quejaba de que no podía hacer nada productivo debido a su condición. La curiosidad pudo más que la discreción. Desbloqueó el celular de Rafael. Conocía su contraseña, era su fecha de aniversario, y revisó el mensaje.
Era de un tal Martín Flores, editor de una revista digital. Leticia continuó explorando y descubrió una carpeta llena de artículos sobre tecnología. Todos firmados por Rafael, todos publicados en los últimos 3 años. Su corazón latía con fuerza. No era el hecho de que Rafael estuviera escribiendo lo que la perturbaba, sino que nunca lo hubiera compartido con ella.
¿Por qué mantenerlo en secreto? ¿Acaso no confiaba en ella? Con las manos temblorosas, continuó revisando el teléfono. Encontró una aplicación de grabación de voz. Presionó play en la grabación más reciente. La voz de Rafael llenó la cocina clara y sin la fragilidad que solía mostrar frente a ella. Y así es como mantengo mi negocio funcionando desde casa.
Leticia no tiene idea. Ella piensa que soy completamente dependiente, pero la verdad es que podría hacer mucho más por mí mismo si quisiera. Pero, ¿para qué molestarse cuando tienes una empleada gratis 247? La risa que siguió fue como un cuchillo atravesando el pecho de Leticia. La grabación continuaba, pero ella no podía escuchar más.
Con la respiración entrecortada, dejó el teléfono exactamente donde lo había encontrado y salió de la cocina. Apoyada contra la pared del pasillo, las lágrimas corrían por sus mejillas. 4 años, 4 años de sacrificio, de amor incondicional, de renuncia a su propia vida. Y para Rafael, ella no era más que su empleada gratis.
En ese momento, algo cambió dentro de Leticia. El dolor dio paso a una claridad fría y calculadora. Si Rafael quería jugar, ella también podía hacerlo, pero primero necesitaba saber exactamente hasta dónde llegaba su engaño. Secándose las lágrimas, Leticia regresó a la cocina y continuó preparando la comida como si nada hubiera sucedido.
En su mente, sin embargo, ya estaba formando un plan. Durante las siguientes dos semanas, Leticia se convirtió en una actriz consumada. continuó con sus atenciones habituales hacia Rafael, pero ahora observaba cada uno de sus movimientos con ojos críticos. Notó como cuando creía que ella no lo veía, Rafael se movía con más soltura en la cama.
cómo alcanzaba objetos que supuestamente estaban fuera de su alcance, cómo su rostro cambiaba de una expresión de dolor a una de aburrimiento cuando pensaba que estaba solo. Una tarde, Leticia le informó a Rafael que debía quedarse hasta tarde en la oficina. Era una mentira, pero necesitaba tiempo para investigar.
En lugar de ir al trabajo, se dirigió a la clínica donde Rafael había recibido tratamiento después del accidente. Buenos días. Vengo a solicitar una copia del expediente médico de mi esposo, Rafael Morales, dijo Leticia a la recepcionista mostrando su identificación y los documentos que la acreditaban como familiar directo.
Después de una breve espera, Leticia se encontró ojeando páginas y páginas de informes médicos. La mayoría confirmaba lo que ya sabía. Fractura de columna, daño nervioso, pronóstico de parálisis permanente. Sin embargo, en los últimos informes algo llamó su atención. Paciente muestra mejoría significativa en la sensibilidad de las extremidades inferiores.
Recomendación: continuar con terapia intensiva para posible recuperación parcial de la movilidad. El informe estaba fechado hace dos años. Rafael nunca le había mencionado esta mejoría, al contrario, siempre insistía en que su condición era irreversible. Con el corazón latiendo a mil por hora, Leticia continuó leyendo.
Descubrió que Rafael había cancelado todas sus citas de terapia en el último año y medio. Según las notas del fisioterapeuta, el paciente había declarado que no veía progreso y prefería aceptar su condición. Leticia cerró el expediente, su mente trabajando a toda velocidad. ¿Acaso Rafael había renunciado deliberadamente a su recuperación o había algo más? Esa misma tarde, mientras regresaba a casa, hizo una parada en una tienda de electrónica.
Compró una pequeña cámara de vigilancia, lo suficientemente discreta para pasar desapercibida. Es para monitorear a mi mascota cuando no estoy en casa”, explicó al vendedor con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Al llegar a casa, encontró a Rafael viendo televisión, exactamente como lo había dejado.
“¿Cómo te fue, mi amor?”, preguntó él con esa voz suave que ahora Leticia reconocía como falsa. “Mucho trabajo, como siempre”, respondió ella, inclinándose para besarle la frente. “Voy a preparar la cena.” Esa noche, después de que Rafael se durmiera, Leticia instaló la cámara en la sala orientada hacia la cama articulada.
La conectó a su teléfono móvil y probó la transmisión. Funcionaba perfectamente. Al día siguiente, Leticia le informó a Rafael que debía asistir a una reunión importante fuera de la oficina y que no podría regresar durante la hora de la comida. Te dejaré todo preparado”, dijo colocando un plato con comida, agua y medicamentos en la mesa junto a su cama.
“Volveré tan pronto como pueda.” Rafael asintió con una expresión de resignación que ahora parecía ensayada. “No te preocupes, Leti, ya estoy acostumbrado a estar solo.” En cuanto salió de casa, Leticia se dirigió a una cafetería cercana y abrió la aplicación conectada a la cámara. Durante la primera hora, Rafael permaneció en la cama, aparentemente dormitando o viendo televisión, nada fuera de lo común.
Pero entonces, cuando el reloj marcó las 11:30, Rafael miró a su alrededor como asegurándose de estar solo. Lentamente se incorporó hasta quedar sentado sin ayuda. Luego, con un movimiento que dejó a Leticia Boqui abierta, movió sus piernas hasta el borde de la cama y, apoyándose en un bastón que sacó de debajo del colchón, se puso de pie.
Sus movimientos eran lentos y algo inestables, pero claramente podía sostenerse y caminar con la ayuda del bastón. Rafael se dirigió a la cocina, se sirvió un vaso de agua, tomó algo del refrigerador y regresó a la cama todo por sí mismo. Leticia observaba la pantalla con una mezcla de asombro, ira y dolor.
La traición era peor de lo que había imaginado. No solo Rafael era capaz de moverse mucho más de lo que pretendía, sino que había estado ocultándolo deliberadamente durante años. Con manos temblorosas, Leticia guardó el video y apagó la aplicación. Necesitaba tiempo para procesar lo que había visto y decidir su próximo paso. Esa noche, mientras servía la cena a Rafael, cada gesto de dependencia, cada quejido de dolor, cada petición de ayuda le parecían ahora insultos directos, pero mantuvo la compostura sonriendo y atendiendo como siempre lo había hecho.