UN DUEÑO DE TIENDITA QUEBRADO LE DIO FIADO A UN EXTRAÑO HAMBRIENTO… PERO ERA JESÚS EN PERSONA…

UN DUEÑO DE TIENDITA QUEBRADO LE DIO FIADO A UN EXTRAÑO HAMBRIENTO… PERO ERA JESÚS EN PERSONA…

.
.
.El Milagro de la Tiendita Beto

Era la noche del 31 de diciembre de 2021 en el barrio Independencia, en Monterrey, México. La calle estaba tranquila, solo el murmullo de las voces lejanas y el tintineo de los cohetes que comenzaban a estallar en el cielo anunciando la llegada del Año Nuevo. En una pequeña tienda de barrio, llamada Tiendita Beto, Rigoberto Castillo, conocido por todos como Beto, pasaba el trapo húmedo sobre el mostrador de madera desgastada por los años. Era la última noche en ese lugar, y la tristeza lo invadía con fuerza.

Beto tenía 49 años, y desde que su esposa Lorena murió de cáncer hacía tres años, su vida había sido una lucha constante. La tienda, que había heredado de su padre, era más que un negocio: era el corazón de su familia, el sustento de sus hijos Daniela y Kevin, y la esperanza de muchas familias del barrio. Pero esa noche, todo parecía colapsar.

Sus manos temblaban, no por el frío de la noche regiomontana, sino por el peso de la realidad que le aplastaba el alma. La tienda estaba casi vacía, y en la libreta negra y maltratada descansaban los registros de fiados: 320,000 pesos que sus vecinos le debían y que, en su mayoría, nunca pagaría. La deuda era una carga que le desgarraba, pero no podía dejar de dar fiado. Era su forma de amar, de cuidar a su comunidad, aunque eso significara arruinarse.

—¿Mañana cerramos, papá? —preguntó Kevin, su hijo de 14 años, desde el escalón de la entrada, con la voz quebrada por las lágrimas que se negaba a dejar escapar.

Beto se volvió lentamente, con la vista fija en la oscuridad que cubría las calles. Sus ojos enrojecidos reflejaban el cansancio, pero también la determinación de seguir adelante, aunque fuera con el corazón roto.

—Ya no hay de otra, hijo —susurró con voz ronca—. Los proveedores vienen mañana a las ocho. Debo 180 mil pesos. Si no pago, me demandan y, de todos modos, pierdo la tienda. Al menos así cierro con dignidad.

Kevin lo miró con tristeza y miedo. Sabía que esa tienda era todo para su papá, y que la deuda, las amenazas y la incertidumbre estaban a punto de terminar con su sueño.

—¿Y Daniela? —preguntó con esperanza—. Ella quiere estudiar medicina, papá. ¿Qué va a pasar con ella?

Beto cerró los ojos y recordó a su hija mayor, que a sus 17 años estudiaba con velas cuando cortaban la luz por falta de dinero. Daniela soñaba con ser doctora, con curar el cáncer que le arrebató a su madre. Pero el banco le había negado un préstamo hace dos semanas, y las puertas parecían cerradas para ella también.

—Dios proveerá, hijo —murmuró, aunque en su interior la duda lo consumía. La tienda era pequeña, apenas 40 metros cuadrados, atestada de anaqueles con frijoles abollados, paquetes de arroz, tortillas, leche en polvo, pan dulce cubierto de polvo. Nada lujoso, solo lo básico para que las familias del barrio pudieran comer un día más.

Y en esas estanterías, en esas paredes, estaban las historias de cada familia: doña Carmela, la señora de la esquina, le debía 300 pesos; su esposo había perdido el trabajo en la maquiladora y tenían cinco hijos que alimentar. Don Esteban, el albañil sin pierna derecha, le debía 1,800 pesos, y la familia Jiménez, con tres niños en primaria, le debía casi 5,000 pesos. Página tras página, nombre tras nombre, 320 familias que confiaban en él, en su corazón demasiado blando para los negocios, en su deseo de ayudar.

—Eres un tonto, Mauricio —le había dicho su hermano Mauricio hacía seis meses—. No eres una institución de caridad. Cobrarles o cerrar el fiado. Así de simple.

Pero para Beto, no era simple. ¿Cómo negarle comida a una madre con un bebé llorando de hambre? ¿Cómo decir que no a un niño que no ha comido en días? ¿Cómo cerrar el puño cuando ves los ojos suplicantes de tus vecinos, los mismos que te ayudaron a cargar el ataúd de Lorena en su funeral? La respuesta era dolorosa: no podía.

Por eso, prefería quebrarse antes que negar alimento a los hambrientos. Y ahora, esa carga lo estaba destruyendo.

—Vete a casa, Kevin —dijo, limpiándose las lágrimas—. Daniela debe estar preocupada. Yo termino de cerrar. No quiero dejarte solo, hijo. Necesito estar solo un momento, por favor.

Kevin se levantó lentamente, lo abrazó con fuerza y salió hacia la noche. Sus pasos sobre el pavimento roto se alejaron hasta desaparecer en la oscuridad. Beto quedó solo, rodeado de anaqueles medio vacíos, sueños rotos y esperanzas muertas.

Apagó las luces del frente y solo quedó encendido el foco amarillento de la trastienda. Se sentó en el banquillo detrás del mostrador y abrió nuevamente la libreta de fiados. Pasó sus dedos por los nombres, cada uno representando una historia, un acto de fe en la bondad humana que el mundo había convertido en su ruina financiera.

—Perdóname, Lorena —susurró al aire—. No supe cuidar lo que tú papá nos dejó. No supe ser fuerte como tú querías.

Fuera, los cohetes comenzaban a estallar. La noche parecía más fría, más larga. La esperanza se desvanecía lentamente en su corazón. Miró el reloj: 11:15 de la noche. En menos de una hora, el año 2022 comenzaría y con él, la certeza de que todo se acabaría.

Pensó en Lorena, en cómo ella siempre encontraba esperanza, incluso cuando el cáncer le devoraba el cuerpo. “Dios no nos abandona, Beto”, le decía desde la cama del hospital. “Aunque caminemos por el valle de sombra de muerte, Él está con nosotros.” Pero en esa tienda oscura, en ese último día antes del fin, Beto no sentía la presencia de Dios. Solo el vacío, el fracaso, la derrota.

Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Levantó la vista y, a través del vidrio polvoriento, vio la silueta de un hombre delgado, temblando visiblemente bajo la luz mortecina del poste de la calle.

—¿Don? —dijo con voz apenas audible—. Sé que ya cerraron, pero ¿me puede fiar comida? Mis hijos no han comido hoy. Es Año Nuevo.

El corazón de Beto se estremeció. La escena era familiar, demasiado familiar. Ese hombre, ese desconocido, pedía exactamente lo que había hundido su tienda: fiado, más fiado. Otro nombre en la libreta negra. Otra deuda que jamás se cobraría.

—¿De dónde es usted? —preguntó, aunque no sabía por qué importaba.

—Del estado de Oaxaca. Vine a Monterrey buscando trabajo en las maquiladoras, pero no he encontrado nada. Tengo cuatro niños, la más pequeña tiene dos años. No han comido nada caliente desde el 28 de diciembre.

Beto lo miró con compasión. La historia era la misma de siempre: familias que luchaban por sobrevivir, que confiaban en la bondad de un desconocido, que en ese momento, quizás, solo necesitaban un poco de ayuda.

—Vete a casa, hijo —le dijo, con una mezcla de tristeza y resignación—. Pero dime, ¿qué necesitas?

El hombre casi se desplomó del alivio. Entró a la tienda con pasos vacilantes, como si no pudiera creer que la puerta estaba abierta para él. Sus ojos hundidos brillaban con desesperación, y su ropa rasgada parecía más un disfraz que una prenda de vestir.

—Leche, pan, frijoles, arroz —balbuceó—. Para cuatro niños. Mis hijos no han comido nada caliente en días. Por favor, ayúdeme.

Beto sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Eso era exactamente lo que su tienda ya no podía ofrecer. La deuda, las amenazas, la quiebra, todo parecía volver en un instante. Pero, en ese momento, algo cambió en su corazón.

—¿Cuánto necesita? —preguntó, con voz temblorosa.

—450 pesos —respondió el hombre—. Lo que me cuesta para alimentar a mis hijos.

Beto hizo cálculos en su cabeza. La leche, el pan, los frijoles, el arroz, los huevos. El total era ese: 450 pesos. Pero en ese momento, no tenía nada. La tienda estaba vacía, y mañana, todo sería confiscado.

—Llévate lo que necesites —dijo, con una voz que sorprendió incluso a él mismo—. No te voy a cobrar.

El hombre lo miró con incredulidad. —¿En serio, don? ¿Me va a fiar? —preguntó, con lágrimas en los ojos.

—Sí. Pero no sé si me pagarás —respondió Beto, con una sonrisa triste—. No importa si no me pagas. Lo importante es que tus hijos coman hoy.

El hombre empezó a llenar dos bolsas de plástico con provisiones. Sus manos temblaban, y cada artículo parecía una respuesta a una oración, un acto de misericordia en medio de su desesperación. Cuando terminó, se quedó frente al mostrador, con las bolsas pesadas en sus manos, y lágrimas corrían por su rostro.

—Don, en cuanto encuentre trabajo, le pagaré —susurró—. Lo juro por mis hijos.

Beto tomó la libreta negra, anotó en ella: Desconocido de Oaxaca, 450 pesos, y la cerró con cuidado. Sabía que esa deuda nunca sería cobrada, pero también sabía que ese acto de amor era más valioso que cualquier dinero.

—No te preocupes, hermano —le dijo—. Feliz Año Nuevo. Que Dios bendiga a tus hijos.

El hombre salió corriendo hacia la noche, dejando las bolsas apoyadas contra la pared. Beto lo observó alejarse, imaginando a sus pequeños en alguna habitación, con los estómagos vacíos, esperando a que papá regresara con comida. Pensó en Lorena, en cómo ella siempre encontraba esperanza, en cómo ella le había enseñado que Dios nunca abandona a sus hijos.

Y en ese momento, en esa tienda humilde, en esa noche de despedida, Beto sintió algo que nunca había sentido antes: la presencia de Dios. Una presencia que le llenó el corazón con una paz que trasciende toda lógica, toda razón. Porque, en realidad, había hecho mucho más que dar fiado. Había dado su corazón, su fe, su confianza en que el amor siempre triunfa.

Related Posts

Our Privacy policy

https://rb.goc5.com - © 2026 News