“Nunca Te Atrevas a Golpear a Una Mujer Frente a Este Pistolero… O Tu Último Suspiro Será el Precio”
Capítulo 1: El Polvoriento Pueblo
En el polvoriento pueblo de San Judas del Desierto, allá por el año de 1887, el sol quemaba como el mismísimo infierno y el viento arrastraba arena que se metía hasta en las almas. El celú, el cuervo negro, era el corazón latiendo de aquel rincón olvidado de Sonora. Mesas de madera carcomida, olor a tequila rancio, sudor de vaqueros y humo de cigarros baratos. Las lámparas de aceite colgaban del techo como fantasmas temblorosos, iluminando los rostros curtidos de los hombres que pasaban sus días en el bar.
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Don Anselmo, el Ojos de Águila, era la leyenda viva del lugar. Siempre sentado en la misma mesa del fondo, con su sombrero negro calado hasta las cejas, su bigote gris plateado y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un río seco. Decían que había matado a 23 hombres en duelo limpio. Nadie sabía si era verdad, pero nadie se atrevía a preguntarle. Su presencia imponía respeto y temor, y los rumores sobre su habilidad con el revólver eran suficientes para mantener a raya a los más temerarios.
Capítulo 2: La Llegada de Rosario
Esa tarde, el celú se llenó de murmullos cuando una mujer entró, haciendo girar todas las cabezas. Se llamaba Rosario, la hija del difunto don Felipe. Vestía un vestido café manchado de polvo, pero su porte era de reina. Venía huyendo de su prometido, un tal capitán Valdés, un militar corrupto que había jurado poseerla o matarla. Rosario se acercó a la barra temblando.
“Un vaso de agua, por favor,” pidió con voz quebrada. El cantinero, un viejo tuerto llamado Chucho, le sirvió sin mirarla a los ojos. Sabía que traer problemas a una mujer así era como invitar al diablo a cenar, pero el diablo ya estaba ahí.
Cuatro vaqueros borrachos, liderados por un grandote llamado el Toro Mendoza, se levantaron de su mesa. El Toro era conocido por romper costillas con una sola mano y por no tener más cerebro que un coyote con rabia. “Mira a ver qué tenemos aquí,” bramó el Toro acercándose a Rosario. “¿Vienes a buscar marido, princesita?”
Rosario retrocedió, asustada. “Déjenme en paz. Solo quiero agua y seguir mi camino.” El Toro soltó una carcajada que retumbó como trueno. “Agua. Aquí se toma tequila o se toma plomo.” Y sin más, levantó su manaza y le dio una bofetada a Rosario que la hizo caer contra la barra. El sonido del golpe fue como un latigazo en el silencio que siguió.
Capítulo 3: La Intervención de Don Anselmo
Todos en el celú contuvieron el aliento. Don Anselmo no se movió, solo levantó lentamente la mirada. Sus ojos grises, como el acero, brillaron bajo el sombrero. El Toro agarró a Rosario del brazo y la levantó como si fuera un costal. “Vamos a enseñarle modales a esta mujercita.”
Fue entonces cuando don Anselmo habló. Su voz era baja, pero cortó el aire como un cuchillo. “Suelta a la dama.” El Toro se giró riendo. “¿Y tú quién te crees, viejo?” “Alguien que vio a su madre recibir un golpe igual hace 40 años,” respondió don Anselmo sin parpadear. “Y juró que nunca más.”
El celú entero se quedó helado. Hasta las moscas parecían haberse detenido. El Toro soltó a Rosario y dio un paso hacia don Anselmo. “¿Quieres morir por una perra, viejo?” Don Anselmo se levantó lentamente. Su mano derecha descansaba sobre la culata de su Colt .45, desgastada por el uso, pero brillando como nueva. “No voy a morir hoy,” dijo. “Tú sí.”
Capítulo 4: El Duelo Inesperado
El Toro rugió y fue por su pistola, pero don Anselmo ya había disparado. El estruendo fue ensordecedor. La bala atravesó la mano derecha del Toro antes de que pudiera sacar su arma. El revólver del vaquero cayó al suelo junto con tres de sus dedos. El Toro huyó de dolor, cayendo de rodillas. Los otros tres vaqueros se quedaron paralizados.
Don Anselmo caminó hacia ellos con pasos lentos, el humo saliendo del cañón de su pistola. “¿Alguien más quiere enseñarle modales a la dama?” Silencio. Entonces uno de los vaqueros, un flaco con bigote de rata, intentó sacar su arma por la espalda. Don Anselmo giró y disparó dos veces, una bala en cada rodilla. El flaco se desplomó gritando. Los otros dos levantaron las manos. “Nos vamos, señor. Nos vamos.”
“Recojan a sus amigos,” ordenó don Anselmo. “Y díganle al capitán Valdés que si vuelve a ponerle una mano encima a esta mujer, lo encontraré aunque esté en el infierno.” Los vaqueros arrastraron al Toro y al flaco hacia la puerta, dejando un rastro de sangre en el suelo de madera. Rosario, aún temblando, se acercó a don Anselmo.
Capítulo 5: Un Acto de Valor
“Gracias. No sé cómo pagarle.” Don Anselmo la miró con esos ojos que parecían haber visto mil muertes. “No me debes nada. Solo recuerda esto: nunca golpear a una mujer. Nunca.” Pero la historia no terminaba ahí. Esa noche, el capitán Valdés llegó al pueblo con 20 hombres. Soldados federales con rifles Mauser y uniformes sucios entraron al celú como una tormenta.
“¿Dónde está la perra que se hace llamar Rosario?” gritó Valdés, un hombre de unos 40 años con cicatriz en el labio y ojos de serpiente. Rosario, que estaba en la cocina del celú escondida, salió temblando. “Aquí estoy, pero ya no soy tuya.” Valdés sonrió con malicia. “Te compré con tierras y oro. Eres mía.”
Don Anselmo, que había estado afilando su cuchillo en la barra, se levantó de nuevo. “No en mi presencia.” Valdés lo miró con desprecio. “Otro héroe de pacotilla. ¡Mátenlo!” Diez rifles se alzaron hacia don Anselmo. Pero antes de que dispararan, algo pasó. Las lámparas del celú se apagaron de golpe. Una ráfaga de viento entró por la puerta y cuando se encendieron de nuevo, don Anselmo ya no estaba en su mesa.
Capítulo 6: El Enfrentamiento Final
Estaba detrás de Valdés con su pistola en la nuca del capitán. “Bajen las armas,” susurró. Los soldados vacilaron. “Disparen, idiotas,” gritó Valdés. “Pero nadie se movió.” Don Anselmo presionó el cañón contra la cabeza de Valdés. “Recuerda mis palabras, capitán. Nunca golpear a una mujer. Nunca.” Y disparó.
La bala atravesó el sombrero de Valdés sin tocarle la cabeza, pero el mensaje fue claro. Valdés cayó de rodillas orinándose encima. Don Anselmo se giró hacia los soldados. “Llévenselo y díganle al gobernador que San Judas del Desierto ya no tolera a hombres como él.” Los soldados aterrados arrastraron a su capitán hacia afuera.
Capítulo 7: La Decisión de Rosario
Rosario se acercó a don Anselmo con lágrimas en los ojos. “¿Por qué hace esto por mí?” Don Anselmo guardó su pistola y se sentó de nuevo en su mesa. “Porque hace 40 años mi madre fue golpeada por un hombre como ese. Yo tenía 10 años. No pude hacer nada. Ella murió tres días después.” Señaló su mejilla. “Desde entonces llevo esta cicatriz. Y este juramento.”
Rosario se sentó frente a él. “¿Y ahora qué?” “Ahora te vas. Tomas el primer carro hacia el norte. Hay un convento en Chihuahua que recibe mujeres como tú. Te darán una nueva vida.” “¿Y usted?” Don Anselmo sonrió por primera vez. Era una sonrisa triste. “Yo me quedo. Alguien tiene que vigilar que los hombres recuerden la lección.”
Capítulo 8: Un Nuevo Comienzo
Al día siguiente, Rosario se fue en un carro de carga rumbo al norte. Llevaba una carta de don Anselmo para las monjas y un revólver pequeño que él le regaló. “Para que nunca más dependas de un hombre para defenderte,” le dijo. Pasaron los años. San Judas del Desierto se convirtió en un pueblo donde ningún hombre levantaba la mano a una mujer. Decían que el fantasma de don Anselmo vigilaba desde las sombras del celú, aunque él seguía vivo, sentado en su mesa con su sombrero negro y sus ojos de águila.
Capítulo 9: La Leyenda de Don Anselmo
Una noche, 30 años después, un joven vaquero borracho entró al celú y golpeó a su novia. El celú entero se quedó en silencio. El joven rió. “¿Qué van a llamar al viejo fantasma?” Entonces, desde el fondo, se escuchó una voz conocida. “No hace falta llamar a los fantasmas.” Don Anselmo, ahora con el cabello completamente blanco, pero la mano igual de firme, se levantó.
El joven vaquero palideció. “Usted, usted está muerto.” “No todavía,” respondió don Anselmo. “Pero tú sí lo estarás si no te disculpas.” El joven cayó de rodillas llorando, pidiendo perdón a su novia. Don Anselmo se acercó, puso una mano en el hombro del muchacho. “Recuerda esto, hijo. Nunca golpear a una mujer. Nunca.”
Capítulo 10: El Legado de un Guerrero
Y así, hasta el día que don Anselmo finalmente cerró los ojos para siempre, sentado en su mesa del celú, el cuervo negro, el pueblo de San Judas del Desierto llevó su leyenda grabada en una placa de bronce en la entrada del celú. Se lee hasta hoy: “Nunca golpees a una mujer frente a este pistolero, o no vivirás para contarlo.” Y debajo, en letras más pequeñas: “En memoria de don Anselmo, Ojos de Águila, protector de las damas y terror de los cobardes. 1840 a 1937.”
Los niños del pueblo aún cuentan la historia. Las mujeres caminan seguras por las calles y los hombres, los hombres recuerdan porque algunos juramentos no mueren con los hombres. Algunos juramentos se convierten en ley.

Capítulo 11: La Última Reflexión
En la última noche de don Anselmo, el pueblo se reunió en el celú para rendir homenaje a su protector. Las historias de su valentía y su compromiso con la justicia resonaban en cada rincón. “Don Anselmo nos enseñó que un hombre de verdad defiende a los débiles,” dijo un anciano. “Que nunca debemos permitir que la violencia prevalezca.”
Los habitantes del pueblo levantaron sus vasos en un brindis por el hombre que había cambiado sus vidas. “Por don Anselmo, el Ojos de Águila,” gritaron al unísono, y el eco de sus voces se perdió en la noche estrellada.
Capítulo 12: Un Nuevo Amanecer
Con su partida, el pueblo de San Judas del Desierto se comprometió a honrar su legado. Las mujeres continuaron caminando con la cabeza en alto, y los hombres aprendieron a ser protectores en lugar de opresores. La historia de don Anselmo se convirtió en un pilar de la comunidad, recordando a todos que la verdadera fuerza reside en la compasión y el respeto.
Los años pasaron, pero la leyenda de don Anselmo nunca se desvaneció. Su espíritu seguía vivo en cada rincón del pueblo, y su historia se contaba de generación en generación, un recordatorio de que la bondad puede triunfar sobre la maldad.
Capítulo 13: La Luz de la Justicia
La luz de la justicia brilló en San Judas del Desierto, y el legado de don Anselmo se convirtió en un faro de esperanza. Los hombres y mujeres del pueblo se unieron para proteger a los vulnerables y garantizar que la violencia no tuviera cabida en sus vidas. La comunidad prosperó, y el celú se convirtió en un símbolo de unidad y fortaleza.
Cada año, en el aniversario de su muerte, el pueblo celebraba el Día de la Justicia, un evento en el que recordaban las enseñanzas de don Anselmo. Se contaban historias, se hacían danzas y se compartían comidas, creando un ambiente de amor y respeto. La comunidad se unió en torno a su legado, asegurándose de que su memoria nunca se olvidara.
Capítulo 14: La Historia Continúa
Los niños crecieron escuchando las historias de don Anselmo, y se les enseñó a valorar la vida y a cuidar de los demás. La comunidad prosperó, y la tierra que una vez había sido testigo de tanto dolor se transformó en un lugar de amor y respeto. Las nuevas generaciones aprendieron sobre la importancia de la bondad y la humanidad, y el nombre de don Anselmo se convirtió en un faro de esperanza en tiempos difíciles.
Capítulo 15: Un Legado que Perdura
Finalmente, la historia de don Anselmo se convirtió en una leyenda que trascendió el tiempo. Su vida y sus enseñanzas perduraron en el corazón de cada habitante de San Judas del Desierto. La placa de bronce en la entrada del celú se convirtió en un recordatorio constante de que la verdadera valentía radica en proteger a los demás y que el amor y el respeto son más poderosos que la violencia.
Y así, la historia del hombre que nunca permitió que una mujer fuera golpeada se convirtió en un legado que perduraría para siempre, un testimonio de que la bondad puede cambiar el mundo.