“VIVIR CON MI TÍA SOLTERA” Tiene 40 años y esa noche lluviosa cruzamos la línea prohibida
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Vivir con mi tía soltera
La lluvia caía con fuerza aquella noche sobre el callejón escondido de Puebla. El sonido de las gotas golpeando la lámina del techo era como un murmullo constante, un susurro que parecía querer arrastrar los recuerdos y las penas de quienes vivían bajo su abrigo. Mateo, con el corazón agitado y la mente llena de incertidumbre, cruzó la puerta de la casita de su tía Elena sin saber que esa noche marcaría el inicio de una nueva etapa en su vida, una etapa en la que la inocencia y la soledad se entrelazarían de formas inesperadas.
Elena lo esperaba. Cuarenta años de belleza serena y prohibida, envuelta en un vestido sencillo que, sin querer, prometía peligro. El perfume a gardenias flotaba en el aire, dulce y embriagador, como una confesión íntima. En ese rincón apartado de la ciudad, lejos de Tepostlán y sus tradiciones, las reglas comenzaban a desdibujarse, y Mateo supo, al ver la sonrisa suave de su tía, que nada volvería a ser igual.
—Mateo, llegaste bien, mi alma. Pasa, descansa, que la comida está lista —dijo Elena con una voz cálida y melodiosa.
Esas palabras resonaron en el pecho de Mateo. Aunque familiares, sentía la distancia de los años y la nueva realidad de llamarla tía Elena. Se esforzó por responder con un “gracias, tía Elena”, la garganta apretada por la emoción y la timidez. Era extraño. En Tepostlán, su madre y Elena habían sido como hermanas, compartiendo sueños y risas, pero la vida las había llevado por caminos diferentes. Ahora, con Mateo en la universidad, su madre lo había encomendado a Elena y así, casi sin darse cuenta, se había convertido en su hijo adoptivo.
La casita era un santuario de tranquilidad. Se escuchaba el zumbido de un mosquito, el giro constante del ventilador de techo y el leve tintineo de los cubiertos al chocar. Durante la primera cena, Elena, con su habitual discreción, le preguntó sobre la escuela, si había hecho amigos, si extrañaba el pueblo. Mateo solo pudo asentir. La comida deliciosa apenas pasaba por su garganta. De vez en cuando observaba furtivamente las manos delicadas y pálidas de Elena, adornadas con un anillo de plata. Su cuello esbelto, el cabello recogido con pulcritud y el suave contorno de sus hombros la hacían diferente a cualquier mujer que hubiera conocido en el campo. Una mujer de mundo, sí, pero también con una dulzura y un porte orgulloso que lo intrigaban.
Después de la cena, mientras Elena recogía los platos, Mateo se sentó en el pequeño patio interior. La brisa fresca de la tarde le acariciaba los hombros. Las luces de la ciudad centelleaban en la distancia, pero los ojos de Elena, cuando miraba el cielo nocturno, parecían reflejar una oscuridad más profunda. Desde la sala, la suave melodía de un bolero clásico llenaba el aire. Una canción sobre amores perdidos y la melancolía del tiempo. Oyó un suspiro apenas audible. Una punzada de tristeza le atravesó el corazón.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte, mi muchacho? —preguntó Elena, apoyándose ligeramente en el marco de la puerta de madera.
—Pues, tía, hasta que encuentre trabajo. En el pueblo la vida es dura, la tierra no da para más. Pensé que aquí en la ciudad sería más fácil salir adelante.

Elena sonrió con tristeza y le puso una mano en el hombro, un gesto cálido, sorprendentemente íntimo.
—Todos los hombres caen a veces, mi hijo. Yo he pasado por muchas cosas, lo sé. Aquí en mi casa, lo que necesites, pídelo sin pena.
En ese instante, Mateo se sintió pequeño, como un niño empapado por la lluvia al que su madre arropa y consuela. Pero esta calidez era diferente. No era la de una madre ni la de una extraña. Era algo más, algo que no sabía nombrar.
Esa primera noche el sueño lo eludió. Miraba el techo oscuro, escuchaba el viento susurrar por la ventana y el eco de los pasos de Elena en el pasillo, mientras la música seguía sonando. Su mente divagaba en pensamientos confusos. De repente, un golpe suave en la puerta.
—¿Todavía estás despierto?
Se levantó de un salto. La puerta se abrió un poco y Elena estaba allí con un sencillo camisón de algodón, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. La luz tenue del pasillo proyectaba su silueta en el suelo. Mateo, torpe, no supo qué decir, pero Elena sonrió.