Tú te lo merecías, sonrió mi hermana mientras yo yacía al pie de las escaleras del hospital
Las luces frías del hospital siempre me recordaron dos cosas: la enfermedad y el silencio. Aquella noche, mientras el metal helado de los escalones me abrazaba la espalda, ambos parecían gritarme a la vez. Cada respiración era un filo en mis costillas, y la sangre me ardía en la sien donde mi cabeza había golpeado la barandilla.
Arriba, Bria me observaba. Su sonrisa —tan leve que cualquiera la confundiría con un tic— era un viejo fantasma que conocía demasiado bien. La vi en cada mentira que me robó, en cada momento que logró que mis padres creyeran en su inocencia y dudaran de mí.
—Te lo merecías —susurró. Su voz cortó el aire como una navaja.
Intenté gritar, decir la verdad, pero el dolor me cerró la garganta. Los pasos de mis padres resonaron en el pasillo: apresurados, asustados.
—¡Bria! ¡Dios mío, qué ha pasado! —mi madre bajó corriendo.
—Se cayó… —balbuceó mi hermana, fingiendo pánico—. Intenté detenerla, pero… resbaló.
Y ellos la creyeron. Siempre lo hacían.
Mientras mi madre la abrazaba como si fuera la víctima, un pequeño ojo de cristal, arriba de la puerta del pasillo, parpadeó en rojo. Una cámara. Y en la sala de enfermería, la jefa Collins apretó el botón de “grabar”.
Desperté horas después, atada a tubos y máquinas. Bria estaba allí, tarareando mientras jugaba con su móvil.
—Estás despierta —dijo sin mirarme—. Papá y mamá están en la cafetería.
—¿Por qué? —logré murmurar.
—¿Por qué qué? —preguntó, fingiendo inocencia.
—¿Por qué me empujaste?
La sonrisa volvió, esa curva venenosa.
—Porque tú siempre ganas. Siempre te llevas todo. Y ya me cansé.
Las palabras dolieron más que la caída.
Al día siguiente, la enfermera Collins entró con su carpeta. Su mirada era tan afilada que incluso Bria enmudeció.
—Descansa. La verdad necesita fuerza —dijo, y se fue.
Horas después regresó, cerró la puerta y encendió un portátil.
En la pantalla, el vídeo mostró todo: el empujón, mi cuerpo cayendo, el susurro de Bria —“Te lo merecías”—.
—¿Por qué me enseñas esto? —pregunté, temblando.
—Porque la verdad necesita testigos —respondió—. Y justicia, si decides buscarla.
Dos semanas más tarde, frente al director del hospital, mis padres aún la defendían.
Hasta que Collins reprodujo el vídeo.
El silencio fue absoluto.
Mi madre lloró. Mi padre no podía mirarme. Bria, la hija perfecta, se derrumbó.
La policía se la llevó esposada. Antes de desaparecer, me lanzó una última mirada cargada de odio.
—Te vas a arrepentir —susurró.
Pero no. No lo hice.
Meses después, mi cuerpo sanó, aunque mi alma seguía marcada. Mis padres intentaron volver, pero el perdón no nace donde la confianza murió.
La enfermera Collins me visitaba a veces.
—Sobrevivir no es solo respirar —me decía—. Es recordar quién eres cuando nadie lo hace por ti.
Y aquella noche, mirando las luces de la ciudad desde mi ventana, supe que tenía razón.
Mi hermana quiso silenciarme. Pero la verdad habló más fuerte.