“Ella era una mujer negra obligada a casarse con el general enemigo, pero él la protegió como a su propia alma”

“Ella era una mujer negra obligada a casarse con el general enemigo, pero él la protegió como a su propia alma”

Protegida por el enemigo

El viento del desierto arrastraba polvo y tensión cuando Amara Johnson fue escoltada hacia el campamento del ejército enemigo. Había sido arrancada de su hogar, separada de la única vida que conocía, y arrojada a un mundo de uniformes, espadas y miradas desconfiadas.

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Con cada paso, su pecho se oprimía. Cada soldado que la observaba le recordaba una verdad cruel: no tenía control, no tenía elección.

El hombre con el que debía casarse la esperaba.

El general Nathaniel Cross era conocido en toda la región como un estratega implacable, un líder de poder incuestionable y voluntad de acero. Su nombre bastaba para hacer temblar a los hombres. Ahora estaba frente a ella, inmóvil, con el rostro impenetrable y los ojos oscuros fijos en los suyos.

Amara alzó el mentón, negándose a mostrar miedo.

—No lo haré… no puedo —susurró.

—Vivirás —la interrumpió Nathaniel con voz firme, sin crueldad—. Si respetas las leyes de este matrimonio, me aseguraré de que nadie te haga daño.

No era lo que ella quería oír. Sin embargo, en aquella promesa percibió algo inesperado: cuidado. No amor. Aún no. Pero sí una sombra de protección.

El viaje hasta el campamento fue tenso y silencioso. El general habló poco, pero cada gesto revelaba atención: acomodó la manta para protegerla del viento, le ofreció agua antes de beber él mismo. Detalles pequeños, casi invisibles, que comenzaron a resquebrajar su resistencia.

El campamento estaba cargado de sospecha. Oficiales murmuraban. Soldados observaban. Nathaniel, sin embargo, la mantuvo cerca, la llevó a sus propios aposentos y se colocó como un muro entre ella y el mundo.

Por primera vez en meses, Amara sintió una chispa de seguridad.

Esa noche, a la luz del fuego, lo miró fijamente.

—¿Por qué me proteges? —preguntó en voz baja.

Los ojos de Nathaniel guardaban una profundidad inesperada.

—Porque nadie tiene derecho a arrancarte de la vida que mereces.

Sin saberlo, una semilla de confianza comenzó a crecer.

Los días pasaron y Amara descubrió que la protección de Nathaniel venía acompañada de reglas estrictas… pero también de una bondad silenciosa. Ningún soldado podía acercarse a ella sin su permiso. Él mismo supervisaba sus comidas, sus paseos, su seguridad.

Poco a poco, ella empezó a ver al hombre detrás del general. No al comandante temido, sino a alguien capaz de paciencia y ternura cuando nadie observaba.

Una tarde, mientras cabalgaban por el valle del río, estalló una escaramuza cercana. Nathaniel reaccionó al instante, tirando de ella y cubriendo su cuerpo con el suyo mientras los disparos resonaban en las colinas.

Cuando todo terminó, Amara lo miró, aún temblando.

—Eres imprudente —susurró.

—No puedo permitir que te pase nada —respondió él—. Eres más valiosa de lo que puedo admitir.

Aquellas palabras, aunque no dichas como ella soñaba, atravesaron su alma.

Con el paso de las semanas, su corazón empezó a cambiar. Momentos de ternura se entrelazaron en sus días: él buscándole los guantes, guiando su mano al aprender a montar, compartiendo silencios mientras el sol se ocultaba.

Amara comprendió que la protección también podía ser un lenguaje del amor.

Pero el peligro nunca desapareció. Oficiales descontentos murmuraban. Advertencias llegaban a sus oídos: nunca confiar del todo en el general.

Entonces ocurrió la traición.

Un oficial celoso conspiró para usarla como herramienta de poder. Nathaniel descubrió el plan a tiempo. Enfrentó al traidor con autoridad implacable y volvió a colocarse frente al peligro, protegiéndola una vez más.

Esa noche, con los dedos entrelazados, le susurró:

—Nunca tendrás que temerme. Lucharé contra cualquier sombra por ti.

Las lágrimas llenaron los ojos de Amara.

—Creo… creo que empiezo a sentir algo por ti —admitió.

Nathaniel rozó sus labios con un beso suave, cargado de promesas.

—Entonces te daré todo lo que soy —dijo—. No solo como tu protector, sino como el hombre que te ama.

Desde entonces, compartieron noches bajo las estrellas, risas robadas entre deberes y miradas que decían más que mil palabras. El miedo dio paso a la confianza. El resentimiento, al amor.

Meses después, Amara ya no se sentía cautiva. Había encontrado fortaleza en sí misma y dignidad en la forma en que Nathaniel la trataba: como compañera, no como posesión.

Una noche, bajo un cielo colmado de estrellas, él la llevó a los acantilados que dominaban el valle.

—Llegaste a mí sin quererlo —dijo—, y aun así cambiaste mi mundo. Eres mi corazón, Amara.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Te temí… pero nunca fuiste mi enemigo. Fuiste mi salvación.

Se besaron bajo la luna, un beso ganado con paciencia, dolor y amor verdadero.

El campamento, antes lleno de sospechas, ahora guardaba respeto.

Porque incluso en medio de la guerra, el amor había demostrado ser la fuerza más poderosa de todas.

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