«Siéntate y confía en mí, hermana… El ranchero guardaba un secreto que cambiaría su destino»
El pacto bajo el sol de Arizona
En el abrasador desierto de Arizona, año 1882, el sol caía como un látigo sobre la tierra reseca. Samuel Crawford, ranchero de 48 años y veterano de guerra, cabalgaba solo por las llanuras infinitas, marcado por la pérdida de su esposa y la distancia de su único hijo, Samuel Junior, a quien había enviado a Tucson para que escapara de la dureza del oeste. Su rancho, polvoriento y solitario, era todo lo que le quedaba.
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Pero ese día, algo rompió la monotonía. A lo lejos, Samuel divisó una figura atada a lo que parecía una cruz improvisada, clavada en la arena como si fuera un castigo divino. Espoleó su caballo con el corazón acelerado y, al acercarse, vio a una mujer vestida con un hábito negro de monja, el velo blanco manchado de polvo y sudor, las manos atadas y el rostro quemado por el sol. Sostenía un pequeño libro, quizás una Biblia, apenas colgando de sus dedos débiles.
—¿Quién te hizo esto? —murmuró Samuel, cortando las ataduras con su cuchillo Bowie.
La mujer, apenas consciente, cayó en sus brazos. Era hermosa, con ojos azules como el cielo del desierto y cabello castaño escapando del velo. Samuel la llevó a su rancho, la acostó en su cama y le dio agua fresca, aplicando ungüentos de aloe que había aprendido de los indios apache. Pasaron horas hasta que ella abrió los ojos.
—Me llamo Grace —susurró con voz temblorosa—. Fui misionera en Santa Fe. Pero Wade Manuel… él me dejó ahí para que muriera.
Samuel reconoció el nombre: Wade era un magnate cruel, dueño de minas y ranchos, famoso por aplastar a los débiles. Grace, entre sorbos de caldo, le contó su historia. Su padre, un minero pobre, debía dinero a Wade, quien obsesionado con su belleza piadosa le propuso matrimonio. Ella, fiel a su fe, lo rechazó.
—Dijo que si no era suya, no sería de nadie —explicó Grace, con lágrimas rodando por sus mejillas.
Wade la secuestró, la vistió con un hábito robado y la ató en el desierto como a una hereje, queriendo que el sol la castigara por rechazarlo.
Samuel sintió una rabia profunda. Había visto horrores en la guerra, pero esto era puro mal.
—No te preocupes, señorita. Aquí estás a salvo.
Pero Grace, con una determinación feroz, negó con la cabeza.
—No puedo quedarme sin dar algo a cambio. Mi vida es tuya ahora. Te ofrezco mi cuerpo tres veces al día: mañana, mediodía y noche, mientras me protejas de él.
Samuel se quedó helado. Era una propuesta escandalosa, especialmente viniendo de una mujer con aspecto de monja.
—¿Estás loca? No soy un salvaje.
Pero ella insistió: era un trato justo, no tenía nada más que ofrecer. Y si Wade la encontraba, la mataría.
Al principio, Samuel aceptó por piedad. Instaló a Grace en una habitación pequeña y el trato comenzó como un ritual incómodo. Por las mañanas, después del desayuno, se encontraban en el granero entre balas de heno y el olor a caballos. Al mediodía, bajo el sol implacable, lo hacían en la sombra del corral. Por las noches, en la cabaña, a la luz de una lámpara de queroseno, era más íntimo pero aún mecánico.
Los días se convirtieron en semanas. Samuel enseñó a Grace a montar a caballo y disparar un Winchester para defenderse. Ella, a su vez, le leía pasajes de la Biblia, recordándole que aún había bondad en el mundo.
—Dios nos pone pruebas para encontrar el amor verdadero —decía Grace, sentada a su lado en una bala de heno, mirando el atardecer con asombro.
El desierto los unía. Las amenazas de Wade llegaban en forma de jinetes merodeando el rancho. Una noche, un pistolero disparó contra la cabaña; Samuel lo abatió de un tiro certero.
—Esto no acabará hasta que lo enfrentemos —dijo Samuel.
Grace cambió. Su devoción religiosa se mezclaba ahora con un amor terrenal. El trato dejó de ser una transacción y se convirtió en pasión.
—No lo hago por obligación, Samuel. Lo hago porque te amo —confesó Grace una tarde, mientras yacían en el heno, el viento del desierto susurrando secretos.
Por primera vez en años, Samuel sintió que su corazón latía de nuevo.
—Y yo a ti, Grace. Pero Wade no nos dejará en paz.
Samuel buscó ayuda. Cabalgó hasta el pueblo más cercano y contactó a Tom Reilly, un viejo amigo y marshal federal.
—Wade es intocable, pero si conseguimos pruebas, lo derribaremos —dijo Reilly.
Juntos tendieron una trampa. Wade, furioso, envió a sus hombres para quemar el rancho. En la emboscada capturaron a dos, quienes confesaron bajo presión. Wade fue arrestado en su mansión de Phoenix, gritando maldiciones mientras lo esposaban.
La boda fue sencilla, en una capilla de adobe con un sacerdote mexicano. Al principio fue por protección legal, pero esa noche en la cama fue por amor puro.
—Eres mi salvación —murmuró Samuel, besando el velo blanco de Grace, ahora símbolo de su pasado y su futuro.
El juicio de Wade fue un circo en la corte de Tucson. Grace testificó con valentía, su hábito negro contrastando con los trajes elegantes de los abogados.
—Me ató como a una crucificada porque rechacé su lujuria —declaró, la voz firme pese al temblor.
El abogado de Wade la atacó, acusándola de vivir en pecado con Crawford.
—El pecado es tuyo, Wade, por robar vidas —replicó Grace.
El jurado, conmovido, lo condenó a quince años en la prisión de Yuma. Wade, derrotado, prometió venganza.
La paz llegó al rancho. Samuel y Grace vivieron meses de dicha. Él expandió el corral, compró más caballos. Ella plantó un jardín de rosas traídas de Santa Fe, símbolo de su renacimiento.
Pero el destino es cruel en el oeste. Samuel enfermó gravemente, una fiebre del desierto lo postró en cama. Grace lo cuidó día y noche, rezando con su Biblia abierta.
—No me dejes, amor mío —suplicaba.
Milagrosamente, Samuel se recuperó.
—Tú me salvaste como yo a ti —dijo él, abrazándola.
Grace quedó embarazada. Un hijo suyo, un legado. Pero el parto fue un infierno. En la cabaña, con una partera india, las complicaciones la desgarraron. Dio a luz a un niño sano, pero perdió demasiada sangre.
—Cuídalo por mí —susurró Grace antes de cerrar los ojos para siempre.

Samuel, destrozado, enterró a Grace bajo un roble en el rancho, con su Biblia en las manos. El bebé, bautizado Samuel II, vivió solo unas semanas antes de sucumbir a una infección. Samuel, ahogado en el dolor, vendió el rancho y se mudó a Tucson con su hijo mayor, Samuel Junior, ahora abogado.
Por años, Samuel guardó silencio, trabajando en una tienda y bebiendo whisky para olvidar. Pasaron décadas; el oeste cambió, los ferrocarriles cruzaron el desierto, los autos reemplazaron a los caballos.
En 1925, en una cama de hospital en Tucson, Samuel Senior, ya un anciano de 91 años, yacía moribundo. Junior, soltero y temeroso del amor por las historias de pérdida de su padre, lo velaba.
—Hijo, escucha mi historia —dijo el viejo, la voz débil pero clara.
Contó todo: el desierto, la cruz, el hábito negro, el trato escandaloso que se volvió amor, las mañanas en el granero, los mediodías bajo el sol, las noches de pasión, la emboscada, el juicio, la boda, la enfermedad y las muertes.
—Esos siete meses con Grace fueron el paraíso en el infierno. Ella me enseñó que el amor, aunque duela, vale más que la soledad. No temas amar, hijo. El dolor pasa, pero el vacío mata lento.
Samuel Senior murió esa noche con una sonrisa, como si viera a Grace esperándolo en el desierto. Junior, impactado, miró por la ventana al sol poniente. Toda su vida había evitado el amor temiendo el dolor, pero las palabras de su padre resonaron: vivir con dolor es mejor que no vivir.
Al día siguiente, conoció a una maestra en la calle, una mujer con ojos como los de Grace. Por primera vez, sonrió y la invitó a un café. La vida en el oeste era así: dura, impredecible, pero llena de momentos que valían una eternidad.
Grace y Samuel lo probaron, y su legado perduró en el corazón de su hijo.