El juez vendía indígenas como si fueran esclavos. Villa lo entregó para que se hiciera justicia.
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El juez que vendía vidas y la justicia de Villa
El sol del mediodía en el desierto de Chihuahua, en 1917, era un infierno que quemaba la piel y el alma. La arena, caliente como brasas, se extendía sin fin bajo un cielo sin nubes, y el aire, pesado y seco, llevaba en su aroma un olor a miedo, a injusticia, a muerte. En ese paisaje inhóspito, una mujer caminaba descalza, obligada a atravesar aquella tierra ardiente por órdenes de un hombre cruel, un juez corrupto que vendía seres humanos como si fueran ganado.
La mujer era Rosario, una lavandera humilde, madre de dos hijos pequeños. Su cuerpo, delgado y agotado, se movía con dificultad, sus pies llenos de ampollas y carne quemada. La obligaron a caminar en la arena caliente, con las lágrimas rodándole por las mejillas, mientras los hombres que la controlaban se reían y la insultaban. La escena parecía sacada del infierno, y en el pueblo de San Pedro, escondido en las montañas, nadie podía hacer nada. La impotencia pesaba en el corazón de todos los que conocían esa historia.
El capitán Duarte, un hombre sin alma, era quien mandaba aquella operación de tortura. Él, con su uniforme impecable y su rostro arrogante, disfrutaba humillando a los indefensos. La había hecho caminar descalza, con los pies en llamas, como un castigo ejemplar para quienes ayudaban a los villistas. La gente del pueblo lo veía desde lejos, con rabia contenida, sabiendo que aquella crueldad solo era una muestra de su poder.
—¡Vamos, mujer! —gritó Duarte con una sonrisa cruel—. Que sienta en su carne lo que es ser un animal, una bestia. ¡Camina más rápido, y no te pares!
Rosario, con el cuerpo desgarrado y el alma en agonía, intentó resistirse. Pero sus pies estaban en carne viva, y cada paso la hacía gritar de dolor. La piel de sus plantas se desprendía en tiras, dejando carne expuesta que se pegaba a la arena caliente como si fuera una masa de carne y tierra. El sol, implacable, parecía querer fundirla en ese infierno, y la mujer solo podía gemir y suplicar en silencio, esperando que todo terminara pronto.
—¡No, por favor! —gritó con desesperación—. ¡Soy madre! ¡Tengo hijos que me esperan en casa! ¡No me hagas esto!
Pero Duarte, sin una pizca de compasión, jalaba la soga con fuerza, prolongando aquella tortura. La arena ardiente le quemaba los pies, y la piel se iba desprendiendo en pedazos, dejando carne viva y heridas que sangraban en silencio. La mujer vomitó, sus lágrimas se mezclaban con el sudor y la tierra, formando charcos de sufrimiento en la arena. Cada segundo era una eternidad de dolor.
—¡Por favor! —suplicaba, casi sin fuerzas—. ¡No me hagas esto! ¡Soy madre, tengo hijos pequeños!
Pero Duarte no se detenía. La jalaba sin piedad, como si quisiera que sintiera en su propia carne el castigo que ella misma había impuesto a otros. La historia parecía sacada de un relato de horror, pero era la realidad de aquel día en el desierto.
Y en ese momento, en esa escena de crueldad extrema, la historia cambió para siempre.

La justicia del pueblo
Villa, el legendario general del norte, que en aquel tiempo ya era símbolo de justicia y resistencia, estaba a miles de kilómetros de distancia. Pero esa noche, en su campamento, en medio del silencio y las estrellas, un mensaje llegó a sus oídos. Fermín, un ranchero valiente y leal, llegó corriendo con la noticia: “General, en San Pedro, Duarte está torturando a Rosario, una mujer humilde, una lavandera. La hace caminar descalza en la arena ardiente, y sus pies están hechos trizas.”
Villa, que en aquel entonces ya era conocido como el centauro del norte, escuchó con atención. Su rostro, siempre sereno y calculador, se endureció. La crueldad no podía quedar impune. La justicia del norte era clara: quien oprime a los inocentes paga con la misma moneda. Esa noche, en la oscuridad del desierto, Villa tomó una decisión.
—¿Y qué propones? —preguntó, con voz firme pero calmada.
—Que actuemos, general. No podemos permitir que ese capitán siga haciendo daño a los inocentes. La justicia debe ser rápida y definitiva.
Villa asintió lentamente, y en su interior se encendió una chispa de furia contenida. No solo era venganza, sino justicia verdadera. La estrategia era simple: emboscar a Duarte en la Sierra de la Cruz, un cañón estrecho rodeado de peñas altas, donde la resistencia sería casi imposible. Sus hombres, entrenados en la paciencia y en la precisión, se dispersaron en la noche, preparando cada detalle.
La noche fue larga, pero la paciencia del norte era famosa. La tarde cayó lentamente, y el calor parecía fundir la tierra en un solo cuerpo ardiente. Cuando los federales llegaron, confiados y desprevenidos, Villa dio la señal.
Desde las peñas, sus hombres dispararon ráfagas de rifles, atrapando a Duarte y a sus soldados en una trampa mortal. La escena fue brutal. Duarte, con su arrogancia y crueldad, fue reducido a un hombre humillado, arrastrado por la arena caliente, con la piel de sus pies en carne viva, gritando en agonía.
—¡No, por favor! —suplicaba, con lágrimas y sudor en su rostro quemado—. ¡No me hagas esto! ¡Soy un hombre de autoridad! ¡Tengo familia!
Pero Villa, con su mirada fría y su voz firme, le respondió: —Aquí no hay autoridad que valga si no respetas a los débiles. Aquí se paga con la misma moneda. Tú lastimaste a Rosario, a una madre, y ahora tú pagarás.
El general ordenó que Duarte fuera amarrado con la misma soga que había usado para torturar a Rosario. La soga, áspera y gruesa, cortó su piel y dejó marcas rojas y profundas en sus muñecas. Duarte, en su desesperación, solo pudo llorar y suplicar, mientras su cuerpo temblaba y su alma se quebraba.
—¿Sabes qué es justicia verdadera? —preguntó Villa, acercándose al capitán, con la voz baja y cargada de promesa—. Es que el que hace el mal sienta en su propia carne, en su propio cuerpo, exactamente lo que hizo a otros. Y eso, Duarte, es lo que te va a pasar ahora.
El rostro de Duarte, cubierto de lágrimas y sudor, quedó marcado para siempre por esa lección de justicia. La arena ardiente, el sol implacable, y el silencio absoluto del desierto se convirtieron en testigos de un acto que resonaría en la historia del norte por generaciones.
La leyenda de la justicia
Desde aquel día, la historia de Rosario, la mujer que fue obligada a caminar descalza en la arena ardiente, y cómo Villa le dio justicia en medio del desierto, se convirtió en leyenda. La historia se transmitió en corridos, en relatos en cada pueblo y en cada fogata. Era un recordatorio de que en el norte, quienes oprimen a los débiles, terminan pagando un precio muy alto.
Villa no era un santo, pero tenía un código de honor que lo distinguía. No se metía con quien no le hacía daño, pero cuando alguien cruzaba la línea, cuando lastimaban a los inocentes, él respondía con toda la fuerza de su justicia.
Y en cada rincón del norte, la gente recuerda esa historia. La historia de la mujer que caminó en la arena caliente y del hombre que hizo lo impensable para que la justicia prevaleciera. Porque en el norte, el que siembra crueldad cosecha humillación, y Villa siempre estuvo allí para cobrar esa deuda.