“¡Tranquilos!” — Los prisioneros alemanes temían lo peor cuando los soldados brasileños les daban un baño.
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El frío no venía solo del invierno italiano. Venía de las paredes de piedra, del barro endurecido, del silencio impuesto. El campo de prisioneros descansaba entre colinas aisladas, lejos de las ciudades y todavía más lejos de cualquier compasión.
Alambre de púas cortaba el horizonte como una cicatriz metálica. Las torres de vigilancia se alzaban en cada esquina, con figuras quietas que parecían no parpadear nunca. Allí no existía la noche completa: había una ilusión de oscuridad que siempre era rota por el eco de un silbato, de botas sobre grava, de órdenes gritadas en idiomas hostiles.
Las prisioneras despertaban antes que el sol. Algunas ni siquiera llegaban a dormirse del todo; el miedo no descansaba. Mujeres de distintas edades y orígenes, alemanas en su mayoría, pero mezcladas con polacas, francesas, yugoslavas, reunidas por la misma condena: seguir vivas en un mundo que llevaba años empeñado en destruirlas.
Nadie tenía claro cómo habían acabado exactamente en aquel campo en las colinas. La guerra había dispersado a las personas como esquirlas: una misión fallida en el norte de África, un barco interceptado en el Adriático, una evacuación mal organizada en Grecia, un hospital de campaña capturado. El resultado era el mismo: uniformes ásperos de lana gris, números cosidos en el pecho sustituyendo a los nombres, y una rutina de trabajo que empezaba cuando el cielo apenas clareaba.
Cargaban piedras para reforzar muros que las mantenían cautivas. Abrían zanjas que no sabían si eran para drenaje o para fosas. Lavaban ropa en agua helada hasta perder la sensibilidad en los dedos. Quien caía, aprendía rápido que el suelo no ofrecía refugio: un grito, la culata de un fusil, un castigo añadido. El campo no perdonaba la debilidad.
Entre ellas, circulaban miradas que decían más que cualquier frase. Un trozo de pan compartido a escondidas, algunos segundos de descanso cedidos en un trabajo interminable, un trozo de tela para cubrir un hombro desnudo. Pequeños gestos se convertían en actos de resistencia silenciosa. La solidaridad tenía que ser muda: cualquier sonido erróneo podía costar caro.
Una de las mujeres observaba todo con una atención que rozaba la obsesión. No lloraba, no pedía favores a los guardias, no se permitía colapsar. Era alemana, debía rondar los treinta años; tenía el pelo cortado a la fuerza y los pómulos marcados por el hambre. Para las demás era “Marta”, aunque nadie sabía si ese era su nombre real. Ella memorizaba horarios de guardia, cambios de turno, puntos ciegos detrás del depósito de carbón. La guerra le había enseñado que sobrevivir también era almacenar información que quizá, algún día, le serviría.
Por las noches, cuando el campo se hundía en un silencio tenso apenas interrumpido por los pasos en las torres, susurros cruzaban las literas. Historias de casas lejanas, de hijos que nadie sabía si seguían vivos, de ciudades bombardeadas. Algunas hablaban de un país caliente, lejano, del que apenas tenían imágenes: Brasil, nombres sueltos, palabras de una lengua que sonaba redonda y extraña. Pero la guerra no permitía nostalgia durante mucho tiempo. El cansancio cortaba los recuerdos; el miedo los devolvía al presente.
Fue entonces cuando empezaron los rumores. Las tropas se movían. Se oían estallidos más cerca. Los guardias italianos estaban nerviosos, más bruscos, con menos paciencia. Había discusiones en la oficina central, mensajeros que iban y venían. Algo se estaba acercando al campo. Nadie sabía qué, pero todas lo sentían.
Una madrugada, mucho antes de que el primer rayo de luz asomara, se oyó el ruido de motores. No era el ronroneo conocido de los camiones de abastecimiento del campo. Era un estruendo metálico, más pesado, atravesando la neblina que envolvía las colinas.
Las prisioneras se levantaron por el sonido, incluso sin que sonara el silbato. No era el miedo rutinario del hambre o del trabajo. Era otra cosa: el temor a un cambio. Y en la guerra, los cambios rara vez sig
nificaban salvación para quienes vestían el uniforme equivocado.
En las torres, los guardias se agitaron. Algunos señalaban hacia el portón, otros consultaban papeles con manos temblorosas, como si en ese mundo sin ley los documentos todavía tuvieran poder. De lejos llegó un murmullo distinto: voces que no eran alemanas, ni italianas.
Una lengua blanda, llena de “s” y “ão”, que a algunas les sonó vagamente conocida de antiguas emisiones de radio; para otras era completamente nueva. El portón principal se abrió con un chillido y el campo entero contuvo la respiración.
No entró una columna de soldados alemanes regresando ni una unidad italiana reforzando el control. Entraron hombres con uniformes distintos, de un verde algo más claro, las insignias diferentes, las banderas que asomaban en los brazaletes mostrando algo inesperado: verde, amarillo y azul. Brasil.
Venían cansados. Sus uniformes estaban arrugados, manchados, sus botas cubiertas de barro. Llevaban fusiles, sí, pero también cajas de suministros, sacos con mantas, camillas plegadas. Sus miradas recorrían el campo con atención, pero sin ese brillo de crueldad que las prisioneras conocían demasiado bien.
La noticia se propagó entre las barracas como fuego en paja seca: los aliados habían tomado la zona; el campo había cambiado de manos. Los alemanes retrocedían en Italia. Un contingente brasileño —hombres venidos de un país que para muchas era casi legendario— había recibido la misión de hacerse cargo de aquel campo improvisado.
Dentro de las alambradas, sin embargo, eso no significaba libertad. Significaba que el rostro de quien mandaba cambiaba, no las rejas que las rodeaban.
Los nuevos responsables ordenaron una separación rápida por nacionalidades. Las prisioneras alemanas, por ser consideradas “enemigas primarias”, fueron apartadas del resto: polacas y yugoslavas a un lado, francesas e italianas en otro, alemanas en el centro del patio. Allí, juntas y alineadas, el miedo se hizo más denso.
Habían escuchado demasiadas historias. En las trincheras, en los trenes, en otros campos: relatos distorsionados, exagerados o no, sobre lo que soldados extranjeros hacían con mujeres capturadas. Los antiguos guardias italianos y alemanes no eran santos; muchas sabían de abusos cometidos lejos de las torres. El cerebro, alimentado durante años por la violencia, completaba los vacíos siempre con lo peor.
Cuando un sargento brasileño, con bigote ralo y acento fuerte, señaló el edificio de baños y dio una orden, no lo entendieron por las palabras, sino por el gesto.
—Vamos, vamos… banho —dijo, señalando el edificio bajo de ladrillos al fondo.

Las alemanas se tensaron. Algunas dieron un paso atrás. El eco de otros “baños” en otros lugares, de otras guerras, resonó sin necesidad de ser nombrado. El simple hecho de ser conducidas juntas a una construcción cerrada, sin explicación clara, activó todos los mecanismos de terror que la guerra había instalado.
La puerta de la barraca se abrió y una voz en portugués cortó el aire.
—Calma, vai com calma —dijo el sargento, sin gritar.
No todas entendieron las palabras, pero el tono era reconocible. No era un rugido de amenaza, sino una orden de contención. Un intento de detener un pánico que, a ojos de los soldados, parecía surgir de la nada.
Dos soldados arrastraban un caldero inmenso de agua humeante. Otro abrió una caja de madera y empezó a sacar barras de jabón envueltas en papel. Un médico militar, con un brazalete con cruz roja, se acercó acompañado de una enfermera italiana a la que habían reclutado entre las prisioneras con formación sanitaria.
El médico y la enfermera hablaban en voz baja, señalando cabellos llenos de liendres, heridas infectadas, piel agrietada. Intentaron explicar, mezclando italiano con un alemán rudimentario, que aquello era un procedimiento de higiene, una desinfección para prevenir brotes de tifus y otras enfermedades. No un castigo.
Las palabras llegaron fragmentadas a las mujeres, y aun así el terror no se disolvió. Llevaban meses —algunas, años— entendiendo que cualquier movimiento impuesto podía ser una antesala de algo peor.
Las primeras en entrar temblaban, no de pudor. La vergüenza del cuerpo desnudo, en aquel contexto, hacía tiempo que se había vuelto un lujo. Temblaban por anticipación, por las imágenes que se formaban solas en la mente.
Dentro del edificio de baños, el vapor de la agua caliente llenaba el aire como un fantasma inesperado. La luz era débil; algunas bombillas colgaban desnudas del techo. El suelo estaba mojado y resbaladizo. En cualquier rincón, pensaban, podría esperarlas una nueva violencia.
Una joven rubia, con el número cosido en el pecho torcido por tantos remiendos, dio un paso hacia atrás en el umbral. Su respiración era acelerada, los ojos desenfocados. Se aferró al propio antebrazo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, como si así pudiera sostenerse entera.
El sargento brasileño la notó. No se acercó corriendo ni levantó la voz. Bajó el fusil, apoyándolo contra la pared, y levantó la mano con la palma abierta hacia ella, en un gesto universal.
—Vai com calma, tá? —dijo despacio—. Ninguém vai te machucar.
Ella no entendió el “tá”, ni el “ninguém”, pero captó algo en la forma en que él primero se señaló a sí mismo, luego negó con la cabeza y finalmente indicó el interior del baño. Lo miró: no había en su rostro la chispa de sadismo que había aprendido a reconocer. Había tensión, cansancio, un fondo de urgencia, pero no deseo de humillar. Sobre todo, vio que estaba tratando de que no se desmoronara ahí mismo.
Adentro, el procedimiento fue duro y simple, como todo en tiempos de guerra, pero con matices que ellas no esperaban. Los soldados no entraban más allá de la puerta. Habían colgado sábanas y mantas a modo de cortinas, creando cubículos de intimidad precaria. La enfermera italiana daba indicaciones en voz baja. Revisaba cueros cabelludos, indicaba cómo enjabonarse, echaba una solución fuerte contra piojos sobre los peines.
Cuando alguna se mareaba o no podía sostenerse, la enfermera pedía ayuda. Entonces uno de los soldados entraba por unos segundos, sin mirar directamente, sosteniendo un cuerpo que se resbalaba. Entraba y salía, sin comentarios.
El agua caliente recorría pieles que solo conocían el frío cortante desde hacía meses. El jabón desprendía la suciedad incrustada y, con ella, una capa fina de miedo pegado al cuerpo. Las heridas se limpiaban, se vendaban. Se repartían mantas secas y ropa que, aunque igual de áspera, estaba limpia.
Algunas lloraron en silencio mientras el agua caía. No era alivio puro. Era un llanto extraño, mezcla de confusión y de algo que dolía tanto como la guerra: la memoria. Durante unos instantes breves, sus cuerpos volvían a ser tratados como cuerpos humanos, no como cosas. Y eso, sabían, era peligroso: les recordaba qué habían sido antes de volverse números.
Cuando la última mujer salió, con el pelo aún húmedo y envuelta en un cobertor áspero pero seco, el aire del patio pareció más respirable. No era libertad. Las alambradas seguían ahí, las torres seguían ocupadas. Pero un engranaje en la maquinaria del terror había chirriado. El peor escenario que sus mentes habían imaginado no se había cumplido.
Del otro lado de las cercas, la guerra seguía rodando. Explosiones lejanas sonaban como truenos. Aviones surcaban el cielo gris. Dentro del campo, otras prisioneras observaban de lejos a las alemanas recién bañadas, tratando de descifrar qué significaba ese tipo de ocupación.
Al día siguiente, un aviso fue clavado en un tablón en el centro del campo. Estaba escrito en italiano y alemán, con letras grandes y impersonales. Hablaba de “reorganización”, de “triage”, de “traslado”.
Palabras que, en cualquier guerra, decían lo mismo: iban a ser movidas como objetos hacia un lugar desconocido.
La lectura de listas comenzó en la mañana. Nombres y números resonaban en el patio. Mujeres que se levantaban con la mirada perdida, recogían sus pocas pertenencias: una manta, una taza abollada, un pedazo de metal que hacía las veces de cuchara. La vida reducida a lo que cabía en las manos.
Mientras tanto, los brasileños discutían entre sí con caras tensas. No eran peleas de brutalidad; eran discusiones apremiantes. El frente de batalla se acercaba. El campo, convertido en punto estratégico, podía convertirse en blanco de artillería en cualquier momento.
El capitán brasileño, un hombre que parecía demasiado joven para las arrugas que ya se le marcaban en la frente, recibió un mensaje por radio. Voz metálica, interrumpida por interferencias, pero clara en lo esencial: una columna alemana en retirada había sido avistada en las carreteras cercanas. Existía la posibilidad de que intentaran recuperar el campo, llevarse prisioneras como rehenes, o destruirlo todo para borrar pruebas.
El capitán miró las torres, el alambre de púas, a las mujeres alineadas en el patio. Sabía lo que decían los manuales: evacuar lo imprescindible, asegurar posiciones, minimizar riesgos. La guerra convertía vidas en cifras de logística. Pero nada en su cara indicaba que aceptara eso sin tragar duro.
Camino hacia la zona donde las prisioneras aguardaban. Las alemanas lo miraron con una mezcla de desconfianza y resignación. El recuerdo del baño caliente, de la ausencia de abuso, todavía no bastaba para disipar años de horror acumulado.
La mujer mayor se sujetaba aún a su manta como si fuese una armadura. La joven que había temblado en el baño mantenía la cabeza baja, pero sus ojos registraban cada movimiento, cada gesto.
El capitán habló. Un intérprete italiano trató de seguirlo.
—Evacuación inmediata —traducía—. En camiones, a un punto seguro. Es ahora o quizá nunca. Quien no suba, puede que no tenga otra oportunidad.
Las prisioneras parpadearon. La urgencia no encajaba con su experiencia del campo. Allí, las prisas siempre habían sido preludio de castigo, nunca de salvación. Era difícil convencer al cuerpo de que una carrera hacia un camión no terminaría en una celda más pequeña o en una fosa.
Un estruendo lejano cortó el momento. Luego otro, más cercano. El suelo vibró ligeramente bajo sus pies. Un avión pasó bajo, proyectando una sombra fugaz sobre el patio. Los guardias brasileños levantaron la vista, tensos. El radio escupió coordenadas.
En el límite del bosque, en la línea de árboles que cerraba el horizonte, se notó movimiento. Figuras oscuras se movían. No eran cazadores.
La guerra había llegado al portón.
—¡Vamos! —ordenó el capitán—. ¡Embárquenlas ya!
La enfermera italiana gritó órdenes, tirando del brazo de una mujer que no reaccionaba. El intérprete intentaba traducir a varias lenguas a la vez, pero el pánico ya había tomado la delantera. Algunas corrieron. Otras se quedaron clavadas. Un tropezón provocó una caída, y luego otra. Gritos. Por un instante, todo estuvo a punto de volverse estampida: mujeres aplastadas, soldados disparando al aire sin pensar, caos total.
En medio de ese ruido, se oyó otra vez la voz del sargento.
—Calma! Calma! Olha pra mim! Vai com calma! —gritó.
No era un grito de furia. Era un grito para rescatar, para sujetar el hilo fino del orden.
Se acercó a la joven alemana, la misma que se había paralizado en el baño. Sus pupilas estaban dilatadas, respiraba como si hubiera corrido kilómetros aunque no se hubiera movido del sitio. El sargento no la jaló. Le sostuvo los hombros con firmeza pero sin violencia, la hizo girar hacia él.
—Olha pra mim —repitió—. Vai com calma. Você vai agora.
Ella murmuró algo en alemán, una avalancha de palabras que él no entendió. Pero no necesitaba el idioma. Entendía el cuerpo rígido, el temblor, la memoria de otros gritos, de otras evacuaciones que no habían terminado bien. Señaló el camión, luego a ella, luego a sí mismo. Hizo un gesto sencillo, con el que cualquier niño habría entendido: “Voy contigo”.
Un nuevo estallido sacudió el aire. Algún fragmento de muro se desprendió lejos. Los soldados brasileños formaron un corredor humano entre las mujeres y los camiones, extendiendo los brazos para impedir empujones, para guiar.
Y, asombrosamente, aquello funcionó. Una a una, tambaleándose, las prisioneras comenzaron a subir a los vehículos. Algunas lloraban sin sonido. Otras apretaban las manos de desconocidas como si fueran familiares perdidas.
La anciana alemana tropezó en el estribo. Dos soldados la agarraron de los codos, la levantaron con cuidado, como si su fragilidad importara más que el uniforme que había llevado antes de ser capturada. Una prisionera italiana se santiguó antes de subir.
El último camión estaba casi lleno cuando un fogonazo explotó cerca del portón. El alambre se sacudió. Sonaron tiros, secos y espaciados, disparos de avance.
El capitán miró el camión y miró el patio. Todavía quedaban algunas mujeres, encogidas tras un barril, junto a una pared. Tomó la decisión imposible que la guerra demanda: ordenó arrancar al camión ya cargado y se quedó con un pequeño grupo para buscar al resto.
Si esperaba, podía perderlo todo. Si se iba, las abandonaba. Sus facciones se endurecieron, pero su mirada no esquivó la carga de esa elección.
El sargento se quedó también. Corrieron hacia el patio envuelto ya en polvo y humo ligero. Encontraron a tres prisioneras abrazadas, encajadas detrás del barril, como tratando de fundirse con la madera.
No respondían a órdenes. No se movían. No era obstinación; era puro trauma.
El sargento se agachó hasta quedar a su altura. Apoyó una rodilla en el barro.
—Vai com calma… —dijo, esta vez casi en un susurro.
El campo entero parecía escuchar esa frase. No por el idioma, sino por el peso extraño que traía, como si alguien empujara aire limpio en una habitación cerrada.
La joven de antes reconoció el tono antes que las palabras. Recordó el baño, el agua caliente, la mano levantada en gesto de paz. Inspiró hondo, o lo intentó. Sus piernas se movieron una fracción. Se puso de pie, temblando. Las otras dos la siguieron, todavía con el cuerpo encogido.
Corrieron juntos hacia el camión que aguardaba con el motor en marcha. Una bala golpeó la carrocería, otra levantó tierra cerca de una rueda. Un soldado brasileño se lanzó instintivamente delante de ellas, usándose como escudo involuntario. No lo pensó: durante unos segundos, su cuerpo se convirtió en muralla.
Alcanzaron la parte trasera. Un par de manos extendidas las ayudaron a subir. El chofer metió primera. El camión dio un salto y se lanzó por el camino de tierra, dejando atrás el campo envuelto en humo, gritos y disparos.
Cuando la carretera de curvas devolvió al paisaje colinas en lugar de torres, el ruido sordo de la batalla quedó atrás. Dentro del vehículo, el silencio cayó como una manta. No era el silencio del campo, cargado de amenaza. Era el de quienes acababan de sobrevivir por un margen tan reducido que todavía no se lo creían.
Las mujeres se miraban unas a otras. Algunas respiraban entrecortado. Otras tenían la mirada fija en un punto indefinido. No hubo fiesta, ni gritos de alegría. Solo un cansancio tan profundo que se parecía a la incredulidad.
La joven alemana apretaba el cobertor contra el pecho, como si sin ese trozo de lana pudiese disolverse. De vez en cuando, alzaba la vista hacia el final del camión.
Allí estaba el sargento, sentado con la espalda apoyada en la madera, el fusil entre las piernas, los ojos clavados en el camino que se perdía detrás. El rostro duro, la mandíbula apretada, pero algo en su postura evidenciaba que también él estaba procesando lo ocurrido.
Pasó mucho rato hasta que ella se atrevió a hablar. Forzó su alemán, buscando palabras sencillas, como si temiera que cada sílaba pudiera romper algo.
—Warum… ihr? —preguntó, muy despacio—. ¿Por qué… ustedes?
El sargento giró la cabeza. No entendió las palabras exactas, pero captó la pregunta en la mirada y el gesto, en el leve movimiento de la mano que ella extendió, señalando su uniforme, luego a sí misma.
Pensó unos segundos. No tenía un discurso preparado, no había nada heroico en su cabeza, solo el cansancio y una certeza pequeña pero obstinada que había decidido conservar.
Respondió en portugués, sin elevar la voz:
—Porque guerra não dá o direito de virar bicho.
La enfermera italiana, que iba sentada cerca, escuchó. Frunció el ceño, buscó las palabras en su memoria, en algún rincón donde el portugués y el italiano se rozaban, y tradujo como pudo:
—Dice… que la guerra… no da derecho… de convertirse en animales.
No era una traducción perfecta, pero bastaba. El sentido atravesó el idioma.
La vieja alemana, que escuchaba con los ojos cerrados, dejó caer por primera vez en meses unas lágrimas que no estaban mezcladas con miedo por el golpe que vendría después. Lloró en silencio, como alguien que de pronto recuerda que todavía es capaz de sentir algo que no sea horror.
El camión siguió adelante. La guerra no había terminado; el mundo seguía roto. Pero en ese tramo de carretera italiana, en la parte trasera de un vehículo sobrecargado, había ocurrido algo improbable: enemigos habían cruzado juntos un fragmento de infierno, escoltados por hombres que, en medio del caos, habían decidido seguir siendo humanos.
Tiempo después, cuando aquellas mujeres intentaran contar lo sucedido, muchas se quedarían con detalles fragmentados: el vapor del baño caliente, el acento extraño de los brasileños, el miedo pegado al estómago, las balas demasiado cerca. Pero casi todas recordarían una frase, dicha en una lengua que muchas no entendían, pero cuyo eco se les había grabado en el cuerpo.
“Vai com calma.”
Al principio fue una orden para no desmayarse bajo la ducha. Después, un grito para no ser aplastadas en un patio en pánico. Al final, se convirtió en algo más: en la manera de nombrar ese hilo finísimo de humanidad que, contra toda lógica, algunos habían decidido no cortar.
En un campo levantado para quebrar cuerpos y voluntades, esa calma inesperada abrió una grieta. Y por esa grieta, aunque fuese por unos minutos, entró algo que la guerra llevaba mucho tiempo expulsando: la idea peligrosa de que no todas tenían que salir de allí derrotadas.