“¿Así hacen niños los blancos? ¡Yo también quiero probar!” dijo la inocente mujer apache
El Beso Bajo las Estrellas
En el año de 1872, cuando el sol ardía sobre las llanuras de Sonora como si quisiera fundir la tierra, un hombre blanco cabalgaba solo hacia el norte. Jack Harland, cazador de pieles, había perdido a su socio en una emboscada comanche tres lunas atrás. Su rostro curtido por el viento y la pólvora, sus ojos azules brillando con cansancio y desafío, llevaba un rifle Winchester al hombro y un revólver Colt en la cadera. El desierto lo había endurecido, pero no lo había quebrado.
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Cerca del arroyo que los mexicanos llamaban río seco, Jack encontró huellas frescas: cascos de caballo sin herrar y mocasines de cuero crudo. Apaches. Su instinto le gritó que se alejara, pero la sed era más fuerte que el miedo. Avanzó con cautela, el dedo cerca del gatillo, hasta que la vio: sentada en una roca, con las piernas cruzadas como una niña, una joven apache lo observaba. No tenía más de veinte primaveras, cabello negro como la noche cayendo en ondas hasta la cintura, vestida con una falda de gamuza y cuentas de turquesa. En sus manos sostenía un libro.
Jack parpadeó incrédulo. Una india apache leyendo. La mujer levantó la vista, sus ojos profundos como pozos donde se ahogaba la luz del sol. No había miedo en ellos, solo curiosidad.
—¿Tú blanco? —preguntó en español torpe.
—Así es, señorita —respondió Jack, bajando el rifle—. Jack Harland, para servirla.
Ella lo estudió con la cabeza inclinada. Se llamaba Nayeli, de la gente en D.
—¿Qué haces en tierra de mis ancestros?
—Busco agua y un poco de paz, si me la permiten.
Nayeli sonrió, iluminando el desierto más que el sol del mediodía. Le señaló el arroyo y Jack, vencido por la sed, llenó su cantimplora. Nayeli se sentó a su lado, abriendo el libro sobre sus rodillas.
—¿Qué lees? —preguntó Jack.
—Palabras de hombres blancos. Un misionero me lo dio. Habla de amor, de cómo los blancos hacen niños.
Jack casi se atragantó con el agua. Nayeli mostró una página ilustrada: un hombre y una mujer abrazados bajo un árbol, “El beso de los amantes”.
—Aquí dice que los blancos se besan así. Y luego hacen niños.
Jack se sonrojó.
—No es tan simple…
—¿Me enseñas?
Jack titubeó.
—Señorita, eso no se enseña así nomás. Hay pasos y respeto…
—Respeto —interrumpió Nayeli—. En mi tribu, cuando un hombre y una mujer se desean, van al río al atardecer, se bañan juntos, se cuentan sus sueños. Si los espíritus aprueban… —se encogió de hombros.
Jack nunca había conocido a una mujer como Nayeli. En los salones de Tucson, las mujeres blancas se desmayaban si un hombre las miraba demasiado, pero Nayeli era fuego puro.
De pronto, un grito cortó el aire. Un guerrero apache emergió, arco en mano, rostro pintado de negro y rojo, ojos ardientes de furia.
—¡Nayeli, aléjate de ese blanco!
Nayeli se interpuso desafiante.
—Tío Chato, él no es malo, solo tiene sed.
Chato apuntó su flecha al pecho de Jack.
—Los blancos traen muerte. Su aliento envenena el viento.
Jack levantó las manos.
—No busco problemas, solo agua.
—Agua se comparte con hermanos, no con perros blancos —escupió Chato.
—Es mi invitado —dijo Nayeli—. Lo dice la ley de la hospitalidad.
Chato vaciló. La ley apache era sagrada. Finalmente gruñó:
—Tres días en nuestro campamento. Luego se va o muere.
Jack aceptó. Nayeli sonrió.
—Ven, hombre blanco. Te enseñaré cómo vive mi gente y tal vez tú me enseñes lo tuyo.
El campamento apache estaba oculto en un cañón. Todos se detuvieron al ver a Jack. Chato lo llevó ante el jefe Goklaya, conocido por los mexicanos como Jerónimo.
—¿Por qué vienes a nuestra tierra? —preguntó el jefe.
—Busco paso seguro al norte. Ofrezco mi rifle para cazar y mi gratitud por su hospitalidad.
—Tres días —sentenció Goklaya—. Ayudarás a cazar, protegerás a las mujeres si hay ataque. Mantendrás tus manos lejos de mi sobrina.
Esa noche, Nayeli se sentó junto a Jack en la fogata, le ofreció guiso de venado y preguntó:
—¿Siempre eres tan directo?
—Mi madre dice que nací preguntando. Mi padre dice que moriré respondiendo. ¿Y qué pregunta tu corazón ahora?
—Quiero saber cómo es el amor de los blancos. En mi libro hablan de cartas, flores, promesas bajo la luna.
—El amor verdadero no necesita palabras bonitas, solo dos almas que se reconocen.
—¿Nuestras almas se reconocen, Jack Harland?
Antes de responder, un grito desgarró la noche. Mexicanos al sur. El campamento estalló en caos. Jack tomó su rifle y se unió a los guerreros. Nayeli corría entre las rocas con un cuchillo en la mano. En medio del fragor, Nayeli encontró a Jack.
—Tenemos que huir. Hay un paso secreto al este.
—¿Y tu gente?
—Pelearán. Pero tú eres mi responsabilidad ahora.
Tomó su mano y corrieron hasta una cueva oculta tras una cascada. Nayeli encendió una antorcha; las paredes estaban cubiertas de pinturas antiguas.
—Aquí estamos a salvo —susurró Jack, exhausto y herido.
Nayeli lo vendó.
—Eres valiente, hombre blanco.
—Tú también, mujer apache.
—Jack, enséñame ahora, antes de que el mundo nos separe.
Él la miró, vio a la mujer detrás de la guerrera.
—Nayeli, el amor no es una lección, es un viaje.
—Entonces, viajemos juntos.
Sus labios se encontraron, primero con timidez, luego con hambre. Era un beso que sabía a polvo y promesas. Horas después, yacían abrazados entre pieles de conejo.
—Así hacen niños los blancos.
—Así empieza. Pero hay más, mucho más.
Un sonido en la entrada. Chato apareció cubierto de sangre, pero vivo.
—Los mexicanos se retiraron. Pero volverán con más hombres.
—Tío, él me salvó. Yo lo salvé. Nuestros caminos están entrelazados.
—El jefe quiere verte. Hay una profecía: el hombre blanco que lee con la mujer apache traerá la paz o la destrucción total.
Al amanecer, en el centro del campamento, Goklaya esperaba con un collar de garras de oso.
—Has demostrado valor, Jack Harland. Mi sobrina habla por ti, pero la profecía exige una prueba.
—¿Cuál?
—Debes ir al cerro del Espíritu. Allí hay un guardián. Si logras su bendición, podrás quedarte con Nayeli, como uno de nosotros.
Jack aceptó. Subió al cerro con solo una cantimplora. En la cima, una cueva, un anciano desnudo, cuerpo cubierto de cenizas.
—¿Por qué vienes, hombre blanco?
—Busco la bendición para amar a Nayeli, para unir nuestros pueblos.
El anciano rió.
—El amor no une pueblos, solo los rompe o los forja de nuevo.
Le ofreció dos piedras: una blanca, una negra.
—Elige.
Jack tomó la blanca.
—Has elegido la verdad. Recuerda, el amor siempre tiene un precio.
Jack regresó al campamento, demacrado pero vivo, con la piedra blanca. Goklaya la examinó.
—El espíritu ha hablado. Te aceptamos.
Nayeli corrió a sus brazos. Pero antes de celebrar, llegó un mensajero.
—Los mexicanos vienen con cañones y un traidor apache.
La batalla final se avecinaba. Jack y Nayeli se miraron. Sabían lo que tenían que hacer.
La noche previa, Nayeli llevó a Jack al arroyo donde se conocieron.
—¿Sabes qué dice mi libro ahora? —preguntó, abriendo la página final.
Jack leyó: “Y vivieron felices para siempre, hasta que el destino escribió un nuevo capítulo.”
—Entonces, escribamos nuestro propio final.
Se besaron bajo las estrellas. Y en algún lugar, el espíritu del cerro sonrió, porque el amor siempre encuentra su camino, aunque tenga que pasar por el infierno para llegar al paraíso.