EJECUCIÓN PÚBLICA DEL DICTADOR NAZISTA QUE ASESINÓ A 80 MIL JUDÍOS: Ferenc Szálasi

EJECUCIÓN PÚBLICA DEL DICTADOR NAZISTA QUE ASESINÓ A 80 MIL JUDÍOS: Ferenc Szálasi

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EJECUCIÓN PÚBLICA DEL DICTADOR FASCISTA HÚNGARO: FERENC SZÁLASI

12 de marzo de 1946 — Prisión de Markó, Budapest

El silencio tiene peso cuando una multitud deja de hablar al mismo tiempo.

No es el silencio de una iglesia, ni el de un teatro antes del telón, ni el de una habitación vacía. Es un silencio irregular, hecho de respiraciones, de botas sobre piedra, del roce de abrigos y de cámaras que se preparan como si también ellas contuvieran el aliento. En el patio de la prisión de Markó, en Budapest, el aire frío parece más denso, como si la ciudad entera hubiese decidido detenerse.

El reloj marca las 15:24.

A esa hora, un hombre sale al exterior escoltado por guardias. Camina despacio, pero sin titubear. No corre ni se resiste. Lleva ropa oscura, la mirada fija en algún punto que no pertenece al patio. Podría parecer un funcionario tardío hacia una ceremonia privada, si no fuera por la cuerda que espera arriba, por los soldados inmóviles, por los periodistas alineados con sus cámaras, y por los rostros de quienes han venido a mirar el final de una época.

Ese hombre es Ferenc Szálasi, el líder del partido de la Cruz Flechada (Arrow Cross) y el último jefe de Estado fascista de Hungría durante la guerra. Para algunos, un fanático; para otros, un oportunista; para la historia, una figura asociada al terror y a la persecución sistemática que devoró Budapest cuando ya todo se desmoronaba.

Nadie puede ver, en el cuerpo que avanza hacia el cadalso, a las decenas de miles de vidas que quedaron atrás. Pero están allí. No como fantasmas, sino como memoria: nombres, fotografías, habitaciones vacías, zapatos sin dueño, cartas que no llegaron, y un río —el Danubio— que fue belleza y frontera, y que, en aquellos meses, se convirtió en un símbolo de muerte.

Esa tarde, el patio de la prisión no es solo un escenario de justicia. Es un lugar donde el pasado se enfrenta al presente con una pregunta brutal: ¿cómo pudo ocurrir?

Y, quizá más difícil aún: ¿cómo pudo hacerlo tanta gente?

I. LAS RAÍCES DEL MAL: UN HOMBRE, UNA ÉPOCA, UNA HERIDA NACIONAL

Para comprender el final, hay que caminar hacia atrás.

Ferenc Szálasi nació el 6 de enero de 1897 en Kassa —una ciudad que hoy pertenece a Eslovaquia— en el viejo mapa fragmentado del Imperio austrohúngaro. Creció en un mundo donde la identidad no era una cuestión simple; era una tensión: lenguas, religiones, fronteras, jerarquías. Su familia estaba marcada por el ambiente militar y por un patriotismo que, en aquella región, podía ser orgullo o resentimiento según el día.

De niño, Szálasi no jugaba solamente con soldados de plomo. Había quienes recordaban una obsesión extraña: pasaba horas redibujando mapas, estirando fronteras, imaginando una Hungría más grande que la real. En su mente ya nacía un país idealizado: fuerte, “puro”, imperial. Esa palabra —puro— sería, años después, un arma.

También creció dentro de una educación católica que él mismo describiría más tarde con una frase que repetían los periódicos: “Fui alimentado con la creencia y la fe en Dios como si me hubiese sido transmitida por la leche de mi madre.” En otro contexto, esa frase habría sido ternura; en su caso, terminaría convertida en un escudo moral para la exclusión. Porque lo religioso, cuando se distorsiona, puede transformarse en justificación, y la justificación en permiso.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Szálasi se alistó. Sirvió con disciplina y ascendió. Como tantos hombres de su generación, aprendió a obedecer y a creer en la fuerza como forma de orden. Recibió condecoraciones, se ganó reputación, y vio cómo el mundo antiguo se derrumbaba.

Y entonces llegó la herida.

En 1920, el Tratado de Trianon redujo drásticamente el territorio húngaro. Para muchos húngaros fue una humillación histórica: ciudades perdidas, comunidades separadas por nuevas fronteras, una sensación de amputación nacional. Ese trauma no explica el fascismo, pero sí alimentó un combustible que los extremistas supieron encender: la idea de que el país había sido robado, traicionado, degradado; y que, por tanto, cualquier método para “reparar” la injusticia era legítimo.

Szálasi fue uno de los que decidió que la política moderada era insuficiente.

Durante los años veinte y treinta, su pensamiento se radicalizó. Entró en círculos nacionalistas y organizaciones secretas, mezclando disciplina militar con una ideología cada vez más rígida. Empezó a escribir panfletos: textos cargados de ultranacionalismo, pseudociencia, misticismo y odio étnico. Su discurso, como el de tantos extremistas, tenía una estructura simple: un país ideal, un enemigo interno, una promesa de renacimiento.

Y, como si fuera necesario darle un barniz “intelectual”, Szálasi elaboró su propia doctrina: el hungarismo. Dentro de esa doctrina, intentó sofisticar el antisemitismo con términos inventados, como si cambiar el nombre pudiera ocultar la intención. Pero la intención era clara: excluir, deshumanizar, eliminar.

Era un genocidio envuelto en retórica.

Solo faltaba una cosa: poder.

II. LA CRUZ FLECHADA: CUANDO UNA SECTA SE VUELVE ESTADO

En marzo de 1939, mientras Europa se acercaba al abismo, Szálasi formalizó su criatura política: el Partido de la Cruz Flechada. Vestían uniformes, imitaban gestos totalitarios, proclamaban un culto al líder, y mezclaban nacionalismo agresivo con un antisemitismo militante.

Lo inquietante no es solo que existieran, sino que consiguieran apoyo.

En las elecciones de ese año obtuvieron un porcentaje significativo y representación parlamentaria. No era mayoría, pero era suficiente para legitimar el discurso radical. En países heridos, la promesa de grandeza puede resultar más seductora que la prudencia. Y la democracia frágil, cuando tolera el veneno como una “opinión más”, termina pagando un precio altísimo.

Al mismo tiempo, Hungría estrechó su alianza con la Alemania nazi. Recuperó territorios en el tablero internacional gracias al apoyo de Hitler, y cada “reconquista” alimentó el sentimiento de triunfo nacional. Pero ese triunfo tenía un costo: entrar en la lógica destructiva del Eje.

Luego vinieron los horrores que, al principio, algunos prefirieron no mirar.

Hubo deportaciones tempranas, persecuciones, masacres. Hubo episodios que demostraban que la violencia no era solo alemana: también había manos húngaras dispuestas a ejecutar órdenes y a fabricar nuevas. Y aun así, existían límites institucionales, resistencias parciales, intentos de frenar la entrega total de ciudadanos judíos.

Esas resistencias no fueron suficientes.

Porque en marzo de 1944 Alemania ocupó Hungría. Temía que el país se apartara de la guerra o negociara con los Aliados. Con la ocupación, la maquinaria genocida aceleró.

En pocas semanas, cientos de miles de judíos húngaros fueron deportados a Auschwitz. La rapidez de aquella operación quedó grabada como una de las fases más brutales del Holocausto. Cuando se intentó detenerla, ya era tarde para demasiados.

Y aun así, lo peor —en Budapest— todavía estaba por venir.

Porque Szálasi, el fanático que había esperado su oportunidad, estaba a punto de llegar al poder.

III. OCTUBRE DE 1944: UN GOLPE, UN REHÉN, UN GOBIERNO FANTASMA

El 15 de octubre de 1944, el regente Miklós Horthy anunció un armisticio con la Unión Soviética. Era un intento desesperado de sacar a Hungría de la guerra y salvar lo que quedaba del país. Pero Hitler no iba a permitirlo.

La respuesta alemana fue inmediata: una operación para neutralizar a Horthy, presionarlo, quebrarlo. Su hijo fue secuestrado y usado como rehén. La señal era clara: obedecer o perderlo todo.

En ese contexto, Szálasi fue instalado como “líder de la nación” al frente de un gobierno subordinado a Alemania. Un Estado títere sostenido por las armas y por el miedo. Budapest no sería solo una capital bajo amenaza militar; se convertiría en un escenario de terror interno.

Szálasi obtuvo el poder absoluto en el peor momento posible: cuando el frente soviético avanzaba, cuando el hambre se extendía, cuando la ciudad se preparaba para un asedio. En lugar de buscar salvar vidas, su régimen apostó por el fanatismo. Su obsesión por una Hungría “racialmente pura” se tradujo en medidas extremas contra quienes quedaban: principalmente judíos, pero también opositores, sospechosos, “indeseables”.

Lo que siguió fue una combinación de burocracia y violencia callejera: listas, órdenes, patrullas, redadas, guetos, marchas forzadas. La muerte dejó de ser solo un acto; se volvió un procedimiento.

IV. BUDAPEST, EL DANUBIO Y EL GUETO: LA CIUDAD COMO TRAMPA

En Budapest se confinó a decenas de miles de judíos en un gueto superpoblado, cercado, sometido al frío, al hambre y a las epidemias. El invierno de 1944 fue cruel, y dentro del gueto la crueldad se multiplicaba. Había niños que no resistían las noches, ancianos debilitados, familias completas atrapadas en habitaciones que ya no eran hogares.

Mientras tanto, fuera del gueto, patrullas vinculadas al Arrow Cross sacaban grupos de civiles de sus casas, de hospitales, de refugios improvisados. Algunas víctimas eran forzadas a marchar hacia el oeste, en condiciones inhumanas, bajo amenazas constantes. Muchos no sobrevivieron. No por “accidente”, sino por la lógica del exterminio: desgastar, romper, hacer desaparecer.

Y luego estaba el río.

El Danubio atraviesa Budapest como una columna vertebral. En tiempos normales refleja edificios, puentes, luces. Durante aquellos meses reflejó otra cosa: el abandono moral de un Estado que se volvió contra sus propios ciudadanos.

En las riberas, en ciertos tramos, la ciudad vio escenas que algunos nunca pudieron borrar. No era un secreto total: demasiadas personas lo sabían, demasiadas miraron hacia otro lado, demasiadas se acostumbraron a ver el miedo como parte del paisaje.

La violencia sistemática no se sostiene únicamente con órdenes. Se sostiene con complicidad, con indiferencia, con silencio. La historia de Szálasi es también la historia de cómo un aparato estatal y paramilitar pudo funcionar mientras la vida cotidiana intentaba fingir normalidad.

Pero fingir no detiene a la muerte.

V. EN MEDIO DEL INFIERNO: LOS QUE SALVARON VIDAS

El horror no borra la existencia del coraje. En Budapest, diplomáticos y redes de rescate intentaron salvar a cuantos pudieron. Hubo quienes emitieron documentos de protección, organizaron “casas seguras”, intercedieron, negociaron, arriesgaron su vida. Entre los nombres más recordados está Raoul Wallenberg, junto con otros que actuaron con determinación cuando el mundo se derrumbaba.

Esos actos no “compensan” el crimen, pero muestran algo esencial: incluso cuando el Estado se convierte en verdugo, las personas todavía pueden elegir.

Y esa elección es la que hace insoportable la excusa de “solo obedecíamos”.

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VI. LA CAÍDA: CUANDO EL RÉGIMEN HUYE Y LA CIUDAD ARDE

A finales de 1944 y principios de 1945, Budapest quedó atrapada en un asedio brutal. La guerra ya no era una noticia; era una pared cayendo, una calle destruida, un sótano lleno de familias, una ciudad que dejaba de ser ciudad para convertirse en un mapa de ruinas.

Mientras el combate se acercaba, Szálasi y su gobierno comenzaron a huir hacia el oeste. Se llevaron documentos, sellos, símbolos: el teatro administrativo de un país que ya no existía en su forma anterior. Era la caricatura final del poder: seguir firmando papeles mientras el mundo real se desploma.

En 1945, cuando la derrota del Eje era inevitable, Szálasi cruzó a Austria. La lealtad al nazismo ya no era estrategia; era obstinación. Soñaba con contraofensivas imposibles. Como muchos fanáticos, prefería la fantasía a la realidad.

Finalmente fue capturado por fuerzas estadounidenses. No cayó en combate. No tuvo un final heroico. Fue detenido como lo que era: un dirigente derrotado, con una ideología derrotada.

Ahora faltaba lo más difícil: convertir la memoria en justicia.

VII. EL JUICIO: UNA NACIÓN MIRÁNDOSE AL ESPEJO

Tras meses de custodia, Szálasi fue entregado a Hungría. El país que había sido arrastrado al abismo debía enfrentarse al hombre que personificó una parte de ese abismo. No era solo un juicio legal; era un juicio moral.

El Tribunal Popular de Budapest abrió el proceso. Las acusaciones fueron graves: crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, traición. Las sesiones atrajeron a periodistas, diplomáticos, sobrevivientes. Las salas se llenaron de testigos que contaron lo que habían visto, lo que habían perdido.

La fuerza del juicio no residía solo en documentos y órdenes firmadas, sino en relatos humanos: familias destruidas, comunidades borradas, hospitales convertidos en escenarios de pánico, gente que no regresó.

Szálasi se declaró inocente. Intentó vestir la máscara del patriota, del hombre de fe, del defensor del orden. Pero el peso de las pruebas lo aplastaba. No había retórica capaz de limpiar la sangre de la historia.

Cuando el tribunal leyó el veredicto, el país escuchó algo que muchos habían esperado y otros temían: culpable. La sentencia fue clara: muerte por ahorcamiento. Junto a él, otros colaboradores principales también fueron condenados.

La pregunta, sin embargo, seguía en el aire: ¿basta con colgar a un hombre para reparar una catástrofe moral?

No. Pero era un inicio. Un gesto de límite. Un mensaje: esto no puede quedar impune.

VIII. 12 DE MARZO DE 1946: EL PATIO DE MARKÓ

Volvemos al patio.

Las cámaras se alinean. Los soldados se mantienen rígidos. La multitud, silenciosa, espera. Entre los presentes hay curiosidad, rabia, cansancio, sed de justicia, dolor, incredulidad. Algunos han venido porque perdieron a alguien; otros porque quieren ver caer a un símbolo; otros porque creen que presenciar el final les dará cierre.

A las 15:24, Szálasi camina hacia el lugar dispuesto para la ejecución. Un sacerdote se aproxima. Hay un crucifijo. Szálasi lo besa. Recibe los últimos sacramentos.

El gesto es poderoso por lo que implica y por lo que no puede implicar. La religión, usada como escudo durante su vida política, no borra la responsabilidad. Ninguna ceremonia reescribe el Danubio. Ninguna oración devuelve a los muertos.

La ejecución se realiza con un método deliberadamente visible. No se busca el espectáculo por el espectáculo, sino una señal pública de ruptura: la era del terror ha terminado. O al menos eso quiere creer la ciudad.

En el patio, nadie grita. Nadie celebra con alegría limpia. Porque no hay alegría posible en un acto que llega después de tanto. Hay, como mucho, una exhalación colectiva: una tensión que se suelta, un capítulo que se cierra, un hombre que deja de tener voz.

Y entonces, el silencio regresa.

Un silencio distinto. No el silencio de la espera, sino el silencio del después. Un silencio lleno de preguntas.

IX. LO QUE QUEDA: MEMORIA, RESPONSABILIDAD, ADVERTENCIA

La historia de Ferenc Szálasi no es solo la biografía de un dirigente fascista. Es una advertencia sobre cómo el fanatismo puede vestir uniforme, cómo el resentimiento puede transformarse en política, cómo el lenguaje puede preparar el terreno para la violencia.

Szálasi no fue un “genio del mal” cinematográfico. No necesitó serlo. La maquinaria no depende de genios, sino de engranajes: funcionarios que escriben listas, policías que ejecutan órdenes, periodistas que normalizan el odio, vecinos que callan, autoridades que miran hacia otro lado.

Por eso la lección más incómoda no es “existió un monstruo”. La lección más incómoda es: un monstruo no gobierna solo.

Recordar no es recrearse en el horror. Recordar es proteger el presente del veneno del pasado. Y esa protección empieza por reconocer los mecanismos:

cuando se inventa un enemigo interno para explicar todos los problemas;
cuando se reduce a seres humanos a etiquetas;
cuando la ley se convierte en instrumento de exclusión;
cuando la violencia se justifica como “necesaria”;
cuando la indiferencia se vuelve norma.

La ejecución pública en 1946 pretendía marcar un límite. Pero la historia enseña que los límites no se sostienen solos: hay que reforzarlos con educación, memoria, instituciones y valentía cívica.

El Danubio sigue fluyendo. Budapest volvió a iluminarse. Los puentes se reconstruyeron. Pero el río, como toda ciudad, guarda lo que vio. Y en el fondo de la memoria europea, aquella etapa permanece como un recordatorio de que la civilización puede romperse más rápido de lo que creemos.

Y de que, cuando se rompe, no basta con castigar a un hombre: hay que vigilar las ideas que lo hicieron posible.

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