Parte 2- La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro

Parte 2- La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro

La hacienda Cavalcante siguió funcionando como siempre: los esclavos cortaban caña al amanecer, las campanas sonaban en la cocina, los caballos relinchaban en los establos. Pero esa normalidad era solo una piel fina, frágil, estirada sobre un secreto que ya no dormía. Desde que Bernardo fue reconocido como hijo legítimo, algo se quebró en la hacienda, algo que no podía verse pero que se sentía en el aire pesado: resentimiento, envidia, humillación. Y todo ese veneno buscó un cuerpo donde habitar… y encontró a Amelia y a Clara Cavalcante.

Amelia, consumida por la culpa, se debilitaba cada día más. Aquella mujer que había gobernado la casa grande con elegancia y orgullo ahora se escondía detrás de persianas cerradas, con los ojos rojos e hinchados. Ver a Bernardo entrar por la puerta principal, con la mirada humilde pero firme, era un recordatorio vivo del crimen que ella había cometido y de la mentira que había sostenido durante diez años. En las noches, Amelia se sentaba en el balcón, incapaz de dormir, murmurando cosas que nadie entendía. A veces se mecía en la mecedora hasta que el sol salía. A veces lloraba hasta desmayarse. A veces maldecía a Benedita, a Joana, a la partera Sebastiana. Pero la mayoría de las veces, se maldecía a sí misma.

La llegada de Clara, hermana menor de Tertuliano, fue como encender una antorcha dentro de un granero lleno de paja seca. Clara, con su vestido de seda azul y sus joyas colgando como serpientes doradas, llegó con una sonrisa educada pero mirada fría. Conocía la historia antes de llegar: el rumor del “hijo mestizo” que ahora era legítimo había llegado a Recife, a Salvador, a todos los salones donde las familias poderosas intercambiaban chismes venenosos como si fueran monedas. Clara no vino por curiosidad. Vino por poder.

La primera vez que vio a Bernardo, él estaba sentado al piano, practicando escalas torpes pero llenas de sentimiento. Cuando ella observó su rostro, reconoció inmediatamente los rasgos de la familia Cavalcante: el mentón cuadrado, la forma de las cejas, la mirada firme aunque tímida. Pero lo que Clara vio no fue un niño. Fue una amenaza. Una grieta en la fachada blanca y impecable del apellido Cavalcante. Algo que debía ser eliminado.

Esa misma tarde, Clara entró en el despacho de Tertuliano y cerró la puerta con llave. Desde afuera se escucharon gritos, luego silencio. Cuando salió, su mirada era una promesa silenciosa de desgracia.

Bernardo, a pesar de su juventud, no era ingenuo. Sentía las miradas clavadas en su espalda cuando caminaba por la hacienda. Sentía cómo algunos esclavos lo saludaban con respeto, mientras otros desviaban la mirada, temerosos de ser asociados con él. Entre los capangas, sin embargo, se movía un rumor amargo: que Bernardo era una vergüenza, un error, una mancha que había que borrar. El más peligroso de ellos era Rufino, un hombre grande como un buey, con una cicatriz que le atravesaba la mejilla y unos ojos pequeños y crueles.

Una noche, Joana —ya convertida en una joven fuerte, decidida, protectora— escuchó a Rufino y a dos hombres más hablando en voz baja cerca del establo. “A doña Clara no le gusta ese muchacho”, dijo uno. “Dice que si desaparece, todo vuelve a la normalidad”, añadió otro. Rufino escupió al suelo. “Ella paga bien. Y si el coronel está enfermo, mejor. Menos ojos mirando”.

Joana corrió hasta la habitación donde Bernardo estudiaba. Lo tomó del brazo sin pedir permiso y lo llevó afuera. Le contó todo sin adornos. La noticia le cayó como un balde de agua helada. Por primera vez desde que había llegado a la casa grande, sintió un miedo verdadero. No por él… sino por Benedita, por Joana, por la familia que lo había salvado.

Bernardo decidió hablar con su padre esa misma noche. Encontró a Tertuliano en el despacho, pálido, sudando, encorvado como si hubiera envejecido años en semanas. La enfermedad —quizá el estrés acumulado, quizá la edad— lo estaba consumiendo. Cuando Bernardo le explicó la amenaza, los ojos del coronel se encendieron de furia, pero su cuerpo debilitado no lo dejó levantarse. “Esa mujer siempre quiso controlar todo”, murmuró, refiriéndose a Clara. “Y tú… tú eres lo único que ella no puede manejar”.

Dos días después, por la noche, Rufino apareció frente a Bernardo cuando este cruzaba el patio. “El coronel te llama”, dijo con voz dura. Bernardo sintió el peligro incluso antes de ver las sombras moverse detrás de él. Dos hombres lo agarraron por los brazos. Le taparon la boca. Intentó gritar pero un golpe en el estómago lo dejó sin aire. Lo arrastraron hacia la parte trasera de la hacienda, hacia el bosque, donde nadie escucharía los gritos.

En ese momento, Joana —que lo había estado siguiendo desde lejos— corrió como una flecha hacia la casa grande. Entró sin golpear a la habitación de Amelia. “¡Van a matar a Bernardo!” gritó. Amelia se levantó como si una corriente eléctrica le hubiera atravesado el cuerpo. Sus ojos, cavados por semanas de angustia, se llenaron de terror. “¿Qué estás diciendo?” “¡Rufino y sus hombres se lo llevan! ¡La señora Clara los manda!”

Amelia salió corriendo, descalza, con el camisón volando detrás de ella. Cruzó el pasillo como si el diablo la persiguiera. Entró al despacho de su esposo. “¡Tertuliano! ¡Van a matar a tu hijo!” Él intentó levantarse pero cayó de rodillas. “Amelia… ¿qué has hecho?” preguntó con una voz rota, más acusación que pregunta. Ella no respondió. Se arrodilló a su lado y le sostuvo el rostro. “¡Te lo juro que no fui yo esta vez! ¡Pero si no lo salvas tú, lo perderemos para siempre!”

Tertuliano reunió la poca fuerza que le quedaba y gritó con toda la vida que tenía: “¡A los caballos! ¡Ahora!” Tres capangas leales acudieron y corrieron hacia el bosque.

Mientras tanto, en medio de la selva, Rufino empujó a Bernardo contra un tronco. “No deberías haber nacido”, murmuró, levantando el machete. Bernardo, con el labio roto, respirando con dificultad, pensó que ese era su fin. Cerró los ojos.

Y en ese segundo, un disparo retumbó en la selva.

Rufino cayó de rodillas, con la mirada perdida.

Detrás de él, sostenido por dos hombres para no caer, estaba Tertuliano Cavalcante, respirando con dificultad pero con el rifle aún humeante. “Toca a mi hijo”, gruñó, “y te mando al infierno yo mismo”.

Los demás capangas huyeron como ratas.

Bernardo corrió hacia el coronel y lo sostuvo cuando este casi cayó. “Padre… ¿por qué vino? Está enfermo… va a morir…” Tertuliano lo miró con una mezcla de orgullo y tristeza. “Porque eres mi hijo… y porque no voy a permitir… que nadie… te borre otra vez”.

Lo llevó de vuelta a la hacienda. Esa noche, el coronel tuvo la fiebre más alta de su vida.

Y al amanecer… murió, con la mano de Bernardo entre las suyas.

Cuando el cuerpo aún estaba tibio, Clara ya estaba en el salón, ordenando, gritando, redistribuyendo poder como si fuera una reina sin corona. “Ahora la hacienda la manejo yo”, declaró. Pero cuando Bernardo apareció en la puerta del salón, su rostro duro como mármol, con la escritura de herencia en la mano —la cual su padre había firmado dos semanas antes— el silencio cayó como un trueno.

“Mi padre me dejó todo”, dijo Bernardo. “La hacienda, las tierras, el ganado, el nombre. Todo.”

Clara se quedó pálida.

Amelia comenzó a llorar.

Los esclavos se miraron entre sí, algunos con esperanza, otros con miedo.

Bernardo respiró hondo.

“Y yo no voy a gobernar con odio. Pero tampoco voy a olvidar lo que intentaron hacer”.

Ordenó que Clara abandonara la hacienda esa misma tarde. Rufino fue enterrado sin nombre. Y Amelia… Amelia se arrodilló ante Bernardo, temblando, esperando castigo. Pero él la levantó suavemente. “No puedo borrar lo que hizo… pero tampoco puedo borrar que sin usted yo no existiría”, dijo con una voz que la hizo romperse en llanto.

Días después, Bernardo tomó su primera decisión como señor de la hacienda Cavalcante: liberó a todos los esclavos y cedió una parte de las tierras para que las familias libres pudieran cultivarlas. La casa grande se quedó casi vacía, pero el valle entero respiró un aire nuevo.

Amelia murió un año después, consumida por la culpa, pero Bernardo estuvo junto a su lecho. Y cuando ella pidió perdón con su último aliento, él la perdonó.

Clara nunca volvió.

La hacienda Cavalcante se convirtió en un símbolo de cambio.

Y Bernardo, el niño que nació para ser borrado, terminó siendo el hombre que reescribió toda la historia.

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