¡VÉNDALE LA MEJOR CAMIONETA, YO PAGO! ORDENÓ EL ANCIANO SEÑALANDO AL HARAPIENTO NADIE LO CREYÓ
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La camioneta de la esperanza
La mañana en que Francisco Anaya cruzó el umbral de la concesionaria de camionetas más exclusiva de la región, nadie imaginaba lo que estaba a punto de suceder. El sol apenas despuntaba y, como cada día, los vendedores se preparaban para recibir a clientes adinerados, empresarios y hacendados que llegaban en busca del último modelo, del motor más potente, del lujo más sofisticado. Pero esa mañana, Francisco llegó vestido con botas embarradas, un sombrero desgastado y ropa de trabajo que olía a campo y a esfuerzo. Su andar era pausado, pero firme, como quien sabe exactamente lo que busca y no necesita impresionar a nadie.
Los vendedores lo miraron de reojo, algunos con desdén, otros con curiosidad. Uno de ellos, joven y arrogante, soltó una risita disimulada al verlo. Lo que nadie notó fue al muchacho que venía detrás de Francisco, un joven de veintiocho años, manos callosas, pantalones rasgados y una mirada que mezclaba vergüenza con cansancio. Juan Rosas acababa de ayudar a Francisco a cambiar una llanta en plena carretera, sin esperar nada a cambio. Su propia camioneta, vieja y destartalada, había quedado abandonada a tres kilómetros de allí. Juan entró a la concesionaria sin atreverse a mirar a nadie, sintiéndose fuera de lugar entre tanto brillo y lujo.
Francisco caminó directo hacia el modelo más costoso del salón: una camioneta 4×4, cabina doble, motor turbo diésel, pintura reluciente y un precio que desafiaba la lógica de cualquier trabajador del campo: $48,000. Lisandro Vega, el vendedor principal, se acercó con una sonrisa forzada, calculando en segundos que aquel hombre no podía permitirse ni el café de la máquina de la sala de espera. Antes de que Lisandro pudiera pronunciar palabra, Francisco señaló a Juan, que permanecía en la entrada, mirando el piso de cerámica brillante como si no mereciera pisarlo.
—Véndale la mejor camioneta a él. Yo pago —ordenó Francisco, con voz firme.
El silencio cayó de inmediato. Otro vendedor, Osvaldo Quiroz, dejó escapar una risa nerviosa. Lisandro parpadeó dos veces, sin saber si aquello era una broma.
—Disculpe, señor, ¿está seguro de que…?
Francisco no se movió.
—Dije que le venda la mejor camioneta. Yo me hago cargo.
Juan levantó la vista, sus ojos húmedos no por agradecimiento, sino por incredulidad. Años de escuchar que gente como él no merecía cosas buenas, que su destino era trabajar hasta romperse la espalda y aún así quedarse atrás, parecían derrumbarse en ese instante.
Lisandro tragó saliva, miró a Juan de arriba a abajo, las botas sucias, la camisa manchada de tierra, el rostro quemado por el sol. Luego miró a Francisco, un anciano de sesenta y siete años que no parecía tener ni para comprarse un café. Nadie lo creyó.
—Ahora bien —dijo Francisco—, antes de que te cuente cómo terminó todo esto, necesito pedirte algo. Si esta historia te está atrapando, si quieres saber qué pasó después, dame tu apoyo…
La concesionaria se llenó de murmullos. Osvaldo se acercó con una sonrisa torcida, convencido de que podía leer a las personas en dos segundos. Lo que veía frente a él eran dos hombres que no tenían ni para pagar la entrada.
—Mire, don, con todo respeto, esas camionetas cuestan más de $40,000. No es algo que…
—Sé cuánto cuestan —interrumpió Francisco.

Sacó de su bolsillo una billetera gastada, la abrió despacio. Adentro había una tarjeta de banco negra, de esas que pocas personas tienen, las que no tienen límite de crédito. El rostro de Osvaldo cambió. Lisandro tragó saliva.
—Ahora van a mostrarle las camionetas o tengo que ir a otra concesionaria.
Juan seguía sin moverse, no entendía nada. Hacía apenas media hora estaba en la carretera cambiando una llanta del tractor de Francisco. Lo había hecho sin pensar, como siempre, porque así era él. Si alguien necesitaba ayuda, Juan estaba ahí. No importaba si tenía que sacrificar su propio tiempo, no importaba si su camioneta se quedaba varada, ayudaba. Pero esto no tenía sentido.
—Don Francisco, yo no puedo aceptar esto —susurró Juan, dando un paso adelante.
Francisco lo miró directo a los ojos y, por primera vez desde que entraron, sonrió. Una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Tú no me estás pidiendo nada, muchacho. Yo estoy decidiendo. Ahora ven aquí y dime qué color te gusta.
Fue en ese momento cuando Juan sintió que algo se rompía dentro de él. No era solo el cansancio de años trabajando sin descanso, ni la frustración de ver cómo su camioneta vieja lo dejaba tirado una y otra vez. Era algo más profundo: la sensación de que nunca iba a salir adelante, que su vida estaba destinada a una lucha eterna, que gente como él no merecía un respiro. Y ahí estaba Francisco, un hombre que apenas conocía, ofreciéndole algo que jamás habría soñado pedir.
Lisandro, con la voz ya más controlada, comenzó a explicar las características de la camioneta: motor seis cilindros, transmisión automática, tracción en las cuatro ruedas, suspensión reforzada, capacidad de carga de mil kilos. Perfecta para trabajo pesado en el campo. Juan escuchaba, pero no procesaba las palabras. Solo miraba el vehículo como si fuera un espejismo.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Juan, con la voz quebrada.
—48,000 —respondió Lisandro.
Juan cerró los ojos. Esa cantidad era más de lo que él ganaba en cinco años, más de lo que su padre había ganado en toda su vida.
—Nos la llevamos —dijo Francisco, como si estuviera comprando un kilo de papas—. ¿Cuánto tiempo tarda el papeleo?
Lisandro y Osvaldo se miraron. Aún no podían creerlo, pero la tarjeta negra seguía ahí y Francisco no parecía dispuesto a irse sin esa camioneta.
—Bueno, si todo está en orden, podríamos tener la lista en dos horas. Necesitamos verificar el crédito, preparar los documentos…
—No hay crédito —interrumpió Francisco—. Pago de contado.
Osvaldo casi se atraganta.
—¿De contado?
—48,000 en efectivo o transferencia inmediata.
—Transferencia.
—Deme los datos.
Durante los siguientes minutos, Lisandro preparó la documentación. Juan seguía parado al lado de la camioneta, tocando apenas con las yemas de los dedos la carrocería brillante, como si tuviera miedo de ensuciarla. Mientras Francisco revisaba los papeles, una mujer entró a la concesionaria. Llevaba un vestido elegante, zapatos de tacón y lentes de sol grandes. Se llamaba Celina Ibarra, dueña de una cadena de tiendas de ropa, y venía a recoger su camioneta nueva.
Celina miró a Juan de arriba a abajo, luego miró a Francisco y después, con una expresión de fastidio, se acercó a Lisandro.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó en voz alta—. Ahora dejan entrar a cualquiera.
Lisandro palideció.
—Señora Ibarra, por favor…
—No, en serio, vengo a recoger mi vehículo de $60,000 y me encuentro con… esto. —Señaló a Juan sin disimulo—. ¿Es un cliente o vino a pedir limosna?
Juan bajó la mirada, las mejillas le ardían. Quería desaparecer, pero las piernas no le respondían. Francisco, sin embargo, no se inmutó. Dejó los papeles sobre el escritorio, se giró hacia Celina y habló con una calma que helaba la sangre.
—Él es más cliente que usted porque sabe lo que es ganarse las cosas con esfuerzo. Usted, señora, solo sabe comprar con el dinero de su esposo.
El silencio fue absoluto. Celina abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Osvaldo fingió revisar unos documentos. Lisandro miraba el suelo como si fuera lo más interesante del mundo.
—Ahora, si me disculpa, estamos cerrando una compra. —Francisco volvió a los papeles—. Y si no le gusta lo que ve, la puerta está abierta.
Celina resopló, dio media vuelta y salió de la concesionaria con pasos furiosos. Sus tacones resonaban como disparos contra el piso. Juan levantó la vista, miró a Francisco y por primera vez en años sintió algo que había olvidado: dignidad.
Lisandro terminó de preparar los documentos. Francisco firmó, hizo la transferencia desde su teléfono. En menos de cinco minutos todo estaba listo.
—La camioneta es suya —dijo Lisandro, entregándole las llaves a Juan.
Juan las tomó con manos temblorosas, miró las llaves, miró a Francisco y las lágrimas comenzaron a caer. No podía contenerlas.
—No sé cómo agradecerle, don Francisco. No sé qué decir.
Francisco puso una mano en su hombro.
—No tienes que decir nada, muchacho. Solo úsala bien y cuando veas a alguien que necesita ayuda, recuerda este día.
Juan asintió, sin poder hablar. La emoción le cerraba la garganta. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que esa camioneta no solo iba a cambiar la vida de Juan, iba a cambiar todo, porque lo que vendría después nadie lo esperaba.
Juan salió de la concesionaria al volante de su camioneta nueva. Las manos le sudaban, el corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a explotar. Miró por el espejo retrovisor y vio a Francisco subiendo a su propia camioneta, una vieja pero bien cuidada que había usado durante años. Condujeron juntos por la carretera. Juan iba despacio, casi con miedo de acelerar, como si el vehículo fuera a desaparecer si cometía un error.
Pasaron por el pueblo, la gente los miraba. Algunos reconocieron a Juan y abrieron los ojos con sorpresa. Ese no era el muchacho que vendía hortalizas en la feria, el que siempre andaba con esa camioneta destartalada que echaba humo negro. Cuando llegaron a la propiedad de Juan, Francisco estacionó junto a él. Bajaron al mismo tiempo. La pequeña casa de Juan se veía más humilde que nunca al lado de esa camioneta reluciente.
—Don Francisco, yo no merezco esto —susurró Juan.
Francisco caminó hasta quedar frente a él. Lo miró con seriedad.
—¿Sabes por qué te regalé esta camioneta, muchacho?
Juan negó con la cabeza.
—Porque te he visto. Te he visto levantarte antes del amanecer, trabajar bajo el sol sin quejarte, ayudar a quien sea sin pedir nada a cambio. Y te he visto quedarte varado en esa chatarra que llamabas camioneta, perdiendo días enteros de trabajo.
Juan tragó saliva.
—Pero, don Francisco, yo puedo arreglar mi camioneta vieja. No necesito…
—No —Francisco fue firme—. Tú no necesitas arreglar nada. Necesitas avanzar. Y esa camioneta te va a permitir llevar tu producción a la ciudad, vender más, ganar más, crecer.
Juan sintió un nudo en la garganta. Nunca nadie había creído en él de esa forma. Ni siquiera su propio padre, que en paz descanse, había pensado que Juan lograría algo más que sobrevivir.
—Mañana necesito que me ayudes con algo —dijo Francisco, señalando hacia su propiedad, que estaba al otro lado del lindero—. Voy a traer maquinaria nueva y necesito manos extra. Te pago bien.
—No, don Francisco, yo no le cobro. Usted ya hizo demasiado.
Francisco sonrió.
—Muchacho, si vas a salir adelante, tienes que aprender a recibir lo que te corresponde. Mañana vienes y te pago. ¿Entendido?
Juan asintió, aunque todavía no entendía por qué Francisco insistía tanto.
Esa noche Juan no pudo dormir. Se quedó mirando por la ventana hacia donde estaba estacionada la camioneta. Bajo la luz de la luna brillaba como si fuera de otro mundo. Se levantó tres veces solo para asegurarse de que seguía ahí, que no había sido un sueño.
A la mañana siguiente, Juan llegó temprano a la propiedad de Francisco. Llevaba su ropa de trabajo y una actitud decidida. Lo que no esperaba era encontrar a otras tres personas ahí. Uno de ellos era Timoteo Esquivel, un mecánico del pueblo. Otro era Paloma Duarte, una mujer que trabajaba en el banco local. Y el tercero era Rodrigo Leiva, dueño de una pequeña tienda de materiales de construcción. Juan los conocía a todos, pero no entendía qué hacían ahí.
Francisco salió de su casa con una taza de café en la mano.
—Buenos días. Gracias por venir.
Timoteo fue el primero en hablar.
—Don Francisco, usted dijo que necesitaba ayuda con maquinaria. ¿Qué hay que hacer?
Francisco sonrió.
—Nada.
Los cuatro se miraron confundidos.
—Los llamé porque quiero agradecerles. Ustedes tienen algo en común: todos en algún momento me ayudaron sin esperar nada a cambio.
Timoteo frunció el ceño.
—Don Francisco, yo solo le arreglé el tractor aquella vez que se descompuso en plena cosecha. No fue nada.
—Para mí sí fue algo —Francisco lo miró directo a los ojos—. No me cobraste. Dijiste que los vecinos se ayudan. Y gracias a eso no perdí la cosecha.
Se giró hacia Paloma.
—Tú me ayudaste cuando el banco casi me quita la propiedad hace quince años. Me explicaste cómo reestructurar la deuda. Me diste opciones que nadie más me dio y no me cobraste asesoría.
Paloma bajó la mirada.
—Era mi trabajo, don Francisco.
—No, tu trabajo era atender clientes en una ventanilla, pero tú te tomaste el tiempo de sentarte conmigo dos horas después de tu turno para ayudarme a salvar mi tierra.
Luego miró a Rodrigo.
—Y tú me fiaste materiales cuando necesitaba reparar los galpones y no tenía efectivo. Confiaste en mí cuando nadie más lo hacía.
Rodrigo se encogió de hombros.
—Sabía que usted era buena gente.
Francisco asintió y finalmente miró a Juan.
—Y tú, muchacho, has estado ayudándome desde que eras un niño. Cada vez que necesito algo, ahí estás. Sin pedir nada, sin esperar nada.
Juan sentía que las lágrimas iban a traicionarlo otra vez.
—Por eso los llamé hoy.
Francisco sacó un sobre de su bolsillo y de otro y otro más. Les entregó uno a cada uno.
—Timoteo, Paloma, Rodrigo, esto es para ustedes. Ábranlo cuando lleguen a sus casas.
—¿Qué es esto? —preguntó Paloma, sosteniendo el sobre con cuidado.
—Un agradecimiento. Nada más.
Los tres miraron los sobres sin saber qué decir. Francisco les dio la mano a cada uno y los despidió con una sonrisa. Cuando se fueron, Juan se quedó solo con Francisco.
—¿Por qué hizo eso, don Francisco?
—Porque la vida me enseñó algo, muchacho. La gente buena siempre pierde cuando solo piensa en los demás. Pero si alguien no los ayuda, terminan quebrados. Yo casi me quiebro y esas personas me salvaron. Ahora yo tengo con qué devolverles.
Juan asintió despacio. Comenzaba a entender.
—Y tú, Juan, no eres diferente. Has dado tanto que ya ni recuerdas todo lo que has hecho por otros.
Francisco puso una mano en su hombro.
—Pero lo que no sabes es que tu vida está por cambiar de una forma que ni imaginas.
Juan lo miró confundido.
—¿A qué se refiere?
Francisco sonrió.
—Ya lo verás.
Tres días después, Juan cargó su camioneta con hortalizas frescas, frutas y verduras. Por primera vez en años pudo llevar toda su producción a la ciudad sin miedo a que el vehículo se descompusiera. Llegó a la feria central, instaló su puesto y en menos de cuatro horas vendió todo. Todo. Ganó en un día lo que antes ganaba en una semana. La gente compraba sin regatear. La camioneta limpia y nueva le daba credibilidad. Parecía un vendedor serio, un productor confiable.
Esa noche, Juan contó el dinero tres veces. No podía creerlo. Miró la camioneta estacionada afuera de su casa y por primera vez en su vida sintió esperanza real. Pero lo que Juan no sabía era que alguien lo había estado observando, alguien que no estaba feliz con su éxito, alguien que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para arruinarlo. Y esa persona estaba más cerca de lo que Juan imaginaba.
Durante las siguientes semanas, Juan trabajó como nunca antes. Se levantaba a las cuatro de la mañana, cosechaba, cargaba la camioneta y llegaba a la ciudad antes de las siete. Su puesto en la feria se volvió popular. La gente empezó a buscarlo, a preguntar por él, a esperar sus productos. El dinero comenzó a entrar. No era una fortuna, pero era más de lo que había ganado en años. Juan empezó a reparar su casa, compró pintura, arregló el techo, cambió el portón. Por primera vez su propiedad empezó a verse como un hogar y no como un refugio a punto de caerse.
Pero no todo era celebración. Una mañana, mientras preparaba la carga para ir a la ciudad, escuchó un ruido extraño. Salió de la casa y encontró uno de los neumáticos de su camioneta desinflado, completamente plano. Lo revisó. Había un corte limpio en el costado. No era un pinchazo accidental. Alguien lo había hecho a propósito. Juan sintió un escalofrío. Miró alrededor. No había nadie, solo el silencio del campo y el viento moviendo las hojas de los árboles. Cambió el neumático. Perdió dos horas, pero logró llegar a la feria. Esa vez vendió menos porque llegó tarde. Los mejores compradores ya se habían ido.
Dos días después volvió a pasar. Esta vez fueron dos neumáticos. Juan tuvo que llamar a Timoteo, el mecánico, para que lo ayudara. Timoteo llegó, revisó los cortes y negó con la cabeza.
—Esto no es casualidad, Juan. Alguien te está saboteando.
—¿Quién haría algo así?
—No lo sé, pero ten cuidado.
Juan decidió instalar una luz con sensor de movimiento en el área donde estacionaba la camioneta. También comenzó a dormir más ligero, atento a cualquier ruido. La tercera noche, después de instalar la luz, el sensor se activó. Juan saltó de la cama, tomó una linterna y salió corriendo. Alcanzó a ver una figura alejándose entre los árboles. Era un hombre delgado, rápido.
—¡Oye, detente! —gritó Juan, pero el hombre desapareció en la oscuridad.
Juan revisó la camioneta. Esta vez no habían llegado a dañarla. La luz los había asustado. A la mañana siguiente, Juan fue a buscar a Francisco. Le contó todo. Francisco escuchó en silencio con el ceño fruncido.
—¿Tienes idea de quién podría ser?
Juan negó con la cabeza.
—No he tenido problemas con nadie. Solo trabajo y vendo mis productos.
Francisco pensó un momento.
—Hay alguien que podría estar molesto, alguien que vendía en la feria antes de que tú llegaras con tu camioneta nueva.
Juan abrió los ojos.
—Fabián Ortega.
Fabián Ortega era un hombre de unos cuarenta años. Vendía hortalizas en la misma feria. Tenía años haciéndolo. Pero sus productos no eran de la mejor calidad. Y desde que Juan llegó con verduras frescas, bien presentadas y a buen precio, los clientes de Fabián se habían ido con Juan.
—Puede ser —dijo Francisco—. Pero no hagas nada todavía, déjame averiguar.
Esa tarde, Francisco fue al pueblo, habló con algunas personas, hizo preguntas discretas y lo que descubrió confirmó sus sospechas. Fabián había estado hablando mal de Juan en la feria. Decía que Juan estaba vendiendo productos robados, que nadie podía tener una camioneta nueva así de la nada, que seguramente estaba metido en algo ilegal.
Francisco regresó con Juan y le contó todo.
—Ese hombre te tiene envidia, muchacho, y la envidia es peligrosa.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Juan, frustrado.
Francisco sonrió.
—Nada, deja que yo me encargue.
Dos días después, Francisco llegó a la feria central. Llevaba una camisa limpia, su sombrero y una actitud tranquila. Se acercó al puesto de Fabián. El hombre estaba acomodando unas cajas de tomates cuando vio a Francisco.
—¿Qué quiere, don? —preguntó Fabián con desconfianza.
—Hablar.
Francisco señaló una banca cercana.
—¿Tienes un minuto?
Fabián dudó, pero finalmente asintió. Se sentaron.
—Sé que has estado hablando mal de Juan Rosas —dijo Francisco sin rodeos.
Fabián palideció.
—Yo no sé de qué me habla.
—No me tomes por tonto —Francisco mantuvo la voz calmada, pero firme—. También sé que fuiste tú quien le dañó los neumáticos.
Fabián intentó levantarse, pero Francisco lo detuvo con una mirada.
—Escúchame bien, Juan no te ha hecho nada, solo está trabajando. Como tú, como todos.
—Él me quitó mis clientes —Fabián apretó los puños—. Yo llevo años viniendo aquí y de la nada aparece él con su camioneta lujosa y todos se van con él.
—¿Y sabes por qué se van? —preguntó Francisco—. Porque él vende productos frescos, porque llega temprano, porque trata bien a la gente. No es su culpa que tú no hagas lo mismo.
Fabián bajó la mirada. No dijo nada.
—Ahora te voy a hacer una oferta —Francisco se inclinó hacia adelante—. Si dejas de molestar a Juan, yo te voy a ayudar. Te voy a dar semillas de mejor calidad, te voy a enseñar cómo mejorar tu producción y te voy a prestar herramientas para que trabajes mejor.
Fabián levantó la vista, sorprendido.
—¿Por qué haría eso por mí?
—Porque no creo en destruir a las personas, creo en ayudarlas a mejorar.
Francisco se puso de pie.
—Pero si vuelves a tocar la camioneta de Juan o si sigues hablando mal de él, te aseguro que vas a perder más que clientes, vas a perder tu reputación y en un pueblo pequeño, eso es todo lo que tienes.
Fabián tragó saliva, asintió despacio.
—Trato hecho entonces.
Francisco le extendió la mano. Fabián la estrechó, aunque con desconfianza.
Durante las siguientes semanas, Francisco cumplió su palabra. Le llevó semillas a Fabián, le enseñó técnicas de cultivo, le prestó herramientas y poco a poco los productos de Fabián mejoraron. No tanto como los de Juan, pero lo suficiente para recuperar algunos clientes. Y Fabián dejó de sabotear a Juan.
Juan, por su parte, siguió creciendo. Compró terreno, amplió su producción, contrató a dos ayudantes del pueblo, pagaba bien y trataba a todos con respeto. Una tarde, mientras descargaba cajas en la feria, una mujer se acercó a él. Era elegante, llevaba un maletín y una sonrisa profesional.
—¿Usted es Juan Rosas?
—Sí, señora. ¿En qué puedo ayudarla?
—Me llamo Graciela Fonseca, soy representante de una cadena de supermercados.
La mujer le entregó una tarjeta.
—Hemos estado observando la calidad de sus productos. Nos interesa hacer un contrato de compra directa con usted.
Juan miró la tarjeta, luego miró a la mujer. No entendía bien lo que estaba pasando.
—¿Un contrato?
—Sí, queremos que nos suministre hortalizas y frutas de forma regular. Pagaríamos por adelantado y usted tendría un ingreso fijo mensual.
Juan sintió que las piernas le temblaban.
—¿Cuánto estamos hablando?
Graciela sacó un papel de su maletín.
—Dependiendo de la cantidad, estaríamos hablando de entre 8,000 y 12,000 mensuales.
Juan casi se cae. Eso era más de lo que ganaba en un año antes de tener la camioneta.
—¿Lo habla en serio?
—Totalmente —Graciela sonrió—. Pero necesitamos que pueda cumplir con entregas puntuales. ¿Tiene transporte confiable?
Juan miró hacia su camioneta, la misma que Francisco le había regalado, la misma que había cambiado su vida.
—Sí, señora, tengo transporte confiable.
—Perfecto, estaremos en contacto.
Graciela se fue. Juan se quedó parado en medio de la feria, sosteniendo la tarjeta como si fuera un tesoro.
Esa noche fue directo a la propiedad de Francisco. Tocó la puerta. Cuando Francisco abrió, Juan no pudo contener las lágrimas.
—Don Francisco, no sé cómo agradecerle por todo, por la camioneta, por creer en mí, por…
Francisco lo abrazó.
—No tienes que agradecer nada, muchacho. Solo vive bien y ayuda a otros cuando puedas.
Juan asintió.
—Lo haré. Se lo prometo.
Pero lo que ninguno de los dos sabía era que lo mejor aún estaba por venir.
Los meses siguientes fueron como un sueño para Juan. El contrato con la cadena de supermercados se concretó. Comenzó a entregar productos tres veces por semana. El dinero entraba de forma constante. Por primera vez en su vida, Juan pudo ahorrar. Contrató a cuatro personas más del pueblo, todos trabajadores honestos que necesitaban empleo. Les pagaba bien, les daba las mismas oportunidades que Francisco le había dado a él.
Una tarde, mientras revisaba los cultivos, Juan vio a Francisco caminando hacia él. El anciano venía con una sonrisa en el rostro.
—Muchacho, ¿tengo noticias buenas o malas? —preguntó Juan, limpiándose el sudor de la frente.
—Buenas, muy buenas —Francisco se detuvo frente a él—. ¿Recuerdas a Timoteo, Paloma y Rodrigo?
—Claro, los que usted ayudó con los sobres.
—Exacto. Pues resulta que Timoteo abrió su propio taller mecánico. Paloma ahora es gerente del banco y Rodrigo expandió su tienda. Les fue tan bien que ahora quieren agradecerte.
—¿Agradecerme a mí? ¿Por qué?
—Porque tú fuiste el ejemplo —Francisco puso una mano en su hombro—. Cuando vieron lo que logró un muchacho como tú, con esfuerzo y una oportunidad, se dieron cuenta de que ellos también podían crecer. Te vieron como inspiración.
Juan no supo qué decir. Nunca había pensado que alguien pudiera verlo como inspiración.
—Y hay algo más —Francisco sacó un sobre de su bolsillo—. Entre los tres juntaron dinero. Quieren regalarte algo.
Juan abrió el sobre. Adentro había un cheque por $5,000.
—No, no puedo aceptar esto.
Juan intentó devolver el cheque, pero Francisco lo detuvo.
—Claro que puedes. Ellos lo hicieron porque quieren, porque saben que vas a usar ese dinero para seguir creciendo, para ayudar a más gente.
Juan sintió que las lágrimas volvían. Parecía que últimamente lloraba más que en toda su vida, pero eran lágrimas buenas, lágrimas de gratitud.
—Gracias, don Francisco. Gracias por todo.
—No me agradezcas a mí. Agradécele a la vida y devuélvele a otros lo que te dieron.
Esa noche Juan no pudo dormir. Pensó en todo lo que había pasado, en la camioneta vieja que se quedaba varada, en las noches sin dinero para comer bien, en los días en que pensaba que nunca iba a salir adelante. Y ahora estaba ahí, con un negocio próspero, con empleados, con ahorros, con un futuro. Pero algo no le dejaba descansar. Una idea, un pensamiento que llevaba semanas dándole vueltas en la cabeza.
A la mañana siguiente, Juan fue al pueblo, entró al banco y pidió hablar con Paloma. Ella lo recibió con una sonrisa cálida.
—Juan, ¿qué puedo hacer por ti?
—Quiero abrir una cuenta especial —Juan se sentó frente a ella—. Una cuenta para ayudar a jóvenes del campo que quieran emprender, pero no tengan recursos.
Paloma abrió los ojos sorprendida.
—¿Hablas en serio?
—Totalmente. Quiero poner $5,000 para empezar y cada mes voy a agregar lo que pueda. La idea es prestar ese dinero a bajo interés o incluso sin interés a personas que de verdad lo necesiten.
Paloma sonrió.
—Es una idea hermosa, Juan.
—Me la dio don Francisco sin saberlo. Él me enseñó que ayudar no es dar limosna, es dar oportunidades.
Paloma preparó todo. La cuenta quedó lista en dos días. Juan la llamó Fondo Esperanza y la noticia se corrió rápido por el pueblo. La primera persona en pedir ayuda fue una joven de veintitrés años llamada Sucena Campos. Quería comprar una máquina de coser industrial para hacer ropa y venderla. Necesitaba $3,000. Juan se los prestó sin interés. Solo le pidió que pagara en cuotas pequeñas cuando pudiera. Sucena lloró de agradecimiento. Compró la máquina, empezó a trabajar. En seis meses ya había pagado todo el préstamo y su negocio iba tan bien que ahora tenía dos empleadas.
Después llegó un hombre mayor, Baltazar Lira, que quería comprar herramientas para ofrecer servicios de carpintería. Juan también lo ayudó. Luego fue una pareja joven que quería abrir una pequeña panadería y después otra persona y otra. En menos de un año, el Fondo Esperanza había ayudado a más de quince personas. Todas habían pagado sus préstamos, todas estaban trabajando y todas hablaban de Juan con respeto y cariño.
Una tarde, Francisco fue a visitar a Juan. Lo encontró en su propiedad, supervisando la cosecha. El lugar había cambiado tanto que parecía otro. Había nuevos galpones, más terreno cultivado, más trabajadores.
—Estás construyendo algo grande, muchacho.