¿Qué Pasa Si Te Toco? Preguntó el Vaquero Solitario — La Gigante Apache Le Sonrió de Vuelta

¿Qué Pasa Si Te Toco? Preguntó el Vaquero Solitario — La Gigante Apache Le Sonrió de Vuelta

El cañón de los perdidos

El sol ardía como un hierro al rojo sobre el cañón de los perdidos, donde el viento arrastraba polvo rojo que se pegaba a la piel como sangre seca. El vaquero, al que todos llamaban el Solitario por no tener ni perro que le ladrara, avanzaba con su caballo cojo, la cantimplora vacía desde hacía dos días y la lengua hinchada como un pedazo de cuero crudo. Llevaba tres meses huyendo de la orca en Tombstone, donde había dejado colgado a un marshal por error, o eso decía él.

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Su sombrero negro estaba roto en la ala y su camisa, antes blanca, era ahora del color del desierto. En la boca del cañón, donde las rocas se abrían como fauces de un lobo muerto, vio la sombra. Primero pensó que era un espejismo, de esos que te hacen ver agua donde solo hay arena. Pero la sombra se movió. Era alta, más alta que cualquier hombre que hubiera conocido, y ancha de hombros como un roble.

Cuando se acercó, vio que era una mujer, una apache. Su piel era del color del cobre recién pulido y su cabello negro caía en trenzas gruesas hasta la cintura. Vestía un top de flecos de gamuza que apenas cubría sus pechos y unos pantalones ajustados del mismo material, con un cinturón de balas que brillaba bajo el sol. En su cadera derecha colgaba un cuchillo largo y en la izquierda un revólver Colt con cachas de hueso.

El Solitario detuvo su caballo. El animal resopló cansado. La mujer lo miró con ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo. Sonrió. No era una sonrisa amable, era la sonrisa de alguien que sabe algo que tú no.

—¿Qué pasa si te toco? —preguntó el Solitario, con la voz ronca por la sed y el miedo.

La mujer apache no respondió de inmediato. Se acercó, sus botas de cuero crujiendo contra la arena. Era más alta que él, incluso estando a pie. El Solitario tuvo que alzar la cabeza para mirarla a los ojos. Ella extendió la mano, grande como una pala, y tocó el pecho del vaquero justo donde latía su corazón. Sus dedos eran cálidos y olían a humo de mezquite y a algo más, algo salvaje.

—Nada —dijo ella finalmente, con una voz que parecía el eco de un tambor lejano—. Solo sabrás que estás vivo.

El Solitario tragó saliva. No sabía si era una amenaza o una promesa, pero algo en su interior, algo que había estado muerto desde que colgó a su hermano por error en Tucson, se agitó.

La mujer se llamaba Nisoni, que en apache significa “hermosa”, pero nadie se atrevía a decírselo a la cara. Era conocida en las reservas como la Giganta, porque medía más de seis pies y medio, y porque había matado a tres hombres con sus propias manos en una sola noche, cuando intentaron robarle su caballo.

—Agua —preguntó el Solitario, señalando su cantimplora vacía.

Nisoni asintió, se giró y caminó hacia una grieta en la roca donde el cañón se estrechaba. El Solitario la siguió desmontando con dificultad. Su caballo cojo lo miró con reproche, pero no tenía fuerzas para protestar.

Dentro de la grieta, el aire era más fresco. Había un manantial pequeño pero constante que brotaba de la roca como una lágrima. Nisoni se arrodilló, llenó su cantimplora de cuero y se la ofreció al vaquero.

—Bebe despacio —dijo—, o te matará.

El Solitario obedeció. El agua era fría y sabía a minerales y a vida. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a Nisoni.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó.

—¿Por qué estás perdido? —respondió ella—. Y yo también.

No era una respuesta que esperara. El Solitario había pensado que ella lo mataría, lo robaría o lo usaría para algo, pero no. Nisoni se sentó en una roca, cruzó las piernas y sacó un cigarro de su bolsa. Lo encendió con una yesca y el humo se elevó en espirales grises.

—Hace tres lunas —dijo—, mi tribu fue atacada por los hombres del ferrocarril. Quemaron nuestras chosas, mataron a los niños. Yo escapé. Ahora vivo aquí en el cañón. Cazo conejos, robo ganado cuando puedo, pero estoy sola.

El Solitario se sentó frente a ella. El manantial gorgoteaba a sus pies. Por primera vez en meses, sintió algo parecido a la paz.

—Yo maté a un marshal —dijo— en Tombstone. Fue un error. Estaba borracho. Ahora me buscan. Cien dólares por mi cabeza.

Nisoni lo miró. Sus ojos eran duros, pero había algo más detrás. Dolor, quizás.

—Todos tenemos un precio —dijo—. El mío es más alto.

El Solitario rió. Una risa seca como el desierto.

—¿Cuánto?

—Vivo o muerto, pero prefieren muerto.

Se quedaron en silencio. El sol bajaba tiñendo las rocas de rojo. El caballo del Solitario pastaba hierba seca cerca del manantial.

Nisoni se levantó, fue hasta una bolsa de cuero que tenía escondida detrás de una roca y sacó carne seca y tortillas de maíz.

—Come —dijo—. Mañana será peor.

Comieron en silencio. La carne era dura, pero sabía a vida. Cuando terminaron, Nisoni se levantó y caminó hacia la salida de la grieta.

—Ven —dijo—. Te mostraré algo.

El Solitario la siguió. Salieron al cañón, donde la noche caía como una manta negra. Las estrellas eran millones y la luna, casi llena, iluminaba el desierto con un brillo plateado.

Nisoni lo llevó a un saliente rocoso desde donde se veía todo el cañón. Abajo, en la distancia, se veían luces. Un campamento.

—Hombres del ferrocarril —dijo Nisoni—. Buscan oro y nos buscan a nosotros.

El Solitario entrecerró los ojos. Eran al menos veinte hombres con tiendas y fogatas. Tenían rifles y un cañón pequeño.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

Nisoni sonrió. Era la misma sonrisa de antes, pero ahora tenía un filo.

—Los matamos —dijo—, o morimos intentándolo.

El Solitario sintió un escalofrío. No era miedo, era algo más. Excitación, quizás. Por primera vez en meses tenía un propósito.

—Estoy dentro —dijo.

Nisoni lo miró. Sus ojos brillaban bajo la luna.

—Entonces, prepárate. Mañana al amanecer.

Pasaron la noche planeando. Nisoni conocía el cañón como la palma de su mano. Sabía dónde estaban las grietas, los salientes, los lugares donde el eco engañaba. El Solitario tenía experiencia con armas y un rifle Winchester que había robado en Tucson. Juntos eran letales.

Al amanecer, el desierto estaba frío. El Solitario y Nisoni se movieron como sombras. Ella iba adelante, descalza, silenciosa como un puma. Él la seguía con el rifle cargado. Bajaron por un sendero oculto hasta llegar a un punto elevado sobre el campamento.

Abajo, los hombres del ferrocarril dormían. Algunos roncaban, otros vigilaban con sueño. Nisoni señaló a un hombre gordo con bigote que dormía junto al cañón.

—Es el jefe —susurró—. Si lo matamos, los demás huirán.

El Solitario asintió, apuntó con el rifle. Su mano temblaba un poco, pero respiró hondo. Disparó. El hombre gordo se levantó de un salto con un agujero en la frente y cayó muerto. El campamento estalló en caos. Los hombres corrieron gritando, buscando sus armas.

Nisoni ya estaba en movimiento. Bajó por la roca como un rayo con el cuchillo en la mano. El Solitario la siguió disparando a todo lo que se movía. Eran dos contra veinte, pero el elemento sorpresa era suyo. Nisoni mató a tres hombres antes de que pudieran levantarse. El Solitario abatió a dos más con el rifle, pero eran muchos.

Un hombre con escopeta disparó hacia Nisoni y la alcanzó en el hombro. Ella gritó, pero no se detuvo. Corrió hacia él, lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco. Le rompió el cuello con un crujido seco.

El Solitario corrió hacia ella. La sangre le manchaba el brazo, pero seguía luchando. Juntos avanzaron hacia el cañón. Los hombres del ferrocarril disparaban, pero el cañón era un laberinto y Nisoni lo conocía mejor. Los guió por grietas, por túneles, hasta que solo quedaron cinco hombres.

Entonces pasó uno de ellos, un joven con cara de niño, apuntó a Nisoni con un revólver. El Solitario se interpuso. La bala lo alcanzó en el pecho. Cayó de rodillas, tosiendo sangre.

Nisoni rugió como un animal herido. Corrió hacia el joven, lo agarró por el cabello y le cortó la garganta con el cuchillo. Los otros cuatro huyeron, dejando atrás el campamento.

El Solitario estaba en el suelo, respirando con dificultad. Nisoni se arrodilló junto a él, levantó la cabeza.

—No mueras —dijo—. No ahora.

Él sonrió con sangre en los dientes.

—¿Valió la pena? —susurró.

Nisoni lo cargó en sus hombros como si no pesara nada. Lo llevó de vuelta al manantial donde el caballo esperaba. Lo montó detrás de ella y cabalgaron hacia el este, hacia las montañas.

Días después llegaron a un pueblo apache escondido en las sierras. Los ancianos la recibieron con respeto. Curaron al Solitario con hierbas y cantos. Sobrevivió, pero quedó con una cicatriz en el pecho que nunca se borraría.

Nisoni y él se quedaron allí. No volvieron al desierto. Construyeron una choza de adobe, criaron caballos y tuvieron un hijo que creció fuerte como su madre y astuto como su padre.

A veces, por las noches, el Solitario miraba las estrellas y recordaba aquella primera pregunta: ¿Qué pasa si te toco? Y Nisoni, acostada a su lado, respondía siempre lo mismo: que nunca más estará solo.

Pero el desierto no olvida. Años después, cuando el ferrocarril llegó a las montañas, los hombres volvieron. Esta vez eran más y traían dinamita. El Solitario y Nisoni se prepararon para la última batalla.

Pero eso es otra historia.

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