La sala quedó en silencio después de las palabras de Citlali. Un silencio espeso, incómodo, como si el aire hubiera olvidado moverse. El coronel Navarro, que observaba desde el fondo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por el grito de Ramiro, sino por la serenidad de la niña. Había visto a hombres confesar crímenes inexistentes, a otros inventar milagros minutos antes de morir. Pero nunca había visto a una niña hablar con esa certeza.

La sala quedó en silencio después de las palabras de Citlali. Un silencio espeso, incómodo, como si el aire hubiera olvidado moverse. El coronel Navarro, que observaba desde el fondo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por el grito de Ramiro, sino por la serenidad de la niña. Había visto a hombres confesar crímenes inexistentes, a otros inventar milagros minutos antes de morir. Pero nunca había visto a una niña hablar con esa certeza.

 

La sala quedó en silencio después de las palabras de Citlali. Un silencio espeso, incómodo, como si el aire hubiera olvidado moverse. El coronel Navarro, que observaba desde el fondo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por el grito de Ramiro, sino por la serenidad de la niña. Había visto a hombres confesar crímenes inexistentes, a otros inventar milagros minutos antes de morir. Pero nunca había visto a una niña hablar con esa certeza.

—¿Qué verdad? —preguntó uno de los guardias, más nervioso que autoritario.

Citlali levantó la mirada sin soltar a su padre.

—La verdad que nadie quiso escuchar —respondió.

Navarro dio un paso al frente.

—Hija… —dijo con voz más suave de lo habitual—. ¿Qué le dijiste a tu papá?

La niña dudó apenas un segundo. Luego habló.

—Le dije que yo vi quién mató a la señora del taller. Y que no fue él.

El murmullo fue inmediato. El guardia joven abrió los ojos. Mariela, la trabajadora social, llevó una mano a la boca.

—Eso es imposible —dijo el guardia viejo—. El caso está cerrado hace años.

—Yo tenía cinco —continuó Citlali—. Creían que no entendía nada. Pero estaba escondida debajo de la mesa.

Ramiro cayó de rodillas. Sus esposas golpearon el piso.

—Dios mío… —susurró—. Tú estabas allí…

Navarro levantó la mano pidiendo silencio.

—¿A quién viste, Citlali?

La niña respiró hondo.

—Al señor Ernesto. El vecino. El que dijo que vio a mi papá salir con sangre en la camisa.

El nombre cayó como un martillo. Navarro recordó el expediente. Ernesto Salgado. Testigo principal. Jubilado, respetado, voz firme. El hombre que cerró el caso.

—¿Por qué no dijiste nada antes? —preguntó Mariela con cuidado.

Citlali bajó la mirada.

—Porque él me dijo que si hablaba, mi papá se moriría más rápido. Y yo le creí.

Navarro sintió un nudo en el estómago. Miró el reloj. Faltaban cuarenta minutos para la ejecución.

—Suspendan el procedimiento —ordenó.

—Coronel, no puede… —empezó el guardia viejo.

—¡Dije que lo suspendan! —rugió Navarro—. Llamen a la fiscalía. Ahora.

El penal se convirtió en un hormiguero. Teléfonos sonando, pasos apresurados, voces cruzadas. Ramiro fue llevado a una sala aparte, aún temblando. Citlali no se separó de él.

—Perdóname —le dijo ella, con los ojos brillantes—. Tenía miedo.

—Me salvaste la vida —respondió Ramiro—. Nada más importa.

Horas después, en una pequeña oficina, un fiscal joven escuchaba el testimonio de Citlali mientras un grabador registraba cada palabra. Navarro observaba desde un rincón. Cada detalle encajaba con una precisión dolorosa: el arma escondida en el bote de basura, la camisa cambiada, el reloj roto durante la pelea. Detalles que nunca estuvieron en el expediente original.

—¿Puede identificar al hombre? —preguntó el fiscal.

—Sí —dijo Citlali sin dudar—. Nunca lo olvidé.

Esa misma tarde, Ernesto Salgado fue detenido en su casa. No opuso resistencia. En el interrogatorio, su seguridad se resquebrajó al escuchar el testimonio de la niña. Finalmente, confesó. Había discutido con la víctima por dinero. Ramiro llegó después, pero demasiado tarde.

La noticia explotó en los medios. “Condenado a muerte exonerado horas antes de la ejecución”. El nombre de Citlali apareció en todos lados. Navarro dio una conferencia con el rostro cansado.

—Fallamos —admitió—. Y casi cometemos un error irreversible.

Ramiro fue liberado al amanecer. Cruzó la puerta del penal con una bolsa de plástico y la mano de su hija entrelazada con la suya. El sol le pareció irreal.

—¿Y ahora qué? —preguntó Citlali.

 

Ramiro sonrió por primera vez en años.

—Ahora vivimos.

Los meses siguientes no fueron fáciles. Ramiro tuvo pesadillas, miedo a los ruidos fuertes, rabia acumulada. Citlali también cambió: hablaba más, reía más, pero a veces despertaba llorando. Fueron a terapia juntos. Aprendieron a reconstruirse.

Un año después, Ramiro estaba frente a un grupo de estudiantes de derecho contando su historia.

—La justicia no siempre ve —decía—. Pero escuchar puede salvar vidas.

Citlali, sentada en primera fila, levantó la mano.

—Y los niños también vemos —agregó ella—. Aunque nadie nos pregunte.

El auditorio guardó silencio.

Esa noche, padre e hija caminaron de regreso a casa. El cielo estaba lleno de estrellas.

—¿Sigues siendo mi estrella? —preguntó Ramiro.

Citlali sonrió.

—Siempre. Pero ahora brillamos los dos.

Y por primera vez desde aquella mañana de cloro y café rancio, el pasado dejó de pesar más que el futuro.

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