«No valgo mucho, pero abriré mis piernas por un techo donde dormir» — Dijo a el Vaquero solitario

«No valgo mucho, pero abriré mis piernas por un techo donde dormir» — Dijo a el Vaquero solitario

Rancho La Montaña Rota, invierno de 1887, territorio de Nuevo México

El viento del norte azotaba como cuchillo. Maric Cruz, a quien todos llamaban la Colaza por su estatura de casi seis pies y sus hombros de hombre, caminaba con un costal al hombro y dos ollas de lata colgando que chocaban como campanas rotas. Veintiocho años, viuda, sin un centavo, sin nadie.

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Su difunto marido, Silas el minero, se había despeñado en la mina de Santa Rita, dejando deudas que los acreedores cobraron quitándole hasta la última gallina. Desde entonces, la gente la miraba como a un fenómeno de feria: demasiado grande para mujer, demasiado fuerte para hembra.

Llegó al rancho del señor Yas Rodon cuando la nieve ya cubría los corrales. El hombre abrió la puerta con un Winchester en la mano, la barba llena de escarcha, los ojos grises apagados como brasas muertas.

—¿Qué quiere? —preguntó seco.

Maric Cruz tragó saliva. Había ensayado las palabras todo el camino, pero le salieron roncas.

—No soy mucho de valor, patrón, pero por un techo y un poco de comida estoy dispuesta a trabajar duro en lo que sea que usted necesite.

El silencio fue tan largo que pareció que el viento se detenía. Yesera la miró de arriba a abajo, no con lujuria, sino como quien examina un caballo cojo para ver si todavía sirve. Luego, sin bajar el rifle, abrió más la puerta.

—Entre, hablaremos como gente.

Nunca nadie le había hablado como gente. Maric Cruz pasó temblando.

Adentro olía a café quemado y a soledad vieja. Yesera puso un plato de frijoles con tocino delante de ella y se quedó de pie, apoyado en la chimenea.

—Coma, duerma en el cuarto del fondo. Mañana si quiere irse, se va. Si quiere quedarse, trabaja. Yo no compro personas. Si un día usted me da algo, será porque le nazca, no porque lo deba.

Maric Cruz comió con las manos temblando. Cuando terminó, él le señaló una puerta.

—Hay una cobija limpia. Nadie la va a molestar.

Ella se acostó vestida, esperando que la puerta se abriera en la noche. No se abrió.

Al día siguiente, antes del alba, ya estaba afuera paleando estiércol. Yesera la encontró partiendo leña con hacha de dos manos como si hubiera nacido para eso.

—¿Sabe manejar caballos? —preguntó él.

—Sé más que muchos hombres que presumen —respondió ella sin mirarlo.

—Entonces es socia, no sirvienta. Le pago lo mismo que a un vaquero. Treinta dólares al mes y comida.

Nunca nadie le había pagado como a hombre. Maric Cruz sintió que algo se rompía dentro de su pecho, pero no supo si era dolor o alivio.

Los primeros meses fueron de puro trabajo. Arreglaron el gallinero que el viento había tirado, reforzaron los corrales, cavaron hoyos en la tierra helada para nuevos postes. Yesera no la tocó ni una vez, ni una mirada de reojo. Hablaba poco, pero cuando hablaba era para preguntar: “¿Le duele la espalda con esa carga? Déjeme a mí.” O para decir, al ver cómo levantaba un tronco que dos hombres no podían: “No es que sea demasiado grande, es que es fuerte como Dios manda.”

Una noche de febrero, después de perder tres terneras por el frío, Yesera se emborrachó por primera vez en cinco años. Maric Cruz lo encontró en el porche mirando la luna con una botella de mezcal.

—Mi mujer se llamaba Sara —dijo de pronto—. Y mi hijo Thomas los llevó la fiebre del río en el 82. Ella me hizo jurar que no me volvería un hijo de la chingada, aunque el mundo me diera motivos. Cinco años llevándome la contraria a mí mismo.

Maric Cruz se sentó a su lado sin pedir permiso.

—Mi marido me pegaba cuando no encontraba oro. Decía que yo era su mala suerte. Cuando se mató, los del pueblo dijeron que mejor, porque una mujer como yo no merece marido, solo carga.

Yesera se quedó callado un rato, luego le pasó la botella.

—Entonces, los dos estamos muertos por dentro, pero los muertos también pueden calentarse al fuego, ¿no?

Bebieron hasta que la luna se escondió.

La primavera llegó de golpe, como siempre en esas tierras. Los prados se llenaron de flores amarillas y los becerros brincaban como locos. Maric Cruz había aprendido a leer con un catecismo viejo y una Biblia que Yesera le prestaba. Leía en voz alta junto al fuego, tropezando con las palabras largas, y él la corregía sin reírse nunca.

Una tarde de mayo, mientras sembraban maíz en el huerto nuevo, Yesera se quedó mirándola. Ella llevaba una camisa de él porque las suyas ya no le cerraban en los hombros. El sol le doraba los brazos fuertes y las cicatrices de quemaduras viejas.

—Maric Cruz, ¿tú crees que un hombre muerto puede volver a sentir?

Ella se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Creo que una mujer que se sentía bestia puede volver a sentirse persona. Si eso es posible, lo otro también.

Yesera se acercó despacio, como quien se acerca a un caballo salvaje. Le tocó la mejilla con dedos temblorosos. Ella no se apartó.

—¿Puedo besarte sin que pienses que te estoy cobrando algo?

Maric sintió que se le aflojaban las rodillas, cosa rara en ella.

—Puedes besarme porque yo también quiero.

El beso fue torpe, largo, con sabor a tierra y a esperanza.

Ninguno de los dos sabía bien cómo seguir, pero se aprendieron esa noche en el cuarto del fondo con la puerta abierta porque ya no había nada que esconder.

Después se entregaron el uno al otro como quien reza despacio, dando gracias por cada caricia que sanaba en vez de herir. Ella lloró cuando él le besó las cicatrices de la espalda, diciendo una y otra vez: “Eres hermosa, eres mía, pero sobre todo eres tú.”

En junio el rancho parecía otro. Habían construido un invernadero con vidrios que Yesera trajo de Seudor Cery. Las vacas engordaban, las gallinas ponían huevos como locas y hasta el viejo perro cojo movía la cola cuando veía a Maric Cruz.

Una tarde de julio, con el sol cayendo rojo detrás de las montañas, Yesera la llevó al invernadero. Había plantado rosas silvestres que apenas empezaban a abrirse. Se arrodilló en la tierra con las manos negras de tanto trabajar.

—Maric Cruz Aguilar, viuda de nadie, dueña de ti misma, ¿te quieres casar conmigo? No porque necesites techo, ni porque yo necesite mujer, sino porque estos meses me enseñaste que todavía puedo querer y que querer bien es lo único que vale la pena en esta vida.

Ella se quedó sin aire, luego se agachó, lo abrazó tan fuerte que casi lo levanta del suelo y dijo entre lágrimas y risas:

—Claro que sí, viejo terco. Pero la boda la pago yo con mi primer sueldo de vaquera completa.

Se casaron en septiembre en la misión de San Albino con el padre Ramírez, que no quiso cobrar porque hacía mucho no veía una pareja que se mirara como personas y no como ganado. La fiesta fue en el rancho. Vinieron vaqueros de tres condados, hasta los que antes se burlaban de la giganta. Maric Cruz llevaba un vestido blanco que ella misma cosió y cuando bailó con Yesera bajo las estrellas medía casi dos cabezas más que él, pero a nadie le importó. Bailaron hasta el amanecer.

Años después, cuando el rancho La Montaña Rota era el más próspero del condado y tenían tres hijos, dos varones altos como la madre y una niña con los ojos grises del padre, la gente aún contaba la historia.

Decían que una vez llegó una mujer rota ofreciendo su trabajo por un pedazo de pan y un hombre muerto por dentro le abrió la puerta y le dijo: “Hablaremos como gente.” Y que de ahí nació no solo un matrimonio, sino la prueba de que el amor de verdad no se mide en lo que das a cambio de algo, sino en lo que eres capaz de ver en el otro cuando nadie más lo ve.

Y en las noches de invierno, cuando el viento vuelve aullar como cuchillo, los viejos del pueblo aún juran que se oyen risas en el rancho La Montaña Rota. Risas de dos personas que se encontraron cuando ya no creían merecer ser encontradas.

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