(Jalisco, 1941) Las macabras ancianas que tenían r3laci0nes con un perro

(Jalisco, 1941) Las macabras ancianas que tenían r3laci0nes con un perro

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(Jalisco, 1941) El rancho Santa Elena y los ojos amarillos

Hay secretos tan oscuros que ni siquiera la tierra quiere guardarlos.

El otoño de 1941 llegó a San Miguel el Alto con una frialdad extraña, como si el viento bajara de la sierra cargando algo más que polvo. No era solamente el clima. Era la manera en que el pueblo se recogía temprano, cómo las puertas se cerraban antes de que el sol terminara de caer, cómo las madres llamaban a sus hijos con un apuro que no admitía preguntas. En la plaza, las campanas sonaban igual que siempre, pero la gente las oía distinto, como si la fe también tuviera miedo de equivocarse.

Las noticias viajaban despacio en esos rumbos. De boca en boca. De jarro en jarro. De confesión en confesión. Y al moverse se deformaban, sí, pero había rumores que no se volvían más fantásticos con el tiempo, sino más nítidos, como si la repetición los limara hasta dejar el hueso. Entre esos rumores había uno que se pronunciaba en voz baja, casi sin aire: el rancho Santa Elena.

El rancho quedaba a cinco kilómetros del pueblo, por un camino de tierra que serpenteaba entre campos de maíz y hileras de agave. Era una propiedad antigua, de esas que habían pertenecido a la misma familia durante generaciones, y que se sostenían más por costumbre que por fuerza. La casa principal de adobe, con vigas de madera y tejas mordidas por tormentas viejas, se veía desde lejos como un animal cansado. La pintura blanca se descascaraba. El granero se inclinaba. El corral, que en otros ranchos era ruido y polvo, allí era silencio. Y a un costado, una capillita familiar, pequeña y oscura, parecía mirar hacia el suelo, como si rezar allí fuera una cosa que se hacía pidiendo permiso.

En Santa Elena vivían dos mujeres: Soledad y Refugio Carmona.

Tenían más de sesenta años. Soledad, la mayor, llevaba el cabello completamente blanco recogido en un moño apretado que le estiraba la piel de la cara. Sus ojos eran pequeños y oscuros, como semillas, y rara vez mostraban emoción. Refugio conservaba mechones grises en su pelo canoso; caminaba con una ligera cojera y hablaba aún menos que su hermana. Ambas vestían siempre de negro, como si se hubieran quedado a vivir dentro de un luto perpetuo. Cuando pasaban por el pueblo —cuando pasaban, porque casi nunca lo hacían— la gente se quitaba del camino con una cortesía rígida que era más miedo que respeto.

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Nadie podía señalar el momento exacto en que las Carmona dejaron de ser “las viejas del rancho” para convertirse en algo que incomodaba. Quizá fue la forma en que parecían entenderse sin palabras. Quizá fue que nunca reían. Quizá fue que sus miradas, cuando se posaban en alguien, parecían medirlo como se mide una res para saber si está gorda o enferma. O quizá fue, simplemente, que vivían demasiado aisladas, demasiado pegadas una a la otra, como dos ramas torcidas del mismo árbol.

El aislamiento no era total. Una vez al mes, Soledad bajaba al pueblo en una carreta tirada por un burro viejo y medio ciego. Compraba harina, sal, frijol, manteca, jabón. Pagaba con monedas que sacaba de un saquito de tela amarrado a la cintura. No aceptaba conversación. Si don Abundio, el tendero, le decía “¿y cómo sigue su hermana?”, Soledad respondía con un asentimiento seco que no significaba nada. Tomaba sus cosas, subía a la carreta y se iba sin mirar atrás.

Refugio no bajaba nunca.

Y sin embargo, el rancho no estaba solo.

Los que se habían acercado a Santa Elena —arrieros, un par de peones perdidos, un muchacho que buscó una vaca— hablaban de un perro grande de pelaje negro y ojos amarillos. No ladraba. No gruñía. No se alegraba ni se enojaba. Solo estaba. Siempre cerca de la puerta. Siempre quieto. Y cuando miraba, no parecía que mirara como animal, sino como alguien que entiende demasiado.

Al atardecer, algunos juraban haber oído aullidos que no sonaban del todo caninos. A veces se mezclaban con gemidos raros, como si el aire se torciera. Nadie se atrevía a investigar. En esos años, en esos lugares, uno aprendía a no meter la nariz donde no lo llamaban. El miedo era una forma de educación.

Todo cambió una mañana de octubre.

Jacinto Morales, jornalero de las tierras vecinas, decidió tomar un atajo que pasaba cerca de Santa Elena. Jacinto era práctico. No creía en brujas ni en aparecidos. Decía que el hambre y el mezcal explicaban más cosas que el demonio. Se burlaba de los cuentos del pueblo. Y justamente por eso, porque no se cuidaba de nada, fue el primero en mirar de frente.

El sol apenas calentaba cuando cruzó una cerca rota que marcaba el límite del rancho. Caminó entre hierbas secas, con la azada al hombro, pensando en el jornal del día.

Entonces lo vio.

El perro estaba echado frente a la puerta principal. Era grande, más de lo que Jacinto esperaba. Negro, con el lomo firme, el cuello grueso. Pero lo que lo detuvo no fue el tamaño. Fue la mirada. Esos ojos amarillos se clavaron en él con una fijeza humana, como si el animal lo reconociera, como si supiera su nombre, como si hubiera estado esperando ese paso exacto.

Jacinto sintió que el sudor se le formaba en la frente a pesar del frío. Tragó saliva. Dio un paso atrás sin darse cuenta.

El perro no se movió. No ladró. Solo siguió mirándolo.

Y había algo más: la manera en que estaba echado, el ángulo de sus patas delanteras, la quietud deliberada… era antinatural. No parecía un perro descansando. Parecía un guardia cumpliendo orden.

La puerta de la casa se abrió con un chirrido prolongado, como si el rancho protestara por ser despertado. Soledad apareció en el umbral. Su figura delgada se recortó contra la oscuridad interior. No mostró sorpresa al ver a Jacinto. Eso fue lo peor: no le preguntó qué hacía allí. No levantó la voz. No se indignó. Solo lo miró con la misma intensidad que el perro.

Por un instante, Jacinto tuvo la sensación perturbadora de que mujer y animal compartían algo detrás de los ojos, como si fueran dos cuerpos conectados por una misma voluntad.

—Me equivoqué de camino —balbuceó Jacinto, sin saber por qué se justificaba.

Soledad no respondió.

Jacinto retrocedió apresuradamente, tropezando con sus propios pies. No miró atrás hasta estar fuera de la cerca. Y cuando al fin se detuvo a recuperar el aliento, juró que todavía sentía los ojos amarillos clavados en su espalda, como una mano.

Ese día intentó convencerse de que fue su imaginación. Que el miedo viene cuando uno se deja contagiar por chismes. Que el frío del amanecer y el cansancio le jugaron una mala pasada.

Pero esa noche, cuando cerró los ojos, el perro volvió.

No como recuerdo. Como presencia.

Soñó con la casa por dentro: penumbra, santos descascarados, velas consumidas. Y en el centro, el perro sentado con una postura demasiado recta, demasiado tranquila. En el sueño, el animal abría la boca y en lugar de ladrar soltaba un sonido que parecía una risa seca, humana y torcida.

Jacinto despertó empapado en sudor.

Tres días después, con unas copas encima en la cantina de don Eulalio, se atrevió a contarlo.

Los hombres que lo escucharon intercambiaron miradas de esas que dicen “no eres el primero”. La cantina, que siempre era ruido, se quedó un poco más quieta.

Fue Macedonio, arriero viejo de voz ronca y ojos nublados por cataratas, quien rompió el silencio.

—No eres el primero que ve cosas raras en ese rancho —dijo, acercando su silla—. Hace dos años, el hijo de Gertrudis pasó por ahí una noche. Llegó blanco como papel, temblando. Dijo que vio una luz en el patio trasero… y sombras moviéndose como si rezaran, pero al revés.

Jacinto soltó una risa nerviosa.

—Eso ya es cuento.

Macedonio negó con la cabeza.

—No. Y el muchacho nunca volvió a ser el mismo. Se fue a Guadalajara. No regresa ni para las fiestas. Y hay más. Un compadre mío rechazó trabajo bien pagado en Santa Elena. Dijo que prefería pasar hambre antes que entrar ahí.

Otro hombre, con la cara marcada de viruela, agregó:

—A una partera la llamaron hace años, cuando Refugio se enfermó. La mujer salió pálida. Dejó de ejercer poco después. Se mudó con su hija.

Los relatos se multiplicaron. Cada uno añadía un detalle: que el perro respondía a señales sin voz; que caminaba como si entendiera palabras; que había noches en que desde Santa Elena se veía una luz azul, como de vela mala, pero ninguna vela da esa luz.

Al final, todas las historias coincidían en algo: ese perro no era un perro como los demás. Era un centro, un hilo, un testigo.

El padre Anselmo escuchó los rumores durante años.

Era un sacerdote de mediana edad, robusto, con manos grandes acostumbradas tanto a cargar costales de ayuda como a sostener el misal. Había crecido en familia campesina y sabía que el mundo contenía misterios que la razón no siempre alcanzaba. También sabía que la superstición podía convertir la miseria en monstruos. Por eso escuchaba, pesaba, dudaba.

Pero después del relato de Jacinto —que le llegó por la esposa del jornalero, y de ahí por media calle— el padre sintió algo distinto: no era solo chisme. Era persistencia. Y cuando la misma forma del miedo se repite en bocas distintas, el sacerdote aprende a no ignorarlo.

Decidió ir.

Una mañana de finales de octubre, encilló su caballo. Llevó estola morada, un rosario bendecido y una botellita de agua bendita. No por teatro, sino por costumbre. Cuando uno entra a lugares donde la gente teme, la fe debe tener forma en las manos.

El camino hacia Santa Elena le pareció más largo de lo usual. A medida que se alejaba del pueblo, el paisaje se volvía más desolado. Los maizales estaban marchitos, doblándose bajo el viento en ángulos raros. No cantaban pájaros. El silencio era tan profundo que el padre escuchaba el crujido del cuero de la montura y el golpe de los cascos en la tierra.

Cuando la casa apareció a la distancia, sintió una opresión en el pecho que no pudo atribuir solo al cansancio. El aire parecía más denso, como si respirarlo costara.

Su caballo, animal dócil, comenzó a ponerse nervioso: sacudía la cabeza, relinchaba bajo, mostraba el blanco del ojo.

Los animales sienten cosas, pensó el padre.

Y ese pensamiento no le trajo consuelo.

Al entrar al rancho, vio cercas rotas con alambre oxidado colgando como tendones. El corral vacío. El granero torcido. Lo más inquietante fue la ausencia total de vida: ni gallinas, ni moscas, ni perros ajenos, ni gatos. Era como si toda criatura hubiera acordado mantenerse lejos.

Ató el caballo a un poste inclinado. El animal tiró de las riendas con fuerza, asustado.

El padre respiró hondo y golpeó la puerta.

El sonido resonó hueco.

Pasaron minutos antes de que se abriera.

Refugio apareció en el umbral. Vestido negro descolorido, remendado tantas veces que la tela parecía un mapa. Su rostro arrugado no mostró sorpresa. Sus ojos oscuros lo escrutaron sin cordialidad, sin rechazo: como quien revisa una herramienta.

—Padre —dijo, sin emoción.

—Buenos días, hermana Refugio —respondió él—. He venido a visitarlas. Hace mucho que no las veo en misa. Me preocupa su bienestar.

Refugio lo miró un instante más y se hizo a un lado. Le permitió entrar sin una palabra.

Al cruzar el umbral, el padre sintió un cambio de temperatura. Adentro hacía frío, un frío húmedo que parecía salir de las paredes. Las ventanas estaban cubiertas con telas oscuras. Había santos de yeso con la cara descascarada observando desde nichos. Velas consumidas habían dejado charcos de cera solidificada.

El olor le revolvió el estómago: humedad, cera quemada y algo orgánico, agrio, como carne vieja sin llegar a serlo. Un olor que no correspondía a una casa habitada con limpieza mínima.

Soledad estaba sentada cerca de una chimenea apagada. No se levantó. Giró la cabeza lentamente hacia él.

Sus manos, sobre el regazo, se retorcían una con otra en un movimiento constante, nervioso, como si estuviera contando algo invisible con los dedos.

—Padre Anselmo —dijo Soledad—. No esperábamos visitas.

—Lo sé —respondió él, tratando de mantener la voz tranquila—. Pero es mi deber asegurarme de que todos estén bien, física y espiritualmente.

Las hermanas intercambiaron una mirada. Una mirada breve, pero cargada de comunicación muda.

El padre sintió que lo estaban midiendo con reglas que no entendía.

Refugio cerró la puerta detrás de él. El sonido fue definitivo, como un sello.

—Estamos bien, padre —dijo Soledad—. No necesitamos nada.

El padre tragó saliva. Era evidente que no estaban “bien” en el sentido humano. Pero insistió.

—Me gustaría ofrecerles la comunión. Y conversar un momento. Si tienen alguna necesidad…

Entonces algo se movió en el pasillo oscuro.

El padre entrecerró los ojos.

Y lo vio.

El perro emergió de la sombra con pasos silenciosos. Su pelaje negro parecía absorber la poca luz. Sus ojos amarillos brillaban como si la luz naciera dentro de ellos.

El animal se acercó y se detuvo entre las hermanas. Se sentó con una postura demasiado deliberada, casi recta, como si imitara a un hombre sentado. Inclinó la cabeza hacia un lado, mirando al padre con una atención que parecía burla.

El sacerdote sintió la mano buscar instintivamente el rosario en el bolsillo. Apretó las cuentas como si fueran ancla.

—Es nuestro compañero —dijo Refugio, posando una mano sobre la cabeza del animal.

Sus dedos se hundieron en el pelaje con familiaridad antigua.

—Se llama Guardián —agregó Soledad, y su mano también fue al perro.

Ambas lo tocaron al mismo tiempo, y el padre notó algo inquietante: sus rostros se relajaron con ese contacto, como si el perro les diera calma o energía.

—¿Cuándo fue la última vez que se confesaron? —preguntó el padre, intentando sostener la conversación como quien sostiene una lámpara en una cueva.

La pregunta cayó en el silencio.

Soledad habló despacio:

—Los pecados, padre, son palabras que la gente usa cuando no puede entender la necesidad.

El padre se tensó.

—Dios perdona todo pecado con verdadero arrepentimiento —respondió, automático, pero las palabras sonaron huecas.

Refugio soltó una risa seca, como hojas muertas.

—Arrepentimiento… ¿De qué? ¿De haber sobrevivido cuando el pueblo nos dejó solas?

Soledad se inclinó un poco hacia el perro, como quien escucha un consejo.

—Rezamos —dijo—. Rezamos por alivio. Por compañía. Por paz. Nadie vino.

Refugio completó:

—Hasta que Guardián llegó.

El padre sintió náusea, no por lo que estaban diciendo literalmente, sino por lo que se movía debajo de esas frases: la sensación de que el perro era más que perro. Que la “compañía” de la que hablaban no era normal, sino un pacto.

—Hermanas —dijo con firmeza temblorosa—. Si están enredadas en prácticas que no son de Dios… debo ayudarlas a detenerse.

Soledad se levantó con una agilidad sorprendente. El perro se movió con ella como sombra pegada.

—¿Ayudarnos? —preguntó—. ¿Dónde estuvo su ayuda cuando nos llamaron “malditas” por ser viudas? ¿Dónde estuvo cuando nos robaron la herencia? ¿Dónde estuvo cuando nos dejaron este rancho como castigo?

El padre abrió la boca para responder, pero la verdad es que no tenía una respuesta limpia. El mundo había sido cruel con esas mujeres. Eso no justificaba nada, pero explicaba la grieta por donde entra lo peor.

Entonces el perro abrió la boca.

No ladró.

Emitió un sonido gutural, áspero, que parecía una risa humana distorsionada. Un intento de palabra con garganta equivocada.

El padre retrocedió hasta chocar con la puerta. Buscó el picaporte sin dejar de sostener el rosario frente a él.

—Esto no es obra de Dios —susurró.

Refugio se acercó por el otro lado, flanqueándolo.

—Qué fácil es decir “demonio” cuando algo le da miedo —murmuró—. Así no tiene que mirar de frente lo que la gente abandona.

—¿Qué han hecho? —preguntó él, y una parte de él no quería escuchar la respuesta.

Soledad sonrió, mostrando dientes amarillentos.

—Nada que no nos hicieran primero —dijo—. Solo devolvimos el golpe. Solo llamamos a alguien que sí contestó.

El padre abrió la puerta de golpe y salió al aire exterior como si escapara de una tumba. Su caballo tiraba de las riendas con terror. El sacerdote montó con manos temblorosas. El animal salió al galope sin que lo espolearan.

El padre no miró atrás.

Durante el regreso intentó racionalizar: tal vez malinterpretó. Tal vez fue miedo. Tal vez las mujeres estaban locas. Tal vez el perro era solo un perro.

Pero el sonido… ese sonido… no se le borraba de la cabeza.

Llegó al pueblo con el rostro pálido y la sotana cubierta de polvo. Fue directo a la iglesia. Se encerró en la sacristía. Pasó horas de rodillas frente al altar. Rezó hasta quedarse sin voz. Pero las oraciones se le sentían absorbidas por un vacío.

Esa noche tuvo pesadillas.

Ojos amarillos en la oscuridad.

Manos arrugadas acariciando pelaje negro.

Un aullido que quería ser palabra.

Los días siguientes fueron peor. El padre Anselmo perdió peso, se sobresaltaba con cualquier ruido. Algunos feligreses le preguntaron si estaba enfermo. Él dijo que sí. Era más fácil decir eso que decir la verdad.

Y aun así, sabía que debía actuar.

Empezó a escribir una carta al obispo en Guadalajara. La redactó y la rompió. La volvió a escribir. Le pesaba que lo tomaran por loco, pero le pesaba más el silencio. En la carta no habló de “demonio” como insulto rápido. Habló de un lugar donde la fe se sentía rechazada. Habló de un animal imposible. Habló del miedo que sintió.

No alcanzó a enviarla.

A mediados de noviembre, una mañana en que la niebla cubría los campos como un sudario, Jacinto Morales llegó al pueblo a caballo gritando que había “humo” saliendo del rancho Santa Elena.

Los hombres se organizaron con cubetas y mantas. Salieron en grupo por el camino. El padre Anselmo también fue, con el corazón golpeándole el pecho como tambor.

Pero al llegar, no había incendio.

La casa estaba intacta.

Lo que Jacinto había visto desde lejos era niebla acumulándose de manera extraña alrededor de la construcción, pegada a las paredes como vapor.

La puerta estaba abierta, balanceándose con la brisa.

Entraron.

El interior estaba igual de frío. Igual de oscuro. Igual de cargado de ese olor.

Encontraron a las hermanas Carmona en su habitación, acostadas juntas en la misma cama estrecha. Tenían las manos entrelazadas sobre el pecho. Estaban muertas.

No había señales de violencia. No había sangre. No había golpes. Sus rostros, de manera inquietante, mostraban una paz casi satisfechas, como si hubieran terminado una tarea.

El doctor del pueblo llegó después, examinó los cuerpos, negó con la cabeza.

—Puede ser un fallo del corazón —dijo—. Pero que pase al mismo tiempo… es raro.

Los hombres buscaron al perro.

Registraron el granero, el corral, el patio, la capilla. Nada. Ni huellas frescas, ni pelo, ni excremento, ni rastro. Como si el animal nunca hubiera existido.

Macedonio murmuró, muy bajo, para quien quisiera oír:

—Eso no era perro.

El padre Anselmo sintió un frío más profundo que el de la casa.

Ofició el funeral. Fue breve y poco concurrido. La gente asistió más por curiosidad que por pena. El sacerdote leyó las oraciones con voz firme, pero por dentro no había firmeza: había conflicto. ¿Qué se reza cuando uno sospecha que la muerte fue una puerta y no un final?

Las enterraron en una parcela familiar, lejos del resto.

Esa noche, en la sacristía, el padre Anselmo sacó la carta para el obispo. La leyó entera una última vez. Y la quemó.

Vio cómo el papel se encogía, ennegrecía, se volvía ceniza. Vio cómo las palabras que describían lo innombrable se convertían en humo, subiendo como oración sin respuesta.

Decidió que algunos secretos eran mejor dejarlos enterrados. No por cobardía —o quizá sí— sino por misericordia. Porque sabía lo que hace el miedo cuando se suelta: convierte sospecha en linchamiento, convierte rumor en incendio, convierte pueblo en manada.

El rancho Santa Elena fue vendido tiempo después a una familia de Aguascalientes que no conocía la historia. Derribaron la casa vieja y levantaron una nueva, más luminosa. Repararon cercas. Metieron ganado. La vida volvió con su ruido habitual.

Con los años, la historia se volvió cuento para asustar niños.

Pero los viejos que estuvieron allí en 1941 nunca olvidaron.

En noches tranquilas, cuando el viento soplaba desde la dirección del rancho, algunos juraban escuchar aullidos distantes que no sonaban del todo caninos. Más de un viajero nocturno dijo haber visto una sombra negra cruzando el campo bajo la luna llena, con ojos amarillos que brillaban como brasas, moviéndose con una calma que no pertenecía a ningún animal.

El padre Anselmo vivió veinte años más. Sirvió a su parroquia, se volvió más callado, más atento a los silencios ajenos. Nunca habló públicamente de Santa Elena. Pero quienes lo cuidaron en sus últimos días dijeron que, en su delirio final, repetía una frase como quien reza contra una verdad:

“Hay vacíos tan profundos que la gente no los llena con Dios… y entonces algo más viene a llenarlos.”

Fue enterrado en el mismo cementerio que las Carmona, en el lado opuesto.

Y en ciertas noches de viento, algunos vecinos aseguraban escuchar rezos susurrados que parecían salir de entre las tumbas, como si las almas ahí enterradas todavía pelearan con verdades que ni la muerte pudo acomodar.

Porque al final, en los pueblos como San Miguel el Alto, la diferencia entre leyenda y verdad no siempre es la prueba.

A veces es solo el valor de mirar.

Y no todos se atreven a mirar directo a los ojos amarillos de lo desconocido.

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