El señor vio los hematomas en la nueva esclava… lo que hizo a continuación dejó a todos en shock.

El señor vio los hematomas en la nueva esclava… lo que hizo a continuación dejó a todos en shock.


Tráiganla aquí ahora mismo. La voz de don Cristóbal Mendoza resonó por todo el patio de la hacienda San Miguel, haciendo que los peones y sirvientes levantaran la cabeza con sorpresa. Era inusual que el patrón gritara de esa manera, especialmente en pleno día bajo el sol implacable de Michoacán.

Los murmullos cesaron cuando todos vieron al capataz Rodrigo Salazar, arrastrando por el brazo a una joven morena de no más de 20 años, cuyo vestido rasgado apenas ocultaba las marcas púrpuras que cubrían sus brazos y parte de su rostro. La muchacha mantenía la mirada clavada en el suelo polvoriento, temblando visiblemente, mientras sus pies descalzos dejaban pequeñas huellas en la tierra seca.

Don Cristóbal, un hombre de 50 años con bigote canoso y expresión habitualmente severa, sintió que algo se revolvía en su estómago al ver el estado en que llegaba su nueva adquisición. Hacía apenas tres días que había pagado una suma considerable al tratante de esclavos Antonio Ferrer por esta joven que, según le habían asegurado, era fuerte y obediente.

¿Qué demonios le pasó?, preguntó don Cristóbal, su voz más controlada, pero cargada de tensión. El capataz Salazar soltó bruscamente el brazo de la joven y se encogió de hombros con indiferencia. Así la entregó Ferrer patrón. ya venía marcada cuando llegó ayer por la noche. La joven finalmente levantó la vista, revelando unos ojos oscuros llenos de miedo, pero también de una dignidad inquebrantable que sorprendió al ascendado. “Mi nombre es Catalina Ríos, señor”, dijo con voz ronca pero firme.

“El señor Ferrer me castigó porque me negué a a hacer ciertas cosas durante el viaje desde Veracruz.

Los trabajadores de la hacienda observaban la escena con una mezcla de curiosidad y aprensión. Todos conocían la reputación de don Cristóbal como un hombre duro pero justo, aunque los rumores sobre su capataz Rodrigo Salazar pintaban un cuadro muy diferente. Salazar era conocido por su crueldad, por su mano pesada con los trabajadores y por el placer que parecía encontrar en ejercer su poder sobre los más vulnerables.

Don Cristóbal caminó lentamente alrededor de Catalina. inspeccionando cada hematoma, cada rasguño, cada señal de violencia que marcaba su piel morena. Su mandíbula se tensó cuando notó las marcas circulares en sus muñecas, evidencia de que había estado atada con cuerdas durante un tiempo prolongado. “¿Cuántos días llevas sin comer adecuadamente?”, preguntó su tono ahora más suave.

“Catro días, señor, desde que salimos de Veracruz. El señor Ferrer solo me dio agua y pan duro dos veces”, respondió Catalina, su voz quebrándose ligeramente. A pesar de su evidente debilidad física, había algo en su postura que hablaba de una fuerza interior que no se había quebrado. El ascendado se giró bruscamente hacia su capataz.

Salazar, tráeme a Antonio Ferrer inmediatamente. Todavía debe estar en el pueblo antes de continuar su ruta hacia Guadalajara. El capataz vaciló por un momento, claramente desconcertado por la orden. Patrón, ya le pagamos. La mercancía es nuestra ahora. Venga como venga. He dicho que lo traigas. Rugió don Cristóbal su rostro enrojeciéndose y llama al doctor Hidalgo.

Esta muchacha necesita atención médica inmediata. Se volvió hacia una de las sirvientas mayores que observaba desde la puerta de la cocina. Doña Carmen, prepare la habitación del ala este y traiga agua limpia, vendajes y algo de comida suave. Sopa de pollo si hay. Los presentes intercambiaron miradas de asombro. El ala este era donde se alojaban los invitados importantes, no donde se colocaba a los esclavos recién llegados.

Catalina también pareció confundida, sus ojos moviéndose nerviosamente entre el patrón y los demás trabajadores, como si esperara que en cualquier momento todo esto resultara ser una cruel broma. “Señor, yo no entiendo”, murmuró Catalina. ¿Por qué hace esto? Soy solo una esclava. Don Cristóbal se detuvo frente a ella y para sorpresa de todos se quitó su sombrero de ala ancha en un gesto de respeto.

Porque, señorita Catalina, en mi hacienda nadie llega en estas condiciones y porque tengo preguntas que necesitan respuestas antes de que este asunto quede así. Su voz era firme, pero había un matiz de algo más, quizás remordimiento o quizás la sombra de un pasado que pocos conocían.

Doña Carmen, una mujer robusta de unos 60 años con el cabello completamente gris recogido en un moño, se acercó rápidamente y tomó con delicadeza el brazo de Catalina. Venga, mi hijita, vamos a limpiar esas heridas y a poner algo de comida en ese estómago. Su voz maternal contrastaba marcadamente con la dureza del ambiente que generalmente reinaba en la hacienda.

Mientras doña Carmen guiaba a Catalina hacia la casa principal, don Cristóbal se quedó en el patio observando como el sol de la tarde proyectaba largas sombras sobre la tierra rojiza de Michoacán. Sus pensamientos lo llevaron a un tiempo que prefería olvidar, a un pasado donde él mismo había sido testigo de la crueldad sin sentido, de la deshumanización, que el sistema de esclavitud perpetuaba día tras día.

El sonido de cascos de caballos interrumpió sus reflexiones. Rodrigo Salazar regresaba con Antonio Ferrer, el tratante de esclavos, cuyo rostro moreno y curtido mostraba una expresión de fastidio mal disimulado. Ferrer era un hombre corpulento de unos 40 años con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y ojos pequeños que siempre parecían estar calculando su próximo beneficio.

Don Cristóbal, qué sorpresa que solicite mi presencia tan pronto dijo Ferrer con una sonrisa falsa mientras desmontaba. Espero que todo esté en orden con su nueva adquisición. En orden repitió don Cristóbal su voz gélida. Ferrer, pagué 800 pesos por una trabajadora sana y fuerte. Lo que recibí fue una muchacha golpeada, hambrienta y traumatizada.

¿Le parece eso en orden? La sonrisa de Ferrer se desvaneció ligeramente. Los esclavos a veces necesitan disciplina durante el transporte. Don Cristóbal. Seguramente usted lo entiende. La muchacha era problemática. Se resistía constantemente. ¿Se resistía a qué exactamente, Ferrer? Preguntó el acendado, dando un paso amenazante hacia el tratante.

Porque según lo que ella me dijo, se negó a hacer ciertas cosas que usted le exigió. Y no creo que esas cosas tuvieran nada que ver con el trabajo honesto. El rostro de Ferrer se endureció. Con todo respeto, don Cristóbal, lo que yo haga durante el transporte de mi mercancía no es asunto suyo. Una vez que se completa la transacción, ella es su problema.

En ese momento llegó el doctor Hidalgo, un hombre delgado, de mediana edad, con lentes pequeños y maletín negro. Sin esperar órdenes, se dirigió rápidamente hacia la casa principal donde doña Carmen había llevado a Catalina. Don Cristóbal observó cómo el doctor desaparecía en el interior y luego volvió su atención a Ferrer. Aquí está lo que va a pasar, Ferrer, dijo don Cristóbal con una calma que sonaba más peligrosa que cualquier grito.

Usted va a devolverme la mitad de lo que pagué, 400 pesos, como compensación por el estado en que entregó a la muchacha y va a firmar un documento declarando que ella llegó en estas condiciones debido a su negligencia y abuso. Ferrer soltó una carcajada amarga. ¿Y por qué diablos haría yo eso? No hay ninguna ley que me obligue. La venta está cerrada.

Porque si no lo hace, continuó don Cristóbal, su voz bajando a un susurro amenazante, voy a asegurarme de que cada hacendado, cada comerciante y cada autoridad en Michoacán, Guanajuato y Jalisco sepa exactamente qué tipo de hombre es usted. Su reputación quedará destruida y sin reputación no hay negocio.

¿Me entiende? El rostro de Ferrer palideció ligeramente. La amenaza era real y ambos lo sabían. En un mundo donde los acuerdos comerciales dependían tanto de la confianza como del dinero, perder la reputación era equivalente a la ruina financiera. Los ojos del tratante se movieron nerviosamente entre don Cristóbal y Rodrigo Salazar, quien observaba la escena con expresión indescifrable.

Además, agregó don Cristóbal, “tengo amistades en la Ciudad de México que estarían muy interesadas en saber sobre ciertos excesos durante el transporte de esclavos. Creo que el virrey ha estado buscando razones para endurecer las regulaciones sobre el comercio de esclavos. Su caso podría ser el ejemplo perfecto.

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