En un mercado de pulgas a las afueras de Oporto, donde las teteras se vendían junto a discos rayados y los relojes colgaban como racimos de tiempo estancado, había un puesto que no destacaba por nada en particular.

En un mercado de pulgas a las afueras de Oporto, donde las teteras se vendían junto a discos rayados y los relojes colgaban como racimos de tiempo estancado, había un puesto que no destacaba por nada en particular. No tenía luces, ni música, ni letreros llamativos. Solo un perchero viejo, cubierto por mantas de lana, bufandas desparejadas y un abrigo que nadie quería tocar.

El abrigo era de un verde oscuro, gastado por los años y la lluvia. Sus botones dorados estaban opacos y el forro, asomando por una costura rota, mostraba un bordado apenas visible: una inicial, “A”. Cada semana, el abrigo permanecía allí, ignorado por los clientes que buscaban tesoros entre el caos del mercado.

La dueña del puesto era una anciana de ojos claros llamada Doña Beatriz. Nadie sabía mucho de ella, salvo que llegaba temprano, se sentaba en su silla de mimbre y tejía en silencio bajo el toldo. Los niños del barrio decían que el abrigo estaba maldito, que quien lo tocara tendría sueños extraños y noches sin descanso.

Una mañana gris de noviembre, llegó al mercado un joven llamado Tomás. Era extranjero, viajero y curioso, con una mochila gastada y un cuaderno lleno de dibujos. Paseaba entre los puestos, fascinado por los objetos y las historias que escuchaba en portugués y español. Al pasar frente al perchero de Doña Beatriz, algo lo detuvo: el abrigo.

No sabía por qué, pero sintió un impulso de tocarlo. Cuando sus dedos rozaron la tela áspera, sintió una punzada de frío y una especie de nostalgia, como si el abrigo guardara recuerdos de alguien que había amado mucho y perdido aún más. Doña Beatriz lo observó con atención, pero no dijo nada.

—¿Cuánto por el abrigo? —preguntó Tomás, tratando de sonar casual.

 

 

La anciana lo miró largamente antes de responder.

—No tiene precio, joven. Pero si lo llevas, debes prometer que lo cuidarás y que, cuando llegue el momento, lo devolverás al mercado.

Tomás, intrigado, aceptó. Pagó una pequeña suma y se marchó con el abrigo enrollado bajo el brazo. Esa noche, en la pensión donde se alojaba, lo puso sobre la cama y se quedó contemplándolo. Decidió probárselo y, al hacerlo, sintió el peso de las historias que llevaba consigo.

Esa noche, soñó con Oporto antiguo: vio calles empedradas, barcos en el río Duero, y una mujer joven que corría bajo la lluvia, envuelta en el mismo abrigo. En el sueño, la mujer reía y lloraba al mismo tiempo, buscando a alguien entre la multitud. Tomás despertó sobresaltado y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que debía encontrar respuestas.

Durante los días siguientes, Tomás empezó a preguntar por el origen del abrigo. Habló con los vendedores del mercado, con los ancianos del barrio, con los músicos que tocaban en las esquinas. Poco a poco, fue reconstruyendo la historia: el abrigo había pertenecido a Amália, una joven que desapareció misteriosamente décadas atrás. Dicen que esperaba a su amado, un marinero que nunca regresó, y que cada tarde lo buscaba en el mercado, envuelta en su abrigo verde.

La gente decía que el abrigo guardaba la tristeza y la esperanza de Amália, y que por eso nadie quería tocarlo. Pero Tomás, lejos de asustarse, comenzó a escribir la historia en su cuaderno, dibujando escenas de Oporto y de la mujer del abrigo.

Un domingo, volvió al mercado y buscó a Doña Beatriz. Le mostró lo que había escrito y dibujado, y la anciana lloró en silencio al ver los recuerdos plasmados en papel.

—Has cumplido tu promesa, joven —dijo ella, sonriendo con gratitud—. Amália era mi hermana. Gracias por devolverle su historia.

Tomás dejó el abrigo en el perchero, junto a sus dibujos y una carta para quien lo encontrara después. Se marchó de Oporto con el corazón ligero, sabiendo que, a veces, los objetos más humildes guardan las historias más profundas.

Desde aquel día, el abrigo dejó de ser temido. Los visitantes del mercado lo tocaban con respeto, leían la carta y los dibujos, y algunos incluso dejaban sus propias historias, creando un rincón de memoria y esperanza en medio del bullicio.

Y así, en el mercado de pulgas a las afueras de Oporto, el abrigo que nadie quería tocar se convirtió en el guardián de los sueños y secretos de quienes se atrevieron a escuchar.

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