Lo Llamaron Un “Lanzaguisantes” — Hasta Que Aniquiló A Un Regimiento Entero

Lo Llamaron Un “Lanzaguisantes” — Hasta Que Aniquiló A Un Regimiento Entero

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Lo llamaron “el lanzaguisantes”… hasta que borró un regimiento entero

A veces, la historia no la cambian las armas más grandes, sino las más despreciadas.

La noche del 24 de octubre de 1942, la jungla de Guadalcanal no dormía. La lluvia caía sin pausa, espesa, caliente, convirtiendo cada trinchera en una tumba de lodo. El aire olía a hojas podridas, pólvora húmeda y sangre vieja. A las 11:30, el silencio antinatural se apoderó de la cresta. Los insectos dejaron de cantar. Los pájaros callaron.

Ese silencio era el aviso.

El sargento Mitchell Page estaba encorvado en su agujero de zorro, con la espalda apoyada contra la pared de barro. Tenía las manos temblorosas, no por miedo, sino por agotamiento absoluto. Llevaba dos días sin dormir, con los ojos ardiendo y el cuerpo funcionando solo por inercia.

A pocos metros de él, medio hundido en el lodo, estaba el arma que nadie respetaba.

El cañón antitanque M3 de 37 mm.

En el Cuerpo de Marines lo llamaban el lanzaguisantes. Algunos lo llamaban el golpeador de puertas. Otros simplemente se reían. En África, contra los tanques alemanes, había sido un fracaso humillante. Sus proyectiles rebotaban en el blindaje como piedras en un lago helado.

Y ahora, en esta colina perdida del Pacífico, ese mismo cañón era lo único entre los Marines y la aniquilación total.


Un arma equivocada en una guerra equivocada

Tres meses antes, cuando los Marines desembarcaron en Guadalcanal, las tripulaciones del 37 mm fueron el blanco de burlas constantes.

—¿Van a cazar conejos con eso?
—Dejen ese juguete en la playa y carguen munición de verdad.

No era crueldad gratuita. Era lógica militar. La guerra había avanzado. Los tanques enemigos eran más grandes, más rápidos, más blindados. El 37 mm estaba obsoleto.

Además, Guadalcanal era selva cerrada. No había campos abiertos. No había tanques japoneses avanzando. Había hombres, miles de hombres, escondidos entre árboles, lianas y sombras.

Arrastrar un cañón de 900 libras por ese infierno verde era una tortura. Las ruedas se hundían. Las tripulaciones se amarraban cuerdas al pecho como animales de carga. Avanzaban metro a metro, resbalando, sangrando, enfermos de malaria y disentería.

Y aun así, lo llevaron.

Porque los Marines no abandonan nada que todavía pueda disparar.


El error de todos los expertos

Los oficiales pensaban en el 37 mm como lo que era “en el papel”:
un cañón antitanque fallido.

Pero las tripulaciones empezaron a pensar diferente.

Sabían cómo atacaban los japoneses. No con duelos de artillería.
Sino con olas humanas.

Cientos, a veces miles de soldados, cargando con bayonetas, dispuestos a morir si eso significaba romper la línea. Contra eso, un rifle era lento. Una ametralladora ayudaba, pero se sobrecalentaba. Las cintas se atoraban.

Lo que necesitaban no era precisión.

Necesitaban violencia instantánea.

En las cajas de munición olvidadas encontraron la respuesta:
el proyectil de metralla M2.

No explosivo.
No sofisticado.
Simple.

Un cartucho enorme lleno de 122 bolas de acero.
Al dispararse, el proyectil se desintegraba y lanzaba una nube letal que barría todo frente al cañón.

El 37 mm no sería un rifle.

Sería una escopeta industrial gigante.


Quitando el escudo… y la protección

Para que funcionara, tomaron una decisión suicida.

Quitaron el escudo frontal de acero del cañón.

Eso los dejaba completamente expuestos al fuego enemigo, pero permitía girar el arma con rapidez, apuntarla a mano, barrer la jungla de lado a lado.

Estaban cambiando protección por velocidad.

Cuando cayó la noche, las cajas de metralla estaban apiladas junto a las ruedas. Los cañones estaban desnudos. Las tripulaciones sabían que, si alguien disparaba contra ellos, morirían.

Pero también sabían que si el cañón hablaba…
nadie cruzaría esa colina con vida.


La ola

A las once en punto, sonó el cuerno japonés.

Luego el grito: “¡Banzai!”

No eran decenas.

Eran miles.

La División Sendai, veteranos de jungla, avanzó como una marea marrón desde la oscuridad. Oficiales con espadas al frente. Soldados corriendo sobre sus propios muertos.

Las ametralladoras americanas abrieron fuego.
Los japoneses siguieron avanzando.

Entonces habló el lanzaguisantes.

El primer disparo no sonó como un rifle.
Sonó como un trueno.

La metralla barrió el sendero. Donde había hombres corriendo, ahora había silencio y vegetación triturada.

Los Marines miraron incrédulos.

El segundo disparo.
El tercero.
El cuarto.

Cada disparo abría un corredor de muerte en la jungla.

El arma despreciada estaba devorando batallones.


Seis horas en el infierno

La batalla duró toda la noche.

Los cañones disparaban sin pausa.
Los tubos se pusieron al rojo vivo.
El agua de las cantimploras hervía al contacto con el metal.

Las tripulaciones disparaban más rápido de lo permitido.
Los mecanismos gritaban.
Los cargadores sangraban.

Un cañón cayó bajo granadas.
Otro siguió disparando.

Cuando se acabó la metralla, usaron proyectiles sólidos…
rebotándolos contra el suelo volcánico para crear nubes de piedra letal.

Improvisación pura.

Desesperación convertida en táctica.


Mitchell Page

Cuando una brecha se abrió, Page corrió hacia ella.

Solo.
Con una ametralladora.
Sin refuerzos.

Disparó hasta que el arma se atascó.
Golpeó con la culata.
Gritó en la oscuridad.

Compró minutos.

Minutos que salvaron la línea.

Al amanecer, la jungla estaba irreconocible.

Donde había selva, ahora había tierra pelada.
Donde había un ataque, ahora había miles de cuerpos.

Más de 2.000 soldados japoneses yacían frente a los cañones de 37 mm.

La pista Henderson seguía en manos americanas.

El Pacífico no se perdió esa noche.


Después

Los oficiales caminaron entre los restos del cañón quemado.
Las ruedas destrozadas.
Miles de casquillos brillando al sol.

Nadie volvió a reírse del lanzaguisantes.

Mitchell Page recibió la Medalla de Honor, pero siempre dijo lo mismo:

—No fue un hombre. Fue un arma olvidada… usada sin miedo.

El 37 mm desaparecería después de la guerra.
Sería fundido.
Reemplazado.

Pero esa noche, en Guadalcanal,
demostró algo eterno:

No existen armas inútiles.
Solo falta imaginación…
y el valor de mantenerse firme cuando todos dicen que corras.

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