Cicatrices de Fuego: La Venganza de la Heredera Rossi
El vapor de la sopera de porcelana empañaba mis gafas, pero no podía ocultar la crueldad en los ojos de los comensales. Allí estaba yo, con mi vientre de ocho meses pesando como el plomo, de pie, sirviendo como una criada en mi propia casa. Al frente, Lorena, la amante de mi esposo, ocupaba mi lugar a la derecha de Carlos. A mi lado, mi suegra, Doña Griselda, me vigilaba con el odio de una víbora.
—”Sírvenos ya, inútil”, ladró Griselda. “A Lorena le gusta la sopa hirviendo, no tibia como tu carácter”.
Me acerqué a servir el caldo. Lorena se burló de mi aspecto, de mi cansancio, de mi ropa de maternidad desgastada. Carlos, el hombre que juró amarme y a quien le entregué mis ahorros, ni siquiera me miró. Estaba demasiado ocupado adorando a su “musa”.

El Momento del Horror
Fue un movimiento rápido y diabólico. Griselda estiró su pierna por debajo de la mesa y enganchó mi tobillo. Mientras perdía el equilibrio, ella empujó mi brazo con el codo. El líquido hirviendo —casi 100 grados de grasa y caldo— se derramó directamente sobre mi vientre abultado y mis piernas.
El grito que escapó de mi garganta fue desgarrador. Caí al suelo retorciéndome de agonía. Esperé una mano amiga, una ambulancia, un poco de agua fría. En su lugar, recibí risas.
—”¡Miren cómo baila, parece una cucaracha en un sartén!”, exclamó Griselda entre aplausos.
Carlos se limitó a limpiar una mancha en su servilleta. —”Has manchado la alfombra persa, Elena. Eres una estúpida. Límpiate y lárgate a tu cuarto”.
Ellos me dejaron allí, en la oscuridad de la cocina, oliendo mi propia piel quemada. Pensaban que yo era Elena, la huérfana pobre. Lo que su codicia les impedía ver era que mi reloj viejo y barato tenía un botón de pánico conectado a la seguridad más letal del continente.
El Descenso del Infierno
Diez minutos después, el cielo rugió. Un helicóptero descendió sobre el jardín, rompiendo los cristales con la fuerza de sus aspas. Hombres armados irrumpieron en la mansión. Y de la aeronave bajó él: Don Vittorio Rossi, el “Inmortal”, dueño de los puertos más grandes del mundo y mi padre.
—”¿Quién te hizo esto, bambina?”, susurró mi padre mientras sus ojos se llenaban de una ira que congelaría el infierno.
—”Griselda y Carlos… querían que el bebé muriera”, alcancé a decir antes de ser evacuada.
La Caída del Imperio de Cartón
Dos días después, Carlos celebraba en el Club de Industriales. Estaba a punto de firmar lo que él creía era su herencia millonaria. Presentó a Lorena como su futura esposa y mencionó, con falsa tristeza, que su exesposa había sufrido un “accidente” por su propia torpeza.
De pronto, las luces se apagaron. Un solo foco iluminó la entrada. Entré yo, vestida de seda blanca y diamantes, ocultando mis vendajes pero mostrando una mirada de fuego.
—”Hola, esposo”, dije frente a toda la alta sociedad.
Carlos palideció al ver a mi padre entrar tras de mí.
—”¿Don Vittorio Rossi? ¿Qué hace con mi esposa?”, tartamudeó.
—”Mi hija Elena Rossi”, corrigió mi padre.
La humillación fue total:
La evidencia: Proyectamos en las pantallas gigantes el video de seguridad de la cocina. El salón entero abucheó al ver a Carlos y Lorena riéndose de una mujer embarazada quemada.
La ruina: Mi padre no solo era rico; había comprado todas las deudas, hipotecas y acciones de Carlos semanas atrás.
El despido: “Técnicamente, hasta la ropa que llevas puesta es mía”, sentenció mi padre mientras le arrancaba la etiqueta de presidente de su solapa.
El Destino de los Malvados
Carlos fue condenado a 25 años de prisión. Lorena fue arrestada por malversación de fondos. Pero el final más irónico fue para Doña Griselda: terminó en un psiquiátrico estatal, donde hoy se pasa los días soplando su comida, aterrorizada de que esté demasiado caliente.
Yo di a luz a un niño sano, Marco Rossi, heredero de un imperio. Mis cicatrices siguen ahí, en mi vientre y mis piernas. No quise borrarlas con cirugía; son mi recordatorio de que el fuego no destruye al dragón… el fuego lo despierta.