La llamaban burla… pero esa noche, la mujer apache le devolvió la fe al ranchero | Leyendas del Viejo Oeste
Leyenda del Viejo Oeste
Introducción
En el corazón del desierto, donde el viento arranca secretos y la tierra parece no perdonar, una broma cruel cambió el destino de un pueblo y el alma de un hombre. Le entregaron a una mujer apache como si fuera un trofeo, un objeto de burla, pero lo que sucedió después se convirtió en leyenda: la noche en que el ranchero volvió a creer.
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Capítulo 1: El precio de la soledad
El sol del mediodía caía implacable sobre Dry Creek, quemando hasta los pensamientos. La vida en el pueblo giraba entre polvo, whisky y rumores. En la cantina, la risa de los vaqueros borrachos rebotaba entre las paredes de madera, mezclándose con el tintineo de los vasos y el olor a tabaco barato. Nadie pensaba en el mañana, solo en sobrevivir el día.
Pero esa tarde, la diversión tomó un giro oscuro. Los hombres del sheriff empujaron a través de las puertas vaivén a una mujer apache. Era delgada, orgullosa, con la ropa desgarrada por el viaje y las muñecas atadas con cuerda áspera. Sus ojos, negros y ardientes, no suplicaban, no lloraban: desafiaban.
—¿No es una buena presa? —bromeó uno de los vaqueros, alzando su copa—. Un regalo para el ranchero con el corazón más solitario.
Las carcajadas estallaron. En un rincón, Elias Boon levantó la vista de su vaso de whisky. Era un hombre de hombros anchos, rostro tallado por los años duros y la pérdida. Su esposa había muerto, su tierra agonizaba bajo la sequía, y su espíritu parecía enterrado junto a sus sueños.
El sheriff, entre risas, propuso que Elias tomara a la mujer como compañía. El pueblo celebró la idea como si fuera una fiesta, pero Elias no sonrió. No dijo nada. Se levantó, dejó el vaso sobre la barra y caminó hacia la mujer.
Ella se mantuvo erguida ante las burlas. El polvo cubría su rostro, pero sus ojos, fieros y intactos, se encontraron con los de Elias.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él en voz baja.
Ella guardó silencio. Alguien gritó desde el fondo:
—La llaman Ho’ki. Significa “la que no se doblega”.
Las risas crecieron, pero el rostro de Elias permaneció impasible. Sacó una moneda de plata y la arrojó sobre el mostrador. ¿Pago? ¿Protesta? Nadie lo supo. Luego cortó la cuerda de las muñecas de la mujer y dijo simplemente:
—Ven conmigo.
La cantina quedó muda. Salieron juntos, dejando atrás el bullicio. Afuera, el pueblo se encogía bajo la luz que se apagaba, y el sonido de las botas sobre la tierra se perdió entre el viento.
Cabalgaron en silencio durante horas, solo el crujir del cuero y el suspiro del aire entre los cañones acompañaban su marcha. Cuando llegaron al rancho Boon, Elias le ofreció agua, una manta y señaló la vieja cabaña de huéspedes junto al establo.
—Aquí te quedarás —dijo con voz áspera—. Ahora eres libre.
Pero la libertad, Ho’ki lo sabía, era frágil en el mundo de los hombres blancos. Esa noche, mientras los coyotes aullaban y el frío se colaba por las rendijas, ella se sentó junto al fuego y observó a Elias reparar una cerca bajo la luna. No era cruel, ni ruidoso, solo… vacío. Se preguntó por qué no le preguntaba de dónde venía o quién le había hecho daño.
Al amanecer, Ho’ki se levantó antes que el sol. Sin esperar órdenes, comenzó a trabajar: fue por agua, remendó sillas, limpió herramientas. No por miedo, sino por orgullo. Elias intentó detenerla.
—Te di refugio —dijo ella—. Yo devuelvo el favor.
Él no respondió, solo asintió.

Con los días, el silencio entre ellos comenzó a ablandarse. Elias empezó a hablar de su esposa perdida, de cómo murió dando a luz a un niño que nunca respiró. Ho’ki escuchaba, sin interrumpir, sus ojos contando historias más viejas que el dolor de Elias.
Al cabo de una semana, el pueblo empezó a murmurar. “Boon se ha ablandado”, decían. “Ahora guarda a la salvaje como si fuera de la familia”. Algunos se atrevieron a ir hasta el rancho para burlarse otra vez, pero Elias los recibió en la entrada, la mano en el revólver.
—Si cruzan esa cerca —advirtió con voz grave—, responderán por ello.
Las risas se apagaron al ver sus ojos. Nadie se atrevió a desafiarlo.
Esa noche, Ho’ki se acercó a Elias junto a la cerca. El viento le soltaba el cabello, las estrellas brillaban sobre sus cabezas.
—Ellos odian lo que no entienden —dijo ella—. Pero ahora estamos solos. Es hora de hacer lo que debe hacerse.
Su voz temblaba, no de miedo, sino de verdad. Algo había cambiado entre ellos. Elias la miró, ya no como a una extraña, ni como a una propiedad, sino como la primera chispa de vida que sentía en años.