(Puebla, 1961) La mujer que muri0 por tener r3l4ci0n3s con 4 burros

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La historia de Marisol Solís ha quedado marcada en los rincones más oscuros de San Miguel Canoa, un pequeño pueblo en las afueras de Puebla. En la madrugada del 1961, cuando el viento soplaba con fuerza y la tierra húmeda cubría los campos de maíz, el campesino Esteban Ramírez, al acercarse al establo de la familia Solís, descubrió algo que jamás olvidaría. La puerta del establo estaba entreabierta, lo cual no era raro, pero el silencio que reinaba en el lugar sí lo era. Los burros, normalmente ruidosos al amanecer, permanecían extrañamente en silencio. Don Esteban, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo, se acercó lentamente al interior del establo. Lo que vio allí cambiaría para siempre la historia de San Miguel Canoa.

En medio de la paja y el estiércol, yacía el cuerpo de Marisol Solís, madre de tres hijos y esposa de Bernardo Solís. Su cuerpo presentaba lesiones internas que el médico del pueblo, el doctor Morales, no sabía cómo explicar. Sin embargo, lo más perturbador no eran solo las heridas, sino lo que se encontraba detrás de ellas. Había rastros biológicos, indicios que apuntaban a algo mucho más macabro de lo que la comunidad estaba dispuesta a aceptar. Los burros, inquietos y nerviosos, no dejaban de relinchar mientras el doctor examinaba el cuerpo, uno de ellos, un macho de pelaje gris llamado Cenizo, mostraba marcas de rasguños. La evidencia parecía indicar algo que desbordaba la comprensión de todos.

La noticia se esparció rápidamente por todo el pueblo, como un incendio en pleno verano. La comunidad, profundamente católica, se estremeció ante la idea de que algo tan aberrante pudiera haber ocurrido en su propio pueblo. Nadie podía comprender cómo una mujer tan respetable como Marisol Solís había llegado a cometer semejante atrocidad. Los hombres se reunían en las cantinas a discutir el caso, mientras que las mujeres, temblorosas, se persignaban y susurraban oraciones. El pueblo, asustado y confundido, temía que la verdad saliera a la luz.

El alcalde, presionado por la iglesia y la comunidad, decidió que la historia debía mantenerse en secreto. No podían permitir que los periódicos de la capital hablaran sobre este caso que empañaría la imagen de San Miguel Canoa. Así, el médico redactó un certificado de defunción en el que se mencionaba que Marisol había muerto a causa de una caída, y los burros fueron sacrificados esa misma noche. El pueblo decidió enterrar su secreto y seguir adelante. Sin embargo, los rumores seguían circulando entre los habitantes.

Tres semanas después, cuando las flores en la tumba de Marisol comenzaban a marchitarse, una mujer desconocida llegó al pueblo. Eulalia Cortés, una prima lejana de Marisol, trajo consigo una caja de cartas que la difunta le había enviado durante los últimos dos años. Al leerlas, el padre Juventino, quien también había sido testigo del horror, se dio cuenta de lo que realmente había sucedido. Las cartas detallaban la profunda desesperación de Marisol, su soledad extrema, y cómo su matrimonio con Bernardo la había llevado al borde de la locura. La mujer hablaba de los burros con una obsesión creciente, describiendo cómo Cenizo, uno de los animales, parecía entenderla mejor que cualquier ser humano. Las cartas se convertían en una crónica aterradora de su descenso hacia la desesperación.

El padre Juventino, horrorizado por el contenido de las cartas, intentó mantener el silencio, pero el peso de la verdad le consumía. Al final, reveló lo que había sucedido, pero la comunidad eligió ignorarlo, prefiriendo mantener la narrativa que los protegía a todos: Marisol había sido una mujer pervertida, y su trágico final era consecuencia de su depravación. Nadie quería enfrentar la realidad de lo que realmente le había sucedido a ella: la negligencia, el abuso y la falta de apoyo que la empujaron a un punto sin retorno.

Años después, la historia de Marisol Solís fue enterrada aún más profundamente en el olvido, convertida en una leyenda distorsionada que muchos se apresuraban a contar para impresionar o horrorizar a los demás. En 1980, la casa de los Solís fue demolida y en su lugar se construyó una gasolinera, un recordatorio de lo que había sucedido en ese lugar, pero que pronto pasó al olvido de la nueva generación.

Sin embargo, la historia de Marisol sigue viva en los susurros de quienes aún recuerdan. La tumba de Marisol, sin nombre ni epitafio, se erige como un triste recordatorio de lo que puede ocurrir cuando una comunidad elige cerrar los ojos ante el sufrimiento de una mujer. La verdad de lo que sucedió en San Miguel Canoa nunca fue completamente aceptada, pero para aquellos que saben, el legado de Marisol sigue siendo una advertencia sobre la crueldad humana, la indiferencia y los horrores que pueden nacer del abandono y el abuso.

Hoy en día, San Miguel Canoa sigue siendo un pueblo como cualquier otro, pero algunos, especialmente los más viejos, aún creen que algo siniestro se esconde bajo sus suelos, en el aire, en los recuerdos que se niegan a morir. Las sombras de Marisol Solís, su sufrimiento y su trágico destino, siguen acechando en la historia, esperando ser recordadas y entendidas.

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