El Hambre y el Olvido: El Testimonio de un Niño en la Panadería
Ciudad de México — En una esquina cualquiera de la ciudad, entre el aroma dulce del pan recién horneado y el bullicio cotidiano, un niño de ocho años cruzó la puerta de la panadería. No era la primera vez que sentía hambre, pero aquella mañana, la sensación era diferente. “Entré a la panadería con el estómago vacío… pero el alma todavía más vacía”, recuerda en su testimonio. Lo que experimentó ese día marcaría para siempre su forma de ver el mundo.
La pobreza infantil es una realidad silenciosa que afecta a millones de niños en América Latina. Pero más allá de la carencia material, existe una herida invisible: el olvido. “Tenía ocho años. Y ahí entendí que el hambre duele… pero el olvido mata”, dice el joven, ahora adulto, al rememorar aquel momento.
En la panadería, los clientes iban y venían, el mostrador brillaba de bollos dorados y conchas azucaradas. El niño se acercó tímidamente, observando el pan detrás del cristal, sintiendo que cada minuto sin comer era una eternidad. Sin embargo, lo que más le dolía no era el vacío en el estómago, sino la indiferencia de quienes lo rodeaban. Nadie notó su presencia. Nadie preguntó por él.

La dueña de la panadería, doña Teresa, finalmente se acercó y le preguntó qué deseaba. El niño bajó la mirada y murmuró: “Nada, sólo estoy mirando”. Los ojos de la señora se suavizaron, y le ofreció un bolillo. El niño lo aceptó con gratitud, pero la sensación de soledad persistió. “El pan calmó mi hambre, pero no llenó mi alma”, recuerda.
Expertos en psicología infantil señalan que el olvido y la indiferencia pueden causar daños emocionales más profundos que la propia pobreza. “El hambre física puede aliviarse con alimento, pero el hambre de afecto, de reconocimiento, deja cicatrices que duran toda la vida”, explica la psicóloga social Ana María Rodríguez.
El testimonio de este niño, convertido en adulto, es el reflejo de miles de historias silenciadas. “Crecí aprendiendo a sobrevivir, pero también aprendí que el peor dolor es sentirse invisible. El olvido mata poco a poco”, afirma.
Organizaciones sociales han alertado sobre la importancia de atender no sólo las necesidades materiales de los niños vulnerables, sino también sus necesidades emocionales y sociales. Voluntarios y trabajadores sociales buscan crear espacios de escucha y apoyo, donde cada niño pueda sentirse visto y valorado.
La historia de aquel niño en la panadería se ha viralizado en redes sociales, generando una ola de solidaridad y reflexión. “Hoy, cuando veo a un niño en la calle, me esfuerzo por verlo, por reconocerlo. Porque sé que una mirada puede salvar una vida”, concluye el testimonio.
El hambre sigue siendo un desafío urgente en México y el mundo, pero el olvido es una batalla silenciosa que exige compasión, empatía y acción. Porque, como aprendió aquel niño de ocho años, el hambre duele… pero el olvido mata.