“¡Lo Quité… Por Favor!”, Gritó Ella — El Ranchero Quedó en Shock… ¡Y Hizo Su Movimiento Desesperado!
La Marca del Oeste
En el polvoriento pueblo de Río Seco, al sur de la frontera, donde el sol quemaba la tierra como un hierro al rojo y los coyotes aullaban como almas en pena, vivía un ranchero llamado Mateo Vargas. Hombre endurecido por la vida del oeste, con manos callosas de domar caballos salvajes y un revólver que nunca dejaba su cadera. Su rancho, el Águila Roja, se extendía por millas de cactus y mesetas áridas.
Pero esa noche de luna llena, todo cambió. Ella apareció en su puerta: Isabella Ruiz, o al menos así se hacía llamar. Llegó al pueblo en un carro destartalado, huyendo de Dios sabe qué. Su vestido rojo, ahora rasgado y polvoriento, contrastaba con su piel pálida y sus ojos verdes, que escondían un secreto más oscuro que la noche.
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Mateo la encontró desmayada junto al río, con una herida en el hombro que sangraba como un manantial maldito. La llevó a su cabaña, humilde construcción de adobe y madera, con un fuego crepitante que iluminaba las sombras danzantes en las paredes.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Mateo mientras vendaba la herida con trapos limpios, voz ronca como el viento del desierto.
Isabella temblaba, sus labios pálidos negándose a hablar. Pero, de pie frente a él, con el fuego rugiendo a sus espaldas, tiró de su vestido, abriéndolo lentamente.
—Lo quité… por favor —sollozó, lágrimas surcando su rostro como ríos en la arena seca.
Mateo se congeló, corazón latiendo como tambor de guerra. Sus ojos se clavaron en el pecho de ella, no por lujuria, sino por el horror que se revelaba: una serpiente enroscada alrededor de una cruz, quemada con hierro caliente. El sello de los diablos rojos, la banda de forajidos más sanguinaria del territorio. Mateo había perdido a su hermano a manos de ellos años atrás en una emboscada que aún le provocaba pesadillas.
—¿Cómo tienes eso? —murmuró, mano instintivamente yendo al revólver.
Isabella cayó de rodillas, sollozando.
—Me obligaron. Me capturaron en el camino a California. Me marcaron como suya. Por favor, ayúdame. Vienen por mí.
El ranchero sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Los diablos rojos no dejaban cabos sueltos. Si la encontraban allí, quemarían su rancho y lo colgarían de un árbol como advertencia. Pero algo en los ojos de Isabella lo detenía, una mezcla de terror y determinación que le recordaba a su difunta esposa, muerta en un tiroteo similar.
—Levántate —le ordenó, ayudándola a ponerse de pie.
Afuera, el viento aullaba trayendo el eco distante de cascos de caballos. ¿Eran imaginaciones suyas o los bandidos ya estaban cerca? Mateo tomó una decisión desesperada.
—Tenemos que irnos ahora —dijo, agarrando su rifle Winchester del estante.
Pero Isabella negó con la cabeza, mano temblorosa apuntando a un bulto en su vestido.
—No entiendes. Llevo algo que ellos quieren.
Con dedos temblorosos sacó un medallón de oro, reluciente bajo la luz del fuego. Dentro, un mapa grabado en miniatura, señalando un tesoro perdido en las montañas de Sierra Madre.
—Lo robé de su líder, el Cobra. Es la razón por la que me marcaron. Si lo encuentran, matarán a todos.
El corazón de Mateo se aceleró. Ese tesoro era legendario, oro azteca suficiente para comprar un imperio, pero atraería a todos los pistoleros del oeste.
En ese momento, un disparo resonó afuera, rompiendo la ventana en mil pedazos. Vidrios volaron como estrellas fugaces y Mateo empujó a Isabella al suelo.
—¡Abajo! —gritó.
Los diablos rojos habían llegado, sus siluetas oscuras visibles a través de la puerta entreabierta. El Cobra, hombre de ojos negros como pozos sin fondo y una cicatriz cruzando su rostro, gritó desde afuera.
—¡Sal, ranchero! Sabemos que la tienes. Entrégala y quizás te dejemos vivir.
Sus hombres, una docena, rodeaban la cabaña, rifles listos, caballos relinchando nerviosos. Mateo contó rápidamente: no tenía salida. La puerta principal era un suicidio, la ventana trasera daba a un precipicio.

—Quédate aquí —le susurró a Isabella, cargando su revólver.
Pero ella, con fuerza sorprendente, agarró un cuchillo de la mesa.
—No pelearé sola.
Mateo corrió hacia la chimenea, apagando el fuego con una manta para sumir la cabaña en oscuridad.
—Sígueme —murmuró, abriendo una trampilla oculta en el piso, un túnel que había cavado años atrás para escapar de tormentas o enemigos.
Isabella se metió primero, el medallón apretado en su puño. Mateo la siguió, cerrando la trampilla justo cuando la puerta principal se astillaba bajo las balas. El túnel era angosto, húmedo, oliendo a tierra y raíces. Gateaban en silencio, el eco de los disparos arriba como truenos lejanos.
—¿A dónde lleva? —preguntó Isabella en un susurro.
—Al río. Allí tengo caballos escondidos.
Pero el destino tenía otros planes. Un derrumbe bloqueaba el camino a mitad, rocas amontonadas como una tumba prematura.
—No… —exclamó Isabella, golpeando las piedras.
Mateo maldijo en voz baja, sudando bajo su sombrero. Arriba oía a los bandidos registrando la cabaña, rompiendo muebles, gritando maldiciones.
Con manos temblorosas, Mateo sacó dinamita de su bolsillo, un remanente de minas abandonadas.
—Aléjate —ordenó.
Encendió la mecha con un fósforo, el chisporroteo como una serpiente siseando. La explosión sacudió el túnel, polvo cayendo como lluvia. El camino se abrió, pero el ruido alertó a los diablos.
—¡Por aquí! —gritó el Cobra.
Balas silbaron en la oscuridad, rebotando en las paredes. Salieron al río bajo la luna, el agua fría lamiendo sus botas. Los caballos esperaban atados a un sauce. Mateo ayudó a Isabella a montar, pero ella se detuvo, mirándolo con ojos llenos de gratitud y algo más.
—Gracias —murmuró, besándolo rápidamente en la mejilla. Un beso que quemaba más que el sol del desierto.
Galoparon hacia las montañas, el viento azotando sus rostros, perseguidores a sus talones. La persecución fue brutal. Los diablos disparaban desde atrás, balas zumbando como abejas enfurecidas. Mateo respondió con su Winchester, derribando a uno que cayó rodando por el barranco.
—¡Más rápido! —gritó Isabella.
Cabalgaba como una amazona, su vestido rojo flameando como una bandera de sangre. Llegaron a un cañón estrecho donde el mapa del medallón indicaba la entrada al tesoro: una cueva oculta detrás de una cascada. Pero el Cobra los alcanzó, su caballo negro bloqueando el camino, revólver apuntando.
—El medallón… mueren —siseó.
Mateo desmontó, enfrentándolo.
—Sobre mi cadáver.
El duelo fue rápido, salvaje. Disparos resonaron, eco en las rocas. Mateo sintió una bala rozar su brazo, sangre caliente bajando. Rodó detrás de una roca, recargando. Isabella, desde su caballo, lanzó el cuchillo, clavándolo en el hombro del Cobra. El bandido huyó distraído. Mateo aprovechó y disparó al pecho. El Cobra cayó, ojos vidriosos mirando al cielo estrellado. Sus hombres, al ver a su líder muerto, huyeron como ratas.
El silencio cayó sobre el cañón, roto solo por el rugido de la cascada. Dentro de la cueva, el tesoro brillaba: cofres de oro, joyas incrustadas con esmeraldas. Isabella se volvió hacia Mateo, su marca aún visible bajo el vestido rasgado.
—Podemos empezar de nuevo —dijo, voz temblorosa.
Pero Mateo sabía que el oeste no perdonaba.
—Primero borramos esa marca —respondió, planeando buscar un doctor en el próximo pueblo.
Días después cabalgaban hacia el horizonte, el sol poniéndose en un mar de fuego. Isabella se recostó en él, el medallón ahora símbolo de libertad. Pero en la noche, Mateo soñaba con sombras persiguiéndolos. ¿Habían escapado realmente? El oeste era vasto, pero los secretos siempre salían a la luz.
Años pasaron. El rancho prosperó con el oro, pero Isabella nunca olvidó esa noche. “Lo quité, por favor”, repetía en sueños, recordando el momento que cambió todo. Mateo, a su lado, juraba protegerla.
En Río Seco, las leyendas hablaban de un ranchero y una mujer marcada que derrotaron a los diablos, pero nadie sabía la verdad completa. Solo el desierto guardaba sus secretos, susurrando en el viento.
La vida en el oeste era dura, llena de sorpresas. Un día, un forastero llegó preguntando por el medallón. Mateo lo miró fijamente, mano en el revólver.
—¿Quién pregunta?
El hombre sonrió, revelando dientes de oro.
—Un viejo amigo del Cobra.
El disparo resonó y el ciclo comenzó de nuevo, pero esta vez Mateo estaba preparado. Con Isabella a su lado, enfrentarían lo que viniera, en un mundo donde el amor y la venganza se entretejían como raíces en la tierra seca.