* Una pastora alemana de un refugio dio a luz. Entonces el veterinario se dio cuenta de que no eran cachorros. Todos a su alrededor contuvieron la respiración al verlos…
Cuando una pastora alemana llamada Lada finalmente entró en labor de parto en el refugio de animales, todos contuvieron la respiración. Semanas de cuidados, tratamiento y esperanza, y ahora había llegado el momento tan esperado. Pero la alegría duró poco. El veterinario frunció el ceño al nacer la primera cría.
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Todo parecía estar mal. No eran cachorros. Su tamaño, su extraño pelaje, incluso los sonidos que hacían parecían extraños. El silencio invadió la habitación y las lágrimas brillaron en los ojos de Lada. Nadie sabía aún que esa noche lo cambiaría todo.
La noche en el refugio estaba tranquila cuando una vieja camioneta se detuvo en la puerta. Un hombre, pálido y confundido, saltó de la cabina y abrió la puerta trasera. Acostada sobre una manta andrajosa estaba una pastora, sucia, delgada, con los ojos llenos de dolor. “La encontré junto a la carretera”, susurró. “Creo que está embarazada”.
La encargada del refugio, Olga, reaccionó al instante. “¡Rápido, traigan una camilla!”, gritó. “¡Llamen al Dr. Kravchenko!”. El personal levantó con cuidado a la perra, y un gemido silencioso, casi humano, se le escapó.
En una habitación impregnada de olor a antiséptico, el médico se inclinó sobre ella. “Eres una chica valiente”, susurró, poniéndole la mano en la cabeza. La pastora se estremeció, pero no se apartó. El chequeo lo confirmó.
El parto estaba a punto de comenzar. “Está agotada, sobrevivirá, será un milagro. Llamémosla Lada. Es un milagro que haya llegado hasta nosotros”, murmuró el médico en voz baja. Olga dijo: “Si es porque ella…”
La noche había caído sobre el refugio. Los demás animales ya dormían, y en un rincón de la enfermería, Lada yacía con las patas dobladas bajo el cuerpo, los ojos abiertos y alerta. Su mirada estaba fija en la puerta, como esperando a alguien. Olga la revisaba cada hora, pero la pastora no le tocaba la zapatilla ni bebía agua.
El Dr. Kravchenko frunció el ceño. “¿Siente algo?” Miró pensativo el pasillo que se oscurecía y preguntó. ¿O quién…? El viento aullaba fuera de las ventanas, y parecía como si la noche misma susurrara una advertencia. La noche transcurrió. El silencio reinó en el refugio, una calma inusual después de un día agitado. Solo se oían ocasionales susurros y respiraciones de animales dormidos desde las cajas, pero cerca de la jaula de Lada reinaba un silencio sepulcral.
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