“Suplico… Me duele tanto…” — El Ranchero Se Quedó Helado y Murmuró: “Será Rápido.” Una Historia Más Cruel Que la Muerte Bajo el Sol del Oeste
El sol ardía sobre el desierto, quemando la tierra como un horno. Sobre un carromato destartalado, medio hundido en el polvo, un buitre giraba en círculos, esperando su festín. Dentro del carromato, una joven yacía atada de pies y manos, la piel tan pálida como el papel, los labios partidos y la respiración tan tenue que parecía a punto de extinguirse. Las cuerdas le habían dejado marcas sangrantes en las muñecas, y las moscas se posaban en la carne viva. Junto a sus pies, una cantimplora medio vacía —quizá dejada por quienes la abandonaron— era el único motivo por el que seguía con vida.
Los cascos de un caballo resonaron en la loma. Elias volvía del pueblo, siguiendo el viejo sendero donde a veces pasaban carretas. Vio el carromato, la rueda rota, la pintura quemada por el sol, y estuvo a punto de seguir su camino hasta que escuchó un gemido apenas audible sobre el viento. Bajó del caballo, la mano en la culata de su revólver, y se acercó. El olor a sudor, sangre y cuerda le golpeó antes de ver a la joven. Por un instante pensó que estaba muerta, pero sus ojos se abrieron, nublados y llenos de terror, y su voz salió como un susurro roto: “Suplico… me duele tanto…” Elias se quedó helado. Las palabras eran débiles, pero le atravesaron como una bala. Cortó la cuerda con su cuchillo y la sostuvo antes de que se desplomara. Su cuerpo ardía de fiebre. Intentó hablar de nuevo, pero solo salió aire. Elias la levantó en brazos, sintiendo lo ligera que era, lo injusto que era que alguien pesara tan poco. En su alforja halló una cantimplora y acercó el agua a sus labios, despacio, con cuidado. Ella tosió, luego tragó. Un temblor recorrió sus manos, mitad dolor, mitad hambre. “¿Cuánto tiempo has estado aquí?” preguntó en voz baja. Su boca se movió, pero no salieron palabras. La acomodó a la sombra del carromato. Sus muñecas estaban ampolladas, los cortes de la cuerda profundos, algunos sangrando de nuevo al aflojar la presión. Elias las limpió con agua y rasgó su propia manga para vendarle las heridas. Un pequeño crucifijo de plata colgaba del cuello de la joven, brillando al sol, pegajoso de sangre seca. Ella lo apretaba como si fuera lo último que la mantenía viva.

El viento sopló fuerte, arrastrando arena sobre la llanura. Elias miró alrededor: sin rastro, sin huellas, sin equipo de carromato. ¿Quién la dejaría allí para morir? ¿Por qué? Volvió a mirar su rostro. Los ojos de ella se cerraron otra vez, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas polvorientas. Sabía que no podía dejarla. La levantó de nuevo y la acomodó sobre su caballo. El animal resopló, como si también pudiera oler lo que había sucedido. Al girar hacia el largo camino al oeste, el sol se hundió tras la loma, tiñendo la tierra de oro sangriento. Elias bajó la vista y susurró: “Ya estás a salvo, niña. Aguanta.” Pero en ese silencio, hasta él podía sentirlo. Aquello no era solo crueldad; era una advertencia. Y mientras el caballo los llevaba hacia Sagebrush Bend, una pregunta ardía en su mente: ¿Quién odiaría tanto a una mujer como para dejarla a los buitres?
May despertó con olor a café y humo. Por un segundo creyó estar en el cielo. Luego su cuerpo le recordó que no. El dolor volvió como fuego bajo la piel. Intentó incorporarse. Le dolían los brazos. Las vendas estaban limpias, apretadas, no puestas por ella. Una voz grave habló desde el otro lado del cuarto. “Despacio. Has estado inconsciente todo un día.” Elias estaba cerca de la estufa, removiendo frijoles en una olla. Su camisa colgaba de un hombro, una venda fresca en el antebrazo donde la cuerda también lo había quemado. May parpadeó, insegura de si era real. “¿Dónde estoy?” susurró. “Sagebrush Bend. Mi casa.” Le ofreció un vaso de agua. “Bebe despacio. Estuviste casi muerta cuando te encontré.” Durante dos días, May flotó entre el sueño y la vigilia. A veces despertaba lo justo para tomar caldo de frijoles y hierbas. Elias cambiaba las vendas dos veces al día, hablaba poco, pero nunca la dejaba sola mucho tiempo. La fiebre cedió al tercer amanecer. Cuando por fin abrió los ojos de verdad, el mundo tenía color otra vez. El primer sorbo de agua le encendió el estómago como una chispa de vida. Las lágrimas brotaron antes de poder detenerlas. “Gracias,” murmuró, la voz temblorosa. Él asintió en silencio.
“¿Quieres contarme quién te hizo esto?” Ella miró la taza, los dedos temblando. “Fue mi patrón,” dijo en voz baja. “Trabajaba para los Hail, junto al río.” Sus ojos se perdieron, la voz se hizo pequeña. “Anoche vino al granero, intentó ponerme las manos encima. Le golpeé con un balde. Su esposa nos vio, pensó que yo quería conquistarlo. Lorna siempre me odió, creía que yo buscaba a su marido desde antes. Supongo que cuando nos vio, tuvo la excusa que quería. Me ataron, dijeron que aprendería lo que es la vergüenza.” Elias no dijo nada. Solo se oía el burbujeo lento de los frijoles. Mantenía la vista en la estufa, la mandíbula apretada. Al cabo, preguntó: “¿Y te dejaron allí así?” Ella asintió, el labio temblando pero lo apretó, orgullosa incluso en el dolor. “No lloré hasta que te vi. Supongo que ahí fue cuando me sentí segura para sufrir.” Elias la miró de verdad. Era joven, demasiado para tener ojos tan cansados. Sirvió un plato de frijoles y lo puso en su regazo. “Come,” dijo. Dudó, luego sonrió débil. “¿Siempre alimentas así a los extraños?” “Solo a los medio muertos.” Eso la hizo reír un poco. Fue el primer buen sonido en esa casa en mucho tiempo. Afuera, las chicharras gritaban bajo el calor. Dentro, por un momento, casi había paz. Pero la paz nunca dura en el oeste.
Mientras May comía, Elias salió a buscar agua al abrevadero. Vio huellas frescas en el polvo, pisadas de cascos demasiado pesadas para vagabundos, demasiado ordenadas para perdidos. Lo sintió en el estómago antes de pensarlo: alguien sabía que May seguía viva y venía por ella. Esa noche, el viento sopló fuerte sobre la llanura. La linterna en el porche titilaba como si tuviera miedo. Elias revisó los caballos, el rifle, y entró. May estaba junto a la estufa, el pelo peinado hacia atrás, una manta sobre los hombros. Se veía mejor, pero aún tenía esa mirada de quien espera que algo malo vuelva a encontrarla. “¿No puedes dormir?” preguntó. Ella negó con la cabeza. “Cada vez que cierro los ojos, lo escucho. Sus botas en el piso, su voz.” Elias sirvió café en dos tazas de metal. “Entonces no los cierres aún. Siéntate y bebe.” Se sentaron en silencio largo rato, solo el silbido del viento entre las tablas.
Antes del amanecer, los perros empezaron a ladrar. Elias se levantó despacio, listo. May apretó la taza con las manos extendidas. Elias fue a la ventana y vio polvo levantándose en el sendero. Un jinete primero, luego dos más. Reconocía la silueta del primer caballo: Victor Hail. Elias salió al porche, el rifle bajo pero preparado. Victor frenó, la sonrisa afilada como cuchillo. Había mandado a sus peones antes. Un hombre como Victor prefería amenazar en persona, creía que lo hacía ver valiente. “Tienes algo mío, McCrae,” gritó. Elias no se movió. “No veo tu nombre en ella.” Victor escupió en la tierra. “Es mentirosa y ladrona. Pertenece a la ley.” May apareció en la puerta, la voz temblando. “Me dejaste para morir.” Eso lo enfureció. Victor bajó del caballo y avanzó, gritando palabras que ningún hombre decente debería pronunciar. Elias se interpuso y en un segundo Victor estaba en el suelo. Los dos rodaron por el polvo, puños y botas chocando. Elias peleaba como quien ya ha enterrado demasiadas cosas buenas. Cuando por fin lo inmovilizó, ambos tenían sangre en la cara. “Vete a casa,” jadeó Elias. “La próxima vez, trae la verdad.” Victor se levantó tambaleando, escupiendo rojo. “Esto no termina aquí,” siseó, y montó, tragado por el polvo.
May quedó helada en la puerta. Elias, el pecho agitado, preguntó: “¿Estás bien?” Ella asintió, los ojos vidriosos. “Pensé que me mataría otra vez. Supongo que me equivoqué.” Él sonrió. “Supongo que sí.” El sol rompió sobre la loma, luz inundando el valle. Pero Elias sentía algo oscuro acercándose. Un hombre como Victor nunca se rinde mientras su orgullo respire. Sirvió más café a May, las manos aún temblando. “Come algo. Vas a necesitar fuerzas. La próxima vez no vendrá solo.” Y tenía razón. Al caer el siguiente atardecer, la ley llegó con Victor.
El sheriff Ortega era un hombre ancho, pelo gris atado, ojos que habían visto demasiado y no querían ver más. “Elias McCrae, dicen que tienes a una mujer que no te pertenece.” Elias mantuvo la voz calma. “Ella se pertenece a sí misma. Si quiere preguntarle, está adentro.” Victor bufó. “Es mentirosa. Robó a mi esposa, huyó con dinero del rancho y este hombre la escondió.” El sheriff miró a May, que salió a la puerta. Se veía pequeña pero firme, las manos aún marcadas pero sin temblor. “No robé nada,” dijo. “Me ataron y dejaron para morir. Pregúntele de dónde vienen los cortes de cuerda.” Victor rió, forzado. “Está loca, se nota.” El sheriff los observó largo rato, luego hizo una seña al ayudante para revisar el carromato detrás del granero. Encontraron un trozo de tela con la marca Hail bordada en oro. El carromato seguía medio enterrado junto al arroyo seco. Nadie lo había tocado desde la tormenta. El polvo cubría casi todo, pero algunas cosas nunca se borran. Junto a él, un cuadrado de tela con sangre y fibras de cuerda aún atrapadas. May lloró al verlo. “Es mío,” susurró. “Lo usó para amordazarme.” Elias no dijo nada. No hacía falta. Los ojos del sheriff se suavizaron y se volvió a Victor. “Tienes una forma extraña de cuidar a tu gente, Hail.” Victor se puso rojo. “Miente. No puedes probar nada.” La mano del sheriff descansó en la pistola, no para sacarla, solo para recordar a todos que podía hacerlo. “Tal vez no hoy, pero te estaré vigilando, Hail, cada paso.”
Victor se marchó, pero la amenaza seguía en el aire. El sheriff saludó a May. “Quédate aquí por ahora. Deja que los papeles decidan.” Luego a Elias: “Cuídala, McCrae. Algunos hombres solo aprenden si el Señor los enseña.” Cuando se marcharon, el valle quedó en silencio. May se apoyó en el marco, débil de alivio. Elias vio desaparecer a los jinetes en el polvo. Sentía la tormenta esperando allá afuera, porque hombres como Victor nunca vuelven solo a hablar. Por mucho tiempo después, el rancho estuvo en ese silencio vivo, como si la tierra contuviera el aliento. May miraba el horizonte, los últimos jinetes disolviéndose en el naranja del atardecer. Elias se apoyó junto a ella, brazos cruzados, la mirada más suave que nunca. “¿Crees que volverá?” preguntó ella. Elias respiró hondo. “Los hombres como él siempre vuelven, pero hoy no. Hoy descansamos.”
Esa noche, el aire fue cálido y quieto. May no pudo dormir. Se sentó junto a la ventana, mirando la línea plateada del río. Por primera vez, no se sintió pequeña ni rota. El dolor seguía allí, pero ya no la poseía. En las semanas siguientes, las heridas de sus muñecas se borraron, igual que el miedo de sus ojos. Aprendió a reparar cercas, alimentar el ganado, incluso cabalgar sola hasta el arroyo. Elias la observaba de lejos, sin decir mucho, pero siempre cerca si lo necesitaba. Él también conocía la pérdida. Quizá por eso sus silencios encajaban tan bien.
Una tarde, meses después, May le llevó un plato de estofado. Él sonrió, cansado pero contento. “Cocinas mejor que cualquier peón que he tenido.” Ella rió. “El hambre hace que todo sepa bien.” Él la miró, una mirada que decía más que cualquier palabra. “Le devolviste la vida a este lugar,” murmuró. “Supongo que los dos necesitábamos ser salvados.” El viento traía el canto de los pájaros nocturnos y el agua lenta. May apoyó la mano sobre la de Elias. No hubo discurso ni promesa, solo una calma de saber que dos almas regresaban del borde.
La siguiente primavera, el valle floreció como nunca. Flores silvestres cubrían los campos donde antes secó la sangre. Una cuna reposaba junto a la ventana, mantas suaves dobladas. May cantaba mientras trabajaba, la voz firme y plena. Elias entraba del patio, las botas sucias, el sol en los hombros. Se detenía a mirarla y decía: “Ahora sí, este sitio se siente como hogar.” Ella sonreía. “Siempre lo fue, solo había que ganarlo.” Quizá esa sea la lección oculta en el polvo del oeste: que el dolor puede construirte si lo permites, que la bondad puede crecer hasta en tierra dura, y que a veces quienes nos salvan están igual de perdidos.
Ahora dime, si hubieras pasado junto a ese carromato roto aquel día de verano, ¿te habrías detenido? Si esta historia te tocó el corazón, dale like y suscríbete para no perderte el próximo viaje por el salvaje corazón del oeste. Sirve tu té, respira hondo y cuéntame en los comentarios: ¿qué hora es donde estás?