El Precio de una Farsa
Capítulo 1: Terminal C: La Oferta
La Terminal C del Aeropuerto Internacional de Miami (MIA) es un crisol de ambición, calor húmedo y la promesa de un destino. Para mí, era simplemente el preludio de un viaje de negocios rutinario, una escala de varias horas con olor a café quemado y alfombras gastadas. Estaba absorto en las gráficas de mi portátil, en ese punto dulce entre la concentración y el aburrimiento, cuando mi burbuja de calma fue violentamente reventada.
Una silueta se detuvo junto a mi mesa. Levanté la vista. Era una mujer, y la palabra “elegante” apenas le hacía justicia. Rubia platino natural, con un traje sastre de lana fría que parecía haber sido diseñado para una portada de revista de negocios y no para una sala de espera. Su belleza era de esa clase que exigía una segunda, tercera y cuarta mirada, pero la expresión en sus ojos era de pánico helado.
“Disculpa, ¿vas a Bogotá?” preguntó. Su voz era baja, con un acento neutral, el tono de alguien que había pasado años en internados europeos.

Asentí, ligeramente intimidado por la intensidad de su mirada. “Sí, en el vuelo de las tres. ¿Hay algún problema?”
Y luego sucedió. El cambio fue tan abrupto que mi café casi se derramó.
Sus ojos, que un momento antes habían sido un mar de ansiedad contenida, se abrieron de repente con una alegría fingida, estridente y teatral, mientras se lanzaba hacia mí y me abrazaba con una fuerza inusual.
“¡Cariño! ¡Qué sorpresa!” gritó. Lo suficiente alto para que media docena de pasajeros levantaran la vista. Se apartó, con las manos firmemente plantadas en mis hombros, y sonrió a la multitud como una actriz de Hollywood a la que acaban de sorprender en público.
Me quedé helado. “¿Disculpa?”
Se inclinó, susurrando rápidamente, con un aliento perfumado que olía a cítricos y desesperación. “Sígueme la corriente. Estoy buscando a alguien. Tienes que ser mi novio por un día. Por favor. Es vital.”
Me soltó, su mano agarrando mi brazo con una presión que no dejaba lugar a la negociación. Su rostro había vuelto a su estado original de elegante angustia. “Sé que suena de locos, pero escúchame. Lo explicaré todo. Por favor, solo un día.”
Mi primer instinto fue levantarme y huir. El segundo, y el que prevaleció, fue quedarme fascinado. Ella era genuinamente hermosa, y el drama que exudaba era magnético. Además, nunca me había pasado nada remotamente interesante en la Terminal C.
“¿Un día?” Logré decir, mi voz un poco ronca.
Ella asintió frenéticamente. “Sí. Un día. Te pagaré por tu tiempo. Lo que sea necesario. Por favor.”
Miré su traje de $5,000, su reloj de oro blanco. Esto no era una broma.
“De acuerdo,” dije finalmente, sorprendiéndome. “Explícame. Pero sé rápida. Mi vuelo sale en dos horas.”
Nos sentamos en una esquina más discreta. Se presentó como Clara Alarcón. Tomó una respiración profunda, sus ojos azules fijos en los míos. El aire se sentía repentinamente denso.
“Mi padre es Marcus Thorne,” comenzó. El nombre me hizo tragar saliva. Marcus Thorne. El titán de Thorne Global Holdings. Controlaba una de las mayores empresas de infraestructura del continente. Una figura temida en el mundo de las finanzas.
“Mi padre es… estricto. Me dio un ultimátum hace dos meses: encontrar un marido y casarme en menos de un mes, o perderé mi derecho a heredar la empresa cuando se retire. Él quiere estabilidad. Quiere que el poder se mantenga en la familia.” Su voz se rompió ligeramente. “Tenía un prometido. Un amigo de la familia. Íbamos a anunciarlo hoy en la hacienda en Bogotá y casarnos el mes que viene. Pero esta mañana, en el taxi camino al aeropuerto, me envió un mensaje de texto. Me dejó.”
Me quedé mirando la pantalla de mi portátil. $50,000, tal vez $100,000. Ese era el precio de un día de farsa, pensé.
“Necesito que seas mi prometido. Solo por hoy,” continuó Clara, con una urgencia desesperada que era imposible de ignorar. “Llegamos a la hacienda. Nos enfrentamos a mi padre. Decimos que mañana por la mañana tienes una ‘reunión crítica en Sídney’ que te obliga a irte. Diré que me has propuesto matrimonio. Mi padre necesita ver al prometido, ver que su ultimátum ha sido cumplido. Solo tengo que presentarte. Eso es todo. Luego, me quedaré y diré que organizaré la boda. Nadie tiene que saber la verdad.”
Clara era una mujer brillante y hermosa, al borde de perder un imperio. La decisión era ridícula, pero la oportunidad de estar en el centro de un drama corporativo tan intenso era demasiado tentadora.
“De acuerdo,” dije, cerrando mi portátil. “Lo haré. Pero tengo que saber tu nombre real.”
Me miró. “Mi nombre es Clara. ¿Y tú? Necesitamos un nombre que suene… creíble.”
“Mi nombre es Alexander,” respondí. “Alexander Sterling. Pero para tu padre, seré… ¿qué tal ‘Ethan Davies’?”
Clara sonrió, y por primera vez, su sonrisa pareció genuina, iluminando toda la terminal. “Alexander Sterling. Ethan Davies. Perfecto. El trato es un día. Y… ¿cuánto quieres por tu tiempo, Sr. Davies?”
Le lancé un número absurdo, un impulso. “Cincuenta mil dólares. Y un viaje de vuelta a Miami. Todo pagado.”
Ella no parpadeó. “Hecho. Pero tenemos que empezar ahora mismo. El entrenamiento. Lo más importante: mi padre no es un hombre al que se pueda engañar fácilmente. Es un depredador.”
Capítulo 2: Clase Ejecutiva: El Guion Secreto
Nuestro vuelo se anunció. Clara se levantó, asintió con una mirada de concentración de un cirujano antes de la operación, y me hizo una seña para que la siguiera. En el control de embarque, nos detuvimos.
“Ethan,” dijo en voz alta, envolviendo su brazo alrededor del mío, “te amo, pero tienes que relajarte. Es solo mi padre.”
Me sonrojé. Sentí las miradas de los demás pasajeros.
“Lo siento, cariño,” respondí, improvisando, “es solo que tu padre, Marcus Thorne, suena como si viniera directamente de la mitología griega, no de los negocios.”
Ella se rió, y yo me di cuenta de que teníamos química. Una química forzada, sí, pero el juego de roles funcionaba.
Una vez a bordo, Clara nos condujo más allá de las cortinas de primera clase. Mis maletas habían sido enviadas a la bodega, pero las suyas contenían documentos, y con la ayuda de una azafata visiblemente halagada, fueron colocadas en nuestro compartimiento privado.
“Vamos a repasar tu personaje,” ordenó, mientras nos sentábamos en nuestros asientos totalmente reclinables. El lujo de la cabina era un mundo aparte de la silla de plástico en la Terminal C.
“Tu personaje es Ethan Davies, un consultor de tecnología en ascenso. Tienes tu propia firma en Palo Alto. Llevas dos años cortejándome. Somos un secreto a voces. Nos conocimos en Davos.”
“¿Davos?”
“Sí. Necesitamos una historia de ‘cómo nos conocimos’ que suene lo suficientemente pretenciosa como para que mi padre la crea. Tu empresa está a punto de ser adquirida por una corporación de tecnología de la India, pero tú estás aguantando para obtener una cifra mayor. Esto explica por qué eres audaz, tienes dinero, pero no el tipo de dinero viejo que mi padre respeta. Eres un riesgo que vale la pena correr.”
Durante las siguientes tres horas, mi vida real desapareció. Alexander Sterling se disolvió en el éter mientras Clara, con una eficiencia despiadada, me convertía en Ethan Davies.
“Mi cumpleaños es el 12 de junio. Mi color favorito es el zafiro. Odio el vino blanco. Soy alérgica a los mariscos, lo que mi padre usa para asegurarse de que no mienta.”
“¿Qué te regalé por tu último cumpleaños?” pregunté.
Clara me miró con una ceja levantada. “Una estrella. De verdad. Compraste el derecho a nombrarla en el Registro de Estrellas. Tonta, cursi, pero a mí me encanta. Lo mencionaste en la cena.”
“Entendido. Mi padre es de Brooklyn, pero tiene una casa en Suiza que ama. Su segunda esposa, la madre de mi hermano, es danesa. ¿Cómo se llama mi madre?”
“Helen. Murió cuando tenías diez años. Por eso eres tan independiente, tan duro. Marcus va a intentar encontrar tu punto débil. No lo tienes. Tu único punto débil… soy yo.”
La intensidad de la sesión de entrenamiento era agotadora. En un momento, ella me pidió que le propusiera matrimonio.
“Ponte de rodillas,” dijo.
Vacilé, riéndome. “Estamos en un avión. Y estamos en el aire.”
“Hazlo. ¡Ahora!”
Me arrodillé torpemente en el pasillo entre los asientos, ignorando a la azafata que pasaba. “Clara, mi vida no tenía sentido antes de Davos. Eres mi estrella. ¿Te casarías conmigo?”
Ella sonrió, pero esta vez, había una chispa vulnerable y triste en sus ojos. “Levántate, Ethan. Estás haciendo un buen trabajo. Ahora, háblame de la venta de tu empresa. ¿Por qué 18 millones y no 22?”
Pasamos el resto del vuelo sumergidos en el guion, el aire acondicionado zumbando y el sol de la tarde filtrándose por las ventanillas, creando un aura surrealista de ficción y realidad.
Capítulo 3: Hacienda Aurora: La Presión del Patriarca
Aterrizamos en Bogotá, donde un jet privado nos esperaba. El lujo se había vuelto exponencial. Una hora más tarde, estábamos aterrizando en una pista privada, rodeada por el verde esmeralda de las colinas de la Sabana de Bogotá.
La Hacienda Aurora era más un complejo que una casa: una majestuosa estructura colonial de color blanco, rodeada de jardines inmaculados.
“Recuerda, Ethan,” susurró Clara mientras un Range Rover blindado nos recogía. “Marcus va a tener agentes revisando tu historial. Todo lo que te conté es 99% verificable. Él sabe que eres un consultor de tecnología en ascenso. Lo único que no sabe es que nos conocimos hace seis horas.”
La puerta principal se abrió. Allí, esperando en el vestíbulo de mármol con el aire de un monarca que recibe a un súbdito, estaba Marcus Thorne. Era más alto y más imponente de lo que imaginaba. Su rostro era una máscara de cincelada severidad, y sus ojos grises parecían evaluar el valor de cada persona y objeto en la habitación.
“Clara,” dijo, con una voz profunda que vibraba como un motor. No había calor. “Llegas justo a tiempo.”
Clara se lanzó hacia él, interpretando a la hija que añoraba a su padre. “¡Papá! Él es Ethan Davies. Mi prometido.”
Marcus me tendió la mano, y su agarre fue como una prensa de acero. “Sr. Davies. Es un placer. O tal vez, una sorpresa. Te esperábamos, por supuesto, pero la formalidad es reciente, ¿no?”
“Solo oficial, Sr. Thorne,” respondí, usando el tono firme y respetuoso que Clara me había instruido. “Mi corazón ya le había propuesto matrimonio a Clara en Davos. Solo me tomó un año convencerla de que me dijera que sí. El anillo acaba de llegar.”
Mentí con la convicción de un predicador. Marcus me soltó, su expresión ilegible.
“Venid. Tenemos una cena preparada. Puedes hablar de negocios con tu futuro suegro, Ethan. Me han dicho que tienes planes interesantes en la tecnología.”
La cena fue un infierno psicológico. La mesa era larga, éramos solo nosotros tres. Marcus no perdió el tiempo con trivialidades. Fue directamente a la yugular.
“Háblame de tu firma, Davies. Escuché que estás jugando a la defensiva con los inversores indios. Un movimiento arriesgado para un consultor que solo lleva dos años en el negocio.”
Sentí una gota de sudor frío recorrer mi espalda. Recordé el guion de Clara.
“No estoy jugando a la defensiva, Sr. Thorne,” respondí, cortando la carne de mi filete con excesiva precisión. “Estoy buscando el valor justo. La tecnología que hemos desarrollado no es solo código; es la base para el futuro de la logística. Si vendemos, vendemos caro. Si no, la usaré para competir con empresas como la suya.”
Marcus se detuvo con el tenedor a medio camino. Me miró intensamente.
“Competir con Thorne Global Holdings, ¿eh? Audaz.”
“Solo pragmático. Estoy a punto de casarme con la mujer que un día dirigirá su imperio. No quiero que mi futuro hijo tenga que elegir entre trabajar en la empresa de mamá o en la de papá.”
Clara puso su mano sobre la mía, actuando con una brillantez digna de un Óscar, mostrando apoyo y una leve advertencia. El calor de su tacto era real, y por un momento olvidé que el contacto era parte de un plan de $50,000.
“Ethan es muy ambicioso, papá. Y eso me encanta,” dijo Clara con una sonrisa, bebiendo de su copa.
Marcus se relajó ligeramente. “Bueno. Eso es lo que quería oír, Davies. Si vas a casarte con mi hija, tienes que ser un tiburón. No necesitamos más pececillos.”
Pasamos una hora más hablando de cadenas de suministro, riesgo geopolítico y el futuro de las criptomonedas. Me basaba en mis propios conocimientos de negocios y los pequeños detalles que Clara me había dado. Marcus estaba evaluando mi ambición y mi inteligencia. No mi amor por su hija.
Finalmente, Marcus se sirvió un coñac. “Bien, Ethan. Mañana por la mañana. ¿Sídney?”
“Temprano, Sr. Thorne. Es una ronda de financiación crítica. Clara me perdonará que la deje por unas horas.”
Marcus asintió, una rara señal de aprobación. “Entonces, disfruten de la noche, jóvenes. Me aseguraré de que el chofer lo lleve al aeropuerto al amanecer.”
Capítulo 4: El Balcón: Un Beso de Despedida
La tensión de la cena me había dejado exhausto. Clara me guio a través de las grandes puertas corredizas a un balcón privado, con vistas a un valle oscuro salpicado de luces.
“Lo has hecho,” susurró, apoyándose en la barandilla. “Pasaste la prueba.”
Me reí, un sonido hueco. “Tu padre me hizo sentir como si estuviera defendiendo mi tesis doctoral ante un comité de ángeles de la muerte. ‘¿Dieciocho millones y no veintidós?’ ¿Quién pregunta eso?”
“Él. Te estaba evaluando para saber si eres un títere o un jugador. Elegiste ser un jugador. Bien hecho. El juego ha terminado, Ethan Davies. O Alexander Sterling.”
Me acerqué a ella. La luz de la luna plateaba su cabello, y el aire fresco de la montaña era un alivio.
“¿Por qué me ayudaste?” preguntó ella, sin mirarme.
“Es una buena historia,” respondí honestamente. “Y una apuesta alta. No todos los días se puede ver un drama corporativo tan intenso en primera fila. Además… eres muy convincente.”
Ella se giró para mirarme. Había un dolor profundo en sus ojos que trascendía la farsa.
“Este no es mi sueño, Alexander,” dijo en voz baja. “Mi padre me ama a su manera, pero lo que realmente ama es el control. Él lo llama estabilidad. Yo lo llamo jaula. Lo que hice hoy… fue comprarme tiempo. Tiempo para que mis propios abogados reorganicen mis acciones. Tiempo para posicionarme.”
“¿Y si me hubiera dicho que no?”
“Lo habría perdido todo. La empresa, la hacienda, el respeto. Estaría casada con el hombre que él eligió para mí, un rival que acabaría con mi carrera.” Se estremeció ligeramente. “Gracias. De verdad.”
Había un silencio entre nosotros, pero ya no era un silencio incómodo. Era un espacio compartido de complicidad.
“Entonces, este es el final,” dije. “El apretón de manos cordial. El acuerdo de $50,000 y se acabó.”
Ella dio un paso hacia mí. Su proximidad era electrizante. “Casi,” susurró. “Queda un detalle.”
Me miró a los ojos, y el pánico había desaparecido por completo, reemplazado por una mezcla de gratitud, pena y una chispa que reconocí como el verdadero corazón de Clara Alarcón.
“Marcus necesita que esto sea real,” dijo. “Necesita una razón para creer que el compromiso es inquebrantable. Necesita una imagen final para llevarlo a la cama. Necesita… un beso de despedida.”
Mis objeciones se disolvieron antes de que pudiera formularlas. Ella no esperó a que respondiera. Puso sus manos en la parte de atrás de mi cuello y me atrajo hacia ella.
El beso fue un torbellino. Fue más que una actuación. Fue el agradecimiento de una mujer desesperada, la audacia de una heredera que lo arriesgaba todo, y, para mí, fue una explosión de emoción inesperada después de un día de mentiras elaboradas. No fue el beso de un actor y su colega, sino de dos personas que acababan de pasar por una guerra juntas. Había dolor, química y un sentimiento fugaz de pérdida.
Cuando nos separamos, Clara tenía los ojos cerrados. “Ahora vete, Ethan Davies,” respiró, con una voz temblorosa que no reconocí. “Y nunca vuelvas a mirar atrás.”
La dejé allí, en el balcón, envuelta en la noche de la Sabana.
Capítulo 5: La Revelación: Un Cheque y $70 Millones
Me desperté antes del amanecer. Un sirviente silencioso me esperaba para guiarme por la mansión oscura hasta el Range Rover que me llevaría al aeropuerto. El aire olía a tierra húmeda y café recién hecho.
Marcus Thorne ya estaba despierto, sentado en la mesa del desayuno, leyendo un periódico. Parecía el dueño del mundo.
“Davies,” saludó, sin levantar la vista del periódico. “Buen viaje. Me alegra que mi hija haya encontrado un hombre con tu… ímpetu.”
El comentario me hizo sonreír internamente. Le di un apretón de manos firme, como si fuéramos viejos compañeros.
“Gracias, Sr. Thorne. Clara es una mujer especial. Volveré tan pronto como esta ronda de financiación me lo permita.”
“Asegúrate de hacerlo. Tienes una boda que planear.”
Salí de la casa sin mirar atrás. En el asiento trasero del Range Rover, mi maleta me esperaba. Junto a ella, había un sobre de papel cremoso, sellado con cera roja, con el emblema de Thorne Global Holdings.
Era mi pago.
Esperé hasta que el coche hubo conducido un par de kilómetros, pasando los guardias de seguridad de la puerta principal. La urgencia por abrirlo era irresistible. Lo abrí.
Esperaba ver un cheque a nombre de Alexander Sterling por $50,000.
En cambio, mis dedos tocaron algo más grueso que el papel normal. Lo que saqué no era un cheque.
Lo primero era una nota corta, escrita a mano en el mismo papel cremoso:
Ethan Davies,
Lamento que me haya costado $50,000 romper el guion, pero siempre he creído que una gran entrada justifica el precio.
Mi nombre es Sarah.
Clara Alarcón era una máscara. “Ethan Davies” ya no es una farsa. Eres real.
Me quedé helado. Sarah. ¿Todo había sido una mentira, incluso su nombre? ¿Por qué la diferencia?
Continué leyendo.
Mi padre no quería casarme con un rival, quería casarme con su rival. El ultimátum era una trampa para forzar la adquisición de la empresa de su enemigo.
El problema es que yo he estado vendiendo mis activos corporativos en secreto para comprar acciones de la compañía en la bolsa. Él me había arrinconado, pero necesitaba un aliado. Necesitaba un ‘prometido’ que no desapareciera.
Necesitaba un accionista. Silencioso. Audaz. Y que pudiera pasar la prueba de mi padre.
En el sobre no hay un cheque. Hay un certificado de acciones.
Es el 1% de Thorne Global Holdings. Valor estimado: $70,000,000 (Setenta millones de dólares).
Esto te convierte en un jugador. Esto te da derecho a un asiento en la mesa y te permite firmar legalmente documentos corporativos en mi nombre.
Ahora eres mi socio. No hay regreso. La farsa de un día es ahora una guerra total. Vuelve cuando termines tu ‘reunión en Sídney’. Pero vuelve como Alexander Sterling, no como Ethan Davies.
Te espero.
—S.
Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo por encima del zumbido del motor del coche. Setenta millones de dólares. El 1% de un imperio. Me había convertido en millonario, no por un cheque, sino por un acto de guerra corporativa de alto riesgo.
Debajo de la nota, estaba el certificado de acciones. Un documento oficial, firmado y sellado, nombrando a Alexander Sterling como propietario legal de acciones de Thorne Global Holdings.
Dejé caer el papel y el certificado en mi regazo. Miré por la ventanilla, el paisaje de montañas borroso a través del cristal blindado. Ya no era un simple consultor de paso. Era un socio. Un actor principal en un drama que acababa de empezar, y el guion era más peligroso de lo que jamás había imaginado.
Me di cuenta de que el beso en el balcón no había sido una despedida. Fue el reclutamiento. El beso que Clara/Sarah me había dado fue el sello de un acuerdo que valía setenta millones de dólares, y el precio de entrar en un juego donde las reglas las escribía el padre, pero la hija jugaba con su propia y audaz estrategia.
Llegué al aeropuerto aturdido, mi mente un torbellino. ¿Sídney? No. No me dirigía a Sídney. Me dirigía a Miami, y luego, a mi nueva vida como el aliado secreto de Sarah, la heredera que lo arriesgó todo por el control. El juego de un día había terminado. La guerra acababa de comenzar.