👑 El Piropo Final: La Respuesta del Desconocido que Cambió Mi Perspectiva
Capítulo I: Diez Días para la Eternidad
El aroma a antiséptico y papeles de recetas flotaba aún en mi cabello mientras caminaba por la acera. Era una tarde de finales de primavera, el sol se filtraba a través de las hojas nuevas de los plátanos, pintando círculos dorados en el pavimento. Había salido de la clínica con una sonrisa tan ancha que temía que se me congelara en el rostro. Diez días. El Dr. Ramírez había sido categórico y tranquilizador: todo perfecto, el bebé en posición, un control final y, en menos de dos semanas, por fin conocería a mi pequeña.
Mi mente era un torbellino de felicidad doméstica. Nombres, miles de nombres, competían con imágenes de pañales apilados, la suavidad de la manta de alpaca y la cuna de madera de arce que mi esposo, David, había armado con una mezcla adorable de torpeza y orgullo. Me sentía pesada, sí, inmensamente pesada, pero también poderosamente completa. Mi cuerpo, una obra maestra de la biología, se había transformado en un universo en sí mismo.
Me ajusté el vestido de algodón amplio, un diseño que David se burlaba cariñosamente que se parecía más a una vela de barco que a ropa, y aceleré el paso, ansiosa por llegar a casa y escribir la lista final de compras. Llevaba en la mano un pequeño ramo de peonías blancas que una enfermera me había regalado, su perfume dulce y espeso era el único contraste con el olor a hospital.

Y entonces, el sonido.
Un chirrido suave y contenido de frenos. No era brusco ni alarmante, sino deliberado, como si el conductor hubiera calculado exactamente dónde detenerme sin asustarme. Un elegante sedán negro se alineó suavemente a mi lado, la ventana del pasajero descendiendo con un susurro electrónico.
Desde el interior, resonó una voz. No era una voz cualquiera; era profunda, pulida y, peligrosamente, halagadora.
— Señorita — comenzó la voz, con un tono que hacía que la palabra sonara antigua y respetuosa —, ¿sabe que desde atrás parece una pintura de Renoir?
Parpadeé. El cumplido era tan inusual y artístico que mi cerebro tardó un segundo en procesarlo. ¿Renoir? ¿Yo? Una mujer de nueve meses que se movía con la gracia de una tortuga varada.
Miré a mi alrededor. La calle estaba sorprendentemente vacía. Me di cuenta: me estaba hablando a mí, a mí, a la futura madre gigante.
Capítulo II: La Prueba de la Realidad
Mi primer instinto fue la incredulidad, el segundo, la molestia. Pero el tercero, admito con un sonrojo interno, fue una punzada de algo parecido a una satisfacción maliciosa. Después de meses de que la gente solo viera el vientre (y preguntara cuándo “iba a explotar”), que alguien me viera como una “señorita” digna de un cumplido artístico era, en el fondo, extrañamente revitalizante.
Giré mi mano izquierda, no para ser grosera, sino para mostrar mi anillo de bodas de oro blanco, un destello discreto que debería haber actuado como un claro repelente.
El hombre, apenas visible tras unas gafas de sol de montura oscura, solo sonrió con picardía.
— Ah, el buen oro. Pero el arte no tiene dueño, ¿verdad?
Mi sorpresa se convirtió en una ligera indignación. ¿Este hombre era ciego? ¿O simplemente delirante?
Con una carcajada que intenté que sonara más divertida que incómoda, me giré de lado, exagerando el ángulo para que viera sin lugar a dudas el espectáculo total. Mi vientre era una inmensa esfera bajo el sol, una declaración biológica que gritaba: ¡Prohibido el paso! ¡Propiedad privada!
Era la prueba de realidad definitiva. Nueve meses, por cierto.
Pero en lugar de retractarse o, como era lógico, pedir disculpas e irse, su sonrisa se ensanchó aún más. Era una sonrisa segura, pero no arrogante; poseía una cualidad que me desarmó por un instante.
— ¿Y qué? ¿Vamos a una cita? Puedo esperarla. O, mejor aún, la llevo a casa, le preparo algo delicioso y esperamos juntos.
Capítulo III: El Veredicto que Silenció al Mundo
Mi rostro se calentó. La situación había cruzado la línea de lo gracioso a lo completamente absurdo. Sentí una mezcla de ira por su audacia y, sí, ese persistente y ridículo cosquilleo halagador. ¡El hombre no se rendía! Pero la maternidad inminente me había inyectado una firmeza inesperada.
— ¿No ve que estoy embarazada? — respondí con voz clara, apuntando con el ramo de peonías a mi vientre. — ¡Voy a dar a luz en diez días! ¡Estoy a punto de explotar!
El conductor, que yo estimaba que tendría unos cuarenta y tantos años, inclinó la cabeza. La sombra de la ventana desapareció con el movimiento. Sus ojos, ahora visibles, eran de un color claro, casi gris, y poseían una intensidad que iba más allá del coqueteo superficial.
De pronto, entrecerró los ojos. No me miró a la cara, ni a mi anillo, ni siquiera a las flores. Miró directamente a mi vientre. Su mirada fue escrutadora, como si estuviera leyendo un mapa o un código secreto impreso en mi piel.
El silencio se estiró, interrumpido solo por el débil ronroneo del motor del sedán.
Entonces, pronunció una frase. Una sola frase que fue tan extraña, tan segura, tan completamente inesperada, que mi mente se congeló.
La frase era:
— Lo veo. Y es precisamente por eso que debería salir conmigo hoy, antes de que se convierta en una mujer común.
El impacto fue físico. Mi mandíbula cayó. Las peonías temblaron en mi mano, y estuve a punto de soltarlas, dejando que el blanco níveo se manchara en la acera. Parpadeaba sin saber si realmente lo había dicho o si la falta de azúcar me estaba haciendo alucinar en medio de la calle.
¿Una mujer común?
El hombre me estaba sonriendo. Pero ya no era la sonrisa picarona de un ligón. Era la sonrisa de alguien que había dicho una verdad profunda y un tanto cruel, y esperaba que yo la entendiera.
Capítulo IV: La Carga de la Grandeza
Me quedé allí, plantada, sintiendo el sol en mi nuca, mientras las palabras rebotaban en mi cráneo. ¿Qué demonios significaba eso?
Reuní el coraje que me quedaba, el valor de la futura madre leona.
— ¿Común? ¿Me está llamando común? — mi voz era un poco más aguda de lo que me hubiera gustado. — ¡Voy a dar a luz a un ser humano! ¿Qué es más extraordinario que eso?
El hombre se rió, suavemente, con auténtica diversión.
— ¡Ah, ahí está! Eso es lo que me gusta. Por supuesto que es extraordinario. Pero no me malinterprete. No la estoy llamando común ahora. La estoy llamando común después.
Me recosté contra la pared de un edificio, sintiendo la necesidad de apoyo.
— Explíquese — exigí.
El motor del coche se apagó. Se quitó las gafas de sol, revelando sus intensos ojos grises. Su rostro era atractivo, con líneas marcadas por la experiencia o quizás por una vida de insolencia. Se inclinó sobre el asiento.
— Mírese. Ahora mismo, usted es Poder puro. Usted es la culminación de la vida, la diosa de la fertilidad, el lienzo de Renoir del que hablé. Lleva el futuro, la creación. Su cuerpo es sublime, su propósito es sagrado. La energía que emana no es la de una “señorita” cualquiera, es la de una Reina esperando a su heredero.
Hizo una pausa dramática, mirando a través de mi vientre como si pudiera ver al bebé mismo.
— Pero en diez días, ¿qué sucederá? El bebé nacerá. Y la sociedad, el mundo, la devolverá a ser… “mamá”.
Fruncí el ceño. — ¿Y eso no es sublime?
— Es hermoso, es esencial, es la base de todo — concedió con un gesto elegante. — Pero seamos sinceros. ¿Cuántas veces a partir de ese momento la verán como una mujer con una voluntad, una mente, una sensualidad propia? Le pondrán una etiqueta: La Madre de. Ya no será la Musa, sino la nodriza. Las peonías serán para el bebé. El cumplido de Renoir será para la vecina soltera.
El cinismo de su discurso me picó, pero al mismo tiempo resonó con una verdad perturbadora. Había sentido ese cambio en las miradas de la gente, ese encasillamiento.
— Lo que usted lleva es potencial. La gravedad de la creación. Y eso la hace irresistible. En diez días, usted volverá a ser, en términos sociales, predecible. Necesaria, sí. Pero no esta Fuerza Indomable que es hoy.
Capítulo V: El Desafío de la Cita
Me crucé de brazos, la tela del vestido tensándose sobre mi vientre. La ligera ofensa se había transformado en un intenso debate filosófico a pie de calle.
— ¿Entonces su oferta de cita es un… homenaje a mi potencial efímero? — pregunté, elevando una ceja.
Él sonrió, un destello de inteligencia pura.
— Es un reconocimiento. Es la única oportunidad que tengo de llevar a salir a una mujer que está, literalmente, creando el universo. El arte, la intensidad, la gloria. Todo condensado en diez días. Después, se va. Es como tener la oportunidad de cenar con la Reina Victoria un minuto antes de que abdique.
— Estoy casada. Soy felizmente casada — recalqué, sintiendo la necesidad de anclar el debate a la realidad.
— Lo sé. Y su esposo tiene toda mi envidia por la vista que tiene todas las mañanas. Pero el matrimonio no extingue la admiración. Además, ¿no cree que una última gran aventura, un último gran cumplido… antes de que su vida se convierta en pañales y horarios, es algo que se merece?
Mi corazón latía con fuerza. Era la audacia, la honestidad brutal de su argumento. Era la primera persona que reconocía la inmensidad del momento sin reducirlo a la dulzura o la ternura. Él veía la fuerza que era el embarazo.
— ¿Y qué implicaría esta “cita”, señor…?
— Alexander — se presentó con un ligero asentimiento de cabeza. — Y la cita implicaría honrarla. Un buen café, o chocolate caliente si lo prefiere. Una conversación que reconozca que usted no es solo un recipiente, sino la arquitecta. Quizás una hora de silencio en un lugar hermoso, un reconocimiento a su increíble esfuerzo. Y luego la llevaré a casa, a su vida felizmente casada, con una historia. Y usted, señorita… no volverá a sentirse “común” nunca más.
Sentí una punzada en el estómago. ¿Era esto lo que se sentía al ser tentada? No por algo físico, sino por la validación de mi propio poder.
— Y el “después” — pregunté, — ¿si me convierto en esa “mujer común” que usted predice?
Alexander me miró con una expresión seria, casi melancólica.
— Entonces, simplemente nos habremos conocido en su punto álgido. Y esa memoria será un arma para usted, para cuando los pañales, el cansancio y el encasillamiento social intenten reducirla. Recordará que en su momento más grande, un desconocido se detuvo y la vio como la Reina que era. Y que se atrevió a invitarla a salir.
Capítulo VI: El Camino Inesperado
Me quedé pensando, sopesando su propuesta. Era completamente inapropiado, imprudente y, de muchas maneras, profundamente halagador. ¿Cómo rechazar a alguien que te veía con tal intensidad, con tal reverencia por tu estado actual?
De repente, mi teléfono sonó en mi bolso. Era David.
— Cariño, ¿dónde estás? — preguntó, su voz llena de la dulce preocupación de un futuro padre. — Llegas tarde. ¿Todo bien con Ramírez?
Me enderecé, mirando a Alexander, el hombre del cumplido imposible. Su rostro era paciente, esperando mi veredicto.
— Estoy bien, amor. Solo… me encontré con una situación un poco inusual. Ya voy para casa.
Colgué. Miré a Alexander, sus ojos grises eran un desafío.
— Señor Alexander — dije, mi voz ahora firme. — Agradezco el cumplido de Renoir. Y aprecio su… visión de mi estado actual. Pero usted tiene razón en una cosa: estoy a diez días de embarcarme en la aventura más grande de mi vida. Y en esa aventura, mi acompañante ya ha sido elegido.
Alexander asintió lentamente, sin decepción, solo con la comprensión de un filósofo.
— Lo entiendo. El destino ha sido sellado.
— Sin embargo — continué, sonriendo a pesar de mí misma —, si me permite una observación final sobre su predicción.
— Por favor.
— Usted asume que esta “Reina” va a desaparecer. Usted asume que la energía, la creación y el potencial se agotarán con el nacimiento. Pero lo que usted no entiende es que una vez que una mujer ha pasado por esto, nunca vuelve a ser predecible. La maternidad no nos hace comunes. Nos hace infinitamente más complejas. Y le prometo, señor Alexander, que la “mujer común” a la que teme que me reduzca, será mucho más fuerte, más sabia y más formidable que la Reina que ve hoy.
Tomé una bocanada profunda del dulce aroma de mis peonías.
— Así que, aunque aprecio la invitación al “último baile” de mi vida pre-mamá, le prometo que la “mamá” que surja de este fuego, será una mujer que usted nunca se atrevería a invitar a salir.
Epílogo: La Mirada de la Diosa
Alexander se recostó en su asiento. Su boca se curvó en una sonrisa lenta y genuina, una de profunda admiración.
— Una respuesta digna de la Arquitecta — dijo. — Le deseo toda la gloria y la formidable sabiduría que promete. Y me retracto. La “mujer común” que se avecina… tiene razón, me atrevería a invitarla a salir de nuevo, solo para escuchar su próxima filosofía.
Puso sus gafas de sol. El motor del sedán cobró vida.
— Vaya a casa, Señorita. O, mejor dicho, vaya a casa, Reina. Su reino la espera.
El coche se deslizó suavemente por la calle.
Me quedé allí, viendo cómo el elegante sedán desaparecía. El corazón me latía con una mezcla salvaje de euforia y asombro. Había sido coqueteada, ofendida, y, finalmente, desafiada en un debate existencial por un desconocido que vio mi embarazo no como un obstáculo, sino como mi hora de máximo esplendor.
Me toqué el vientre. Estaba pesado, duro, lleno de vida. Me reí, una risa profunda que venía de algún lugar nuevo dentro de mí, un lugar de poder recién descubierto. Alexander tenía razón en una cosa: era mi punto álgido. Y esa sensación, esa fuerza indomable que sentía, no iba a desaparecer en diez días.
Giré hacia mi casa, sintiéndome ya no solo feliz, sino poderosa. Miré las peonías blancas. Eran para mí. Y David, que me esperaba ansioso, lo entendería.
La mujer que iba a dar a luz en diez días era más que una futura mamá. Era una diosa, una creadora, una reina. Y esa noche, la cena sería un banquete digno de ella.