El Millonario y el Eco del Silencio
Capítulo I: La Llegada de la Tormenta Suave
La lluvia de aquel martes no era solo agua; era un diluvio de resentimiento que golpeaba las ventanas de la mansión De la Torre, como si el cielo mismo estuviera protestando por la soledad que allí residía.
La nueva niñera, Elena, cruzó el umbral de mármol con el corazón encogido. No era la opulencia lo que la asustaba, sino el silencio denso y sofocante, ese silencio que olía a dinero viejo y a tristeza encapsulada. Elena era una mujer de unos treinta y tantos, con ojos grandes y cansados que habían visto demasiados trabajos temporales. Traía consigo solo una maleta pequeña y, aferrada a su mano, el verdadero milagro de su vida: su hija, Clara.
Clara, de apenas siete años, era el antónimo perfecto de la mansión. Llevaba un impermeable de colores brillantes, empapado por la tormenta, y una mochila rosa con un unicornio brillante. Sus ojos, del color del caramelo, miraban todo con una curiosidad desarmadora y sin el menor rastro de miedo. Para ella, la mansión no era una tumba, sino un castillo gigante y misterioso.
El mayordomo, un hombre delgado y nervioso llamado Anselmo, los recibió con la formalidad de quien dirige un funeral.
“Bienvenidas. La regla de oro, señorita Elena, es simple,” susurró Anselmo, inclinándose para que su voz no rompiera el silencio. “Nadie habla con el Señor a menos que él pregunte. Y la niña… debe permanecer en el ala de servicio o en su habitación. El Señor no tolera el desorden ni el ruido. ¿Entendido?”
Elena asintió con fervor, apretando la mano de Clara. “Entendido, Anselmo. Clara es muy tranquila.”
Pero al mirar a Clara, quien en ese momento estaba fascinada observando su reflejo en el piso de mármol pulido, Elena sintió una punzada de pánico. Clara no era tranquila; era una fuerza de la naturaleza en miniatura.
Fueron guiadas a sus habitaciones, funcionales y correctas, pero asombrosamente lejos del ala principal. Elena desempacó, repitiendo la regla de oro a su hija como si fuera un mantra para protegerlas de la ira de Don Augusto.
“Clara, mi amor, este trabajo es importante. Tienes que ser muy, muy silenciosa. Nunca vayas al comedor principal, y nunca, nunca, molestes al Señor de la Torre.”
Clara, sin levantar la vista de un libro de colorear, solo murmuró: “Pero mami, ¿por qué es tan grande y está tan vacío? ¿Los fantasmas comen?”
Elena suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad. La soledad de Don Augusto no era solo una atmósfera; era una jaula de reglas rígidas.

Capítulo II: La Ritual de la Soledad
La cena de Don Augusto era un ritual diario, tan inmutable como las mareas. A las ocho en punto, el mismo menú, la misma mesa, el mismo silencio.
Aquella noche, mientras la lluvia aún azotaba, Don Augusto entró en el comedor. La mesa de caoba maciza, larga, pulida y oscura, se extendía ante él como un campo de batalla recién arado. Él caminó lentamente, apoyado en su bastón de ébano, disfrutando de ese pequeño sonido autoritario que hacía eco en la inmensidad de la sala.
Anselmo y un par de asistentes se movían en coreografía silenciosa. Colocaron el plato de consomé de ave, la copa de vino tinto perfecta, el tenedor de plata. Don Augusto se sentó en la cabecera, la distancia física con el resto de la mesa amplificando su aislamiento.
El sonido del primer sorbo de consomé era monumental. El corte de la carne, con el cuchillo de plata golpeando el plato de porcelana, era la única música. Don Augusto se obligaba a disfrutarlo. Se concentraba en la textura, en el sabor, en el vino. Si lograba concentrarse lo suficiente en la perfección de su cena, podía ahogar los gritos internos de su alma.
A sus 80 años, su amargura no era gratuita; era una armadura forjada en el fuego de la desconfianza. Su esposa lo había abandonado, sus socios lo habían estafado, y el único hijo que le quedaba, un joven ambicioso y cobarde, solo llamaba para pedir más dinero o preguntar por la herencia. Había aprendido que el afecto era solo una fórmula compleja para el cálculo de intereses. La soledad era honesta; al menos no pedía nada a cambio.
Mientras cortaba un trozo de solomillo, su mente repasaba su agenda del día siguiente: la compra de un bloque de acciones, la venta de una propiedad en la costa. Números. Los números nunca mienten.
“La gente solo se acerca por interés,” murmuró para sí mismo, su voz áspera y baja. El sonido se ahogó inmediatamente en el terciopelo de la alfombra persa.
Se sirvió más vino. Sus ojos, fríos y grises, se fijaron en la silla vacía justo a su derecha. La silla de honor. Durante años, había esperado que alguien, alguien, se ganara el derecho de sentarse allí. Nadie lo había hecho. Nadie se lo merecía.
En el silencio, mientras levantaba la copa, Don Augusto no escuchó los pasos ligeros, casi de ratón, que se acercaban a la puerta del comedor. Elena, convencida de que Clara estaba durmiendo en el ala de servicio, estaba tranquilamente doblando sábanas.
Capítulo III: La Pregunta Imposible
Clara era una exploradora nata. El “castillo” era demasiado tentador. Había oído a Anselmo hablar del “comedor principal”, un lugar prohibido que, según su imaginación infantil, debía contener algún tipo de tesoro o al menos un dragón dormido.
Se deslizó de su cama, abrió la puerta sin hacer ruido, y comenzó su misión. Usó el laberinto de pasillos y bibliotecas oscuras, guiada solo por el débil brillo que se filtraba bajo la puerta del comedor.
Al llegar, se asomó por el resquicio de la puerta. Lo que vio no fue un dragón ni un tesoro, sino algo mucho más triste: un hombre pequeño, gris, envuelto en una soledad tan visible que casi parecía un aura. Vio la mesa enorme, los candelabros, y ese plato solitario en la cabecera.
Para Clara, la escena no era imponente; era absurda. ¿Cómo podía un hombre tan pequeño comer en una mesa tan grande, sin nadie más?
Don Augusto se llevaba el tenedor a la boca, a punto de saborear un paté de exquisita factura, cuando el silencio se hizo pedazos.
Un chirrido agudo, el sonido de una silla de caoba siendo arrastrada sin cuidado sobre el mármol pulido, lo hizo sobresaltar. Don Augusto se atragantó con el paté. Sus gafas de lectura se resbalaron por su nariz. ¡Una intrusión! ¡Ruido!
Una niña pequeña, con el impermeable de unicornios aún puesto, se había sentado en la silla justo a su derecha. En la silla de honor. La silla que había estado vacía durante décadas.
Clara apoyó sus pequeños codos sobre la mesa de caoba, su rostro a la altura del candelabro de plata. Miró a Don Augusto, sin miedo, sino con una profunda e inocente preocupación.
Don Augusto estaba rígido, el tenedor flotando a medio camino de su boca. Su sangre hirvió. ¿Quién había permitido esto? ¡Anselmo pagaría caro!
“¡Fuera de aquí! ¡Anselmo! ¿Qué significa esto?” Su voz era un trueno oxidado.
Clara no se movió. Su mirada era fija y seria, como si estuviera contemplando un complejo problema matemático.
“Señor,” dijo Clara, su voz era pequeña, pero en el silencio del comedor sonó como una campana.
“¡No hables!”, rugió Don Augusto, golpeando la mesa con el puño (y por accidente, derribando su copa de vino, que por fortuna estaba casi vacía). “¡Sal de mi vista, inmediatamente!”
Clara parpadeó. Un adulto le estaba gritando, pero ella no sentía miedo. Solo sentía la necesidad de saber.
La niña se inclinó ligeramente, cruzó sus manitas sobre la mesa y le hizo la pregunta, la pregunta que rompió el protocolo de oro y penetró en la armadura del viejo corazón de piedra.
“Señor de la Torre,” dijo Clara con la voz más dulce y seria. “Si tiene veinte sillas, y veinte tenedores, y veinte copas… ¿por qué pide solo un buen provecho?”
El aire se quedó atrapado en los pulmones de Don Augusto. Él la miró fijamente, la ira congelada en su rostro. No era la pregunta de un adulto, con sus indirectas de culpabilidad o sus sermones. Era una pregunta lógica, pura, de un niño que solo veía una anomalía matemática y emocional.
¿Por qué pido solo un buen provecho?
La pregunta le cayó encima como una cascada helada. Durante años, él había asumido que la gente solo quería su dinero. Pero esta niña, con su impermeable mojado y su unicornio brillante, no quería su dinero. Quería su compañía, aunque solo fuera el gesto de un saludo antes de cenar.
La soledad, hasta ese momento su compañera fiel, se sintió de repente expuesta y ridícula. Vio a la mesa enorme, ahora no como un símbolo de su riqueza, sino como un monumento a su fracaso. Veinte sillas. Veinte lugares para la risa. Y él allí, pidiendo solo un eco.
“¿Qué sabes tú de…?” Don Augusto comenzó a tartamudear, incapaz de completar la frase.
En ese momento, la puerta del comedor se abrió con un estrépito. Elena, avisada por el pánico silencioso de Anselmo, irrumpió en la sala, con el rostro blanco de terror.
“¡Clara! ¡Dios mío, Clara!” Elena corrió hacia la niña, la agarró por el brazo y tiró de ella con una fuerza que no sabía que tenía. “¡Lo siento, Señor de la Torre! ¡Lo siento muchísimo! ¡Ella será castigada! ¡No volverá a pasar!”
Elena arrastró a Clara, sin darle tiempo a despedirse, y la sacó del comedor como si estuviera sacando a un ratón de las garras de un gato. La niña no protestó; su misión estaba cumplida.
Don Augusto, por su parte, se quedó solo de nuevo. El plato de paté ya no le sabía a nada. El silencio regresó, pero ahora no era vacío; estaba lleno de la resonancia de una pregunta de siete años. Se quedó mirando la silla vacía, la silla que había albergado un minuto de calor humano.
¿Por qué pido solo un buen provecho?
Capítulo IV: El Hielo se Resquebraja
La noche en la mansión De la Torre se convirtió en un campo de minas. Elena temía no solo el despido, sino la ruina. Estaba segura de que Don Augusto la echaría a la calle por la mañana.
A la mañana siguiente, Elena se presentó ante Anselmo, lista para su sentencia. “Dile al Señor de la Torre que entiendo. No fue culpa de él. Solo le pido que nos deje quedarnos hasta que consiga otro trabajo.”
Anselmo, con los ojos más grandes que nunca, agitó la cabeza. “No, señorita Elena. No hay despido.”
“¿No? Pero… le gritó. Rompió la regla de oro,” murmuró Elena, confundida.
“El Señor de la Torre… él lo ha ordenado. Y esto,” Anselmo extendió una pequeña caja de madera. “El Señor ordenó que se le diera a la niña.”
Elena abrió la caja, con el corazón latiéndole fuerte. Dentro, no había dinero ni joyas. Había un pequeño cuaderno de tapas de cuero gastado y un juego de lápices de colores profesionales.
“¿Y qué ha dicho sobre anoche?” preguntó Elena.
Anselmo dudó. “Solo dijo… ‘El azul no es el color apropiado para esa escena’. Y ordenó que se sirva más consomé de ave para esta noche.”
Elena no entendía. ¿El azul? ¿Consomé? Pero la orden era clara: se quedaban.
El día transcurrió en una cautelosa calma. Elena mantenía a Clara bajo estrecha vigilancia, explicándole la gravedad de su transgresión. Clara, sin embargo, estaba ocupada dibujando en su nuevo cuaderno.
Al llegar la noche, el miedo de Elena se materializó. A la hora de la cena, mientras Don Augusto se disponía a entrar al comedor, ella vio a Clara deslizarse por el pasillo.
“¡Clara, no!” Elena intentó agarrarla, pero la niña era rápida.
Clara se coló en el comedor justo cuando Don Augusto tomaba asiento. Esta vez, no se sentó en la silla de honor. Se paró humildemente junto a la pared, con su cuaderno de cuero en la mano.
Don Augusto se detuvo en medio del acto de sentarse. Vio a la niña. Sus ojos se entrecerraron.
“¿Qué estás haciendo aquí?” preguntó, su voz baja y peligrosa.
Clara no parecía intimidada. Caminó hacia él con pasos cortos y le tendió el cuaderno, abierto por un dibujo. Era un dibujo de la noche anterior. La mesa gigante. El candelabro. Don Augusto, solo, con un halo de líneas grises a su alrededor.
“Dibujé la soledad,” susurró Clara. “La pinté de azul oscuro. Pero no se siente bien, Señor. Es un color triste.”
Don Augusto tomó el cuaderno. Lo miró. El dibujo era ingenuo y brutalmente honesto. El plato solitario en la mesa oscura. Y justo al lado de su silla, había un unicornio brillante, dibujado a lápiz, que intentaba poner una flor en el plato.
“¿El unicornio soy yo?” preguntó Don Augusto con sarcasmo.
“No,” respondió Clara seriamente. “El unicornio es el buen provecho que olvidó pedirle a las sillas vacías.”
Don Augusto no supo cómo reaccionar a tal audacia. En lugar de gritar, sintió una punzada, un pellizco de algo parecido a la curiosidad.
“El azul… es el color de la tristeza, tienes razón,” dijo Don Augusto, devolviéndole el cuaderno. “Pero no tienes permiso para entrar aquí. Vuelve a tu habitación.”
“Sí, señor,” dijo Clara, y se fue obedientemente.
Sin embargo, ese intercambio, breve y extraño, había roto el ritual. Don Augusto miró el plato de consomé. Ahora no solo escuchaba el eco de sus cubiertos; también escuchaba el chirrido de la silla arrastrada y la pregunta imposible. El paté ya no era lo más importante. La soledad se había transformado, de una armadura a una celda.
Capítulo V: Pequeñas Transgresiones
Los días siguientes se convirtieron en un juego silencioso de intrusiones y retiradas. Clara no volvió a entrar al comedor, pero encontró otras formas de desafiar el silencio del anciano.
Un día, Don Augusto estaba en la biblioteca, leyendo un informe financiero. El silencio fue interrumpido por un pequeño golpe. Un libro, El Viento en los Sauces, había sido deslizado bajo su puerta. En la primera página, Clara había pegado una pequeña nota escrita con torpe caligrafía: “Los amigos son más valiosos que los edificios.”
Don Augusto consideró tirar el libro a la chimenea. En cambio, lo recogió y lo puso en su estantería, oculto detrás de un tomo de economía.
Otro día, mientras Don Augusto paseaba por el jardín formal, apoyado en su bastón de ébano, se encontró un pequeño regalo en el pedestal de mármol de una estatua griega: un ramo de flores silvestres, maleza colorida que crecía en la parte trasera del jardín.
La soledad de Don Augusto ya no era su compañera; se estaba convirtiendo en su vergüenza. La niña, sin saberlo, estaba redecorando su miseria con pequeños actos de bondad gratuita.
Elena estaba al borde de una crisis nerviosa, esperando que Don Augusto estallara. Pero el estallido nunca llegaba. En cambio, Don Augusto hacía preguntas sutiles.
“Anselmo,” preguntó una mañana durante el desayuno, “esa niña… ¿cómo se llama?”
“Clara, señor. Clara Montes.”
“¿Y qué come?”
“Lo que la cocinera prepare, señor.”
Don Augusto asintió. “Dile a la cocinera que si va a preparar ese arroz con leche, que lo prepare para dos. Es un postre… que no me agrada comer solo.”
Anselmo, atónito, transmitió el mensaje. Y así, el arroz con leche de Clara se convirtió en el único postre que se preparaba en la casa.
La relación se profundizó en pequeños actos de intercambio. Don Augusto le dejaba a Clara una naranja perfectamente pelada en el alféizar de su ventana. Clara le dejaba dibujos de unicornios brillantes luchando contra dragones grises, en un intento de colorear su soledad.
Una tarde, Don Augusto estaba solo en el salón principal, un espacio que se sentía como un museo, cuando Clara se atrevió a acercarse, llevando en sus brazos un enorme osito de peluche.
“Señor de la Torre,” dijo Clara, “mi mamá dijo que no debo molestarlo. Pero el Señor Oso tiene miedo de la oscuridad. ¿Podría sentarse en su regazo por un rato?”
Don Augusto miró al oso, luego a la niña. Él no había abrazado a nadie en décadas. Abrazar era un acto de debilidad.
“No,” dijo Don Augusto, tajante. “No tengo tiempo para eso. Vete.”
Clara no insistió. “De acuerdo,” dijo, con un pequeño gesto de desánimo. “Entonces lo dejaré aquí. Para que no tenga miedo. Solo hasta la cena.”
Colocó al oso en el sofá de cuero chesterfield, lo que era una violación evidente de las reglas de mobiliario. Don Augusto esperó a que se fuera. Luego, se encontró a sí mismo mirándolo fijamente. Era un oso gastado, suave, con un ojo de botón colgando.
Esa noche, cuando Anselmo entró para apagar las luces, encontró a Don Augusto sentado en el sofá, leyendo su informe financiero. Y el oso estaba allí, apoyado en su regazo.
Capítulo VI: La Caída y el Silencio Real
El hilo de esperanza que Clara había tejido alrededor de Don Augusto era fuerte, pero la realidad de los negocios era despiadada.
El hijo de Don Augusto, Ricardo, se enteró de la existencia de Clara y Elena. Ricardo era ambicioso y resentido; no le gustaba que una “nadie” se acercara a su padre, pensando que podrían influir en el testamento.
Una mañana, Ricardo llegó a la mansión sin avisar, con la intención de “poner orden”. Encontró a Clara sentada en el gran vestíbulo, haciendo un puzzle de 1000 piezas sobre la alfombra persa.
“¿Quién es esta niña, padre?”, exigió Ricardo, mirando a Don Augusto con desprecio.
Don Augusto, que en ese momento estaba tomando una taza de té, sintió una furia protectora. “Es la hija de la niñera. No es asunto tuyo, Ricardo.”
“Sí, es mi asunto,” ladró Ricardo. “No quiero extraños rondando la casa, menos aún una niña sin modales. ¿Qué clase de imagen damos a los socios? ¡La mansión no es una guardería!”
“La mansión es mía,” dijo Don Augusto, frío. “Y si no te gusta, puedes irte.”
Ricardo, sintiéndose provocado, fue directamente al ataque. “O la echas, o presento la solicitud de una evaluación psiquiátrica. Estás viejo, padre. Y estas payasadas de niños te hacen ver débil.”
Don Augusto se levantó de su asiento, su bastón de ébano golpeó el mármol con fuerza. “¡Jamás! ¡Me estás chantajeando en mi propia casa!”
“Solo estoy protegiendo tu patrimonio de cualquier manipulación,” dijo Ricardo, sonriendo con malicia.
Esa noche, Don Augusto cenó solo, pero el silencio era diferente. Era pesado, opresivo. La pregunta de Clara había sido reemplazada por la amenaza de Ricardo. Había permitido que un ápice de vida entrara en su burbuja, y ahora estaba siendo castigado por ello.
Al día siguiente, Don Augusto se despertó sintiéndose exhausto. El estrés de la confrontación con Ricardo le había pasado factura. Se dirigió al gimnasio personal, decidido a demostrarse a sí mismo que todavía era fuerte.
Fue un error fatal.
Mientras levantaba pesas, un dolor agudo y punzante lo atravesó. No fue solo un dolor; fue una oleada de frialdad que lo paralizó. El bastón cayó. El informe financiero cayó. El peso cayó. Don Augusto se desplomó en el suelo, incapaz de respirar, con la mitad de su cuerpo entumecido. Un derrame cerebral masivo.
La mansión, en su obsesión por el silencio, no escuchó su caída.
Pasó una hora antes de que Anselmo lo encontrara, tendido en el suelo de mármol pulido. El pánico silencioso invadió la mansión. Llamaron a los médicos.
Cuando Don Augusto despertó en el hospital, era una sombra de sí mismo. Estaba postrado en la cama, con un tubo en la garganta y la mitad de su cuerpo sin respuesta.
Ricardo estaba allí, con una sonrisa de lobo. “Tranquilo, papá. Yo me ocuparé de los negocios. Y de la casa.”
En la mansión, Ricardo tomó el control. Su primer acto fue llamar a Elena.
“Señora Montes,” dijo Ricardo, con una voz cortante. “Mi padre no estará en casa por un tiempo. Ya no necesitamos niñera. Tienen 24 horas para desalojar la propiedad. Aquí está el pago de un mes.”
Elena no protestó. Sabía que esta era la regla real del mundo de los ricos. Agarró a Clara, que estaba llorando en silencio, y comenzó a empacar sus pocas pertenencias.
En el hospital, Don Augusto no podía hablar, pero entendía. Vio a su hijo. Ricardo ya estaba planeando la venta de la mesa gigante, de los candelabros. Don Augusto, el hombre más rico del cementerio, estaba allí, gritando en su alma, incapaz de decir la única cosa que importaba.
Clara. La niña.
Dos días después, Don Augusto fue trasladado a la mansión. Ricardo lo había dispuesto todo: una habitación médica en el ala principal, con una enfermera a tiempo completo. Pero el silencio era ahora un veneno.
Capítulo VII: El Clamor del Silencio
Don Augusto yacía en la cama, atrapado en su cuerpo. Sus ojos, todavía agudos, eran su única forma de comunicación. Intentó señalar el ala de servicio, intentó garabatear una ‘C’ en el aire. La enfermera solo le dio más sedantes.
Una tarde, mientras miraba por la ventana, con el corazón roto por la soledad que había vuelto con una venganza espantosa, sucedió algo.
Vio un pequeño reflejo en el jardín. Una mota de color, luchando contra la lluvia fría.
Era Clara.
Ella no estaba en el jardín formal. Estaba en la terraza, bajo el alero, intentando proteger algo de la lluvia.
La ventana estaba cerrada. Don Augusto hizo todo lo posible por gritar. Su rostro se puso rojo, sus manos se movieron en espasmos. La enfermera se apresuró.
“¿Qué le pasa, Señor? ¿Dolor?”
Don Augusto señaló frenéticamente la ventana, luego a sí mismo, luego a su corazón.
Clara se dio la vuelta. Llevaba su impermeable de unicornio. En sus manos, sostenía el gran osito de peluche, ahora empapado. Estaba poniendo algo en el alféizar de la ventana. Luego, se dio la vuelta y se fue corriendo, desapareciendo en la oscuridad del jardín.
La enfermera, curiosa por el frenesí del anciano, se acercó a la ventana y la abrió.
Sobre el alféizar, había una nota envuelta en papel celofán, para protegerla de la lluvia.
La enfermera la recogió y se la leyó a Don Augusto en voz alta.
“Señor de la Torre,” leyó la enfermera. “El Señor Oso está mojado y triste. Pero no se preocupe. Los amigos son como las raíces. Aunque no los veas, están ahí. Le dejo este dibujo. Yo… le pedí un buen provecho a mi mamá por usted. Vuelva pronto.”
Adjunto a la nota, había un dibujo. Era la mesa gigante, dibujada de nuevo, pero esta vez no estaba azul. Estaba llena de lápices de colores brillantes, y en cada una de las veinte sillas, había una pequeña figura sonriendo, y un unicornio brillante, riendo a carcajadas.
Ese fue el momento. El hombre, que se había pasado una vida entera construyendo muros contra el afecto, se sintió desarmado. Comprendió que el dinero solo te compra el silencio. Y que el silencio, al final, te mataría.
Don Augusto, por fin, encontró una forma de comunicarse. Con un esfuerzo sobrehumano, logró mover su dedo índice y señalar su garganta, luego un papel. La enfermera, asustada por su intensidad, le trajo una libreta.
Con una letra temblorosa e ilegible, pero con la voluntad de un hombre que se aferra a la última tabla de salvación, Don Augusto escribió una sola palabra, una orden que no podía ser malinterpretada:
“CLARA.”
Capítulo VIII: La Mesa se Llena
La palabra “CLARA” en la libreta fue un rayo. La enfermera llamó a Anselmo. Anselmo, temblando, llamó a Ricardo.
Ricardo vino, furioso. “¡No vamos a traer a la niña! ¡Ya se han ido!”
Don Augusto lo miró. Sus ojos, aunque postrados, tenían una intensidad que cortaba el aire. La furia y la voluntad eran tangibles.
Finalmente, Anselmo, que había sido testigo de la soledad de su patrón durante veinte años, habló.
“Señor Ricardo, el Señor de la Torre ha estado solo desde hace mucho tiempo. La niña… es lo único que le ha dado un motivo para seguir viviendo. Por favor, permítame buscar a la señorita Elena.”
Ricardo, enfrentado a los ojos de fuego de su padre y a la amenaza de un paro cardíaco, retrocedió. “Bien. Pero solo un mes. Y que no pida nada.”
Anselmo encontró a Elena y Clara viviendo en un pequeño apartamento temporal. Elena, al escuchar la súplica de Anselmo, lloró. Aceptó.
Clara regresó a la mansión. Don Augusto, postrado, se comunicaba con ella con movimientos de dedos y sus ojos. Ella le contaba historias sobre el unicornio y su osito mojado. Le leía el informe financiero, haciendo preguntas inocentes sobre las “acciones” y los “intereses”, trayendo calidez a los fríos números.
Don Augusto mejoró lentamente. La voluntad de vivir, encendida por el afecto, lo impulsó a la recuperación. Después de seis meses de terapia intensiva, estaba de nuevo en pie, aunque el bastón de ébano era ahora una necesidad, no un accesorio.
La noche que regresó al comedor, todo había cambiado.
El bastón golpeó el mármol, pero esta vez, Don Augusto no fue a la cabecera. Se detuvo en el centro de la mesa, la cual ahora se veía diferente.
Siguiendo las instrucciones de Don Augusto, Anselmo había dispuesto la mesa, no para veinte, sino para cuatro. La mesa de caoba maciza había sido acortada, profesionalmente cortada para crear un ambiente íntimo, y la sección más grande se había enviado para ser donada a una escuela.
En lugar del silencio de la catedral, había una conversación. Elena, que ahora era su asistente personal de confianza, y Clara, vestida con su mejor ropa, esperaban.
Don Augusto tomó su asiento. No en la cabecera, sino en el centro de la mesa redonda.
Anselmo sirvió la cena. Don Augusto miró a Elena y luego a Clara, con una sonrisa pequeña y arrugada.
“Hemos pedido demasiado por mucho tiempo,” dijo Don Augusto, su voz aún un poco débil, pero firme. “Y no hemos pedido lo único que vale la pena.”
Clara se rió, el sonido de la risa de un niño en el comedor era un milagro.
Don Augusto levantó su copa.
“Por la Base de la Verdad. Por el afecto sin intereses. Por… que nunca más cenemos solos.”
Se hizo una pausa, y por primera vez en su larga vida, Don Augusto de la Torre, el hombre más rico y solitario de la ciudad, hizo el único pedido que importaba.
Miró directamente a Clara, con sus ojos grises llenos de una calidez recién descubierta.
“Clara, mi niña. ¿Me harías el honor… de ofrecerme un buen provecho?”
Clara, con una sonrisa que iluminó toda la sala, respondió: “¡Buen provecho, Señor de la Torre! Y que el unicornio le traiga mucha alegría.”
El sonido de los tres brindando no fue un eco doloroso en una catedral vacía, sino el sonido de la vida volviendo a una mansión que había estado muerta por demasiado tiempo. El afecto no era una mentira inventada por los pobres; era la única riqueza que valía la pena compartir.
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