“Abriré mis piernas por un techo y comida” – La apache se lo ofreció al ranchero viudo en Navidad.
La Navidad de la Giganta Apache
La noche de Navidad de 1885 fue una de esas que los viejos cowboys recordaban con un escalofrío en las cantinas de Santa Fe.
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El cielo se oscureció antes de tiempo, como si el mundo hubiera decidido apagar la luz. La nieve caía sin tregua, espesa y silenciosa, como si Dios mismo estuviera vaciando sacos de algodón sobre las montañas de Nuevo México. El viento ululaba con furia, colándose entre los huesos, congelando la sangre en las venas. Los árboles se doblaban bajo el peso de la escarcha y los animales se escondían en sus madrigueras, esperando que la tormenta pasara.
En medio de aquel infierno blanco avanzaba Débora.
Caminaba a pie, sola, luchando contra la ventisca. Su figura era imponente incluso bajo la nieve. Medía casi dos metros, con hombros anchos y músculos forjados por una vida de supervivencia en las tierras apache. Su piel, normalmente bronceada por el sol del desierto, estaba amoratada por el frío. Su largo cabello negro, empapado y endurecido por el hielo, se pegaba a su rostro como serpientes heladas.
Vestía un traje tradicional de cuero adornado con cuentas de colores y flecos que chasqueaban con cada paso, pero el frío había penetrado hasta sus huesos.
Llevaba meses huyendo.
Desde la noche en que Franklin Boyd destruyó su aldea.
Boyd era un demonio con forma de hombre. Alto, brutal, con una cicatriz que le cruzaba el rostro desde el ojo izquierdo hasta la barbilla. En todo el territorio era conocido como asesino a sueldo. Los terratenientes lo contrataban para “limpiar” tierras indígenas, y él lo hacía con placer sádico.
Había incendiado la aldea de Débora en una noche de luna llena. Mató a su esposo, Tasa, un valiente guerrero apache, y a todo aquel que se interpuso en su camino. Débora luchó como una leona, mató a dos de sus hombres y logró escapar.
Mientras huía, Boyd gritó tras ella:
—Eres mía, giganta. Te encontraré.
Débora había cruzado cañones, evitado patrullas, sobrevivido al hambre y al miedo. Pero aquella Navidad, el frío estaba ganando. Sus pies, envueltos en pieles rotas, dejaban huellas manchadas de sangre sobre la nieve.
Entonces vio una luz.
Parpadeaba a lo lejos, débil, como una estrella caída del cielo.
Con el último aliento, llegó hasta una cabaña de troncos, parte de un rancho aislado. Golpeó la puerta con fuerza… y estuvo a punto de caer.
La puerta se abrió.
Louis Prox, un ranchero de treinta y cinco años, la observó con sorpresa. Era un hombre robusto, con un sombrero Stetson cubierto de nieve, barba espesa y ojos grises marcados por el cansancio. Un revólver Colt colgaba de su cadera.
Detrás de él apareció una niña de unos siete años, Annie, con trenzas rubias y ojos curiosos.
—¿Quién eres? —preguntó Louis, alzando una linterna de queroseno.
Débora se tambaleó.
—Refugio… por favor… —dijo en español, con una voz ronca pero poderosa—. Muero de frío.
Louis dudó apenas un segundo. Luego la compasión venció.
—Entra antes de que se te congele el alma.
La ayudó a pasar y cerró la puerta contra el viento. La cabaña era humilde pero cálida: una gran chimenea encendida, una mesa con restos de cena navideña —pavo asado y pan de maíz— y camas improvisadas en las esquinas.
Annie miraba a Débora sin miedo, fascinada.
Louis la sentó junto al fuego, le quitó el manto empapado, la cubrió con una manta gruesa y le preparó té caliente con hierbas. Débora tiritaba sin control.
Cuando recuperó fuerzas, devoró la sopa de venado y el pan que le ofrecieron.
Entonces, con una expresión resignada, se levantó y comenzó a desabrochar su top de cuero.
—Toma mi cuerpo —dijo—. Es lo que los hombres quieren a cambio de ayuda.
Louis se puso rojo como el fuego de la chimenea y levantó las manos.
—¡No! —exclamó—. Mantén tu dignidad intacta. No te pido nada.
Respiró hondo.

—Soy viudo. Mi esposa murió hace tres años, dejando a Annie siendo un bebé. Sé lo que es el dolor. Duerme aquí esta noche. Dios no cobra por la misericordia.
Débora lo miró atónita. En su experiencia, los blancos siempre tomaban algo a cambio. Aun así, aceptó… pero durmió con un cuchillo en la mano.
A la mañana siguiente, la tormenta había dejado más de un metro de nieve.
Débora se sentía viva otra vez.
Louis curó las ampollas de sus pies con bálsamo de hierbas y le dio ropa de su difunta esposa, ajustada como pudo a su tamaño imponente.
—Puedes quedarte hasta que mejore el clima —le dijo—. El rancho necesita manos fuertes.
—Trabajaré —respondió ella con orgullo apache—. No acepto caridad.
Desde ese día, Débora se convirtió en parte del rancho.
Cortaba leña partiendo troncos gruesos con golpes precisos. Cuidaba los caballos, cazaba con su arco y llenaba la despensa. Louis la observaba con admiración silenciosa.
Annie no se separaba de ella.
—Enséñame —le pedía.
Débora le enseñó a tallar flechas, a leer huellas en la nieve, a tejer cestas.
—Las niñas de mi tribu aprenden a ser fuertes —le decía—. Tú también lo eres.
Por las noches, junto al fuego, compartieron sus historias. Débora habló de su aldea y de Tasa. Louis habló de su esposa Mary y de la soledad que lo consumía.
—Tú trajiste vida a esta casa —le confesó.
El invierno avanzó… y el amor nació.
Bailaron una noche: ella una danza apache, él con una vieja guitarra. Annie aplaudía feliz. El baile terminó en un beso, tímido al principio, inevitable después.
Débora tenía miedo. Amar significaba perder. Pero Louis fue paciente, respetuoso.
Hasta que el pasado regresó.
Franklin Boyd encontró su rastro.
El ataque llegó al amanecer. Disparos, gritos, fuego. Débora luchó como una tormenta. Annie, valiente, lanzó una lámpara incendiando a un atacante. Louis disparó sin dudar.
Boyd huyó derrotado, sangrando y humillado.
La primavera llegó con flores.
Débora y Louis se casaron bajo un roble. Meses después, ella supo que estaba embarazada.
La siguiente Navidad, la nieve caía suave. Decoraron un árbol. Annie reía. Louis tocaba la armónica. Débora cantaba himnos apache.
Por primera vez, la Navidad no fue una noche de terror…
sino de hogar.