Él Rechazó a TODAS las Mujeres…Hasta que una Viuda Apache Preguntó:“¿Quieres Esposa…o Solo Refugio?”

Él Rechazó a TODAS las Mujeres…Hasta que una Viuda Apache Preguntó:“¿Quieres Esposa…o Solo Refugio?”

El Vaquero y la Viuda Apache: Leyenda en las Llanuras

En las vastas llanuras del norte de México, donde el sol quema la tierra como hierro al rojo y los coyotes aúllan bajo la luna sangrienta, cabalgaba Ethen Co, vaquero de hombros anchos y ojos serenos, famoso en los pueblos fronterizos. Su voz apaciguaba a los caballos más salvajes, pero su corazón, blindado por la guerra, rechazaba el amor. “El amor es solo cargamento de dolor”, murmuraba mientras Thunderro, su caballo, pisoteaba el polvo rojo.

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Una tarde de viento cortante, Isen divisó humo negro ascendiendo desde un cañón remoto. Al llegar, halló un campamento apache arrasado, cuerpos esparcidos, tipis reducidos a cenizas. En el centro, de pie entre las ruinas, estaba ella: Yana, viuda apache de ojos negros como la medianoche, cabello trenzado con cuentas de turquesa y un vestido de gamuza ondeando como bandera de luto. En sus brazos, una niña rubia; a sus pies, un niño de mirada fiera.

—¡Vete, hombre blanco! —tronó Yana, apuntando su rifle con manos temblorosas.

Isen desmontó, ignorando el arma. —No soy tu enemigo —dijo con esa calma que domaba bestias.

Sin pedir permiso, cargó a los niños en su caballo, ayudó a Yana a subir y los llevó a su rancho aislado en El Perdido, pueblo fantasma. Una cabaña de adobe, corral y campos de maíz luchando contra la sequía. —Quédense hasta que pase el peligro —gruñó, sin mirarla a los ojos.

Yana aceptó, pero en su mirada ardía el desafío. Los días se hicieron semanas. Yana cocinaba frijoles con chile que quemaban la lengua, curaba caballos con hierbas apache y tejía mantas hipnóticas. Luna, la niña, reía persiguiendo gallinas; Toro, el niño, aprendía a lanzar el lazo. El rancho, antes sepulcro de silencio, se llenó de vida: voces infantiles, aroma de tortillas, canto apache bajo las estrellas.

Pero el pueblo no perdonaba. En la cantina, los chismes corrían como fuego. —Ese gringo loco alberga a una india salvaje y bastardos mestizos —escupía el herrero. Las mujeres que Isen había rechazado lo miraban con veneno. —Te crees superior, pero te revuelcas con una apache hipócrita.

Una noche, un grupo de borrachos lo rodeó en la plaza. —¡Devuélvenos la decencia, Yankee! —gritó Ramón, bandido reformado. Isen no respondió; desenvainó su cuchillo y la pelea fue brutal. Puños, botas, sangre. Dejó a tres en el suelo. —El rancho es mío. Yana y los niños se quedan —rugió. El sheriff solo sacudió la cabeza. —No metas al pueblo en esto, Co. Los apaches traen maldiciones.

Yana lo curó esa noche, untando aloe en sus heridas. —Eres tonto, vaquero. Peleas por extraños.

Isen la miró por primera vez de verdad. —No son extraños ya —susurró. Pero el muro en su corazón seguía en pie.

Llegó la tormenta. Viento como almas en pena, lluvia azotando el rancho. Yana, empapada, lo enfrentó junto al fuego. —Dime la verdad, Ethen Co. ¿Quieres esposa o solo refugio?

Isen dejó caer el cuchillo. —No recuerdo qué es querer. La guerra me quitó eso. Mi esposa, mis hijos, muertos en un raid comanche. El amor es trampa que mata.

Yana se acercó, su vestido fringeado goteando. —Yo también lo perdí todo. Pero el refugio no calienta el alma. ¿Me ves como mujer o carga?

Antes de responder, golpes en la puerta. Cinco jinetes bajo la lluvia: los bandidos que destruyeron el campamento, liderados por El Cuervo, mestizo de ojo de vidrio. —Devuélvenos a la india. Su marido nos debía oro apache.

El caos estalló. Balas perforaron la puerta. Isen disparó desde la ventana, Yana protegía a los niños con un viejo rifle Henry. Toro lanzó una piedra, Luna gritó. Isen salió al patio, enfrentó al Cuervo mano a mano. El cuchillo del bandido rasgó su hombro. —Muere, gringo.

Pero Isen era un torbellino. Clavó su bogi en el pecho del líder. Los demás huyeron en la noche. Yana corrió, vendó su herida con tiras de su vestido. —Idiota, casi mueres por nosotros.

Bajo el diluvio, Isen tomó su mano. —Quiero ambas cosas. Esposa y refugio. Si eres tú, solo tú.

Yana lo besó, un beso salado de lágrimas y lluvia, feroz como el desierto.

El pueblo cambió. El sheriff vino en persona. —Salvaste vidas, Co. Los bandidos eran buscados. Las mujeres murmuraban con envidia. Yana caminaba con la cabeza alta, Toro aprendió a leer, Luna cantaba canciones apache que hacían llorar a los vaqueros.

Una mañana de invierno, Isen talló un anillo de zafiro azul en secreto. Al atardecer, se arrodilló ante Yana. —Viuda de las llanuras, madre de tormentas, me salvaste del vacío. Este anillo no es oro de ricos, pero es mío, como mi corazón.

—Me hiciste recordar que vivir no es solo sobrevivir —respondió Yana, deslizándolo en su dedo. —Ahora empecemos a vivir de verdad.

Se casaron al estilo apache bajo un arco de mezquite, el chamán bendiciendo la unión. El pueblo entero celebró. Pero la vida no es cuento sin sombras. Rumores de venganza llegaron con el viento.

Isen fortificó el rancho, trampas y perros guardianes. Yana enseñó a Luna a disparar. Una noche de luna llena, diez hombres armados atacaron. La batalla fue épica: balas, fuego, machetes. Yana abatió a dos desde la ventana, Toro lanzó una tea encendida, Luna protegida en el sótano. El líder, Vargas, gigante vengador, cargó contra Isen. Yana intervino, hundiendo su cuchillo ceremonial en la espalda del enemigo. Los sobrevivientes huyeron, maldiciendo.

Heridos pero victoriosos, se abrazaron en el patio ensangrentado. —Juntos somos invencibles —susurró Isen.

—El amor no es dolor, vaquero, es arma —respondió Yana.

Los años pasaron como arena en el viento. El rancho prosperó, Toro fue jinete legendario, Luna enamoró a pretendientes que Isen ahuyentaba con miradas feroces. Yana e Isen envejecieron juntos, arrugas como mapas de batalla, pero ojos brillantes.

Una tarde, sentados en el porche viendo el sol hundirse en el horizonte infinito, Isen tomó su mano.

—Rechacé a todas hasta ti, Yana Río. No pedí tu corazón, lo robé.

Los hijos cabalgaban en la distancia, sus risas eco en la pradera. En las llanuras de México, donde el viento lleva secretos antiguos, Ethen Co encontró lo que juró evitar: no una esposa por conveniencia, sino una compañera que curó sus cicatrices. El vaquero que domaba caballos ahora era domado por el amor.

Pero…
En una noche sin luna, un jinete solitario aparece en el horizonte. Lleva el ojo de vidrio del Cuervo. ¿Venganza final, o un secreto enterrado en las tumbas apache? Isen afila su cuchillo. Yana carga su rifle. La tormenta se avecina de nuevo.

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