La Venganza de Mariana: De Humillada a Dueña del Imperio

La Venganza de Mariana: De Humillada a Dueña del Imperio

“Mírala, Roberto, es una vergüenza.” Así empezó la noche en la que mi vida cambió para siempre. Doña Cecilia Montalvo, mi suegra, me señaló con desprecio frente a todos en la fiesta de aniversario de Industrias Montalvo. Vestía un sencillo vestido de lino blanco, sin joyas, porque así es como elijo vivir: simple y auténtica. Pero para los Montalvo, la apariencia lo era todo. Me querían lejos de la mesa principal, lejos de sus inversores, lejos de su mundo.

Roberto, mi esposo, aquel que juró amarme en la salud y en la enfermedad, no me defendió. Me pidió que me fuera “a la parte de atrás” para no avergonzarlo. Sentí mi corazón romperse en mil pedazos. Pero lo que no sabían es que el helicóptero negro que rugía en el cielo no traía invitados: traía al nuevo dueño de todo su mundo. Ese helicóptero llevaba mi apellido en el fuselaje.

Antes de ese momento, soporté años de humillaciones. Conocí a Roberto en la universidad, ocultando mi verdadero apellido, Van Derervilt, porque mi padre me enseñó que el oro atrae falsas amistades. Me casé con Roberto en una ceremonia sencilla. Su familia no asistió. Al mudarme a su ciudad, la pesadilla comenzó: su madre me trataba como criada, su hermana me usaba de asistente personal, y Roberto se dejó envenenar por su arrogancia.

La fiesta de aniversario era su última oportunidad para salvar la empresa. Todos esperaban impresionar al misterioso Grupo V, sin saber que ese grupo era mi familia. Patricia, la hermana de Roberto, me humilló delante de todos, mientras Roberto miraba y me ignoraba. En ese instante, el amor se murió y nació la justicia.

Me acerqué a Roberto y le pedí ayuda. Me trató como un estorbo y me mandó al coche. Sentí una calma helada. Marqué a mi padre: “Ejecuta la compra. Que el piloto venga por mí.” Volví al jardín, parada en medio del césped, mirando al cielo. Doña Cecilia gritó que me fuera, Roberto me agarró del brazo, pero entonces el helicóptero aterrizó, levantando viento y arruinando sus peinados perfectos.

Los guardias bajaron y se dirigieron directamente a mí. “Señora Vanderville, su transporte está listo. Su padre espera la confirmación de la adquisición.” El silencio fue absoluto. Me solté el cabello, cambié mi postura y mostré quién era realmente. Caminé hacia la mesa de documentos y lancé la carpeta con los sellos oficiales y las transferencias bancarias: acababa de comprar toda la deuda de Industrias Montalvo. Ahora todo era mío: la empresa, la mansión, los coches, hasta la silla en la que estaban sentados.

Roberto temblaba y suplicaba. “¿Por qué no me lo dijiste?” Porque quería saber si me amabas a mí o a mi dinero. Hoy me diste la respuesta cuando me mandaste a esconderme. Mis abogados te enviarán los papeles del divorcio mañana, y como nos casamos por bienes separados, te vas sin nada.

Cecilia fingió un desmayo, Patricia lloró de rabia, y yo, con voz firme, les di una hora para sacar sus cosas personales. Les alquilé un apartamento modesto por un mes. Después, que busquen trabajo. Patricia tiene experiencia criticando ropa; quizás pueda doblarla en una tienda.

Caminé hacia el helicóptero, inquebrantable. Antes de subir, les grité: “Ese vestido barato del que

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