15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

 

El 23 de junio de 2003, en un tranquilo barrio de Albacete, una niña de 11 años llamada Nerea Campos salió de su casa para comprar pan en la panadería de la esquina. Nunca regresó. Durante 15 años, su familia vivió con la agonía de no saber qué había pasado con ella.

La policía siguió cada pista, interrogó a vecinos, rastreó bosques cercanos, pero Nerea parecía haberse desvanecido en el aire. Hasta que en 2018 una llamada anónima a la Guardia Civil reveló algo que nadie, absolutamente nadie, había imaginado. Lo que descubrieron los investigadores no solo conmocionó a toda España, sino que cuestionó todo lo que creíamos saber sobre los lazos familiares y los secretos que pueden ocultarse durante años bajo el mismo techo.

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¿Cómo es posible que una niña desaparecida estuviera tan cerca todo este tiempo? Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Albacete situada en la región de Castilla la Mancha. es una ciudad de tamaño medio que en 2003 contaba con aproximadamente 150,000 habitantes. Conocida por su producción de cuchillería y por ser un importante nudo de comunicaciones ferroviarias, la ciudad había experimentado un crecimiento moderado durante las décadas anteriores.

El barrio donde vivía la familia Campos era una zona residencial construida en los años 80 con edificios de ladrillo visto de cuatro o cinco plantas, pequeños comercios de proximidad y calles relativamente tranquilas donde los niños aún jugaban en las aceras. La familia Campos vivía en un piso de tres habitaciones en la tercera planta de uno de estos edificios.

Rosario Campos, la madre de Nerea, tenía 36 años en 2003 y trabajaba como auxiliar administrativo en una gestoría del centro de la ciudad. Era una mujer menuda de cabello castaño oscuro, siempre recogido en una coleta práctica, con profundas ojeras que revelaban años de cansancio acumulado. Había criado sola a Nerea desde que su marido, Antonio Ruiz, los abandonara cuando la niña tenía apenas 2 años.

Antonio se había marchado con otra mujer a Barcelona y desde entonces solo había llamado esporádicamente enviando cantidades irregulares de dinero que nunca alcanzaban para cubrir las necesidades básicas. Nerea era una niña delgada y alta para su edad, con el mismo cabello castaño de su madre, pero rizado, heredado de su padre. Tenía 11 años, recién cumplidos ese junio de 2003 y acababa de terminar sexto de primaria en el colegio público de la zona.

Era una estudiante aplicada, pero reservada, con pocos amigos en clase. Su profesora, Mercedes Sánchez la describía como una niña madura para su edad, responsable, pero con cierta tristeza en la mirada que no correspondía a alguien tan joven. Nerea, ayudaba mucho en casa. Ponía la lavadora, preparaba la cena algunas noches cuando su madre llegaba tarde del trabajo y cuidaba de su abuelo paterno, Sebastián Ruiz, que vivía con ellas desde hacía 3 años.

Sebastián tenía 68 años en 2003. Era un hombre corpulento, de espaldas aún anchas a pesar de su edad, con manos grandes y callosas de toda una vida trabajando en la construcción. Su rostro curtido por el sol mostraba profundos surcos alrededor de los ojos y la boca. Había enviudado en el año 2000, cuando su esposa Amparo, falleció de cáncer de páncreas tras una breve, pero devastadora enfermedad.

Después de la muerte de Amparo, Sebastián había caído en una depresión profunda, dejando de comer, de asearse, de responder al teléfono. Antonio, su hijo, vivía en Barcelona y apenas mantenía contacto. Así que fue Rosario quien, a pesar de que técnicamente era su exuegro, decidió acogerlo en su casa. No podía dejarlo solo, explicaría más tarde a los vecinos.

era el abuelo de Nerea y ella lo quería mucho. La convivencia en el piso era tensa, pero funcional. Sebastián dormía en lo que había sido el cuarto de costura. Una habitación pequeña sin ventanas quedaba al pasillo. Pasaba la mayor parte del día sentado en el sofá del salón, viendo la televisión o mirando por la ventana que daba a la calle.

A veces farfullaba comentarios sobre los jóvenes de ahora o lo mal que estaba el país, pero generalmente era un hombre silencioso que comía lo que le ponían delante y apenas salía de casa. Rosario trabajaba de lunes a viernes de 9 de la mañana a 2 de la tarde y luego de 4 a 7 de la tarde el horario partido típico de muchas oficinas españolas de la época.

Durante esas horas, Nerea se quedaba con su abuelo. El verano de 2003 había llegado con el calor aplastante característico de Castilla la Mancha, donde las temperaturas podían superar fácilmente los 38 ºC a mediodía. En el piso de los campos no había aire acondicionado, solo un ventilador de pie que Rosario movía de habitación en habitación según la necesidad.

Nerea había terminado el colegio el 20 de junio y su madre estaba intentando organizarle un campamento de verano barato para que no pasara julio entero encerrada en casa con el calor y con su abuelo. Pero el dinero era escaso ese mes y parecía que Nerea tendría que quedarse en Albacete. Los vecinos del edificio conocían a la familia Campos de Vista con ese nivel de familiaridad superficial típico de los bloques de pisos españoles.

Carmen Ortiz, que vivía en el segundo piso, describía a Rosario como una mujer trabajadora, siempre con prisas, pero educada. De Nerea decía que era una niña muy formal, siempre con la espalda recta. Nunca la veías corriendo o gritando como otros críos del barrio. Sobre Sebastián, las opiniones eran más variadas.

Algunos lo veían como un pobre viejo abandonado por su familia, mientras que otros, como Javier Lozano del cuarto piso, comentaban que había algo en su mirada que no me acababa de gustar, aunque no sabría decir exactamente qué. El barrio en sí era un microcosmos típico de la España de principios de los 2000. La panadería donde compraban el pan cada día era regentada por una familia ecuatoriana.

que había llegado a Albacete en la ola migratoria de finales de los 90. El estanco lo llevaba Paco, un hombre de unos 60 años que conocía a todo el mundo y comentaba las noticias del día con quien quisiera escucharlo. Había un pequeño supermercado día, un locutorio desde donde los inmigrantes latinoamericanos llamaban a sus familias y un bar donde los hombres mayores jugaban al dominó por las tardes.

calles olían a una mezcla de comida frita, tabaco y el aroma dulzón del jazmín que trepaba por algunas fachadas. Nerea tenía una rutina bastante establecida. Por las mañanas veía la televisión o leía. Le gustaban especialmente los libros de aventuras de la biblioteca municipal que visitaba una vez a la semana.

A mediodía, cuando el calor apretaba más, preparaba un almuerzo sencillo para ella y su abuelo. Tortilla de patatas, ensalada, macarrones con tomate, platos básicos que había aprendido a cocinar viendo a su madre. Por las tardes a veces bajaba al parque cercano para sentarse en los columpios, aunque casi nunca se columpiaba, simplemente se sentaba allí con un libro, balanceando ligeramente las piernas.

Su madre llegaba sobre las 7:30 de la tarde cansada y juntas preparaban la cena mientras Sebastián seguía en el sofá. Lo que nadie sabía, lo que absolutamente nadie en ese edificio o en ese barrio podía imaginar, era que bajo esa apariencia de normalidad rutinaria, en el piso de los campos se estaba gestando algo oscuro, algo que había comenzado de forma tan sutil e insidiosa que incluso años después los expertos en psicología forense tendrían dificultades para identificar exactamente cuándo y cómo había en pez. Ado, el lunes 23 de junio de 2003

amaneció con un cielo completamente despejado. La temperatura a las 8 de la mañana ya marcaba 26 gr y los meteorólogos anunciaban que se superarían los 39 ºC por la tarde. Era el segundo día de las vacaciones escolares de verano y Nerea se había levantado temprano, como era su costumbre, incluso sin tener que ir al colegio.

Rosario salió de casa a las 8:20, como cada día laboral. Antes de irse, dejó 20 € sobre la mesa de la cocina. “Nerea, cariño”, le dijo mientras se ponía los zapatos de tacón bajo que usaba para la oficina. “Hoy hace mucho calor. Compra algo para comer que no haya que cocinar mucho, ¿vale? Unos fiambres, tomate, lo que quieras y cómprate algo para ti, un helado o lo que te apetezca.

” Nerea asintió desde el sofá, donde estaba viendo los dibujos animados de la mañana en Tele5. Sebastián aún no se había levantado de su habitación. Sobre las 11 de la mañana, Sebastián salió de su cuarto. Llevaba una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus brazos musculosos a pesar de la edad, y un pantalón de chándal gris. Se sirvió un café de la cafetera que Nerea había preparado, añadiendo cuatro cucharadas de azúcar.

Como siempre, se sentó en su lugar habitual del sofá, el lado derecho junto a la ventana, y encendió el televisor. En la primera de TBE daban un programa de reportaje sobre la naturaleza. Nerea, dijo Sebastián sin apartar la vista del televisor. Tu madre te ha dejado dinero. Sí, abuelo respondió ella desde su habitación, donde estaba ordenando sus libros del colegio en una estantería.

Pues baja por el pan que se nos ha acabado y trae también el periódico. Nerea apareció en el salón. Llevaba una camiseta rosa claro con un estampado de Minnie Mouse, unos pantalones cortos vaqueros y unas zapatillas deportivas blancas de imitación. Su pelo rizado estaba recogido en una coleta alta.

Cogió los 20 € de la mesa de la cocina y los metió en el bolsillo de su pantalón. ¿Cuántas barras?, preguntó. Dos, respondió Sebastián. Y el ABC. Eran las 11:45 de la mañana cuando Nerea salió del piso. Carmen Ortiz, la vecina del segundo, la vio bajar las escaleras. Buenos días, Nerea. Le saludó. Buenos días, respondió la niña con su voz suave.

Carmen recordaría más tarde ese saludo como algo completamente normal, sin ningún indicio de nerviosismo o preocupación en el rostro de la niña. La panadería estaba a poco más de 100 m del portal, girando a la derecha en la esquina y caminando hasta la siguiente manzana. Era el recorrido que Nerea había hecho cientos de veces, prácticamente todos los días durante los últimos años.

El trayecto normalmente le llevaba menos de 5 minutos en total, contando con hacer la cola y volver. A las 12:10, Marcela Torres, la mujer ecuatoriana que atendía la panadería, vio entrar a Nerea. Recordaría el momento con claridad porque acababa de mirar el reloj, esperando poder cerrar a las 2 para comer. “Hola, Nerea”, saludó Marcela con su acento característico.

“Hola, respondió la niña. Dos barras de pan, por favor.” Marcela cogió dos barras de la cesta, las metió en una bolsa de papel. Algo más. Mi niña, el periódico A B C. Marcela le dio el periódico. Son 2,50. Nerea sacó un billete de 5 € del bolsillo. Marcela le devolvió 2,50timos en monedas. Que tengas buen día, dijo Marcela.

Nerea asintió y salió de la panadería. Eso fue lo último que alguien, aparte de su abuelo, vio de Nerea Campos durante 15 años. A las 2:15 de la tarde, Rosario Campos regresó a casa para comer, como hacía todos los días en su pausa del mediodía. Subió las escaleras hasta el tercer piso, abrió la puerta con sus llaves y entró.

“Hola”, llamó mientras dejaba el bolso en la entrada. No hubo respuesta. Sebastián estaba sentado en el sofá viendo las noticias de las dos en TVE. Un plato con restos de tortilla y ensalada descansaba sobre la mesita de café delante de él. ¿Dónde está, Nerea?, preguntó Rosario, extrañada de no ver a su hija.

Sebastián tardó un momento en responder, como si estuviera muy concentrado en la televisión. Ha salido, dijo finalmente. Salido. ¿A dónde? Rosario sintió una primera puntada de inquietud. Nerea nunca salía sin avisar. No lo sé. me dijo que iba a casa de una amiga. Sebastián seguía sin mirar a Rosario, sus ojos fijos en la pantalla. De una amiga.

¿Qué amiga? Rosario entró en el salón, su voz subiendo ligeramente de tono. Nerea no tenía muchas amigas y nunca había mencionado que fuera a ir a casa de ninguna. No me dijo el nombre. Una del colegio, respondió Sebastián con un tono de indiferencia que a Rosario le pareció extraño, pero en ese momento estaba demasiado preocupada para analizarlo.

Rosario fue directamente a la habitación de Nerea. La cama estaba hecha, los libros ordenados en la estantería, todo en su lugar habitual. Abrió el armario. La ropa de su hija seguía allí colgada y doblada. Nada parecía faltar. Volvió al salón. ¿A qué hora se fue?, preguntó intentando mantener la calma. No lo sé, Rosario. No estoy pendiente del reloj después de comer, supongo.

Sebastián finalmente la miró con expresión molesta por el interrogatorio. “¿Le diste permiso para ir?” La voz de Rosario temblaba. Ahora no me pidió permiso, simplemente dijo que se iba y se fue. Ya tiene 11 años, no es una bebé. Rosario sintió como el pánico comenzaba a crecer en su pecho. Fue al teléfono fijo del pasillo y empezó a marcar números.

Llamó a las madres de las dos únicas niñas con las que Nerea había jugado alguna vez en el parque. Ninguna de ellas había visto a su hija. Llamó a su hermana, que vivía en el barrio de al lado, pero tampoco sabía nada. Con cada llamada sin respuesta positiva, el miedo se intensificaba. A las 3 de la tarde, cuando Rosario tendría que haber vuelto al trabajo, llamó a su jefa para decirle que no podría regresar, que su hija había desaparecido.

A las 3:30, después de bajar a preguntar a todos los vecinos del edificio y recorrer el parque y las calles cercanas gritando el nombre de Nerea, Rosario Campos llamó a la Guardia Civil. La primera patrulla llegó a las 4:15. Dos guardias civiles, un hombre de unos 40 años y una mujer más joven, subieron al piso y tomaron la declaración inicial. Sebastián repitió su versión.

Nerea había dicho que iba a casa de una amiga después de comer sobre las 2 men4 y se había marchado. No, no había dicho qué amiga ni dónde vivía. No, no le había parecido raro porque Rosario le había dado dinero por la mañana y pensó que tenía permiso para salir. Sí, la niña había comprado el pan por la mañana y había vuelto sin problema.

Habían comido juntos tortilla y ensalada y después ella se había ido. Los guardias civiles preguntaron si Nerea tenía algún motivo para fugarse. Rosario, entre lágrimas, explicó que no, que era una niña obediente, buena estudiante, sin problemas aparentes, problemas familiares. El divorcio había sido años atrás.

El padre apenas tenía contacto. Novios, no. Nerea solo tenía 11 años. Era una niña, amigos con los que pudiera estar. Ya había llamado a todas las personas que se le ocurrían. Tomaron nota de la descripción de Nerea. 11 años, aproximadamente 1,50 de altura, delgada, pelo castaño rizado hasta los hombros, ojos marrones, llevaba una camiseta rosa con dibujo de Minnie Mouse, pantalones cortos vaqueros, zapatillas deportivas blancas.

Una descripción que durante los siguientes días aparecería en todos los periódicos de Castilla la Mancha y se emitiría en los telediarios nacionales. La Guardia Civil activó el protocolo para menores desaparecidos. Se organizaron batidas de búsqueda en los parques cercanos, en los descampados de las afueras de Albacete, en el pequeño río Júcar, que pasaba por las afueras de la ciudad.

Se interrogó a vecinos, comerciantes, a cualquier persona que pudiera haber visto algo. Marcela Torres, de la panadería, confirmó que Nerea había comprado pan sobre las 12:10, que parecía normal, que se había marchado con el pan y el periódico en dirección a su casa, pero nadie más la había visto después de salir de la panadería.

ningún vecino, ningún comerciante, ningún transe, como si Nerea hubiera caminado esos 100 m de vuelta y se hubiera desvanecido en el aire antes de llegar al portal de su edificio, excepto que el pan y el periódico estaban en la cocina del piso cuando Rosario llegó, Sebastián había comido su tortilla sobre la barra del ABC y las dos barras de pan estaban en la panera.

Así que Nerea sí había llegado a casa, había entrado al piso, había dejado la compra, había comido con su abuelo y después, según Sebastián, había salido hacia una casa desconocida de una amiga sin nombre. Durante los primeros días, la investigación se centró en las hipótesis más comunes: secuestro por un desconocido, fuga voluntaria, accidente.

Se revisaron las cámaras de seguridad de los comercios cercanos, pero en 2003 muy pocos establecimientos en esa zona de Albacete tenían cámaras y las pocas que existían no cubrían la ruta entre la panadería y el edificio de los campos. Se entrevistó exhaustivamente a Antonio Ruiz, el padre de Nerea, que vivía en Barcelona. Su coartada era sólida.

Estaba trabajando ese día en una empresa de mudanzas con múltiples testigos que confirmaban su presencia. Además, hacía más de un año que no veía a su hija. Se interrogó repetidamente a Sebastián. Su historia nunca varió. Nerea había vuelto de comprar el pan. Habían comido juntos. Ella había dicho que iba a casa de una amiga del colegio y se había ido.

No, no recordaba exactamente qué palabras había usado. No, no le había preguntado más detalles porque no le pareció raro. No, no había oído nada extraño, ni gritos, ni forcejeos. Sí, estaba seguro de la hora aproximada porque después de que Nerea se fuera, él se había quedado viendo la televisión y recordaba que empezó la telenovela de las dos.

Los investigadores encontraron algo extraño en su declaración. Si Nerea se había ido después de comer, como Sebastián afirmaba, habría sido sobre las 2 men4 o las 2. Pero cuando Rosario llegó a las 2:15, Sebastián ya había terminado de comer, había lavado su plato y estaba viendo las noticias de las dos tranquilamente. para una niña de 11 años.

Comer, limpiar y que su abuelo también terminara todo eso en menos de 30 minutos parecía muy justo. Pero Sebastián insistía en que así había sido. También había algo en su actitud que varios de los guardias civiles encontraron perturbador, aunque no podían explicar exactamente qué. El cabo José Manuel Fuentes, uno de los primeros en interrogarle, diría años después, era demasiado tranquilo.

Su nieta acababa de desaparecer y él hablaba como si estuviera describiendo qué había comido ayer. Sin emoción, sin nerviosismo, sin rastro de preocupación. Me ponía los pelos de punta, pero eso no es evidencia de nada. Durante las primeras 72 horas, que son cruciales en casos de menores desaparecidos, se desplegó un operativo masivo.

Más de 100 efectivos de la Guardia Civil, voluntarios de Protección Civil y vecinos del barrio, peinaron cada rincón de Albacete y sus alrededores. Se utilizaron perros de rastreo que seguían el olor de Nerea desde su edificio, pero las pistas se perdían siempre en la misma zona, a unos 50 m del portal, donde los perros daban vueltas confundidos entre los múltiples olores de la calle.

Se dragó el río, se revisaron pozos abandonados, se inspeccionaron edificios en construcción. se interrogó a todos los vecinos del barrio, prestando especial atención a cualquier persona con antecedentes. Un hombre de 32 años que vivía tres calles más allá y tenía una condena previa por exhibicionismo, fue interrogado intensivamente durante dos días, pero su coartada resultó ser sólida.

Estaba en Madrid visitando a su madre con recibos de peaje y testigos que lo confirmaban. La hipótesis de fuga voluntaria también se investigó a fondo. ¿Tenía Nerea algún motivo para huir? Se entrevistó a sus profesores, compañeros de clase, a la bibliotecaria municipal que la conocía de sus visitas semanales. Todos describían a una niña introvertida, pero aparentemente sin problemas graves.

Mercedes Sánchez, su profesora de sexto, proporcionó un detalle interesante. Nerea había empezado a faltar a clase ocasionalmente durante el último trimestre. Nada alarmante, dos o tres días al mes, siempre con justificante médico firmado por su madre. Cuando volvía, parecía más callada de lo habitual, pero cuando le preguntaba si estaba bien, siempre decía que sí.

Rosario no recordaba haber firmado tantos justificantes. Revisaron su letra con los justificantes que el colegio había archivado. La caligrafía coincidía con la suya, pero cuando los expertos forenses los examinaron más detenidamente, encontraron pequeñas inconsistencias en la presión del bolígrafo y en el espaciado entre letras.

La conclusión era ambigua. Podría ser que Rosario hubiera firmado esos justificantes en momentos de prisa o cansancio. O podría ser que alguien hubiera falsificado su firma. Pero, ¿quién y por qué? Se revisó el expediente médico de Nerea. Las fechas de los justificantes escolares no coincidían con ninguna visita real al médico.

Así que Nerea había faltado a clase varios días durante los últimos meses sin estar realmente enferma. Y alguien había falsificado la firma de su madre. Había sido la propia Nerea. Había aprendido a imitar la firma de Rosario. Era posible. Pero, ¿por qué una niña obediente y buena estudiante haría algo así? ¿Qué hacía durante esos días que faltaba? Rosario, destrozada por la culpa y el miedo, intentaba recordar.

trabajaba tanto, llegaba tan cansada a casa, firmaba cosas a veces sin ni siquiera leerlas cuando Nerea se las ponía delante. Era posible que hubiera firmado esos justificantes y lo hubiera olvidado. Onerea realmente había falsificado su firma. Y si lo había hecho, ¿qué significaba eso? Estaba planeando huir. Había conocido a alguien por internet, pero ellos no tenían ordenador en casa.

Apenas Rosario sabía usar el que tenía en su trabajo. Los medios de comunicación se volcaron con el caso. La fotografía de Nerea, tomada en el colegio ese mismo curso escolar apareció en todos los periódicos. Una niña de rostro serio, con su pelo rizado, sus ojos oscuros mirando directamente a la cámara sin sonrisa.

La televisión emitió reportajes. Se crearon líneas telefónicas para información anónima. Llegaron cientos de llamadas, gente que creía haberla visto en Madrid, en Valencia, en Murcia. Cada pista se investigaba y cada una resultaba ser un callejón sin salida. Una niña que se parecía a Nerea resultaba ser otra persona. Una testimonio confundía fechas.

Una vidente aseguraba que Nerea estaba cerca del agua y se volvieron a dragar ríos y pozos sin resultado. Pasaron semanas, luego meses. La intensidad de la búsqueda disminuyó gradualmente, aunque el caso nunca se cerró oficialmente. Rosario no volvió a trabajar. Cayó en una depresión profunda que requirió hospitalización breve. y medicación permanente.

Sebastián seguía viviendo en el piso, cada vez más silencioso, cada vez más encerrado en sí mismo. Los vecinos los miraban con una mezcla de lástima y morbosa curiosidad. Al cumplirse un año del desaparecimiento en junio de 2004, se organizó una misa en recuerdo de Nerea en la parroquia del barrio.

Asistieron unas 50 personas, vecinos, algunos compañeros del colegio, profesores y varios guardias civiles que habían trabajado en el caso. Rosario, delgadísima y envejecida, a pesar de tener solo 37 años, soyaba en el primer banco. Sebastián estaba sentado a su lado con el rostro impasible, mirando el altar sin parpadear.

Los años siguientes fueron una lenta tortura para Rosario Campos. Nunca abandonó completamente la esperanza, pero cada día que pasaba la machacaba un poco más. Seguía viviendo en el mismo piso, incapaz de mudarse porque Yine Nerea vuelve y no nos encuentra. La habitación de su hija permanecía exactamente como la había dejado ese 23 de junio de 2003.

La cama hecha, los libros en la estantería, la ropa en el armario. Esperando. Rosario intentó volver al trabajo en 2005, pero no pudo mantenerlo. Se quedaba mirando al vacío durante horas. Olvidaba tareas básicas. Rompía a llorar sin previo aviso. La despidieron amistosamente con una pequeña indemnización que apenas duró unos meses.

Comenzó a depender completamente de la pensión de incapacidad que consiguió después de múltiples informes psiquiátricos. El dinero apenas alcanzaba y el piso comenzó a deteriorarse. Humedades en las paredes que nunca se arreglaron, grietas en el techo del baño, electrodomésticos que se rompían y no se reemplazaban.

Sebastián también cambió en esos años, aunque de manera diferente. Se volvió aún más introvertido, hablando cada vez menos. Pasaba días enteros sin decir una palabra, sentado en el sofá o encerrado en su habitación. A veces Rosario lo oía hablar solo en su cuarto, murmurando cosas que no podía entender.

Cuando le preguntaba si estaba bien, él simplemente asentía y se quedaba mirándola con esos ojos apagados que cada vez le resultaban más difíciles de sostener. Los vecinos con el tiempo dejaron de preguntar por Nerea. Al principio, los primeros años todavía se interesaban. Preguntaban si había novedades, pero gradualmente las preguntas cesaron.

La familia Campo se convirtió en esa familia trágica del tercero, algo de lo que hablar en voz baja, pero no directamente. Carmen Ortiz, la vecina del segundo, a veces subía con un taper de comida por si acaso, y lo dejaba en la puerta porque Rosario cada vez más raramente abría cuando llamaban. El caso de Nerea Campos apareció ocasionalmente en programas de televisión sobre personas desaparecidas.

En 2007, un especial de Antena 3 dedicó 15 minutos al caso, mostrando la fotografía escolar de Nerea y una recreación con actores de sus últimos momentos conocidos. Rosario participó con el rostro demacrado y los ojos hundidos, suplicando a quien tuviera información que la compartiera. El programa generó una nueva oleada de llamadas, pero ninguna llevó a nada concreto.

Sebastián se negó a aparecer en el programa diciendo que no quería ser un espectáculo para la televisión. En 2010, 7 años después de la desaparición, llegó una llamada que renovó brevemente la esperanza. Una mujer de Murcia llamó diciendo que había visto a una joven de unos 18 años trabajando en un restaurante que se parecía mucho a Nerea.

La Guardia Civil investigó desplazando a Rosario hasta Murcia para que identificara a la joven. Rosario se subió al tren con el corazón en un puño, permitiéndose imaginar el reencuentro, las lágrimas, las explicaciones, el perdón. Pero cuando llegó al restaurante y vio a la joven en cuestión, supo de inmediato que no era su hija. Se parecían vagamente.

Ambas tenían pelo rizado y ojos oscuros, pero no eran hereerea. Rosario volvió a Albacete completamente destruida, sin siquiera llorar ya, como si hubiera agotado todas sus lágrimas. Sebastián cumplió 75 años en 2010. Su salud comenzó a deteriorarse, problemas de próstata, hipertensión, dolores en las articulaciones, pero se negaba a ir al médico.

¿Para qué? Masculaba cuando Rosario insistía. Pasaba aún más tiempo en su habitación saliendo solo para comer e ir al baño. A veces Rosario lo oía toser violentamente por la noche, pero cuando iba a ver si estaba bien, él le gritaba que lo dejara en paz. Hubo momentos en los que Rosario consideró seriamente el suicidio.

Tenía pastillas suficientes guardadas de todos sus tratamientos psiquiátricos a lo largo de los años. Algunas noches las sacaba, las contaba, calculaba si serían suficientes, pero algo siempre la detenía en el último momento. Esa pequeña e irracional esperanza de que Nerea pudiera volver y la culpa insoportable de no estar allí si eso ocurría.

Así que guardaba las pastillas de nuevo y continuaba con su vida mecánica. levantarse, preparar café, sentarse en el sofá, ver televisión sin realmente verla, preparar algo de comida, acostarse día tras día, año tras año. En 2013, 10 años después del desaparecimiento, hubo una pequeña concentración en el parque del barrio para recordar a Nerea.

Existieron unas 20 personas, la mayoría activistas de asociaciones de personas desaparecidas que ni siquiera conocían personalmente a la familia. Rosario no pudo siquiera pronunciar las palabras que había preparado. Rompió a llorar en cuanto vio la pancarta con la fotografía de su hija.

Esa fotografía que se había vuelto tan icónica, tan impersonal con el paso de los años. Sebastián no asistió diciendo que estaba muy cansado. Los investigadores de la Guardia Civil nunca abandonaron completamente el caso. Cada cierto tiempo, cuando surgía una nueva tecnología o metodología, revisaban las evidencias.

En 2014 reexaminaron el piso de los campos con nuevos equipos de detección, buscando rastros de sangre o signos de violencia que pudieran haber pasado desapercibidos en 2003. No encontraron nada. La habitación de Nerea seguía intacta. Un santuario polvoriento a una niña que ahora si vivía tendría 22 años.

Algunos de los guardias civiles que habían trabajado en el caso original se habían jubilado. Otros seguían en activo y el caso Campos era para ellos ese que nunca pudieron resolver, el que los perseguía. José Manuel Fuentes, que había interrogado a Sebastián ese primer día, revisaba periódicamente el expediente buscando algo que se les hubiera escapado.

Había algo en ese abuelo, le decía a sus compañeros más jóvenes, algo que no encajaba, pero nunca pudimos probarlo. Y con los años empecé a dudar de mi propia intuición. A veces el cerebro busca patrones donde no los hay. La teoría más extendida entre los investigadores era que Nerea había sido secuestrada por alguien en esos 100 met entre la panadería y su portal.

Quizás alguien con un coche que la había visto sola la había abordado con alguna excusa y se la había llevado. El hecho de que el pan y el periódico estuvieran en casa era el único elemento que no encajaba con esta teoría. Pero se especulaba que quizás Nerea había ido primero a casa. Había dejado la compra rápidamente sin que Sebastián se diera cuenta.

Quizás estaba en el baño y luego había vuelto a salir. Pero esta teoría tenía sus puntos débiles. ¿Por qué Sebastián no había mencionado que la niña había entrado, dejado el pan y salido de nuevo? ¿Por qué insistir en que habían comido juntos? Y si realmente habían comido juntos, ¿cómo encajaba eso con la supuesta salida posterior a casa de una amiga? Otra teoría más oscura era que Sebastián sabía más de lo que decía, que quizás había visto algo desde la ventana o había oído algo, pero por alguna razón no quería hablar. Quizás, especulaban algunos, sentía culpa por no haber

protegido a su nieta, por haberla dejado salir sola. Pero esto tampoco explicaba por qué mentir sobre haber comido juntos o por qué inventar la historia de la amiga del colegio. En 2015, Rosario sufrió un pequeño infarto. Pasó una semana en el hospital y cuando volvió a casa estaba aún más débil, moviéndose con dificultad, medicada hasta las cejas.

Sebastián, ahora con 80 años y cada vez más deteriorado físicamente, apenas podía cuidarse a sí mismo, mucho menos a otra persona. Una asistente social intentó que Rosario aceptara ayuda domiciliaria, pero ella se negó. “No quiero extraños en casa, decía. No quiero que toquen las cosas de Nerea.” El piso se convirtió en un lugar cada vez más sombrío.

Las cortinas permanecían cerradas. Casi siempre el olor a humedad, a comida recalentada, a abandono, se pegaba a las paredes. Los vecinos, cuando pasaban por delante de la puerta del tercero, aceleraban el paso como si la tragedia fuera contagiosa. En 2016, 13 años después del desaparecimiento, Rosario fue diagnosticada con diabetes tipo 2.

Su estado de salud general era tan precario que los médicos le advirtieron que si no cambiaba sus hábitos, comía mal, no hacía ejercicio, apenas salía de casa. Su expectativa de vida se reducirían drásticamente, pero Rosario parecía no importarle. Quizás, en el fondo, no quería vivir mucho más. Solo seguía viva por esa absurda, persistente, torturadora esperanza de que su hija pudiera volver.

Sebastián, mientras tanto, se había vuelto cada vez más extraño. A veces hablaba de Nerea como si acabara de verla. “Nerea me ha preparado la comida hoy.” Le decía a Rosario que al principio se alarmaba, pensando que su suegro había perdido la razón. Luego se dio cuenta de que Sebastián simplemente estaba confundiendo el pasado con el presente, que su mente octogenaria mezclaba los recuerdos de cuando Nerea vivía allí con el presente vacío.

O al menos eso era lo que Rosario pensaba. En 2017, 14 años después, la Guardia Civil revisó el caso una vez más como parte de una iniciativa nacional para revisar todos los casos de menores desaparecidos con nuevas tecnologías de análisis de datos. Un equipo de tres investigadores jóvenes que no habían estado involucrados en la investigación original.

Leyeron todo el expediente, entrevistaron de nuevo a testigos y utilizaron software de reconocimiento facial para buscar a Nerea en bases de datos de toda Europa. No encontraron nada nuevo, pero uno de los investigadores, la agente Carolina Blasco, quedó intrigada por un detalle del caso.

En la declaración original de Sebastián, él había dicho que Nerea se fue después de comer a casa de una amiga. Pero los vecinos que fueron interrogados en 2003 no recordaban haber visto a Nerea salir del edificio por la tarde. En un edificio como ese, con vecinos que pasaban mucho tiempo en casa por el calor del verano, era estadísticamente raro que absolutamente nadie la hubiera visto salir.

Carmen Ortiz la había visto bajar por la mañana, pero nadie la vio subir después de comprar el pan y nadie la vio volver a bajar por la tarde. Carolina Blasco presentó esta observación a sus superiores, sugiriendo que quizás valía la pena reinterrogar a Sebastián ahora con 82 años. Pero sus superiores decidieron que después de tanto tiempo y con el estado de salud del anciano era poco probable que se obtuviera nueva información.

El caso volvió a archivarse como sin resolver y así llegó el año 2018. 15 años después de aquel 23 de junio en que Nerea Campos salió a comprar pan y nunca volvió. Rosario tenía ahora 49 años, pero aparentaba 20 más. Sebastián con 82 seguía vivo contra todo pronóstico, encerrado en su habitación la mayor parte del tiempo. Y en algún lugar del mundo, teóricamente, Nerea tendría 26 años, una mujer adulta que quizás había construido una vida nueva o quizás nunca tuvo la oportunidad de crecer.

¿Qué había pasado realmente con Nerea Campos? En 15 años nadie había encontrado una respuesta, pero eso estaba a punto de cambiar de la forma más perturbadora imaginable. El 14 de marzo de 2018, un miércoles por la tarde, Sebastián Ruiz sufrió un infarto fulminante. Estaba en su habitación solo cuando ocurrió.

Rosario lo encontró tres horas después, cuando fue a llamarlo para cenar y no obtuvo respuesta. abrió la puerta de su habitación, que habitualmente estaba cerrada con llave desde dentro, y lo encontró tirado en el suelo junto a su cama, con el rostro púrpura y los ojos abiertos, sin vida. Rosario llamó al 112, pero los paramédicos que llegaron 20 minutos después confirmaron que Sebastián llevaba muerto probablemente desde el mediodía.

Tenía 82 años, una larga historia de problemas cardíacos sin tratar y había muerto de forma rápida, probablemente sin mucho sufrimiento. El médico forense que acudió para certificar la muerte determinó que no había nada sospechoso. Era simplemente un anciano con múltiples factores de riesgo que había sufrido un infarto masivo. Rosario sintió nada, o quizás demasiadas cosas mezcladas para identificar una emoción concreta.

Ese hombre había sido el suegro de su exmarido, el abuelo de su hija desaparecida, su compañero de piso durante 18 años, el último testigo de los últimos momentos de Nerea y ahora estaba muerto. No sentía tristeza exactamente, tampoco alivio, solo un entumecimiento extraño, como si su capacidad para sentir se hubiera agotado hacía años.

El funeral fue discreto, casi vacío. Asistieron tres o cuatro vecinos antiguos del edificio, un primo lejano de Sebastián, que apareció desde Murcia, y sorprendentemente José Manuel Fuentes, el guardia civil jubilado que nunca había podido olvidar el caso Campos. Antonio Ruiz, el hijo de Sebastián y padre de Nerea, llamó desde Barcelona diciendo que no podría asistir por problemas de salud.

Sebastián fue incinerado, como había especificado en un testamento muy simple que dejó en un cajón de su habitación, junto con instrucciones básicas sobre dónde esparcir sus cenizas. En cualquier campo cerca de Albacete le daba igual. Después del funeral, Rosario tuvo que enfrentarse a vaciar la habitación de Sebastián.

Durante 15 años esa habitación había permanecido cerrada la mayor parte del tiempo, territorio privado del anciano. Rosario apenas había entrado allí solo ocasionalmente para limpiar superficialmente o cambiar las sábanas cuando Sebastián se lo permitía, que era raramente. Dos días después del funeral, el 18 de marzo de 2018, Rosario abrió la puerta de la habitación de Sebastián con la intención de empezar a ordenar sus pertenencias.

La habitación era pequeña, sin ventanas, como había sido originalmente un cuarto de costura, una cama individual, un armario viejo de madera, una mesita de noche con lámpara, una silla, las paredes pintadas de un color beige apagado con manchas de humedad en las esquinas. Olía acerrado a vejez, a una persona viviendo en un espacio demasiado pequeño.

Rosario comenzó con el armario. Ropa vieja. La mayoría desgastada y manchada, decidió tirarlo casi todo, excepto un par de camisas que parecían en buen estado y que podría donar a Cáitas. En los cajones del armario encontró documentos, el DNI de Sebastián, algunas fotografías muy viejas de cuando estaba casado con Amparo, cartas amarillentas de décadas atrás.

Todo lo metió en una caja de cartón para revisar con más calma después. Luego fue a la mesita de noche. En el cajón superior había medicamentos caducados, gafas de leer rotas, pilas gastadas, el tipo de basura que se acumula con los años. Iba a tirar todo cuando vio que debajo de todo había un sobre grande, marrón, del tipo que se usa para documentos importantes. Lo sacó.

Estaba cerrado, pero no sellado, no. Con el corazón comenzando a latir más rápido, sin saber exactamente por qué, Rosario abrió el sobre. Dentro había fotografías, muchas fotografías. La primera que vio le detuvo el corazón. Era Nerea, pero no la Nerea de 11 años que había desaparecido. Era Nerea mayor, adolescente. Llevaba el pelo más largo.

Su rostro había perdido la redondez infantil, pero era inconfundiblemente ella. En la fotografía, Nerea estaba sentada en lo que parecía ser la misma habitación donde Rosario se encontraba ahora, en esa cama, llevando un camisón blanco, mirando a la cámara con una expresión que Rosario no supo cómo interpretar.

Tristeza, resignación, miedo. Con manos temblorosas, Rosario sacó las demás fotografías del sobre. Había docenas. Nerea a diferentes edades, desde los 11 o 12 años hasta hasta fotografías que parecían ser muy recientes. Nerea con 20, 21, 25 años, todas tomadas en esa misma habitación.

En algunas estaba sentada en la cama, en otras de pie junto al armario, en algunas dormida, en unas pocas estaba de espaldas, mostrando su espalda desnuda con moratones visibles. Rosario sintió que iba a vomitar. El sobre cayó de sus manos. Las fotografías se esparcieron por el suelo. Se apoyó en la pared, deslizándose hasta quedar sentada, sin poder apartar la vista de las imágenes dispersas delante de ella.

Su hija Nerea había estado allí en esa habitación durante 15 años a metros de distancia, en el mismo piso donde Rosario había llorado su desaparición, donde había guardado su habitación intacta como un santuario, donde había vivido con la agonía de no saber qué había sido de ella. Y Sebastián, Sebastián había no podía completar el pensamiento, era demasiado monstruoso.

Rosario no sabe cuánto tiempo estuvo allí sentada en el suelo, rodeada de esas fotografías en esa habitación que de repente se sentía como una tumba. Podría haber sido 10 minutos o 2 horas. Cuando finalmente pudo moverse, lo primero que hizo fue buscar desesperadamente cualquier señal de que Nerea todavía estuviera allí, de que siguiera viva, de que hubiera alguna forma de salvarla.

Revisó debajo de la cama solo polvo y un par de calcetines viejos. Abrió de nuevo el armario sacando toda la ropa, buscando una puerta secreta, un compartimento oculto, cualquier cosa. Golpeó las paredes buscando huecos. levantó el colchón. Nada, solo una habitación normal, pequeña, sofocante. Entonces vio algo que había pasado por alto inicialmente en la parte interior de la puerta del armario, a baja altura, había arañazos en la madera, muchos arañazos formando palabras.

Rosario se arrodilló para leerlos mejor. Estaban escritos con algo afilado, probablemente una uña, rasguñando la madera con desesperación a lo largo de años. Mamá, ayuda. Por favor, Dios, que alguien me encuentre. Ya no puedo más. Quiero morirme. Y fechas, muchas fechas rasguñadas en la madera. La más antigua que Rosario pudo distinguir era 26 junio 2003, 3 días después del desaparecimiento. La más reciente, 11 marzo 2018.

3 días antes de la muerte de Sebastián, Rosario comenzó a gritar. Gritó tan fuerte y durante tanto tiempo que los vecinos alarmados llamaron a la policía pensando que estaba siendo atacada. Cuando los agentes llegaron y la encontraron en esa habitación, rodeada de fotografías y señalando los arañazos en el armario, comprendieron inmediatamente que algo terrible había sido descubierto.

La investigación que siguió fue una de las más complejas y perturbadoras en la historia reciente de la Guardia Civil en Castilla la Mancha. Un equipo de investigación criminal, forenses, psicólogos y expertos en casos de secuestro fue desplegado inmediatamente al piso de los campos. La primera pregunta urgente era, ¿dónde estaba Nerea ahora? Los análisis forenses de la habitación revelaron información devastadora.

Se encontraron cabellos largos, castaños rizados en la cama y el suelo que análisis de ADN posteriores confirmaron que pertenecían a Nerea Campos. Las fechas de los mensajes rasguñados en el armario confirmaban que había estado en esa habitación al menos hasta el 11 de marzo de 2018, apenas 3 días antes de la muerte de Sebastián. Pero no había señales de Nerea en el piso.

Ahora no había ropa suya en ningún lugar, excepto la de su habitación infantil intacta desde 2003. No había rastros recientes de su presencia en el resto del piso, solo en esa habitación. Los investigadores interrogaron a Rosario intensivamente. Ella insistía entre lágrimas histéricas que no había sabido absolutamente nada, que nunca había oído nada.

que Sebastián mantenía su habitación cerrada con llave, que apenas le permitía entrar, que ella respetaba su privacidad porque era un hombre mayor y merecía su espacio. “Pero nunca escuchó nada”, le preguntaban los investigadores. “Ningún ruido, ningún grito, nada en 15 años.” Rosario se retorcía las manos intentando recordar.

El piso era viejo, las paredes gruesas. Ella tomaba medicación fuerte para dormir desde hacía años. Sebastián la había ido convenciendo gradualmente de que era mejor que ella durmiera con tapones en los oídos porque él tosía mucho por la noche y no quería molestarla. Había sido todo una estrategia para que no oyera nada.

Los vecinos fueron interrogados de nuevo. ¿Habían escuchado algo a lo largo de los años? Carmen Ortiz del segundo piso recordaba que ocasionalmente, muy ocasionalmente, había oído como golpes o voces apagadas desde el piso de arriba, pero vivir en un edificio de pisos significa oír constantemente ruidos de los vecinos.

Nunca le había parecido particularmente alarmante. A veces pensaba que Rosario estaba moviendo muebles o que habían puesto la televisión muy alta, explicaba, devastada por la culpa de no haber prestado más atención. Los expertos forenses analizaron las fotografías encontradas en el sobre.

Había más de 100 tomadas a lo largo de 15 años. Las primeras mostraban a Nerea claramente en estado de shock, con los ojos muy abiertos, el rostro pálido. En las fotografías de los años intermedios, su expresión era de resignación completa, casi de vacío. En las más recientes, parecía mayor de lo que debería aparentar para sus 26 años, con profundas ojeras y una delgadeza, lo más perturbador era la progresión que las fotografías revelaban.

No solo documentaban el encarcelamiento físico de Nerea, sino algo mucho peor. En algunas de las fotografías más recientes, Nerea no estaba sola. Aparecía Sebastián junto a ella con el brazo alrededor de sus hombros. En una, ambos miraban a la cámara, probablemente con un temporizador. En otra, Nerea tenía la cabeza apoyada en el hombro de Sebastián. No parecían fotografías de un secuestrador y su víctima.

Parecían fotografías de una pareja. La idea era tan nauseabunda que los investigadores inicialmente no querían ni considerar esa posibilidad, pero las evidencias se acumulaban. En el análisis forense del colchón de la cama se encontró ADN de ambos, mezclado de forma que sugería contacto sexual. En un cajón del armario, ocultos debajo de ropa vieja, se encontraron preservativos usados.

Análisis posteriores confirmarían que contenían material genético de Sebastián y de Nerea. El horror de la situación comenzó a hacerse claro. Sebastián no solo había secuestrado a su nieta y la había mantenido cautiva durante 15 años. La había convertido en su compañera sexual, su esposa, en su retorcida realidad.

La confesión que daría título al caso, vivían como marido y mujer. No era una exageración periodística, era literalmente lo que había ocurrido en esa habitación durante década y media. Los psicólogos intentaron reconstruir cómo había sido posible. Nerea tenía solo 11 años cuando desapareció. Sebastián, con 68 años era la única figura de autoridad en su vida durante muchas horas del día mientras Rosario trabajaba.

El proceso, dedujeron los expertos, probablemente había comenzado mucho antes del desaparecimiento oficial. Los justificantes escolares falsos, las ausencias de Nerea durante el último trimestre antes de desaparecer, todo empezaba a cobrar sentido. Sebastián probablemente había estado preparando a Nerea durante meses. Abuso psicológico sutil, aislamiento gradual, posiblemente abuso sexual que había comenzado antes del 23 de junio de 2003.

Para cuando llegó ese día, Nerea ya estaba lo suficientemente traumatizada y controlada como para obedecer cuando su abuelo, después de que volviera de comprar el pan, le dijo que no podía salir más, que tenía que quedarse en su habitación, que su madre no debía saber que estaba allí. Pero, ¿cómo era posible mantener ese secreto durante 15 años en un piso de tres habitaciones donde también vivía otra persona? Los investigadores encontraron la respuesta en los detalles arquitectónicos de esa habitación sin ventanas y con paredes gruesas de una construcción antigua. Sebastián había instalado en algún

momento un cerrojo adicional en la puerta que solo se podía abrir desde fuera. Esa habitación se había convertido en una prisión perfecta. Sebastián controlaba cuándo Nerea comía. le llevaba comida de las comidas que Rosario preparaba diciéndole que él tenía mucho apetito. Controlaba cuándo podía ir al baño, solo cuando Rosario no estaba en casa o por la noche cuando ella dormía profundamente por la medicación.

controlaba todo aspecto de su existencia y sobre todo había controlado su mente. Los expertos en síndrome de Estocolmo y abuso prolongado explicaron como después de años de cautiverio, especialmente cuando este comienza en la infancia, la víctima puede desarrollar una dependencia psicológica del abusador. Es un mecanismo de supervivencia.

Nerea probablemente había llegado a aceptar su situación porque la alternativa mental, mantener la resistencia durante 15 años simplemente no era sostenible para la psique humana. Pero todo esto no respondía a la pregunta más urgente. ¿Dónde estaba Nerea ahora? Sebastián había muerto el 14 de marzo. Nerea había escrito su último mensaje en el armario el 11 de marzo. ¿Qué había pasado en esos tres días? Había muerto.

Nerea también había escapado después de la muerte de su abuelo. Sebastián había hecho algo con ella antes de morir. Se organizaron nuevas batidas de búsqueda. Se revisaron cámaras de seguridad de toda Albacete de las semanas anteriores, buscando algún rastro de una mujer que se pareciera a Nerea. Se alertó a hospitales, albergues, estaciones de tren y autobús.

Se emitió su descripción actualizada. basada en las fotografías recientes, mujer de 26 años, aproximadamente 160 de altura, muy delgada, cabello castaño rizado, posiblemente en estado de desorientación o trauma. El caso se convirtió en noticia nacional. Los titulares eran cada vez más perturbadores.

Niña desaparecida fue retenida por su abuelo durante 15 años. El horror en Albacete. Abuelo convirtió a su nieta en su pareja, 15 años secuestrada en la habitación de al lado. El piso de los campos fue asediado por periodistas. Rosario tuvo que ser trasladada temporalmente a un piso de protección de testigos para evitar el acoso mediático.

Los investigadores interrogaron a todas las personas que habían tenido cualquier tipo de contacto con Sebastián en sus últimos meses de vida. médicos que lo habían visitado ocasionalmente, el primo de Murcia que había venido al funeral, antiguos compañeros de construcción con los que había trabajado décadas atrás.

Nadie había visto nunca nada que pudiera sugerir lo que estaba ocurriendo en esa habitación. Se revisó el historial telefónico de Sebastián. No tenía móvil. El teléfono fijo del piso mostraba muy pocas llamadas salientes en los últimos años, principalmente para pedir citas médicas que luego nunca cumplía. No había compras online, no había movimientos bancarios sospechosos.

Sebastián había vivido una vida increíblemente aislada, lo cual probablemente había facilitado mantener su secreto. El análisis de las fotografías proporcionó más pistas perturbadoras. Los metadatos de las digitales, las más recientes, habían sido tomadas con una cámara digital barata que Sebastián debía haber comprado en algún momento, mostraban que la última había sido tomada el 8 de marzo de 2018, 6 días antes de su muerte.

En esa fotografía, Nerea aparecía muy enferma, acostada en la cama con expresión de dolor. Había estado enferma. Sebastián la había cuidado. ¿O había ocurrido algo peor? Los forenses buscaron rastros de sangre en la habitación con luminol. Encontraron algunas manchas muy pequeñas y antiguas, consistentes con menstruación o pequeñas heridas a lo largo de los años, pero no había evidencia de violencia extrema o asesinato reciente. Se revisaron todas las propiedades a nombre de Sebastián.

Solo tenía ese piso que en realidad seguía a nombre de Rosario. No tenía ninguna casa de campo, ningún almacén, ningún lugar donde pudiera haber trasladado a Nerea. Entonces, ¿dónde estaba? Los días se convirtieron en semanas.

Se hicieron llamamientos públicos para que Nerea, si estaba viva y libre, se pusiera en contacto con las autoridades. Se aseguró que no era sospechosa de ningún crimen, que solo querían ayudarla, que nadie la culpaba por lo que había sufrido. Rosario, en sus interrogatorios, intentaba desesperadamente recordar cualquier detalle que pudiera ayudar. En los últimos días antes de que Sebastián muriera, recordó en una sesión, lo noté más nervioso de lo habitual.

Murmuraba cosas que no entendía. Algo sobre hay que hacer lo correcto y no puede seguir así. Pensé que estaba delirando, que su mente finalmente se estaba yendo, pero ahora pienso, “¿Y si sabía que iba a morir? ¿Y si hizo algo? planeó algo. Esta línea de pensamiento abrió nuevas posibilidades.

¿Había organizado Sebastián algún tipo de escape para Nerea antes de morir? ¿Le había dado dinero, documentación falsa, instrucciones para huir? ¿O por el contrario había decidido que si él moría, Nerea también debía morir para mantener el secreto? Se intensificó la búsqueda de cuerpos en las afueras de Albacete. Se utilizaron perros cadáver en zonas rurales cercanas. Se dragaron de nuevo pozos y estanques. Nada.

La incertidumbre era agonizante. Para Rosario, el descubrimiento de que su hija había estado viva todo ese tiempo a metros de distancia era casi tan devastador como el desaparecimiento original. Había vivido 15 años llorando a una hija que pensaba perdida cuando en realidad Nerea estaba siendo torturada en la habitación contigua.

El peso de esa culpa de esos y si hubiera prestado más atención de todos los debería haber notado algo. La estaba matando más efectivamente que cualquier enfermedad física. Y entonces, el 15 de abril de 2018, 32 días después de la muerte de Sebastián, llegó la llamada que cambiaría todo.

Era un domingo por la tarde cuando el teléfono de la línea directa de información sobre el caso Campos sonó en la comandancia de la Guardia Civil de Albacete. El agente de guardia Tomás [ __ ] levantó el auricular esperando otra de las muchas llamadas de testigos, bien intencionados, pero equivocados, que habían inundado la línea desde que el caso se hizo público.

“Guardia civil, dígame”, contestó Tomás con voz profesional, pero cansada. Hubo una pausa larga al otro lado, luego una voz de mujer tan baja que Tomás tuvo que apretar el auricular contra su oreja para escucharla. Soy yo. Soy Nerea. Tomás se enderezó inmediatamente en su silla, haciendo señas frenéticas a sus compañeros.

“Nerea, Campos”, le preguntó intentando mantener la voz calmada, aunque su corazón latía con fuerza. “¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás a salvo? Estoy en no sé exactamente dónde, un pueblo pequeño. He visto un cartel que dice pozuelo. Hay una cabina telefónica en una gasolinera. La voz era monótona, sin inflexión, como si estuviera leyendo un texto sin comprenderlo. Pozuelo.

Tomás estaba ya tecleando en el ordenador. Había varios pozuelos en España. Pozuelo de algo más. ¿Hay más palabras en el cartel? Pozuelo de Calatraba. respondió la voz tras otro silencio. Tomás lo encontró en el mapa Pozuelo de Calatrava, ciudad real, a unos 120 km al sur de Albacete, un pueblo de apenas 1000 habitantes.

Nerea, escúchame con mucha atención. Vamos a ir a buscarte ahora mismo, ¿de acuerdo? Vas a estar a salvo. Necesito que me digas exactamente dónde estás. Dijiste una gasolinera. Es una estación de servicio grande. Es pequeña, Repsol. Está en la carretera principal del pueblo. Perfecto. Puedes quedarte allí.

¿Hay alguien más contigo? ¿Estás herida? Puedo quedarme. Estoy sola. No estoy herida. La voz seguía siendo inquietantemente plana. Nerea, esto es muy importante. Estás en peligro ahora mismo. Alguien te está reteniendo o amenazando. Una pausa más larga esta vez. Ya no. Él está muerto. Lo sabemos. Tu abuelo murió.

Ya no puede hacerte daño. Vamos a enviarte ayuda inmediatamente. ¿De acuerdo? Aguarda en la gasolinera. Entra en la tienda si puedes. Habla con el empleado. Estaremos allí en menos de una hora. No quiero ver a mi madre”, dijo Nerea de repente con un atisbo de emoción en la voz por primera vez. “Todavía no. Por favor, no la traigan.” De acuerdo. De acuerdo. No la traeremos.

Solo vendrán agentes y personal médico. Nadie va a obligarte a ver a nadie hasta que estés lista. Vale. Susurró Nerea. ¿Sigues ahí? Sí. Voy a quedarme contigo al teléfono hasta que lleguen mis compañeros. ¿Te parece bien? No puedo, no tengo más monedas. La voz de Nerea temblaba ahora solo tenía estas. Nerea, espera.

Pero la línea ya se había cortado. Tomás inmediatamente activó el protocolo de emergencia. En menos de 5 minutos, una patrulla de la Guardia Civil de Ciudad Real estaba siendo despachada a pozuelo de Calatraba con instrucciones precisas de localizar a una mujer en la gasolinera Repsol de la carretera principal. Simultáneamente se despachó desde Albacete un equipo especializado en casos de trauma que incluía psicólogos y personal médico. La patrulla de Ciudad Real llegó a Pozuelo en 15 minutos.

Encontraron a Nerea sentada en el suelo junto a la cabina telefónica de la gasolinera, abrazándose las rodillas, mirando fijamente al suelo. El empleado de la gasolinera, un hombre de unos 50 años, estaba a unos metros de distancia, obviamente preocupado, pero sin saber qué hacer.

Nerea Campos? Preguntó con suavidad la agente Julia Romero, acercándose lentamente como se acercaría uno a un animal asustado. Nerea levantó la vista. Sus ojos, esos ojos oscuros que Rosario había buscado desesperadamente durante 15 años miraron a la agente sin reconocimiento ni emoción particular. “Sí”, dijo simplemente.

“Soy la agente Romero de la Guardia Civil. Vamos a llevarte a un lugar seguro donde pueden revisarte médicos y donde estarás protegida. ¿De acuerdo? Nerea asintió y con movimientos lentos y rígidos se puso de pie. Era extremadamente delgada, más de lo que aparentaba en las fotografías. Llevaba ropa que le quedaba grande, unos vaqueros holgados sujetos con un cinturón, una sudadera gris con capucha, zapatillas deportivas que parecían viejas.

Su pelo, ese cabello castaño y rizado que su madre recordaba, estaba corto ahora, cortado irregularmente a la altura de los hombros, como si lo hubiera hecho ella misma sin espejo. En el trayecto al hospital de Ciudad Real, donde el equipo de Albacete se encontraría con ellos, Nerea no habló. Respondía cuando le hacían preguntas directas. No, no le dolía nada.

Sí podía caminar. No, no necesitaba comer ahora mismo, pero no ofrecía información voluntariamente. Se sentó en el asiento trasero del coche patrulla, mirando por la ventana con expresión de absoluta ausencia, como si su mente estuviera muy muy lejos de su cuerpo. en el hospital fue examinada exhaustivamente. Aparte de desnutrición, deshidratación y múltiples marcas de antiguo abuso físico en su cuerpo, no presentaba heridas recientes.

Los médicos determinaron que estaba físicamente estable, aunque recomendaron hospitalización al menos durante unos días para rehidratación y observación. Luego llegó el momento de los interrogatorios. Los psicólogos insistieron en que debía hacerse con extrema delicadeza, que Nerea claramente estaba en estado de shock profundo, que forzarla podría causarle un trauma adicional, pero la investigación necesitaba respuestas.

Necesitaba saber qué había ocurrido realmente durante esos 15 años y, crucialmente, cómo había llegado Nerea desde Albacete hasta Pozuelo de Calatraba. La doctora Alicia Montero, una psicóloga forense especializada en víctimas de abuso prolongado, fue quien condujo las primeras entrevistas. Se hicieron en una habitación confortable del hospital con solo Alicia y Nerea presentes grabando con audio, pero sin cámaras para reducir la presión.

Nerea comenzó Alicia con voz suave. Sé que esto es extremadamente difícil. No tienes que contarme todo ahora. Podemos ir paso a paso a tu ritmo, pero me gustaría que intentaras explicarme cómo llegaste hasta Pozuelo. ¿Puedes hacer eso? Nerea estaba sentada en un sillón, envuelta en una manta del hospital, a pesar de que no hacía frío.

Miraba sus manos que descansaban en su regazo. Él me dejó salir. Dijo finalmente con esa voz plana que los investigadores ya estaban empezando a reconocer como su tono habitual tras años de trauma. Tu abuelo Sebastián te dejó salir. Antes de morir, supo que iba a morir. Como lo supo? Llevaba días diciendo que su pecho le dolía, que le costaba respirar.

El día antes, el 13 de marzo, por la noche, entró en la habitación. No era su hora habitual. Estaba muy pálido, sudando. Me dijo que me tenía que explicar algo importante. Nerea hablaba en un tono monocorde, como si estuviera recitando una lección memorizada. Alicia se dio cuenta de que probablemente era un mecanismo de disociación, una forma de contar una historia sin permitirse sentir realmente lo que estaba diciendo. ¿Qué te explicó? Me dio una bolsa dentro.

Había ropa, esta ropa que llevo y dinero, bastante dinero en efectivo. Y me dijo que cuando él muriera tenía que salir, que la puerta de la habitación estaría abierta, que Rosario, mi madre, estaría dormida o distraída, y que tenía que irme antes de que ella descubriera las fotografías. Él sabía que tu madre encontraría las fotografías.

Sí, las dejó a propósito en un sitio donde ella las encontraría cuando vaciara su habitación después de que él muriera. Dijo que era su confesión, que no podía confesarle a un cura, pero que quería que alguien supiera la verdad, que le gustaba la idea de confesar después de muerto cuando ya no pudiera ser castigado. El cinismo sociopático de Sebastián, incluso desde la tumba, hizo que Alicia sintiera náuseas, pero mantuvo su expresión neutral y profesional.

¿Y qué pasó después de esa conversación? Me explicó cómo llegar a la estación de autobuses de Albacete. Me había dibujado un mapa. Me dijo que comprara un billete a cualquier sitio, que viajara durante unos días, que no llamara a nadie hasta estar lejos, que si llamaba demasiado pronto, tendría que ver a mi madre y explicar, explicar por qué no intenté escapar antes, porque me quedé todos esos años.

Ahí estaba el corazón de la pesadilla psicológica que Sebastián había construido. No solo había mantenido a Nerea físicamente cautiva, sino que había logrado convencerla de que de alguna forma ella era cómplice, que si alguien descubría la verdad, ella sería juzgada. Nerea dijo Alicia con firmeza, pero gentileza. Necesito que entiendas algo muy importante.

Nada de lo que ocurrió fue tu culpa. Eras una niña de 11 años. Lo que tu abuelo hizo contigo fue un crimen terrible. Nadie, absolutamente nadie, te culpa por nada, no por quedarte, no por no escapar, no por nada. ¿Me entiendes? Nerea finalmente levantó la vista y miró a Alicia directamente a los ojos por primera vez. Había lágrimas acumulándose, pero no caían.

“Yo sí me culpo,” susurró. Al principio intenté gritar. los primeros días, pero él ponía música muy alta o esperaba a que mi madre no estuviera y me decía que si gritaba y mi madre me encontraba, tendría un infarto del shock, que la mataría a descubrir lo que había pasado. Así que dejé de gritar y luego luego pasó tanto tiempo que ya no sabía cómo explicar por qué no había gritado antes.

Cada día que pasaba hacía más difícil la idea de escapar, porque, como iba a explicar los años anteriores, era una lógica de pesadilla, el tipo de trampa psicológica que solo alguien que ha sufrido años de abuso sistemático puede entender. Sebastián había convertido el tiempo mismo en su aliado, usando cada día que pasaba para hacer más imposible psicológicamente para Nerea la idea de revelar lo que estaba ocurriendo. “Continúa contándome qué pasó después de que tu abuelo te diera la bolsa.

” Alicia la guió de vuelta a la narrativa. Murió al día siguiente. Yo lo supe porque dejó de venir. Normalmente venía tres veces al día, por la mañana a mediodía. y por la noche. Pero ese día, el 14 de marzo, no vino por la mañana. Pensé que quizás estaba muy enfermo. Esperé. No vino a mediodía. Entonces empecé a asustarme.

No sabía si había muerto o si simplemente había decidido dejarme morir de hambre. No tenía forma de saber. La puerta seguía cerrada desde fuera. ¿Cuánto tiempo estuviste esperando? Todo ese día y toda la noche y el día siguiente tenía muchísima sed. No había comido desde la noche del 13. Estaba empezando a pensar que iba a morir allí.

Y entonces, la tarde del 16 de marzo, de repente la puerta se abrió. Se abrió sola. No, mi madre la abrió. Estaba del otro lado, pero yo estaba escondida debajo de la cama. La había oído entrar en la habitación. La había oído rebuscando cosas. Estaba aterrorizada. Pensé que si me veía se moriría del shock, como el abuelo siempre decía.

Así que me quedé callada debajo de la cama, conteniendo la respiración. Ella estuvo allí quizás 10 minutos revisando cosas. Luego salió y cerró la puerta, pero no cerró el cerrojo. Y entonces esperé, esperé hasta que se hizo de noche, hasta que todo el piso estaba en silencio. Entonces salí de debajo de la cama, abrí la puerta muy despacio y salí de la habitación por primera vez en 15 años.

La voz de Nerea se quebró por primera vez. Las lágrimas finalmente comenzaron a caer por sus mejillas. No sabía cómo era el piso. Quiero decir, lo recordaba de cuando era niña, pero todo parecía diferente, más pequeño, más oscuro. Fui a la cocina, bebí agua del grifo, muchísima agua. Luego encontré donde mi madre guardaba algo de dinero en un cajón. Cogí todo lo que había y me fui.

¿Viste a tu madre? Pasé por delante de su habitación. La puerta estaba entreabierta. La vi durmiendo en la cama. Me quedé mirándola durante un rato muy largo. Quise despertarla, decirle que estaba viva, que estaba allí, pero no pude. No podía enfrentarme a lo que pasaría después, a las preguntas, a tener que explicar.

Así que simplemente me fui. ¿Cómo saliste del edificio? Bajé las escaleras. Era de madrugada, sobre las 4 o 5 de la mañana. No había nadie. Salía a la calle. Hacía frío, más frío de lo que recordaba que podía hacer. Había estado 15 años en esa habitación sin ventanas, siempre a la misma temperatura.

El aire exterior era era demasiado y había tanto espacio, todo era tan grande, tan abierto. Me mareé. Tuve que sentarme en el suelo durante un rato. Pero finalmente llegaste a la estación de autobuses. Sí. Seguí el mapa que el abuelo me había dibujado. Tardé mucho porque tenía que pararme constantemente. Todo me daba miedo, los coches, las luces, el ruido, incluso cuando no había casi nadie porque era muy temprano. Llegué a la estación cuando estaba abriendo.

Compré un billete al primer sitio que dijeron que salía. Era a Ciudad Real. El autobús salía a las 7 de la mañana y nadie te reconoció. Nadie se dio cuenta de que eras Nerea Campos. Llevaba la capucha puesta, miraba al suelo. El hombre que me vendió el billete apenas me miró. En el autobús me senté al fondo y no hablé con nadie.

En Ciudad Real cogí otro autobús a un pueblo más pequeño, luego otro. Estuve viajando durante tres días de pueblo en pueblo, durmiendo en estaciones de autobús, comiendo solo cuando el hambre era insoportable porque tenía que hacer durar el dinero. Finalmente llegué a Pozuelo. El dinero se me estaba acabando. Sabía que no podía seguir viajando eternamente.

Así que entré en esa gasolinera y pregunté si había una cabina telefónica y llamé. ¿Por qué llamaste? Podrías haber seguido huyendo. Podrías haber intentado empezar una vida nueva en algún lugar. Nerea se quedó en silencio durante mucho tiempo. Cuando habló de nuevo, su voz era apenas un susurro porque me di cuenta de que no tengo vida. No sé hacer nada. No sé cómo funciona el mundo. No tengo papeles.

No tengo educación más allá de sexto de primaria. No tengo amigos, no tengo familia que pueda soportar mirarme. Todo lo que sé es esa habitación y él y ahora él está muerto y la habitación está vacía y yo sigo viva, pero no sé para qué.

Así que llamé porque pensé que al menos si me encontraban, alguien me diría qué se supone que debo hacer ahora. Alicia tuvo que hacer una pausa. Se permitió un momento para recomponerse antes de continuar. Nerea, vas a recibir toda la ayuda que necesites. Terapia, apoyo, educación, lo que sea necesario. Vas a aprender a vivir de nuevo. No va a ser rápido y no va a ser fácil, pero no estás sola.

¿De acuerdo? Nerea no respondió, simplemente se acurrucó más en la manta y cerró los ojos. La historia de Nerea Campos se convirtió en uno de los casos más perturbadores en la historia criminal reciente de España. Los detalles que emergieron en los meses siguientes a través de sesiones de terapia y entrevistas forenses pintaron un cuadro completo del horror psicológico y físico que había sufrido durante 15 años.

Sebastián había comenzado el abuso sexual cuando Nerea tenía 10 años. Aproximadamente un año antes del desaparecimiento, había usado manipulación psicológica, amenazas sobre la salud de su madre y el aislamiento natural de una niña introvertida para mantenerla callada. Los justificantes médicos falsos habían sido su forma de tener tiempo a solas con Nerea durante días enteros, perfeccionando su control sobre ella.

El día del desaparecimiento, después de que Nerea volviera de comprar el pan, Sebastián simplemente le había dicho que ahora viviría en su habitación, que no podía salir nunca más, que su madre no podía saber que estaba allí. Para una niña de 11 años, ya traumatizada por un año de abuso, ya psicológicamente condicionada a obedecer a su abuelo por miedo, esto había sido suficiente.

No había habido forcejeo, no había habido gritos, solo obediencia nacida del terror. Durante 15 años, Nerea había vivido en esa habitación de aproximadamente 8 m². Sebastián le traía comida, normalmente sobras de lo que Rosario cocinaba, diciéndole a Rosario que él tenía mucho apetito.

Le permitía usar el baño solo cuando Rosario no estaba, o muy tarde por la noche. Le llevaba libros ocasionalmente, siempre controlando cuidadosamente que fueran libros que no le dieran ideas sobre escapar o que no mencionaran casos similares de secuestro. Le había cortado el pelo él mismo a lo largo de los años y sí, como las evidencias habían confirmado, la había convertido en su pareja sexual, su esposa, en la realidad retorcida que había construido dentro de esa habitación.

Le había dicho que esto era normal, que en realidad se querían el uno al otro, que esto era lo que hacían las personas que se amaban. Nerea, sin ningún otro punto de referencia, sin acceso al mundo exterior, sin nadie más que ese hombre que era simultáneamente su abusador y su única conexión humana, gradualmente había desarrollado una dependencia psicológica de él que los expertos reconocían como una forma extrema de síndrome de Estocolmo.

Las fotografías que Sebastián había tomado a lo largo de los años eran su forma de documentar su relación. su trofeo secreto. El hecho de que las hubiera dejado donde Rosario las encontraría después de su muerte revelaba su narcisismo final. Quería que el mundo supiera lo que había hecho, pero solo cuando ya no pudiera ser castigado por ello. Rosario, cuando finalmente pudo reunirse con su hija después de semanas de que Nerea estuviera en tratamiento intensivo, experimentó un reencuentro que solo puede describirse como agónico.

Nerea no podía mirarla a los ojos, no podía aceptar que Rosario la tocara. La primera sesión conjunta con terapeutas presentes duró menos de 10 minutos antes de que Nerea tuviera un ataque de pánico y pidiera volver a su habitación del centro de tratamiento. Ella me culpa le dijo Rosario llorando a los psicólogos después. Puedo verlo en su mirada.

Me culpa por no haberme dado cuenta, por no haberla salvado. Es más complejo que eso, le explicó la doctora Montero. Nerea está procesando 15 años de trauma. En este momento, cualquier conexión con su vida anterior es dolorosa. Ver a usted le recuerda que tuvo una madre, una vida normal, algo que perdió. Y es más fácil psicológicamente sentir ira hacia usted que enfrentarse al horror de lo que su abuelo le hizo.

Con tiempo y terapia esto puede cambiar, pero va a necesitar paciencia, mucha paciencia. Rosario nunca volvió al piso de Albacete. No podía. fue real servicios sociales en un pequeño apartamento en otra ciudad donde intentaba reconstruir algún tipo de vida mientras visitaba a su hija en el centro de tratamiento psiquiátrico, donde Nerea viviría durante los siguientes dos años.

El caso tuvo repercusiones legales y sociales masivas. Se revisaron los protocolos de investigación de personas desaparecidas, especialmente en lo relativo a investigar exhaustivamente a familiares cercanos, incluso cuando no había evidencia directa de su implicación.

Se implementaron nuevas formaciones para agentes sobre casos de abuso intrafamiliar y secuestro de larga duración. José Manuel Fuentes, el guardia civil jubilado que siempre había desconfiado de Sebastián, dio múltiples entrevistas en las que admitía. Mi instinto me decía que ese hombre sabía más de lo que decía, pero no teníamos evidencias.

No teníamos motivo probable para registrar cada habitación del piso con profundidad. Y él era un anciano, el abuelo de la víctima, alguien que supuestamente la quería. Todos tenemos sesgos cognitivos que nos hacen pensar que los abuelos no pueden ser monstruos. Este caso nos enseñó que el mal no tiene una cara específica. La sociedad española se enfrentó a preguntas incómodas.

¿Cómo había sido posible que esto ocurriera durante 15 años en un edificio de pisos en una ciudad moderna? ¿Qué señales se habían ignorado? ¿Cómo podían prevenirse casos similares en el futuro? Algunos vecinos del edificio de Albacete necesitaron tratamiento psicológico para lidiar con la culpa.

Carmen Ortiz, en particular cayó en una depresión severa, obsesionada con la idea de que si hubiera prestado más atención a los ruidos que ocasionalmente oía del piso de arriba, podría haber salvado a Nerea años antes. En cuanto a Nerea misma, su recuperación fue lenta y dolorosa. Los primeros meses en el centro de tratamiento apenas hablaba, pasando días enteros en su habitación, negándose a participar en terapia de grupo.

tenía pesadillas constantes, episodios de pánico cuando había demasiada gente alrededor o demasiado espacio abierto, dificultad extrema para tomar hasta las decisiones más básicas, porque durante 15 años todas sus decisiones habían sido tomadas por otra persona. Gradualmente, con terapia intensiva y el apoyo de especialistas en trauma complejo, Nerea comenzó a mejorar pequeños pasos.

Aceptar salir al jardín del centro, participar en una sesión de terapia de arte, mantener una conversación completa con otro paciente. En 2019, un año después de su rescate, Nerea dijo su primera frase que mostraba algo de esperanza hacia el futuro. Creo que me gustaría terminar la educación secundaria. En 2020, 2 años después, Nerea fue dada de alta del centro de tratamiento residencial, aunque continuaba con terapia intensiva como paciente externa.

Vivía en un piso tutelado con otras supervivientes de trauma, donde tenía apoyo las 24 horas, pero también independencia gradual. Había comenzado un programa de educación para adultos, trabajando para obtener el equivalente al título de secundaria que nunca había podido terminar. Su relación con su madre mejoró lentamente.

Para 2021, 3 años después del rescate, Nerea podía mantener visitas de varias horas con Rosario, sin ataques de pánico. No vivían juntas. Los terapeutas coincidían en que eso no sería saludable para ninguna de las dos, pero hablaban por teléfono regularmente y se veían cada dos semanas. “No creo que vuelva a ser normal”, le dijo Nerea a la doctora Montero en una sesión en 2021.

No creo que pueda simplemente olvidar 15 años de mi vida, pero estoy empezando a entender que tal vez puedo construir algo nuevo. No recuperar lo que perdí, eso es imposible, pero crear algo diferente con lo que me queda. El caso de Nerea Campos nunca tuvo un final feliz en el sentido tradicional. No podía tenerlo.

15 años de vida robados no pueden devolverse. El trauma no puede borrarse, pero había supervivencia, resiliencia y gradualmente algo que podría algún día parecerse a la curación. En 2023, 5 años después de su rescate, Nerea dio su primera entrevista pública. Ahora con 31 años, aunque su rostro seguía mostrando los signos del trauma vivido, había algo diferente en sus ojos.

No exactamente felicidad, pero sí determinación. “Hago esto,” explicó sobre su decisión de hablar públicamente. “Porque quiero que otras víctimas sepan que es posible sobrevivir. No va a ser fácil. Y probablemente nunca serás la persona que hubiera sido sin el trauma, pero puedes ser alguien, puedes tener una vida.

Y si alguien está ahí fuera en una habitación como yo estuve, quiero que sepan que vale la pena aguantar. Vale la pena luchar por cada día, porque un día la puerta va a abrirse y va a haber personas al otro lado que te ayudarán. El piso de Albacete donde ocurrió todo, eventualmente fue vendido.

La habitación sin ventanas donde Nerea pasó 15 años de su vida fue renovada completamente por los nuevos dueños que no sabían la historia cuando compraron la propiedad. Pero en el barrio la gente seguía refiriéndose al edificio como donde pasó aquello, hablando en voz baja, como si las paredes mismas guardaran el eco de ese sufrimiento.

El caso también tuvo un impacto duradero en cómo España trata los casos de personas desaparecidas. Se creó un protocolo específico llamado protocolo Nerea, que requería que en todos los casos de menores desaparecidos se realizara una inspección visual de cada habitación de la residencia familiar, sin excepciones, incluso si esto incomodaba a los familiares.

Se implementaron también revisiones periódicas de casos antiguos sin resolver, buscando con nuevas tecnologías y metodologías lo que pudo haberse pasado por alto en investigaciones anteriores. La historia también generó un debate nacional sobre el abuso intrafamiliar y cómo la sociedad a menudo se niega a ver lo que está ocurriendo delante de sus ojos.

Programas educativos fueron implementados en colegios para enseñar a los niños sobre abuso, sobre cómo reconocerlo, sobre cómo pedir ayuda. Se reforzaron los canales de denuncia anónima y se aumentó la formación de profesores y trabajadores sociales para detectar señales de abuso. Para Rosario, la culpa nunca desapareció completamente. en sesiones de terapia que continuaría por el resto de su vida.

Procesaba una y otra vez las señales que había ignorado. La forma en que Nerea se había vuelto más callada en esos últimos meses antes de desaparecer. Como a veces parecía tener miedo cuando Sebastián entraba en una habitación, los justificantes escolares que quizás había firmado sin prestar atención o que quizás nunca firmó.

los ruidos nocturnos que atribuyó a tuberías o vecinos cuando en realidad era su hija, a metros de distancia viviendo una pesadilla. ¿Cómo pude no saber? Le preguntaba constantemente a su terapeuta. Vivíamos en el mismo piso. ¿Cómo es posible que no me diera cuenta durante 15 años? La respuesta era compleja. Sebastián había sido increíblemente meticuloso en su ocultación.

Había aprovechado el cansancio de Rosario, su necesidad de medicarse para dormir, su depresión que la hacía estar desconectada de su entorno. Había manipulado su buena fe, su compasión al acogerlo cuando había enviudado. Y, sobre todo, había explotado el hecho de que nadie quiere creer que alguien cercano, alguien de la familia, especialmente un anciano, pueda ser capaz de tal maldad.

La culpa que sientes es comprensible”, le decía su terapeuta. “Pero no es justa contigo misma. No eras cómplice. Eras otra víctima de Sebastián, víctima de su manipulación. Él diseñó toda la situación específicamente para que no te dieras cuenta. Usó tu amor por tu hija, tu compasión por él, tu agotamiento, todo en tu contra. No eres responsable de las acciones monstruosas de otra persona.

Pero el conocimiento racional de esto no impedía que Rosario se despertara a las 3 de la madrugada, preguntándose y sí, una y otra vez. En 2024, 6 años después del rescate, Nerea había progresado significativamente. Había completado su educación secundaria y había comenzado un curso de formación profesional en administración. Vivía ahora de forma independiente en un pequeño apartamento, aunque mantenía contacto regular con su red de apoyo terapéutico.

Había hecho algunas amistades cautelosas al principio con otras personas en su programa educativo que no conocían su historia. decidió no cambiar su nombre, a pesar de que varios terapeutas habían sugerido que podría ayudarle a empezar de nuevo. “Soy Nerea Campos,” dijo. Cambiar mi nombre sería como darle a él el poder de borrar quién era antes de que me encerrara.

Soy Nerea. Él no puede quitarme eso. Había días buenos y días malos, días en que podía ir al supermercado, hacer sus compras, cocinar una comida y sentirse casi normal. y días en que el sonido de una puerta cerrándose la enviaba directamente de vuelta a esa habitación y tenía que usar todas las técnicas de respiración y grounding que había aprendido en terapia para no dejarse arrastrar por el pánico.

Nunca pudo mantener una relación romántica. La idea de intimidad física con alguien le provocaba un nivel de ansiedad insuperable. Los terapeutas le aseguraban que esto podría cambiar con el tiempo o quizás no. Y ambas cosas estaban bien. No tenía que seguir un guion específico de recuperación.

Su curación era suya, única, y tomaría la forma que necesitara tomar. La relación con su madre también encontró un nuevo equilibrio. No era la relación madre e hija que hubieran tenido si nada de esto hubiera ocurrido. No podía hacerlo. Demasiado se había perdido. Demasiado dolor se interponía entre ellas. Pero encontraron una forma de cuidarse mutuamente, de estar presentes la una para la otra, que funcionaba para ambas.

Hablaban por teléfono dos o tres veces por semana. Se veían para comer una vez al mes. En ocasiones especiales como Cumpleaños o Navidad, pasaban tiempo juntas, aunque nunca demasiado tiempo, conscientes de los límites emocionales de cada una. A veces pienso en lo que pudo haber sido. Le confió Nerea a su madre en una de esas comidas en 2024.

Si nada de esto hubiera pasado, ¿quién hubiera sido yo? ¿Qué hubiera estudiado si hubiera tenido novios, amigos, una vida normal? Y me enfado muchísimo. Me enfado con el obvio, pero a veces también me enfado con el universo, con Dios y existe con lo injusta que es la existencia. ¿Por qué yo? ¿Por qué me tocó esto? Rosario, con lágrimas en los ojos, tomó la mano de su hija sobre la mesa. No tengo respuesta a eso. Ojalá la tuviera.

Ojalá pudiera cambiar lo que pasó. Ojalá pudiera devolverte esos años. Lo sé, mamá, dijo Nerea suavemente. Y ya no te culpo. Me costó mucho llegar a esto, pero ya no te culpo. Tú tampoco elegiste esto. Ambas fuimos víctimas de él. Fue un momento de sanación importante para ambas, aunque no eliminó el dolor, al menos permitió que comenzaran a cargar ese dolor juntas en lugar de separadas.

El nombre de Sebastián Ruiz se convirtió en sinónimo de maldad en España. Su caso fue estudiado en universidades de psicología y criminología como ejemplo extremo de abuso intrafamiliar de larga duración. Se escribieron artículos académicos, tesis doctorales y varios libros sobre el caso.

Algunos familiares lejanos de Sebastián cambiaron su apellido, incapaces de soportar la asociación. Se descubrió durante investigaciones posteriores a su muerte que Sebastián había mostrado comportamientos problemáticos mucho antes. Varias mujeres que habían trabajado con él en obras de construcción décadas atrás reportaron, después de que el caso se hiciera público, que Sebastián había tenido tendencias a hacer comentarios inapropiados, a invadir espacio personal, a mostrar una visión profundamente distorsionada de las relaciones entre hombres y mujeres.

En la España de los años 70 y 80, tales comportamientos se habían normalizado o ignorado. Nadie había imaginado hasta dónde era capaz de llegar. Antonio Ruiz, el hijo de Sebastián y padre biológico de Nerea, nunca se recuperó de la revelación de lo que su padre había hecho. Había estado distanciado de la familia durante años, construyendo una nueva vida en Barcelona, intentando olvidar sus responsabilidades abandonadas.

Cuando el caso estalló, enfrentó no solo el horror de lo que su padre había hecho, sino también su propia culpa por haber abandonado a Nerea cuando era pequeña, privándola de una figura paterna, protectora, que quizás hubiera impedido que Sebastián tuviera tanto acceso a ella. Intentó reconectar con Nerea en 2019, escribiéndole cartas que ella nunca respondió.

Finalmente, a través de los terapeutas de Nerea, recibió un mensaje. Ella no estaba lista para tener ningún tipo de relación con él y quizás nunca lo estaría. Antonio tuvo que aceptar esto como otra consecuencia de sus propias decisiones años atrás. En 2025, 7 años después del rescate de Nerea, se realizó un documental sobre el caso.

Nerea participó activamente, pero estableció límites claros sobre qué aspectos de su historia serían explorados. No quería que fuera sensacionalista. No quería que se centrara en los detalles más morbos del abuso. Quería que fuera educativo, que ayudara a otras víctimas, que mostrara la realidad del trauma y la recuperación. El documental titulado La habitación sin ventanas, el caso Nerea Campos, fue visto por millones de personas en España y tuvo distribución internacional.

Generó conversaciones necesarias sobre abuso, trauma y los fallos sistémicos que permiten que tales horrores ocurran. Al final del documental, Nerea, ahora con 33 años, hablaba directamente a la cámara. He perdido 15 años de mi vida, que nunca recuperaré, experiencias que nunca tendré, una versión de mí misma que nunca conoceré.

Eso es algo con lo que tengo que vivir cada día. Pero lo que él no pudo quitarme, lo que nadie puede quitarme, es mi capacidad de decidir qué hago con el resto de mi vida. Él decidió por mí durante 15 años. Ahora yo decido y decido vivir. Decido intentar construir algo significativo con lo que me queda. Decido que su maldad no defina completamente mi existencia.

No voy a fingir que estoy completamente curada porque no lo estoy. Pero estoy aquí. Estoy viva y mientras lo esté voy a luchar por cada pequeño momento de paz, de alegría, de normalidad que pueda encontrar. Este caso nos muestra cómo los monstruos no siempre tienen la apariencia que esperamos y cómo los horrores más terribles pueden ocurrir en los espacios más cotidianos ocultos detrás de puertas cerradas y familiaridad engañosa.

También nos muestra la increíble resiliencia del espíritu humano, la capacidad de sobrevivir y eventualmente encontrar alguna forma de sanación, incluso después del trauma más devastador. La historia de Nerea Campos es un recordatorio doloroso de que debemos estar atentos, que debemos cuestionar lo que parece normal, que debemos crear espacios seguros donde las víctimas puedan hablar sin miedo y sobre todo, ¿qué debemos creer a las víctimas cuando finalmente encuentran el valor para contar su verdad? ¿Qué opinan de este caso? pudieron percibir las señales a lo largo

de la narrativa que apuntaban a la verdad. ¿Qué medidas creen que la sociedad debería implementar para prevenir casos similares? Compartan sus reflexiones en los comentarios. Si este tipo de investigación profunda sobre casos reales les ha impactado, no olviden suscribirse al canal y activar las notificaciones para no perderse futuros casos.

Dejen su like si esta historia les hizo reflexionar sobre temas importantes y compártanla con alguien que también se interese por entender las complejidades del comportamiento humano y la justicia. Recuerden, si ustedes o alguien que conocen está sufriendo abuso, hay ayuda disponible en España. Pueden llamar al 016, el teléfono de atención a víctimas de violencia. No están solos. M.

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