El ajuar rosa estaba doblado con cuidado en el cajón de la cómoda, igual que los trece anteriores. Había mantitas, mamelucos diminutos, calcetines con encaje. Todo pensado para otra niña más.
Therees Brooks, de treinta y nueve años, caminaba despacio por la vieja escuela remodelada que ahora era su casa en Pittsfield, Maine, con la mano en la espalda baja y la otra en la panza enorme de su decimocuarto embarazo.

Ya lo habían hablado mil veces. Seguramente sería otra niña.
Las mayores tenían listo el nombre, tratando de que combinara con la larga lista que llenaba la casa: Eunice, Alma, Elaine, Ervena, Rosalie, las gemelas Janet y Janice, Donna, Hazel, Rae Jean, Eleanor, Koyce y la pequeña Lorraine, que apenas tenía año y medio y todavía dormía con el chupón en la boca.
Aquella mañana del 24 de octubre de 1954 empezó como cualquier otra en la familia Brooks.
Eunice, con dieciséis años y rostro de mamá joven, peinaba a las hermanitas menores antes de que el café se enfriara. Las gemelas de diez años se encargaban de que las de en medio encontraran zapatos, moños y libros. La de tres años se colgaba del primer cuello disponible, reclamando brazos.
Lloyd Brooks, chofer de camión de carga, dobló con cuidado su lonche envuelto en papel encerado. Cincuenta dólares a la semana para alimentar a catorce bocas… o a quince, si el doctor se había equivocado alguna vez.
Mientras abrochaba su camisa, lanzó una mirada rápida al cajón del ajuar rosa y sonrió con resignación. “Otra niña”, pensó, convencido de que el destino ya había elegido.
Antes de que naciera Leslie, los Brooks ya tenían una fama curiosa en los periódicos locales: eran la familia con más hijas mujeres de todo Estados Unidos.
Trece niñas, todas vivas, todas bajo el mismo techo, en un edificio que antes había sido una escuela y ahora enseñaba otra cosa: cómo se estira el dinero y el amor hasta donde parece imposible.
El parto empezó sin drama, como los otros.
Therees sintió la primera punzada en la espalda mientras recogía unos juguetes del pasillo. Eunice corrió a llamar a la partera, las gemelas guardaron a las pequeñas en un cuarto y cerraron la puerta, como si fuera un juego. Afuera, el otoño de Maine pintaba de rojo los árboles, ajeno a lo que estaba por ocurrir.
El bebé nació en casa, como sus trece hermanas.
La habitación olía a desinfectante barato y a sudor. La partera, con los brazos manchados y el gesto concentrado, se inclinó para ver mejor. Hubo un silencio breve, pesado, como si hasta las paredes contuvieran la respiración.
Luego, la mujer levantó al recién nacido, miró a Lloyd y a Therees y, casi incrédula, anunció:
—Es niño.
Por un segundo nadie reaccionó.
Eunice parpadeó, pensando que había escuchado mal. Una de las gemelas soltó una risita nerviosa. La partera repitió más fuerte, como si hiciera falta que el universo quedara enterado:
—Es niño. Después de trece niñas… por fin les llegó un varón.
Las risas estallaron, mezcladas con exclamaciones y manos que se llevaban al pecho. Therees dejó caer la cabeza sobre la almohada, agotada, sin saber si reír o llorar. Lloyd, parado junto a la cama, parecía un hombre que acababa de ganar la lotería sin haber comprado boleto.
Lo llamaron Leslie Benjamin.
Lo envolvieron en una de las mantitas rosas del cajón, porque no había otra cosa. De pronto, todos esos vestidos y juguetes de niña, tanta sabiduría acumulada sobre trenzas, moños y muñecas, se volvió curiosidad más que preparación. Nadie sabía exactamente qué se hacía con un niño en una casa diseñada, pieza por pieza, para ser un mundo de mujeres.
La noticia no tardó en salir de la vieja escuela.
Primero fueron los vecinos, luego el cartero, y finalmente, los reporteros. En 1954, una familia que llevaba trece hijas seguidas y por fin tenía un hijo era material de primera plana. El fotógrafo de Associated Press, J. Walter Green, subió al coche y manejó hasta Pittsfield con su cámara colgando del cuello.
Cuando llegó, el paisaje era modesto: un edificio de madera al que aún se le notaba el pasado de escuela rural. Ropa secándose en cuerditas, bicicletas viejas apoyadas contra la pared, juguetes dispersos en el pasto húmedo.
Green entró y pidió reunir a toda la familia en la sala principal, el antiguo salón de clases.
La escena que armó la lente parecía imposible de abarcar.
Trece niñas, de todas las edades, acomodadas en escalones, sillas, el piso, rodeando a su madre exhausta, que sostenía un bultito diminuto envuelto en manta rosa. Algunas niñas sonreían sin pudor; otras miraban a la cámara con timidez; una que otra se aferraba al vestido de la hermana mayor.
Detrás de todas, casi escondido, estaba Lloyd.
Sus manos grandes descansaban sobre los hombros de dos de sus hijas, como si necesitara apoyarse en ellas para no caerse. En su rostro se mezclaban el orgullo, el cansancio y una pizca de terror ante lo que el destino acababa de colocar en sus brazos: catorce criaturas y un sueldo que apenas alcanzaba para pagar la gasolina del camión.
—Ahora que por fin tengo un niño, espero que hasta aquí lleguemos —bromeó ante los reporteros.
Lo dijo con humor, sí, pero en sus ojos se veía la cuenta rápida: comida, zapatos, cuadernos, mantas. Cincuenta dólares a la semana no daban para muchos lujos, ni para muchos bebés más.
Therees, en la foto, mira a la cámara con una expresión difícil de descifrar: el rostro de una mujer que acaba de lograr algo estadísticamente extraordinario… y que no está segura de si quería romper ese récord o no.
La imagen se publicó en periódicos de costa a costa.
Los titulares repetían la misma idea con distintas palabras: “Familia de Maine rompe su récord solo de niñas” o “Tras trece hijas, por fin nace el hijo”. En cafeterías, barberías y tiendas de abarrotes, la gente se detenía a mirar la fotografía: una nube de faldas, moños y rostros femeninos, y en medio, un bebé que rompía la racha.
Mientras tanto, dentro de la vieja escuela, la vida seguía.
El dinero de Lloyd apenas alcanzaba para llenar la despensa; las latas baratas y el pan de oferta sustituían cualquier idea de banquete. Las camas eran literas apretadas, colchones delgados, mantas remendadas una y otra vez. El edificio era espacioso, sí, pero seguía siendo una escuela reciclada, no una casa diseñada para catorce.
Las hermanas mayores eran algo más que hermanas.
Eunice, con sus dieciséis años, ya sabía cambiar pañales, preparar comida para una multitud y calmar berrinches de niñas de todas las edades. Las gemelas Janet y Janice, de diez años, se habían especializado en “acorralar” a las del medio cada mañana para que nadie se quedara sin peinar ni sin tarea.
La ropa seguía un camino muy claro: de la mayor a la que seguía, y así hasta la más pequeña.
Vestidos que alguna vez fueron de flores terminaban deslavados y cortados, convertidos en blusas o faldas para la siguiente hermana. Zapatos remendados, abrigos que cambiaban de dueño tantas veces que ya nadie recordaba de quién habían sido primero.
Con Leslie, aquel sistema perfecto se rompió.
No había pantalones pequeños en la casa, ni camisas de niño, ni zapatos que no tuvieran hebillas o florecitas bordadas. Sus hermanas lo miraban envuelto en manta rosa y se reían bajito. Entre ellas, alguien dijo que seguramente el primer pantaloncito azul sería el lujo más grande que la familia habría comprado en años.
Las gemelas, que tenían diez años cuando llegó el niño, lo miraban con una mezcla de curiosidad y recelo.
Habían crecido en un mundo donde las reglas eran de niñas: quién lava los platos, quién barre, quién cuida a la pequeña. Ahora, de pronto, había un hermano, algo que hasta entonces solo existía en las casas de los demás.
Donna, de ocho años, y Hazel, de siete, lo tocaban con cuidado, como si se fuera a romper. Rae Jean, la de cinco, le daba juguetes que antes habían sido suyos, y luego se reía al ver que el bebé ni siquiera podía sostenerlos.
Para ellas, que siempre habían tenido hermanas por arriba y por abajo, aquel niño era un pequeño misterio que lloraba, dormía y acaparaba las miradas de todos.
La más pequeña, Lorraine, apenas de año y medio, lo aceptó sin preguntas.
Cuando aprendió a hablar con más claridad, Leslie ya estaba gateando. Para ella, él nunca fue “el milagro después de trece niñas”, sino simplemente “mi hermano”. Nunca recordaría la casa llena solo de voces de mujer; en su memoria, siempre habría una voz de niño corriendo por los pasillos de la vieja escuela.
La famosa fotografía que recorrió el país congeló un segundo de esa historia.
Las trece niñas miran al bebé con expresiones que van del asombro a la desconfianza. Una de las mayores sonríe con orgullo; otra frunce el ceño, como si se preguntara si ese niño cambiaría su lugar en la familia. La pequeña Koyce, de tres años, estira la mano hacia el bulto, queriendo tocar aquello que, según todos, lo cambiaba todo.
Detrás, Lloyd mantiene la postura de padre de familia numerosa: firme, silencioso, cargando un peso invisible hecho de cuentas, recibos y noches en vela. Sus ojos dicen lo que su boca no, el “¿en qué lío nos hemos metido?” que acompaña a cualquier padre abrumado y enamorado de sus hijos al mismo tiempo.
Fuera del papel fotográfico, la vida de los Brooks era menos de anuncio y más de supervivencia.
Mientras la nación celebraba familias grandes como símbolo de prosperidad y esperanza tras la guerra, Lloyd calculaba cómo pagar el carbón para calentar la casa ese invierno. Mientras el país hablaba de “baby boom” y de ideales familiares, las hijas mayores de los Brooks dejaban a un lado sus propios sueños para ayudar a criar a las menores.
Sin embargo, en medio de la estrechez, había risas.
El viejo salón de clases que antes escuchaba lecciones ahora escuchaba canciones de cuna, regaños, juegos y chistes. La foto que salió en los periódicos parecía un cuento de hadas doméstico, pero también era el retrato de una familia que hacía milagros con casi nada: compartían camas, platos y hasta ilusiones.
Leslie Benjamin Brooks llegó a un hogar que había sido, durante dieciséis años, un universo femenino.
Las dinámicas que rompió —o que creó— no se pueden leer solo en un negativo de blanco y negro. ¿Lo consintieron de más sus hermanas? ¿Lo celaron? ¿Lo vieron como un intruso o como una bendición? Nadie puede decirlo con certeza a partir de una sola foto.
Tampoco se sabe si Lloyd había soñado con un hijo varón desde la primera vez que alzó a una de sus niñas, o si de verdad estaba satisfecho con su legión de hijas hasta que el destino decidió jugarle esta broma tardía.
Lo que sí quedó claro es que, ese 24 de octubre de 1954, algo cambió para siempre en la vieja escuela convertida en casa.
La imagen de los Brooks perduró como una cápsula de la vida estadounidense de aquellos años.
Una familia improbable por su tamaño, por su desbalance entre niñas y niño, y por la felicidad sencilla que mostraban a pesar de las cuentas apretadas. Trece hijas y un hijo, todos apretados en un solo encuadre, recordándole al país que, en aquellos tiempos, cada familia parecía vivir entre lo ordinario y lo extraordinario.
Porque, al final, eso eran los Brooks: una familia más —con problemas, risas, cansancio y orgullo— y, al mismo tiempo, una historia que parecía imposible y que cabía en una sola fotografía que dio la vuelta a todo un país.