Beatriz Guevara nunca imaginó que el olor a sábanas recién lavadas y el sonido metálico de su carrito de limpieza en un hotel de cinco estrellas terminarían llevándola a una vida que no había pedido… pero que, quizá, necesitaba.
Tenía 24 años, venía de Puebla y había llegado a la Ciudad de México seis meses atrás con una maleta gastada, un cuaderno lleno de apuntes y la promesa silenciosa que se hizo a sí misma en la terminal: “No me voy a rendir”. Por las mañanas trabajaba como camarista en el Presidente Intercontinental; por las noches, se sentaba en un salón de la universidad pública con ojeras que nadie aplaudía, pero con una voluntad que nadie podía comprar.

El sueldo apenas alcanzaba para la renta de su pequeño departamento en la Roma Norte. A veces comía pan con café, a veces solo café. Aun así, Beatriz conservaba una dignidad sencilla: hacía su trabajo con cuidado, doblaba cada toalla como si fuera un detalle importante y, cuando alguien la miraba como si fuera invisible, ella respiraba hondo y seguía adelante.
Aquella mañana de marzo parecía como cualquier otra. El aire estaba fresco, el cielo azul, y el pasillo del piso quince olía a desinfectante y perfume caro. Beatriz acomodaba las toallas cuando escuchó pasos apresurados. Una voz masculina la detuvo.
—Disculpe, señorita…
Ella se giró y lo vio.
Era un hombre alto, de cabello castaño con canas discretas en las sienes. Vestía un traje azul marino impecable y llevaba un portafolio de piel que parecía costar más que tres meses de su salario. Sus ojos oscuros eran intensos, pero no duros. Había en ellos algo que Beatriz reconoció de inmediato: urgencia… y una tristeza escondida detrás de la buena educación.
—Sí, señor —respondió ella, arreglándose el uniforme con nerviosismo.
—Me llamo Fernando Navarro —dijo él—. Necesito tu ayuda con algo fuera de lo común.
Beatriz frunció el ceño. En un hotel así, los huéspedes siempre pedían cosas raras: flores a medianoche, champaña a las siete de la mañana, toallas que no habían tocado el suelo. Pero aquel hombre miró a ambos lados como si temiera ser escuchado.
—¿Puedo hablar contigo en privado? Es urgente.
Beatriz dudó. No parecía peligroso. Parecía… desesperado.
—Pero no puedo tardar mucho —advirtió—. Tengo otros cuartos que limpiar.
Fernando la condujo hacia una pequeña sala al final del pasillo, reservada para huéspedes especiales. Cerró la puerta como si estuviera cerrando un secreto. Luego respiró hondo, como quien se arma de valor para decir algo vergonzoso.
—Lo que voy a pedirte te puede sonar extraño —comenzó—, pero de verdad necesito tu ayuda.
Beatriz cruzó los brazos, a la defensiva.
—Diga.
—Mi familia está organizando una reunión esta noche. En el restaurante Pujol, en Polanco. Y… necesito que alguien finja ser mi esposa frente a ellos.
A Beatriz se le abrió la boca, incrédula.
—¿Su… esposa?
—Sí. —Fernando se pasó una mano por el cabello—. Mi familia cree que estoy casado desde hace dos años. Yo dejé que lo creyeran para que dejaran de presionarme todo el tiempo con el matrimonio y los hijos.
Beatriz lo miró como si hubiera escuchado un chiste malo.
—¿Y por qué me lo pide a mí? ¿No hay agencias para eso?
Fernando soltó una risa breve, sin alegría.
—Necesito a alguien auténtica. Alguien que mi familia no conozca y que no esté en sus círculos. —Sacó la cartera y, sin teatro, fue directo—: Te pago cinco mil pesos por la noche. Solo una cena. Unas horas. Sonríes, eres amable y finges que me conoces bien.
Cinco mil pesos.
Beatriz sintió que el mundo se detenía un instante. Con eso podía pagar colegiaturas atrasadas, comprar despensa, respirar por primera vez en meses sin la ansiedad de las cuentas.
Pero también sintió otra cosa: la alerta de su instinto. En la ciudad, los favores caros suelen traer problemas caros.
—¿Por qué debería confiar en usted? —preguntó, elevando la barbilla.
Fernando la miró a los ojos. Y por primera vez su rostro se quebró un poco, dejando ver algo humano.
—Porque estoy siendo honesto contigo desde el principio. Podría inventarte una historia, pero elegí decirte la verdad.
Extendió la mano.
—Soy Fernando Navarro. Tengo cuarenta y dos años. Soy dueño de una empresa de tecnología. Nunca me he casado… y mi familia cree que por eso soy un fracaso personal.
La sinceridad no se compraba con dinero. Beatriz lo supo al verlo. Tragó saliva, mirando esa mano extendida como si fuera una puerta a algo desconocido.
—Beatriz Guevara —dijo finalmente, estrechándola—. Veinticuatro. Estudiante de administración… y al parecer su esposa temporal.
Fernando sonrió por primera vez, y su rostro cambió por completo. No era un hombre frío; era un hombre cansado.
—Entonces… ¿aceptas?
Beatriz respiró hondo.
—Acepto. Pero con condiciones.
Fernando asintió de inmediato, como quien agradece que le pongan límites.
—Nada de contacto físico más allá de un apretón de manos o tomarme del brazo. Me recoge a las siete y me trae de vuelta sana y salva. Y si alguien pregunta cosas muy personales… usted cambia el tema.
—Perfecto —dijo él, y anotó su dirección—. Gracias, Beatriz. No sabes el alivio que me das.
Cuando Fernando se fue, Beatriz se quedó mirando la tarjeta que le dejó: “Fernando Navarro, CEO Texol, Torre Reforma”.
Y ahí, en el silencio del pequeño cuarto, se preguntó si acababa de aceptar el trabajo más extraño de su vida… o el inicio de algo que todavía no sabía nombrar.
A las siete en punto, un Mercedes-Benz negro se detuvo frente a su edificio en Álvaro Obregón. Beatriz había elegido un vestido azul marino sencillo, prestado por su vecina, y zapatos bajos que compró durante el descanso del almuerzo. No buscaba parecer rica; buscaba no parecer fuera de lugar.
Fernando bajó del coche, impecable en un traje gris oscuro, y le abrió la puerta con una educación que no era arrogante.
—Estás hermosa —dijo, sin exagerar.
Beatriz sintió calor en el rostro.
—Gracias. Espero que sea adecuado para el restaurante.
—Está perfecto. —Luego, mientras arrancaban, Fernando comenzó a contarle sobre su familia: su padre Roberto, tradicional, duro; su madre Carmen, cálida pero preocupada; su hermana Lucía, la hija modelo; su hermano Carlos, simpático y menos presionado.
Beatriz escuchaba, memorizando datos como si fuera un examen. Pero también notaba algo: Fernando apretaba el volante como si ese trayecto no fuera hacia una cena… sino hacia un juicio.
—¿Por qué nunca te casaste de verdad? —preguntó ella, sin malicia.
Fernando guardó silencio. La ciudad brillaba por la ventana, pero su voz salió como si viniera de un lugar oscuro.
—Tuve una relación seria. Ella quería casarse y tener hijos. Yo pensé que también… hasta que me di cuenta de que estaba haciendo lo que todos esperaban de mí, no lo que yo quería.
—Suena honesto —respondió Beatriz—. Mejor eso que vivir una vida ajena.
Fernando la miró de reojo, sorprendido.
—Ahora entiendo por qué te elegí para esto.
Cuando llegaron a Pujol, Beatriz sintió que el estómago se le apretaba. Todo era elegante, silencioso, perfecto. Fernando le dio una “última oportunidad” para echarse atrás.
Y Beatriz, sin entender de dónde venía esa valentía, dijo:
—No me voy a rajar ahora.
La familia Navarro los esperaba en una mesa privada. Roberto era imponente, con cabello blanco y mirada que parecía medirlo todo. Carmen sonrió con una calidez que desarmó a Beatriz. Lucía observaba con ojos inteligentes. Carlos, más relajado, sonreía con simpatía.
—Fernando… —Carmen abrazó a su hijo—. Y tú debes ser Beatriz. Nuestra querida Beatriz.
El corazón de Beatriz latió rápido. “Querida”. Nadie la llamaba así en esos lugares.
—Sí, mamá. Ella es mi esposa, Beatriz Guevara de Navarro —dijo Fernando, colocando una mano suave en su espalda.
Beatriz sonrió como le habían pedido.
—Es un gusto conocerlos por fin. Fernando habla mucho de ustedes.
Roberto le dio un apretón firme.
—Por fin conocemos a la mujer que conquistó el corazón de nuestro Fernando.
La primera hora fluyó entre conversaciones generales y preguntas fáciles. Beatriz inventó detalles con cuidado: que se conocieron en una conferencia, que tuvieron una “luna de miel tranquila” en Tulum. Mentiras pequeñas, pero no crueles.
Hasta que Lucía preguntó lo inevitable:
—Beatriz querida… ¿y para cuándo nos van a dar sobrinos? Ya llevan dos años casados.
El silencio cayó como una piedra sobre la mesa. Beatriz sintió que la miraban como si tuviera que entregar una prueba de amor.
Fue entonces cuando Fernando le tomó la mano y dijo:
—La verdad es que tenemos una noticia que compartir con ustedes.
A Beatriz casi se le paralizó el alma. ¿Qué iba a inventar ahora?
Fernando apretó su mano bajo la mesa, como pidiendo permiso sin palabras, y continuó:
—Estamos intentando tener hijos… pero decidimos no hablar de eso hasta estar seguros. Es algo muy personal.
La respuesta fue perfecta. Carmen aplaudió con emoción. Roberto brindó. Y Beatriz respiró de nuevo.
Pero notó algo: Fernando temblaba. La mentira le pesaba como si tuviera piedras en el pecho.
Después de la cena, Carmen la abrazó con cariño.
—Fue un gusto conocerte. ¿Qué tal un almuerzo solo nosotras la próxima semana?
Beatriz sintió pánico. Fernando intervino rápido:
—Beatriz trabaja en consultoría. Está llena de proyectos.
La mentira salvó el momento, pero en el camino de regreso el silencio se volvió incómodo.
En un semáforo sobre Insurgentes, Beatriz se atrevió:
—¿Por qué hiciste eso?
Fernando suspiró.
—Porque cuando vi la expectativa en sus ojos… me di cuenta de lo complicada que se está volviendo esta farsa. Y también… —la miró— por un momento sentí que de verdad éramos casados.
Esas palabras golpearon a Beatriz donde no esperaba. No era amor todavía, pero sí algo peligroso: la posibilidad.
Esa noche, frente a su edificio, Fernando hizo otra propuesta:
—El próximo sábado habrá una fiesta por los 45 años de la empresa de mi papá. Esperarán que estés ahí. Te pago el doble: diez mil pesos.
Beatriz hizo cuentas. Y, más allá del dinero, recordó la calidez de Carmen, el orgullo de Roberto, la mirada curiosa de Lucía. Recordó que por primera vez en la ciudad alguien la había tratado como si importara… aunque fuera por una mentira.
—Acepto —dijo al fin—. Pero necesito saber todo. No más sorpresas.
Fernando asintió.
—Lo prometo.
Beatriz subió las escaleras con el dinero en el bolso… pero con algo más pesado en el pecho: la sensación de que su vida acababa de girar hacia un camino del que ya no sería fácil volver.
Y sin saberlo, esa decisión —tomada por necesidad y por orgullo— la estaba acercando a la noche en la que, rodeada por sesenta miradas, tendría que decidir si la mentira terminaba ahí… o si, para sobrevivir, iba a dar el paso que lo cambiaría todo.