¡Tienes que acostarte con nosotras o te mataremos Dijeron las dos hermanas gigantes al ranchero…

¡Tienes que acostarte con nosotras o te mataremos Dijeron las dos hermanas gigantes al ranchero…

Las Viudas Negras del Desierto

El sol del mediodía quemaba como un hierro al rojo sobre el desierto de Sonora, donde el polvo se arremolinaba como serpientes invisibles. Javier Ruiz, ranchero solitario curtido por años de aislamiento, cabalgaba de regreso a su ranchito abandonado en las afueras de un pueblo fantasma. Su caballo, un Mustang flaco y exhausto, pisaba con cautela las rocas afiladas.

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Javier no había visto un alma en semanas, solo coyotes y cactus que se erguían como centinelas mudos. Pero ese día, algo cambió. Dos figuras altas emergieron del horizonte, montadas en yeguas negras que relinchaban con furia.

—Vas a tener sexo con nosotras, de lo contrario te mataremos —dijeron las dos gigantes hermosas hermanas, apuntándole con revólveres plateados que brillaban bajo el sol implacable.

Javier parpadeó incrédulo, su mano temblando cerca de la pistolera. Las mujeres eran imponentes, más de dos metros de altura cada una, con curvas que desafiaban la gravedad y rostros angelicales enmarcados por cabellos negros como la noche. Vestían como forajidas, con botas polvorientas, faldas rasgadas y chalecos de cuero que apenas contenían su exuberancia.

¿De dónde habían salido? ¿Eran reales o un delirio del calor? El ranchero tragó saliva, su corazón latiendo como un tambor de guerra.

—¿Quiénes son ustedes? —balbuceó Javier, bajando del caballo con lentitud.

El desierto parecía cerrarse alrededor de ellos, el viento silbando una advertencia siniestra.

La mayor, con ojos verdes que perforaban el alma, sonrió con dientes perfectos.

—Soy Rosalía y esta es mi hermana menor, Isabella. Somos las Viudas Negras del Sur. Matamos a nuestros maridos por traición y ahora buscamos diversión. Tú eres el elegido, vaquero. Desnúdate o muere.

Javier retrocedió un paso, su mente girando en espiral. Había oído leyendas sobre las Viudas Negras, hermanas malditas que vagaban por la frontera, seduciendo y destruyendo a hombres solitarios. Algunos decían que eran brujas, otros que eran hijas de un bandido legendario. Pero gigantes, eso era nuevo. ¿Cómo podían ser tan altas? ¿Acaso el infierno las había estirado en su forja infernal?

El ranchero miró a su alrededor. Millas de nada, solo arena y espinas. No había escape. Isabella, la menor, con labios rojos como sangre fresca, se acercó balanceando las caderas.

—No seas tonto, Javier. Sabemos tu nombre. Te hemos vigilado desde las colinas. Eres fuerte, pero solo. Nosotras te daremos placer o dolor eterno.

¿Cómo sabían su nombre? El pánico se apoderó de él. Sacó su revólver con un movimiento rápido, pero Rosalía fue más veloz. Un disparo rozó su sombrero, enviándolo al suelo.

—Eso fue una advertencia —siseó ella—. El próximo va al corazón.

Javier cayó de rodillas, el polvo invadiendo su boca. Las hermanas desmontaron, sus botas crujiendo contra la tierra seca. Isabella lo levantó por el cuello como si fuera un muñeco, su fuerza sobrenatural confirmando las sospechas.

—Míranos bien —murmuró Rosalía, desabotonando su chaleco lentamente, revelando piel bronceada y curvas que hipnotizaban—. Somos tu salvación o tu condena. Elige.

El ranchero, jadeando, sintió una mezcla de terror y deseo prohibido. El desierto parecía conspirar contra él, el sol bajando como un verdugo. Lucharía y moriría, o se rendiría a lo desconocido.

Las hermanas lo arrastraron hacia una cueva cercana, oculta tras un afloramiento rocoso. Dentro, el aire era fresco y húmedo, un contraste chocante con el infierno exterior. Allí, atado a una roca con cuerdas ásperas, Javier las vio transformarse. No eran solo gigantes: sus ojos brillaban con un fuego sobrenatural.

—Nuestra madre era una curandera apache —confesó Isabella, mientras se quitaba la falda, revelando muslos poderosos—. Nos maldijo con esta altura y esta lujuria eterna. Matamos para sobrevivir, pero amamos para vivir.

Rosalía se acercó, su aliento caliente en el cuello de Javier.

—Dinos, ranchero, ¿has soñado con mujeres como nosotras? Gigantes que te dominen, que te hagan gritar de placer antes de romperte.

El hombre luchó contra las ataduras, pero era inútil. Su cuerpo traicionaba su mente, respondiendo al toque de Isabella, quien deslizaba dedos largos por su pecho.

—No… por favor —suplicó, pero su voz se quebró en un gemido cuando Rosalía lo besó con fuerza, sus labios devorando los suyos.

La cueva se llenó de ecos suspensivos, risas bajas, respiraciones entrecortadas, el crujir de la ropa cayendo. Javier se rindió paso a paso, su resistencia derritiéndose bajo el asalto dual. Las hermanas eran implacables, turnándose para explorarlo, sus cuerpos gigantes envolviéndolo como una tormenta. Rosalía lo montó primero, sus caderas moviéndose con ritmo salvaje, mientras Isabella susurraba amenazas eróticas al oído.

—Si no nos complaces, te arrancaremos el corazón y lo comeremos crudo.

El placer era abrumador, mezclado con el miedo de lo que vendría después. Lo matarían una vez satisfechas. Javier jadeaba, perdido en el torbellino, sus manos libres ahora arañando la espalda de Rosalía. Isabella se unió, creando un nudo de miembros y deseo que desafiaba la imaginación.

El tiempo se detuvo en esa cueva, el desierto olvidado. Pero entonces, un ruido: cascos lejanos. ¿Ayuda o más peligro?

Las hermanas se tensaron, sus ojos brillando.

—Alguien viene —gruñó Rosalía, alcanzando su revólver.

Javier vio su oportunidad. Con un esfuerzo hercúleo, rodó y agarró una piedra suelta, golpeando a Isabella en la sien. Ella cayó con un grito, sangre brotando.

—¡Maldito! —rugió Rosalía, apuntándole.

Pero Javier fue más rápido esta vez, disparando desde el suelo. La bala impactó en su hombro, enviándola hacia atrás. Liberado, corrió hacia la entrada de la cueva, el corazón latiendo con furia. Afuera, el desierto lo recibió con un viento helado, el sol poniéndose en un baño de sangre. Montó su caballo, galopando hacia el pueblo más cercano, pero las hermanas no se rendirían fácilmente.

Oyó sus yeguas persiguiéndolo, disparos zumbando como avispas mortales.

—¡Vuelve, amante! —gritó Isabella, su voz secando en la vastedad—. ¿O prefieres morir solo?

Javier zigzagueaba entre rocas, su mente repleta de imágenes chocantes, los cuerpos gigantes, el placer forzado, la amenaza latente. ¿Eran humanas o demonios?

El pueblo apareció en el horizonte, luces parpadeantes como estrellas caídas. Pero justo antes de llegar, una bala rozó su pierna, tirándolo del caballo. Rodó por el polvo, dolor explotando. Las hermanas se acercaron, sombras imponentes contra el crepúsculo.

Rosalía, con el hombro vendado improvisadamente, sonrió.

—Pensaste que escaparías. Ahora el precio es doble: sexo y tu alma.

Isabella lo levantó de nuevo, arrastrándolo de vuelta al desierto. Pero en ese momento, un grupo de vaqueros del pueblo, alertados por los disparos, apareció en la cresta.

—¡Alto ahí! —gritó el sheriff, un hombre robusto con bigote espeso.

Las hermanas vacilaron, evaluando.

—Esto no termina aquí —siseó Rosalía, montando y galopando hacia la oscuridad con Isabella.

Javier, sangrando y exhausto, fue rescatado por los vaqueros. Lo llevaron al salón, donde bebió whisky para calmar los nervios.

Esa noche, en su catre, soñó con ellas, gigantes hermosas, prometiendo éxtasis y muerte. Despertó sudando, oyendo un susurro en el viento.

—Volveremos por ti.

Pasaron días. Javier intentó olvidar, trabajando en su rancho con manos temblorosas, pero una tormenta llegó, truenos retumbando como cañones. En medio de la lluvia torrencial las vio de nuevo: Rosalía e Isabella, empapadas y más seductoras que nunca, irrumpiendo en su cabaña.

—No escapaste —dijo Rosalía, cerrando la puerta con un golpe—. Ahora sin interrupciones.

Javier sacó su rifle, pero Isabella lo desarmó con facilidad sobrehumana. Lo empujaron a la cama, sus cuerpos presionando contra el suyo.

—Esta vez nos pertenecerás para siempre —murmuró Isabella, besando su cuello mientras Rosalía exploraba más abajo.

El placer regresó, intensificado por el terror. Javier se debatió, pero el deseo lo traicionó una vez más. Las hermanas lo dominaron, turnándose en un ritual erótico que duró horas, sus gemidos mezclándose con el rugido de la tormenta. Rosalía cabalgaba con furia, sus pechos gigantes balanceándose, mientras Isabella lo ataba con sus propias riendas.

—Di que nos amas —exigió Rosalía, clavando uñas en su pecho.

—Los amo —jadeó Javier, roto.

Pero en el clímax, un relámpago iluminó la habitación, revelando un secreto: tatuajes en sus espaldas, símbolos apache de maldición eterna. Eran inmortales, condenadas a seducir y matar. Javier, en un último acto de desesperación, alcanzó un cuchillo oculto bajo la almohada y lo hundió en el costado de Isabella, quien gritó como una banshee. Rosalía, enfurecida, lo estranguló, pero el ranchero cortó su garganta en el forcejeo.

Ambas cayeron, sangre empapando el piso. Javier, herido mortalmente, se arrastró afuera, la lluvia lavando su cuerpo. Miró al cielo estrellado, preguntándose si había ganado o perdido.

Al amanecer, los vaqueros encontraron la cabaña vacía. Solo manchas de sangre y un mensaje tallado en la madera:

Volveremos.

Javier desapareció, convirtiéndose en leyenda. Algunos dicen que se unió a ellas en el desierto, un fantasma eterno en su abrazo mortal. Otros, que las Viudas Negras aún acechan, buscando al próximo ranchero solitario.

El desierto guarda sus secretos. Pero una cosa es cierta: en las noches de luna llena se oyen gemidos suspensivos mezclados con amenazas de placer y muerte.

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