EL ESCLAVO MÁS FEO Y GORDO FUE ELEGIDO COMO JUGUETE DE LA HEREDERA DE LA PLANTACIÓN

EL ESCLAVO MÁS FEO Y GORDO FUE ELEGIDO COMO JUGUETE DE LA HEREDERA DE LA PLANTACIÓN

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“El esclavo más feo y gordo fue elegido como juguete de la heredera de la plantación”

El sol de Yucatán caía como plomo derretido sobre la hacienda San Jerónimo en aquel agosto de 1742, y Bernardo sabía que algo terrible estaba por suceder. Lo supo cuando don Fulgencio Sandoval ordenó que todos los esclavos de la plantación se formaran en el patio central bajo el sol abrasador que convertía la tierra en brasas. Bernardo intentó esconderse detrás de los barriles de melaza, su cuerpo robusto apenas cabiendo en el estrecho espacio, pero las risas crueles de los capataces lo arrastraron al frente.

—¡Miren al gordo Bernardo! —gritaban, empujándolo con varas, hasta que cayó de rodillas frente a toda la hacienda. El polvo se elevó alrededor de su cuerpo cuando impactó contra el suelo, llenando sus pulmones y haciéndolo toser violentamente mientras las carcajadas resonaban en sus oídos.

A sus años, Bernardo cargaba no solo el peso de su cuerpo, que los amos consideraban grotesco y digno de burla, sino también las cicatrices de 17 años de esclavitud. Su rostro, marcado por una quemadura de azúcar hirviendo que le desfiguró la mejilla izquierda cuando tenía 6 años, era motivo de asco para los Sandoval. El monstruo, lo llamaban, la bestia gorda.

Pero en sus ojos negros, profundos como pozos sin fondo, habitaba una inteligencia que aterrorizaba a quienes se molestaban en mirar. Había aprendido a leer, observando en secreto las lecciones del hijo menor de sus antiguos amos, escondido detrás de las cortinas, mientras el tutor golpeaba las letras en la pizarra. Había aprendido a calcular números contando sacos de azúcar, barriles de melaza, días hasta el próximo castigo.

Ese día, sin embargo, no era como los demás. Doña Inés María Sandoval y Cortés acababa de cumplir 19 años, y su padre había decidido darle un regalo especial por su mayoría de edad. La joven heredera, criada entre encajes franceses y abanicos de marfil, observaba desde el balcón de la Casa Grande con una expresión que Bernardo no podía descifrar. No era la típica mirada de desprecio que conocía también. Había algo más oscuro, más perturbador en esos ojos verdes que brillaban con una curiosidad enfermiza.

Bernardo la había visto crecer desde la distancia durante años, una niña mimada que se convertía en una mujer bajo el pulgar de hierro de su padre. Había notado cómo su risa se había vuelto más rara con los años, como sus ojos perdían brillo cada vez que don Fulgencio entraba en una habitación.

—Mi querida Inés —proclamó don Fulgencio con voz ampulosa, su bigote gris temblando con cada palabra—. Has alcanzado la edad en que una mujer de tu posición debe aprender sobre el poder, sobre el dominio que nuestra familia ejerce sobre estas tierras y sobre quiénes las trabajan. Por ello, he decidido entregarte un esclavo personal, no cualquier esclavo, sino uno que te recordará siempre la superioridad de nuestra sangre.

El silencio que siguió fue tan denso que Bernardo podía escuchar su propio corazón golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra africano que nunca conoció. Podía oler el miedo de los otros esclavos a su alrededor, mezclado con el dulce y nauseabundo aroma de la melaza que siempre impregnaba el aire de San Jerónimo.

Don Fulgencio recorrió las filas de esclavos con pasos lentos, deliberados, su bastón de ébano golpeando el suelo con cada paso, como una cuenta regresiva hacia el destino. Pasó junto a Ricardo, un hombre joven y fuerte que trabajaba en los campos de caña, cuya espalda mostraba las cicatrices de mil latigazos, pero cuyos músculos aún prometían años de trabajo duro. Ignoró a las mujeres que mantenían la casa, aquellas cuyas manos ásperas fregaban pisos de mármol y pulían plata hasta que brillaba como espejos.

Sus ojos se posaron finalmente en Bernardo, y una sonrisa cruel torció su boca, revelando dientes amarillentos manchados de tabaco.

—Este —dijo señalándolo con su bastón de ébano, la punta presionando dolorosamente contra el pecho de Bernardo—. Este será tu juguete, hija mía, el más feo, el más gordo, el más repugnante de todos ellos, para que nunca olvides qué lugar ocupa cada quien en el orden natural de las cosas.

Las carcajadas de los otros hacendados invitados a la celebración resonaron como cristales rompiéndose. Don Ernesto López, conocido por ahogar a sus esclavos rebeldes en barriles de vino, aplaudía con entusiasmo. Doña Carmela Ruiz, cuya crueldad hacia sus sirvientas era legendaria en toda la región, se abanicaba con falsa modestia mientras sonreía con aprobación.

Bernardo sintió que algo dentro de él también se quebraba, pero no era nuevo. Llevaba años roto, remendado con odio silencioso y sueños imposibles de libertad. Levantó la vista hacia Inés, esperando ver el mismo regocijo cruel que veía en todos los rostros blancos, pero lo que encontró lo desconcertó. La joven había palidecido. Sus manos aferraban la barandilla del balcón con tal fuerza que sus nudillos blanqueaban aún más. Por un instante, tan breve que Bernardo pensó haberlo imaginado, creyó ver horror en su expresión, un destello de humanidad que no esperaba encontrar en ningún Sandoval.

—Padre —dijo Inés con voz temblorosa, apenas audible sobre las risas de los invitados.

—¡Yo no pedí! —rugió don Fulgencio, su rostro enrojeciendo de furia ante la osadía de su hija de contradecirlo—. Una señorita no contradice a su padre en público. Agradecerás mi generosidad y tomarás posesión de tu propiedad. Bernardo, el monstruo, ahora te pertenece. Puedes hacer con él lo que te plazca, trabajarlo hasta la muerte, castigarlo por diversión, exhibirlo como curiosidad ante tus amigas. Es tuyo.

Don Fulgencio se volvió hacia los capataces, su voz cargada de veneno.

—Llévenlo a las habitaciones de servicio y prepárenlo para su nueva vida como mascota de la señorita. Quiero que esté limpio, al menos, aunque no hay jabón en el mundo que pueda mejorar esa cara.

Bernardo fue arrastrado hacia las habitaciones de servicio detrás de la casa grande, donde lo encadenaron a un poste de hierro que había sido usado para castigar a esclavos rebeldes durante décadas. Las cadenas eran innecesarias. ¿A dónde podría huir un hombre como él, marcado por su piel, su cuerpo, su cara? Pero los Sandoval disfrutaban de los símbolos de poder. Los eslabones fríos mordían su piel, recordándole que incluso en este nuevo rol seguía siendo propiedad, seguía siendo menos que humano a los ojos de quienes lo poseían.

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