El Ranchero Fingió Dormir para Probar a las Hermanas Apache — ¡Se Congeló al Escuchar su Plan!

El Ranchero Fingió Dormir para Probar a las Hermanas Apache — ¡Se Congeló al Escuchar su Plan!

El sueño del desierto

En el polvo ardiente de Nuevo México, donde el sol quema la tierra como un hierro al rojo, el ranchero Jack Harland yacía en su catre improvisado junto al fuego crepitante. Sus ojos cerrados, la respiración lenta y profunda, fingiendo un sueño que no existía. Pero el corazón latía como tambor de guerra apache.

¿Por qué?
Porque las dos hermanas apache, las que había rescatado de una banda de forajidos hacía apenas una semana, susurraban en la oscuridad de la cabaña.

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.

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Y lo que oyó lo dejó helado:

—Mátalo esta noche antes de que despierte.
Su tierra será nuestra y su sangre fertilizará el suelo que nos robaron.

Jack no era hombre de muchas palabras, pero sí de acciones rápidas. Había llegado a esas tierras áridas huyendo de un pasado manchado por la guerra civil, donde luchó del lado equivocado. Según algunos.

Su rancho era modesto: una cabaña de troncos, un corral con caballos flacos y un pozo que a veces escupía más arena que agua. Pero era suyo, ganado con sudor y plomo.

Hace siete días, cabalgando por el Cañón Rojo, encontró a las hermanas atadas a un poste, rodeadas por los buitres humanos que se hacían llamar los Lobos del Sur. Bandidos mexicanos cruzando la frontera, sedientos de oro y venganza.

Las hermanas, Naya y Kira, eran apache mezcalero, huidas de su reserva tras una masacre.
Naya, la mayor, con ojos negros como la noche y trenzas de obsidiana, tenía una cicatriz en la mejilla que hablaba de batallas pasadas.
Kira, más joven, con belleza salvaje y furia contenida, portaba un cuchillo escondido en la bota.

Jack las liberó con su Winchester, dejando tres cuerpos en el polvo.

—Vengan conmigo —les dijo, sin esperar gratitud.

Ellas lo siguieron, silenciosas como sombras. Al principio todo parecía un arreglo temporal. Jack les dio refugio, comida y un lugar para curar sus heridas.
Naya cocinaba con hierbas del desierto. Kira cuidaba los caballos con destreza que avergonzaba al ranchero.

Jack notaba las miradas. Las hermanas hablaban en su lengua nativa cuando creían que no escuchaba, y sus ojos seguían sus movimientos como halcones acechando presa.
¿Gratitud o traición?

Esa noche, herido por un rasguño de bala en la frente durante una escaramuza, decidió probarlas. Se recostó junto al fuego, fingiendo sueño inducido por el agotamiento, pero con el Colt bajo la manta, listo para disparar.

El viento aullaba fuera, trayendo olor a creosota y tormenta lejana. Las hermanas se sentaron cerca, sus siluetas danzando a la luz de las llamas. Naya tocó la mejilla de Kira, un gesto tierno que Jack entrevió a través de sus párpados entreabiertos. Luego el beso, profundo, prohibido en los ojos de los blancos, pero natural en su mundo apache, donde el amor no conoce barreras de sangre.

Jack sintió un escalofrío, no de repulsión, sino de intriga.
Eran amantes, además de hermanas.

El viejo oeste estaba lleno de secretos, pero este lo pilló desprevenido.

Entonces, las palabras:

En un español entrecortado, mezclado con apache, Naya susurró:

—El ranchero es fuerte, pero tonto. Cree que nos salvó, pero nosotras lo usamos. Mañana llegan los nuestros, los guerreros de la tribu. Lo degollaremos en el sueño. Tomaremos sus armas, su rancho. La frontera será nuestra venganza.

Kira rió bajito, sonido de víbora:

—Sí, hermana. Su cabeza en una pica como advertencia. Los blancos nos quitaron todo. Tierra, familia… ahora pagará.

Jack se congeló.
¿Era un plan real o una prueba para él?

El sudor perlaba su frente, mezclándose con la sangre seca del rasguño. Recordó las historias que contaban en los salones de Santa Fe: apaches infiltrándose en ranchos, fingiendo debilidad solo para atacar desde dentro. Pero esas hermanas habían curado su herida esa misma tarde con cataplasmas de yuca y salvia.
¿Traición después de misericordia?

La noche se extendió como un manto negro. Jack oyó cómo se movían, preparando algo: el chasquido de un cuchillo siendo afilado, el susurro de tela contra piel.

Su mente corrió hacia el pasado, la guerra, hermanos traicionándose por tierra.

¿Sería él la próxima víctima?

De repente, un ruido fuera: cascos de caballos aproximándose.
¿Los guerreros apache ya?

El corazón de Jack martillaba. Fingir sueño ya no bastaba, tenía que actuar, pero esperó.

Kira se acercó, su aliento cálido sobre su rostro:

—Duerme, ranchero —murmuró.

Jack sintió la punta fría del cuchillo en el cuello.
El momento.
Abrió los ojos de golpe, su mano volando al Colt. Disparó al aire, un estruendo que sacudió la cabaña. Las hermanas retrocedieron sorprendidas.

—Sabía que tramaban algo —gritó Jack, poniéndose de pie, el arma apuntando.

Naya levantó las manos, pero sus ojos brillaban con desafío.

—No entiendes, blanco. No es traición, es supervivencia.

Kira, con el cuchillo aún en mano, escupió:

—Los bandidos vuelven, los Lobos del Sur. Vimos sus rastros hoy. Fingimos el plan para ver si confiabas en nosotras. Si despertabas, sabríamos que eras aliado. Si no, te habríamos salvado de todos modos.

Jack parpadeó, el arma temblando.
Una prueba dentro de una prueba.

El ruido de cascos se intensificó.
Afuera, bajo la luna menguante, cinco jinetes se aproximaban, siluetas oscuras contra el horizonte.
Los Lobos, con rifles y machetes, sedientos de venganza.

—¡Armas! —ordenó Jack, bajando el Colt.

Naya sonrió por primera vez, feroz. Entregó un Winchester de la pared y Kira cargó el suyo. Salieron a la veranda de la cabaña, el viento azotando sus ropas.

Jack se posicionó al frente, sombrero calado, barba grisácea iluminada por el relámpago distante. A su lado, las hermanas, rifles en mano, listas para la batalla.

Los bandidos se detuvieron a veinte yardas.
El líder, mexicano con bigote espeso y cicatriz en el ojo, gritó:

—Entreguen a las apaches, gringo, o quemamos todo.

Jack escupió al suelo.

—Vengan por ellas, cabrones.

El primer disparo vino de Kira, acertando al caballo del líder, derribándolo en el polvo. La balacera estalló como trueno. Balas silbaban, astillando la madera de la cabaña. Jack abatió a uno, Naya a otro con precisión apache, pero eran superados en número. Un proyectil rozó el brazo de Jack, sangre caliente empapando su camisa.

—¡Adentro! —gritó, retrocediendo.

Dentro, barricaron la puerta con el catre. Los bandidos rodeaban la cabaña, disparando a las ventanas.

Kira, con sangre en la mejilla por un corte, miró a Jack:

—No moriremos aquí. Hay un túnel bajo el piso. A la reserva.

Naya asintió, levantando una tabla suelta. Jack dudó. ¿Otra trampa? Pero el fuego enemigo era real.

Bajaron al túnel, tierra húmeda y oscuridad absoluta, gateando con rifles a la espalda, el eco de los disparos arriba. Emergieron en el cañón a media milla, donde caballos apache esperaban ocultos por la tribu.

—Nuestros hermanos —explicó Naya.

Un grupo de guerreros mezcalero pintados para la guerra se unieron. Volvieron al rancho al amanecer, emboscando a los bandidos.
La batalla fue sangrienta: machetes contra rifles, gritos en español y apache. Jack luchó como un demonio, salvando a Kira de un disparo fatal. Al final, los Lobos yacían muertos, el desierto bebiendo su sangre.

Con el sol saliendo, Jack miró a las hermanas.

—El plan era real.

Naya se acercó, tocando su herida.

—Al principio, sí, queríamos tu tierra. Pero nos salvaste dos veces. Ahora somos familia.

Kira, con mirada suave, besó la mejilla de Naya, luego extendió la mano a Jack.

—Quédate con nosotras. El oeste es grande para tres.

Jack rió, exhausto.
El viejo ranchero, solo por años, encontró algo más valioso que tierra: lealtad forjada en fuego.

Pero en las noches siguientes, cuando fingía dormir, escuchaba sus susurros de amor y planes de futuro. Y esta vez no se congelaba de miedo, sino de esperanza.

El desierto, cruel y hermoso, había unido sus destinos en un lazo inquebrantable.

Años después, el rancho creció, mestizo de culturas, vaqueros apache cabalgando con sombreros tejanos.
Jack, con canas plateadas, contaba la historia a los niños de la tribu: cómo un fingido sueño reveló no traición, sino salvación. Pero siempre omitía el beso inicial, ese secreto skin king que inició todo.

El oeste guardaba sus misterios, y este era el suyo.

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