El reciclador de calzado que entregó más de 15 000 pares de zapatos
Me llamo Sia Godika y comencé esta historia cuando tenía solo 13 años, en Bengaluru, India.
Vivía en Koramangala, un vecindario donde todos los días veía a los obreros de la construcción trabajando largas horas… descalzos. Sus pies estaban endurecidos, agrietados y quemados por el polvo y los escombros. Cada tarde veía lo mismo: hombres y mujeres esforzándose con los pies al descubierto, y niños correteando sin ningún tipo de protección. Esa imagen, sencilla pero cruda, me marcó profundamente el alma.

Una tarde, volví a casa y abrí mi armario. Allí encontré varios pares de zapatos que ya no usaba. Me pregunté: ¿por qué guardarlos si hay personas que los necesitan mucho más que yo?
Así nació Sole Warriors (Guerreros del Zapato). La idea era simple pero poderosa: dejar de usar un par de zapatos no debería significar desperdiciarlo, sino donarlo, reciclarlo y darle la oportunidad a otro de caminar con dignidad.
Comencé en mi escuela, pidiendo la ayuda de mi mamá y mi papá. Hice carteles, compartí mensajes en grupos de WhatsApp, invité a otros estudiantes a ser voluntarios. Al cabo de un mes, ya habíamos recolectado 500 pares de zapatos usados. Lo que empezó pequeño fue creciendo: pronto fuimos 15, luego 30, y después, cientos de personas empáticas que se unieron a la causa. Recogíamos todo tipo de calzado en buen estado, desde sandalias hasta zapatillas escolares. Después, voluntarios y zapateros se encargaban de restaurarlos.
Hoy en día, Sole Warriors ha recolectado y distribuido más de 15 000 pares de zapatos entre personas descalzas de barrios vulnerables.
Recuerdo una vez que regresé a la zona donde todo comenzó, donde vi por primera vez a esos niños descalzos. Esta vez, los vi caminando hacia la escuela con zapatos recién restaurados y relucientes. En ese momento, sentí que estaba presenciando una sonrisa hecha camino. Una madre se me acercó y me dijo:
“Mi hijo camina ahora con alegría. Antes llegaba a casa con los pies sangrando. Estos zapatos le devolvieron mucho más que comodidad… le devolvieron dignidad.”
Por esta labor, recibí el Premio Diana, un reconocimiento que realmente no esperaba y que me motivó a seguir adelante con el proyecto. Sin embargo, no lo hago por los premios. Lo hago porque sé lo que es tener los pies lastimados y no poder ir a la escuela, y estoy convencido de que ningún niño debería seguir caminando sobre el dolor.
Donar un solo par de zapatos puede parecer un gesto pequeño… pero la dignidad se recupera paso a paso, pie a pie.
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