«¡Amén…Más rápido, más fuerte, por favor!» El ranchero se quedó helado…y luego cayó rendido de…

«¡Amén…Más rápido, más fuerte, por favor!» El ranchero se quedó helado…y luego cayó rendido de…

El ranchero y la monja de Mesilla

En el polvo y el sol ardiente del desierto de Nuevo México, cerca de Las Cruces y junto al río Grande, Eli Tronor cabalgaba solo, como siempre. A sus años, era un ranchero endurecido por la vida: cicatrices de peleas con bandidos, arrugas talladas por el viento seco y un corazón que había enterrado a su esposa hacía una década. Su rancho era modesto, unas cuantas cabezas de ganado y un caballo fiel llamado Book.

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No hablaba mucho, no necesitaba amigos, pero ese día el destino le tendió una trampa inesperada.

Mientras cruzaba el terreno árido, vio una figura negra inclinada sobre una gran roca, como si rezara o sufriera. Era una monja joven, con el hábito ondeando ligeramente en la brisa. Su rostro pálido contrastaba con el paisaje dorado. Eli detuvo a Book y se acercó con cautela. La mujer gemía, aferrada a la piedra áspera, el cuerpo temblando.

—Amén, más rápido, más fuerte —murmuraba entre sollozos, su voz rota por una fiebre que la consumía.

Eli frunció el ceño. No era una oración normal. Había visto fiebres en el desierto, pero esto era distinto. Bajó del caballo y se acercó.

—Señorita, ¿está bien? —preguntó en voz baja, su acento texano marcado.

Ella levantó la vista, ojos vidriosos, mejillas encendidas.

—Por favor, ayúdeme. Es el demonio dentro de mí —susurró antes de desplomarse.

Sin pensarlo, Eli la tomó en brazos. Era ligera como una pluma, pero ardía como un hierro al rojo. La llevó a su caballo y galoparon hacia su rancho, unas millas río arriba.

En el camino, ella deliraba palabras incoherentes de pecado, de calor insoportable en su cuerpo. Eli no era hombre de iglesia, pero sabía que algo andaba mal. No era solo fiebre: era como si su mente y su carne estuvieran en guerra. Al llegar al rancho, una cabaña de adobe con corral improvisado, la acostó en su cama. Preparó compresas frías con agua del río.

—Tranquila, hermana. No la dejaré sola —dijo mientras le quitaba el velo para refrescarle la frente.

Ella se llamaba María Elena, novicia de la misión cercana, enviada desde México para ayudar en la frontera. Había tomado un tónico milagroso que un vendedor ambulante les había vendido a las monjas para curar dolencias menores. Pero en vez de alivio, trajo este tormento.

A lo largo de la noche, Eli veló por ella, le dio sorbos de agua, le cambió las compresas. En sus delirios, María Elena confesaba que el tónico la había hecho sentir deseos prohibidos, un fuego en su interior que la avergonzaba.

—Es pecado, pero no puedo controlarlo —lloraba.

Eli, con su experiencia mundana, entendió: no era brujería, era veneno. Algún charlatán había envenenado a la pobre chica con algo que alteraba mente y cuerpo. Al amanecer, ella despertó más lúcida, aunque exhausta.

—Gracias, señor Tronor. No sé qué me pasó, solo recuerdo el dolor y la vergüenza.

Él asintió.

—No fue su culpa. Vamos a averiguar quién hizo esto.

Juntos revisaron sus pertenencias. Una botella vacía con etiqueta dorada: “Tónico milagroso de Silas Crow, cura todo mal”. Silas Crow era conocido en la región, vendedor itinerante de bigote aceitado y sonrisa falsa, que recorría los pueblos ofreciendo elixires dudosos.

Eli había oído rumores de gente enferma después de sus visitas. Decidió confrontarlo, pero antes ayudó a María Elena a recuperarse. Le preparó sopa de frijoles y tortillas, le contó historias de su vida en el rancho para distraerla de sus pensamientos oscuros.

—La vida en la frontera es dura, hermana. Pero uno aprende a levantarse.

Pasaron dos días en aislamiento. María Elena, de 25 años, originaria de Chihuahua, había cruzado la frontera para servir en la misión. Era devota, pero ahora dudaba de su vocación.

—Siento que Dios me ha abandonado —confesó una noche junto al fuego.

Eli, fumando un cigarro, la miró.

—Dios no abandona. Son los hombres quienes fallan. Yo la ayudaré a encontrar la verdad.

Pero la verdad llegó a ellos. Al tercer día, Silas Crow apareció en el rancho, montado en un carro cargado de botellas.

—Ah, el ranchero solitario. ¿Buscando mi tónico mágico? —gritó con sorna.

Eli lo enfrentó con el revólver en la mano.

—Esto es veneno, Crow. Envenenaste a la hermana aquí presente.

Silas palideció al ver a María Elena, pero se recompuso.

—Tonterías. Es un remedio patentado. Si ella tuvo efectos secundarios, quizás sea por su debilidad espiritual.

La discusión escaló. Silas admitió en privado que el tónico contenía opio y hierbas estimulantes, mezclado para “revitalizar”. Pero para las monjas había sido una dosis fuerte, vendida como cura para el cansancio.

—Fue un error —mintió. Luego cambió de táctica: chantaje.

—Si me delatas, diré por todo el pueblo que tú, Eli Tronor, sedujiste a una monja. La encontré en tu rancho. Imagina el escándalo. Págame cien dólares y me voy.

Eli rechazó la oferta, pero Silas se marchó riendo.

—Verás, ranchero, la reputación es frágil como el vidrio.

Al día siguiente, Eli y María Elena cabalgaron hacia Las Cruces, un pueblo polvoriento con cantina, iglesia y oficina del sheriff. La misión estaba al borde del pueblo, un edificio de adobe con cruz de madera. El padre Thomas, sacerdote anciano, los recibió con preocupación.

—Hermana María Elena, ¿dónde ha estado? Temíamos lo peor.

Ella explicó lo sucedido, omitiendo los detalles vergonzosos. El padre confirmó que varias monjas habían tomado el tónico y sufrido fiebres, pero ninguna tan grave.

Mientras tanto, Silas ya había iniciado su juego sucio. En la cantina susurraba a los vaqueros:

—Vi a Tronor con una monja en su rancho. Parecían muy cercanos.

Los rumores se extendieron como fuego en pasto seco. En la tienda general, las mujeres chismeaban: “Una monja y un ranchero viudo. Escándalo”. Incluso el padre Thomas dudó, llamando a Eli aparte.

—Hijo, la iglesia no tolera pecados. Si hay verdad en esto…

Eli hervía de rabia, pero se contuvo.

—Padre, es mentira. Crow envenenó y ahora nos difama.

María Elena, aún débil, enfrentaba miradas acusadoras en la misión.

—Siento que todos me juzgan —le confió a Eli.

Él juró:

—No dejaré que te destruya. Encontraremos pruebas.

El conflicto creció. Silas, sintiéndose invencible, vendía más tónico en la plaza. Pero entonces otros afectados emergieron. Un granjero, José Ramírez, se acercó a Eli:

—Tomé esa porquería para mi dolor de espalda. Me dio alucinaciones y fiebre. Mi esposa pensó que estaba loco.

Una viuda, doña Carmen, confesó:

—Mi hija lo bebió y actuó extraño, como poseída.

Poco a poco, un grupo se formó: víctimas del tónico, desde vaqueros hasta inmigrantes mexicanos. Eli organizó una reunión en la cantina.

—Crow engaña. Su milagro es veneno. ¿Cuántos más sufrirán?

María Elena habló valientemente:

—Yo fui una víctima. No es pecado mío, es crimen suyo.

El padre Thomas, convencido, bendijo la causa. Pero Silas contraatacó, llegó con pistoleros contratados.

—Mentirosos. Tronor es un pecador y esta monja su cómplice.

La tensión explotó en una confrontación en la calle principal. Polvo volando, caballos relinchando. Silas sacó su derringer, pero Eli fue más rápido. Desarmó a un pistolero con un tiro al aire. El sheriff, un hombre corpulento llamado Harlen, intervino.

—Basta. Crow, muéstrame tus papeles.

Registraron su carro: botellas con etiquetas falsas, ingredientes tóxicos como arsénico diluido y opio crudo. Las pruebas eran irrefutables. Víctimas testificaron. Ramírez mostró facturas. Doña Carmen trajo su botella. El pueblo, antes dividido por rumores, se unió contra Silas.

—¡Ladrón, envenenador! —gritaban.

Harlen lo arrestó.

—Te espera la horca, Crow. Fraude, envenenamiento y chantaje.

Con Silas en la cárcel, la paz volvió. Pero para María Elena nada era igual. La misión le parecía un recordatorio de su vergüenza.

—No puedo volver a esa vida, Eli. Siento que Dios me llama a algo más.

Decidió abrir una pequeña clínica cerca de la frontera, en un pueblo olvidado llamado Mesilla. Ayudaría a inmigrantes, víctimas de charlatanes, gente que se sentía culpable por males ajenos.

—Curaré cuerpos y almas sin juzgar.

Eli la ayudó a instalarse. Construyó estantes con madera de su rancho, trajo suministros. En su última noche juntos, sentados bajo las estrellas, no hubo declaraciones de amor, solo gratitud.

—Gracias por salvarme, Eli. Eres un hombre bueno.

Él sonrió.

—Y tú, una mujer fuerte. Ve y haz el bien.

Se despidieron con un abrazo casto, sabiendo que sus caminos divergían. Eli volvió a su rancho solo, pero en paz. María Elena prosperó en su clínica, salvando vidas. A veces, en las noches del desierto, pensaban el uno en el otro con la certeza de que la vida, caprichosa como el río Grande, podría unirlos de nuevo. ¿O no? Pero ambos estarían bien.

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