Costurera Convertida en Cocina Llega la Frontera Buscando Trabajo ¡Pero Enfrenta un Vaquero Brutal..

Costurera Convertida en Cocina Llega la Frontera Buscando Trabajo ¡Pero Enfrenta un Vaquero Brutal…

La costurera y el lobo del rancho

En un polvoriento pueblo fronterizo de México, bajo un cielo que prometía tormenta, llegó ella: María Elena, costurera de manos delicadas que dejó atrás la aguja para empuñar una cuchara. Sus ojos profundos y su cabello recogido en un moño apenas contenían el peso de su pasado.

.

.

.

Había escuchado rumores de un rancho al borde del desierto donde buscaban cocinera. Con una maleta gastada y el corazón lleno de esperanza, cruzó la árida llanura bajo el sol abrasador, sin saber que su llegada desataría un torbellino de secretos y peligros capaces de hacerla temblar hasta los huesos.

El rancho era rudo, con paredes de adobe agrietadas y un olor a cuero y sudor que impregnaba el aire. Los vaqueros la miraron con desconfianza cuando bajó del carro destartalado; su vestido sencillo contrastaba con el polvo y las botas gastadas de los hombres. El capataz, don Rafael, hombre de rostro curtido, la recibió con una sonrisa torcida.

—Así que tú eres la cocinera que mandaron desde el pueblo. Espero que sepas más de sartenes que de agujas, mujer.

María Elena asintió, ocultando el nudo en su garganta, y se dirigió a la cocina, donde el fuego crepitaba como si presagiara algo oscuro. La primera noche, mientras preparaba un guiso de frijoles y carne seca, un estruendo sacudió las paredes. Corrió hacia la ventana y vio a un vaquero alto, de mirada feroz, montando un caballo negro como la medianoche. Su sombrero cubría parte del rostro, pero sus ojos brillaban con una intensidad que heló la sangre de María Elena.

Era Javier, vecino del rancho contiguo, un lobo solitario cuya reputación lo precedía: no toleraba intrusos.

—¿Qué hace esa mujer aquí? —gritó, desmontando con brusquedad que hizo temblar la tierra.

Don Rafael salió a enfrentarlo, pero las palabras de Javier cortaron el aire como un látigo.

—Si no se va, habrá problemas. Y créeme, no quiero ensuciarme las manos con sangre… aún.

María Elena sintió un escalofrío. No sabía por qué la odiaba sin conocerla, pero algo en su voz sugería que guardaba un secreto capaz de destruirla. Regresó a la cocina, sus manos temblando mientras amasaba el pan, y cada crujido del rancho la hacía girar la cabeza, esperando lo peor.

Esa noche, mientras los vaqueros dormían, un ruido extraño la despertó. Al asomarse, vio una sombra moviéndose cerca del corral. ¿Sería Javier acechando en la oscuridad? Su corazón latía con fuerza y un pensamiento terrible cruzó su mente: ¿y si no estaba segura en ese lugar?

Los días pasaron y María Elena intentó ganarse el respeto de los hombres con su comida. Sus tortillas eran suaves como nubes y su chile piquín hacía sonreír incluso a los más duros. Pero Javier no se rendía. Cada mañana aparecía en el límite del rancho, observando con esos ojos que parecían perforar el alma.

Una tarde, mientras colgaba ropa al sol, él se acercó sin aviso.

—Te di una advertencia, mujer. ¿Por qué sigues aquí? —su aliento olía a mezcal y su mano rozó el revólver en la cadera.

María Elena dio un paso atrás, voz temblorosa pero firme.

—Vine a trabajar, no a causarte problemas. Déjame en paz.

Javier soltó una risa seca, pero sus ojos se oscurecieron.

—El problema no lo causas tú… aún. Pero alguien pagará por esto.

Esa noche el rancho fue atacado. Un grupo de bandidos irrumpió disparando al aire y robando ganado. María Elena se escondió bajo una mesa, el corazón en la garganta, mientras los gritos y el estruendo de los cascos llenaban la noche. Cuando todo terminó, don Rafael estaba herido y dos vaqueros yacían inmóviles en el polvo. Javier apareció entre las sombras, su revólver humeante, y miró a María Elena con una mezcla de furia y algo que no pudo descifrar.

—¿Ves lo que trajiste contigo? —gruñó antes de desaparecer en la oscuridad.

Ella no entendía, pero un miedo profundo se instaló en su pecho. ¿Acaso la culpa era suya?

Al día siguiente, mientras cuidaba a don Rafael, este le confesó algo que la dejó helada.

—Javier perdió a su familia en un ataque hace años. Creen que fue por una traición de alguien del pueblo… alguien como tú.

María Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Podría ser que la confundieran con una espía o una enemiga? Su pasado en el pueblo era humilde, pero tal vez alguien había tejido una mentira en su nombre.

Decidió enfrentarse a Javier, armándose de valor y llevando consigo un cuchillo de cocina como protección. Lo encontró cerca del río, afilando su machete bajo la luz de la luna.

—Dime la verdad —exigió, voz quebrada—. ¿Por qué me odias?

Javier la miró y, por un momento, su rostro se suavizó.

—No te odio, María. Pero tu llegada despertó fantasmas. Hay un hombre en el pueblo que te señaló como la hija de un traidor. Si es cierto, tu vida no valdrá nada aquí.

Antes de que pudiera responder, un disparo resonó en la noche y Javier cayó al suelo, herido en el hombro. María Elena gritó buscando la fuente del ataque, pero solo vio sombras huyendo entre los árboles. Con Javier herido, lo arrastró al rancho, su mente girando en un torbellino de miedo y confusión.

Mientras lo vendaba, él la miró con ojos vidriosos.

—No confíes en nadie. Hay un traidor entre nosotros.

Esas palabras la persiguieron mientras las llamas de la chimenea danzaban, proyectando sombras que parecían cobrar vida. ¿Quién podía ser el traidor? ¿Don Rafael, con su sonrisa enigmática, o tal vez uno de los vaqueros que la miraban con demasiada intensidad?

La tensión creció con cada día. María Elena comenzó a notar detalles extraños: un caballo que desaparecía por las noches, un mapa arrugado en el establo, susurros que se cortaban cuando entraba en una habitación.

Una noche, mientras preparaba un caldo para Javier, quien se recuperaba lentamente, escuchó pasos detrás de ella. Al girarse, vio a Miguel, uno de los vaqueros, con una expresión que heló su sangre.

—Lo siento, María —murmuró, sacando un cuchillo.

Antes de que pudiera reaccionar, un grito cortó el aire y Miguel cayó con una flecha en el pecho. Javier, pálido pero decidido, estaba de pie en la puerta, un arco en las manos.

—Era él —jadeó Javier, dejando caer el arma—. Trabajaba con los bandidos. Te usaron como cebo, María Elena.

Ella cayó de rodillas, lágrimas corriendo por su rostro. Pero la paz duró poco. Un estruendo sacudió el rancho otra vez y esta vez las llamas comenzaron a lamer las paredes. Los bandidos habían regresado, decididos a no dejar testigos.

María Elena y Javier corrieron hacia el establo, pero un hombre bloqueó su camino, rostro cubierto por un pañuelo.

—Tu padre nos traicionó, niña. Ahora pagará su deuda.

Antes de que pudiera disparar, Javier lo derribó con un golpe, pero otro disparo rozó el brazo de María Elena. Sangrando, se apoyó en Javier mientras huían hacia el desierto. La noche los envolvió y el sonido de los perseguidores se acercaba.

—¿Quién era mi padre? —gritó ella, desesperada.

Javier la miró, su rostro iluminado por la luz de la luna.

—Un hombre que juró lealtad a los bandidos y luego los traicionó. Te buscan a ti para vengarse.

Corrieron hasta que sus fuerzas flaquearon, escondiéndose entre las rocas. María Elena temblaba, no solo por el frío, sino por la revelación que cambiaba todo. Javier, con el brazo herido, la abrazó para darle calor.

—No dejaré que te toquen —susurró.

Pero en la distancia, las antorchas de los bandidos brillaban como ojos de demonio y el ulular del viento traía un mensaje siniestro. La caza apenas comenzaba.

María Elena cerró los ojos, rezando por un milagro mientras el destino decidía si vivirían para ver el amanecer.

Related Posts

Our Privacy policy

https://rb.goc5.com - © 2026 News