Cowboy, Vine a Casarme Contigo — Soy la Niña Apache que Salvaste Hace 20 Años

Cowboy, Vine a Casarme Contigo — Soy la Niña Apache que Salvaste Hace 20 Años

Promesas bajo el sol de Nuevo México

El sol ardía como un hierro al rojo sobre el desierto de Nuevo México, donde las sombras de los cactus se estiraban como dedos acusadores. Jack Harl —el viejo vaquero de rostro curtido por arrugas profundas— cabalgaba solo por el sendero polvoriento hacia su rancho abandonado. Había sido un pistolero legendario, pero a sus cincuenta y tantos años, solo deseaba paz.

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Un disparo rasgó el aire, una bala silbó junto a su oreja y se clavó en la arena. Jack desenfundó con la rapidez de antaño, girando su caballo, pero solo encontró silencio. De detrás de una roca emergió una figura envuelta en cuero con sombrero apache adornado de plumas. El corazón de Jack latió con fuerza: un fantasma del pasado.

La mujer bajó el rifle y se acercó. Sus ojos oscuros brillaban con intensidad. “Cowboy, vine a casarme contigo”, dijo en español ronco, con acento apache. Jack parpadeó, incrédulo. “¿Quién eres tú?”

Ella se quitó el sombrero, dejando caer una cascada de cabello negro como la noche. “Soy la niña Apache que salvaste hace veinte años. Me llamo Luna Roja y he venido a reclamar lo que me prometiste.”

Jack sintió un escalofrío. Veinte años atrás, durante una masacre en las sierras, había rescatado a una chiquilla de las llamas de su aldea destruida. La llevó a un convento mexicano, pensando que era lo mejor. Ahora, esa niña era una mujer guerrera, armada y decidida.

Promesa. Jack no recordaba ninguna… o tal vez sí, en un momento de debilidad, había susurrado algo sobre volver por ella, pero solo para calmar a la niña aterrorizada. El desierto pareció cerrarse alrededor de ellos, y Jack se preguntó si esta aparición traería salvación o muerte.

Cabalgaban juntos hacia el rancho, el silencio roto solo por el crujir de las sillas de montar. Luna montaba como si el caballo fuera parte de ella, su falda de flecos ondeando al viento. Jack observaba sus cicatrices: marcas de batallas que él no podía imaginar.

—Hace veinte años mi pueblo fue arrasado por los hombres del Rojo —susurró Luna—. Tú llegaste como un ángel vengador, mataste a tres y me sacaste de las llamas. Me dijiste, “pequeña, algún día volveré y te haré mi esposa para protegerte siempre”.

Jack tragó saliva. Recordaba vagamente esas palabras, pero él era un vagabundo, no un hombre de familia.

—¿Y qué pasó contigo después? —preguntó, intentando cambiar el tema.

—El convento me enseñó a leer, pero el espíritu apache nunca muere. Escapé a los quince, me uní a mi gente en las montañas, luché contra federales y gringos. Y ahora vengo por ti.

Un aullido lejano de coyotes puso a Jack en alerta. ¿Estaban solos? Al llegar al rancho al atardecer, la cabaña destartalada parecía aún más vacía. Jack desmontó, sintiendo el peso de los años.

—No soy el hombre que crees, Luna. Soy un viejo cansado con más enemigos que amigos.

Ella lo miró fijamente, como en la foto borrosa que él guardaba: la niña, ahora mujer feroz.

—Tú me salvaste la vida. En mi cultura, eso crea un lazo de sangre. ¿Te casarás conmigo o morirás intentándolo?

Las palabras cayeron como un trueno. Antes de que pudiera responder, un disparo estalló desde las colinas. Emboscada. Jack empujó a Luna al suelo, rodaron detrás de un barril mientras las balas llovían.

—¿Quiénes son? —preguntó ella, sacando su rifle.

—Los hombres del Rojo. Pensé que estaba muerto, pero su hijo anda suelto.

Luna palideció. —Él me persigue desde hace años. Quiere venganza por lo que le hiciste a su padre.

La noche cayó y el tiroteo se intensificó. Jack y Luna se atrincheraron, disparando con precisión letal. Él con su Colt, ella con arco improvisado. Diez enemigos, por lo menos.

Durante una pausa, Luna se acercó, su aliento cálido en su cuello. —Cowboy, si salimos de esta, ¿me aceptarás?

Jack vio en sus ojos un amor salvaje forjado en la supervivencia. —Tal vez —murmuró, pero en su mente lo carcomía un secreto oscuro: él había iniciado la masacre como mercenario para los gringos.

Si ella lo descubría… El asedio duró horas. Los bandidos rodeaban la cabaña, gritando insultos. Jack recargaba su arma, sudando. Luna, con una daga, susurró: —Recuerda la promesa, Jack. En la aldea en llamas me juraste amor eterno.

—Era para consolarte, niña. No era real.

Sus ojos se llenaron de furia. —Para mí lo fue. Crucé desiertos y maté hombres solo para encontrarte.

De repente, una granada improvisada voló por la ventana. Jack cubrió a Luna con su cuerpo. La explosión derrumbó parte del techo. En el caos, dos bandidos irrumpieron. Jack disparó al primero, Luna abatió al segundo con su daga.

—Estamos empatados —jadeó ella.

Pero Jack vio duda en sus ojos. ¿Sabía la verdad? Al amanecer, los bandidos se retiraron. Jack salió cojeando, herido. Luna lo vendó con tiras de su falda.

—El líder escapó —murmuró Jack.

—Volverá —dijo Luna—. Entonces huiremos juntos como marido y mujer.

Jack suspiró. Era hora de confesar.

—Luna, hay algo que debes saber. Hace veinte años no fui un héroe. Fui contratado para limpiar la zona de apaches. Inicié el incendio en tu aldea.

Ella se quedó inmóvil, su rostro una máscara de shock.

—Tú quemaste mi hogar.

Jack asintió, esperando el golpe fatal. Pero ella se arrodilló, lágrimas rodando.

—Lo supe siempre, cowboy. Te vi esa noche dando órdenes, pero me salvaste a mí. Eso borró el pecado.

Jack la miró boquiabierto.

—¿Y aún quieres casarte conmigo?

Ella sonrió entre lágrimas.

—El destino es cruel, pero el amor es más fuerte. Vine a redimirte.

La paz duró poco. Un jinete apareció en el horizonte: joven, bigote negro, ojos idénticos a los del Rojo.

—Padre, te vengaré —gritó, desenfundando.

Jack se puso de pie, pero Luna fue más rápida. Sacó un revólver y disparó. La bala impactó en el pecho del joven, pero él apretó el gatillo antes de caer. La bala rozó a Luna, hiriéndola en el costado. Jack corrió a su lado.

—No, Luna, aguanta.

Ella lo miró con ojos vidriosos.

—Cowboy, la promesa. Cásate conmigo ahora.

Con manos temblorosas, Jack sacó un anillo viejo de su bolsillo, el de su madre.

—Sí, Luna Roja, te tomo como esposa.

Pronunciaron votos improvisados bajo el sol implacable mientras la sangre teñía la arena.

Días después, Jack enterró a su esposa en una colina con vista al desierto. Mientras cavaba, encontró un medallón en su cuello. Era del Rojo. Era Luna su hija.

El shock lo golpeó como un rayo. ¿Había sido amor verdadero mezclado con odio?

Jack montó su caballo y cabalgó hacia el sur, hacia México, perseguido por fantasmas. El desierto guardaba secretos y él, el viejo cowboy, era uno más. El viento susurraba promesas rotas y en las noches Jack juraba oír su voz:

—Vine a casarte o a matarte. ¿Cuál había sido la verdad?

Solo los coyotes lo sabían.

Amén.

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