Déjame lamer y tocar esas dos cosas y seré tu esclavo”, dijo el vaquero a una viuda solitaria

Déjame lamer y tocar esas dos cosas y seré tu esclavo”, dijo el vaquero a una viuda solitaria

La viuda de Río Seco

El sol se hundía como una bala en el horizonte polvoriento de Sonora, tiñendo el cielo de un rojo sangre que presagiaba muerte.

En el pueblo fantasma de Río Seco, donde las sombras de los aguaros se estiraban como dedos acusadores, la viuda Elena Montoya caminaba sola por la calle principal, su falda negra ondeando como un sudario. Había enterrado a su marido hacía seis meses, víctima de una emboscada de los bandidos del pañuelo rojo, y desde entonces el silencio de su rancho era un tormento peor que cualquier bala.

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Pero esa noche, un jinete desconocido irrumpió en el pueblo, su caballo relinchando como si el infierno lo persiguiera. El hombre desmontó con un movimiento felino, el sombrero calado ocultando ojos que brillaban con un hambre primitiva.

—¿Quién eres tú, forastero? —gritó Elena desde el porche de su cantina, empuñando una escopeta que aún olía a pólvora.

El vaquero sonrió mostrando dientes blancos como huesos blanqueados y susurró:

—El que va a cambiar tu vida, viuda, o a acabar con ella.

Elena no era una mujer que se asustara fácilmente. Había crecido en las sierras, donde los coyotes aullaban himnos a la supervivencia y los hombres morían por un trago de agua. Su marido, José, había sido un ranchero honrado, pero débil. Ella era la que manejaba el lazo y el rifle con maestría.

Ahora sola con sus recuerdos y un puñado de peones leales, defendía su tierra de los asaltantes que merodeaban la frontera. Pero este vaquero, con su chaqueta raída por el desierto y un revólver colgando bajo como una promesa de violencia, la inquietaba.

Se llamaba Mateo “el Lobo” Vargas, según murmuraban los pocos habitantes que se atrevían a mirarlo. Venía de Chihuahua, huyendo de una recompensa por matar a un sheriff corrupto. O eso decían.

Elena lo vio acercarse, sus botas crujiendo sobre la tierra agrietada, y sintió un escalofrío que no era solo miedo.

—¿Qué buscas aquí, lobo? Este pueblo no tiene nada para tipos como tú —dijo ella, bajando el arma, pero sin soltarla.

Mateo se detuvo a unos pasos, olfateando el aire como un animal.

—Busco refugio, señora, y quizás algo más.

Sus ojos se posaron en el escote de su blusa, donde dos medallones de plata colgaban como trofeos. Pero no eran joyas comunes, eran las balas que habían matado a su marido, fundidas en relicarios. Elena los tocaba a menudo, recordando la venganza pendiente.

El vaquero ladeó la cabeza y en un susurro ronco que hizo que el viento se detuviera, dijo:

—Déjame lamer y tocar esas dos cosas y seré tu esclavo.

Elena retrocedió, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Era una amenaza, una proposición indecente. En ese instante, el suspense se clavó en su alma como un cuchillo. ¿Lo mataba ahí mismo o dejaba que el misterio la devorara?

La noche cayó como un manto negro y Elena no pudo dormir. En su habitación arriba de la cantina, las velas parpadeaban proyectando sombras danzantes. Mateo se había instalado en el establo a cambio de vigilar el rancho de los bandidos, pero sus palabras resonaban en su mente, un gancho que la atraía hacia el abismo.

Al amanecer, un disparo lejano rompió el silencio. Elena saltó de la cama, rifle en mano, y corrió al porche. Allá en la llanura, un grupo de jinetes se acercaba, los hombres del pañuelo rojo, con sus pañuelos flameando como banderas de muerte. Liderados por Ramón “el Tigre”, un gigante con cicatrices que contaban historias de torturas, venían por ella, por su tierra rica en agua subterránea, el oro líquido del desierto.

Mateo emergió del establo, revólver en mano, y se paró junto a Elena.

—Parece que tienes visitas, viuda. ¿Quieres que me vaya o que luche por ti?

Ella lo miró, los ojos entrecerrados.

—Si luchas, quizás te deje tocar esas dos cosas.

El vaquero rió, un sonido gutural que erizó su piel. La batalla estalló como un trueno. Los bandidos cargaron, balas silbando como serpientes. Elena disparó desde el porche, derribando a uno que galopaba directo hacia ella. Mateo, montado en su caballo, cabalgó al encuentro, su puntería letal: un tiro al pecho, otro a la cabeza.

Pero el Tigre era astuto. Flanqueó el rancho y uno de sus hombres capturó a un peón, poniéndole un cuchillo al cuello.

—Entrégate, viuda, o este muere —gritó.

El suspense se tensó como una cuerda de orca. Elena dudó, el rifle temblando. Mateo, desde su posición, gritó:

—¡No lo hagas! Es una trampa.

Pero el peón, un chico joven llamado Pedro, suplicó con los ojos.

En un movimiento relámpago, Mateo disparó, la bala rozando el cuchillo y liberando al chico. Los bandidos retrocedieron, pero no antes de que el Tigre jurara venganza.

—Volveré por ti, Elena, y por ese lobo tuyo.

El polvo se asentó y el rancho quedó en silencio, salvo por los gemidos de los heridos.

Elena se acercó a Mateo, que limpiaba su revólver con una calma sobrenatural.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó.

Él la miró, sus ojos devorándola.

—Porque quiero ser tu esclavo. Déjame lamer y tocar esas dos cosas.

Esta vez las palabras no la escandalizaron, la intrigaron. Lo llevó adentro, a la cantina vacía. Sobre la mesa sacó los medallones.

—Estas son las balas que mataron a José. Si las lames y tocas, significa que juras venganza conmigo.

Mateo sonrió, pasando la lengua por el metal frío, sus dedos acariciando las inscripciones.

—Soy tuyo, viuda.

Pero el gancho se clavó más profundo. Esa noche, mientras compartían un trago de mezcal, Mateo confesó su secreto.

—No huía de la ley. Era el hermano de José, perdido hace años en una mina colapsada. Había vuelto para vengar a la familia, pero al verla el deseo lo había consumido.

—¿Hermano? Entonces, ¿por qué esa proposición obscena? —exclamó Elena, el corazón en un torbellino.

La trama se enredó como una soga. Mateo explicó: las dos cosas no eran sus pechos, como ella había temido, sino las balas, símbolos de su dolor compartido. Pero la química entre ellos era innegable, un fuego que ardía en el desierto frío.

Juntos planearon la emboscada final contra el Tigre. Cabalgaron hacia las cuevas donde se escondía la banda, el viento aullando promesas de sangre. En el camino, un coyote cruzó su sendero, mal augurio.

—Si morimos, al menos lo hacemos libres —dijo Elena, besándolo por primera vez. Un beso salado por el sudor y la pólvora.

Llegaron al atardecer, el sol muriendo otra vez en rojo. Las cuevas eran un laberinto de sombras, guardianes apostados con rifles. Mateo y Elena se infiltraron, sigilosos como fantasmas, pero el suspense explotó cuando pisaron una trampa. Una red cayó, atrapándolos.

El Tigre emergió de la oscuridad, riendo como un demonio.

—Bienvenidos, tortolitos. Sabía que vendrían.

Los ataron a postes y el Tigre comenzó el interrogatorio.

—¿Dónde está el mapa del agua, viuda? Tu marido lo escondió antes de morir.

Elena escupió.

—Nunca lo tendrás.

Mateo, forcejeando, susurró:

—Recuerda mi promesa.

En un giro cruel, Mateo reveló su verdadera identidad. No era hermano de José, sino un traidor. Había matado a José por celos, enamorado de Elena desde lejos.

—Déjame lamer y tocar esas dos cosas una última vez —dijo mirando las balas que ahora colgaban de su cuello.

Elena, horrorizada, sintió el mundo derrumbarse, pero en el suspense máximo usó su ingenio, fingió debilidad, atrayendo al Tigre cerca. Con un movimiento oculto, sacó un cuchillo de su bota y lo clavó en su garganta. La sangre salpicó como lluvia roja.

Los bandidos, en caos, fueron abatidos por Mateo, quien la liberó.

—¿Por qué me salvaste y me traicionaste? —gritó ella.

Mateo, herido, confesó:

—Mentí para acercarme. José era mi socio, no hermano. Lo maté por error en la emboscada. Ahora soy tu esclavo de verdad.

Elena, dividida entre odio y deseo, lo besó de nuevo, pero le disparó en la pierna para que no huyera. Lo arrastró de vuelta al rancho, donde lo encadenó en el establo.

Días después, los federales llegaron atraídos por el humo de la batalla. Elena entregó a Mateo, pero no antes de que él susurrara:

—Lameré esas balas en el infierno, viuda.

Ella quedó sola otra vez, pero transformada, ya no solitaria, sino dueña de su destino. El pueblo revivió con rumores. Elena expandió su rancho, convirtiéndolo en fortaleza. Pero en noches de luna llena, juraba oír el eco de esas palabras obscenas, un gancho que la mantenía en vilo.

¿Volvería el lobo, o era solo el viento del desierto susurrando secretos de traición y pasión? En Río Seco, la vida continuaba, pero el suspense nunca moría.

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