“El Eco de un Amor Perdido: La Historia de Martina”
La lluvia caía furiosa entre los edificios de la ciudad, tiñendo las aceras de reflejos anaranjados mientras el crepúsculo se deslizaba sobre las fachadas. Los escaparates aún brillaban, indiferentes a la tragedia cotidiana de la calle. Un hombre bajo, con el rostro marcado por la angustia y la ropa pegada al cuerpo como una segunda piel, sujetaba con fuerza a una chica rubia con un suéter blanco. Frente a ellos, una mujer de rostro severo, envuelta en un elegante abrigo oscuro, sostenía un paraguas con determinación.
“No tenemos nada que decirte, Elena”, susurró Diego, sin mirarla directamente, demasiado preocupado por los temblores de su sobrina, Martina.
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Elena Frías, reconocida abogada y vecina de al lado durante los últimos cuatro años, suspiró sin apartar la mirada de la escena.
“No soy yo quien necesita oír esto, Diego”. “Es ella”, señaló con un gesto de la barbilla hacia la niña empapada.
Apretó a Martina aún más contra su pecho. “Nos iremos pronto.”
“Esta vez no”, dijo Elena. “Lo sé todo.”
Diego se puso rígido. Su mirada finalmente se cruzó con la de Elena y, por un instante, algo parecido al miedo brilló en su interior.
Doce horas antes, la carta de herencia se había abierto en una notaría abarrotada. El testamento de la hermana de Diego —la madre de Martina, fallecida hacía apenas tres semanas en un accidente de coche— no dejaba lugar a dudas: todo, incluido el apartamento familiar, quedaba bajo la custodia de su hija. Pero un documento adjunto, lleno de puño y letra, revelaba otra verdad: la custodia de la menor se le había entregado a Elena Frías, no a su tío.
“No puede ser”, dijo Diego delante del abogado. “Soy su única familia.”
“Era el deseo de su hermana.” Tenía miedo de que… no estuvieras en condiciones.”
“¿Por qué? ¿Por trabajar en un taller y vivir con justicia? ¿Eso me descalifica como persona?”
El abogado no respondió. Simplemente bajó la cabeza. Diego salió de la oficina con el corazón en la mano, sabiendo que lo había perdido todo. En casa, Martina le enseñó un dibujo: su madre, Diego y ella, dentro de una casa con un gran jardín.
“¿Vamos a vivir aquí, hombre?” »
Diego apenas podía tragar la baba. “Sí, cariño, algún día.”
Sabía que Elena había iniciado los trámites legales. Sabía que era solo cuestión de tiempo.
Esa noche, al volver del trabajo, notó que habían cambiado la cerradura de su apartamento en el edificio contiguo al de Elena. En la puerta: una orden judicial, sellada.
Un aguacero empezó a caer mientras ella bajaba con Martina y una pequeña mochila al portal, buscando un lugar donde refugiarse. Nadie respondió a sus llamadas. Nadie abrió las puertas.
Y allí estaba ahora, bajo la lluvia, frente al rostro implacable de Elena.
“No puedes arrebatarme a Martina”, dijo él, casi sin voz.
“No hace falta que lo haga”, respondió ella. “Ya la has perdido.” » Extendió una carpeta, sellada y mojada por la lluvia. «Tengo el visto bueno del juez. Voy a buscarla.»
«Tiene fiebre. Está empapada.»
«Exacto. No puede estar contigo.»
Martina, temblando, miró a su tío. «Tengo frío, tío Diego.»
Bajó la cabeza, con la piel ardiendo de impotencia. Ella nunca lo entendería. O tal vez sí, dentro de años. ¿Te acordarías de ella? ¿Recordarías los desayunos con tortilla, los cuentos antes de dormir, las canciones que tu madre te cantaba en audios grabados?
«No te vayas…», suplicó en voz baja.
Elena se inclinó para mirarla a los ojos.
«Vendrás conmigo, cariño. Te daré un baño caliente, ropa seca, y ya verás, tengo un gato blanco con el que puedes dormir esta noche.»
Martina asintió lentamente. Elena extendió los brazos y la chica se deslizó de los de su tío, como si el frío hubiera roto cualquier vínculo.
Diego la soltó, con los brazos colgando, vacíos.
El motor del coche negro rugió al encenderse. La puerta se había cerrado. Desde la ventana trasera, Martina posó la mano sobre el vitral. Diego no pudo levantar la suya.
La lluvia seguía cayendo. Las luces de la ciudad centelleaban en la distancia, y no quedaba nada dentro del hombre que aún se aferraba a un rincón del pasado.