¡El Vaquero Perdió a Su Caballo, Pero al Día Siguiente Regresó con una Mujer Apache en la Espalda!
Relámpago y Luna Roja
El sol se hundía en el horizonte como una herida sangrante, tiñendo el desierto de Sonora de rojo infernal. Juan, vaquero curtido por años de polvo y balas, maldijo entre dientes mientras veía cómo su caballo, el fiel Relámpago, se desbocaba en la tormenta de arena que azotaba el cañón.
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Un disparo lejano, quizás de bandidos o de apaches al acecho, había espantado al animal. Juan corrió tras él, pero el viento le azotaba la cara como cuchillas y pronto el caballo desapareció en la neblina amarilla. Solo quedó el eco de sus cascos retumbando en la nada.
Esa noche, acampado bajo un mezquite retorcido, Juan sintió un vacío que no era solo por el caballo: Relámpago era su compañero de robos, de fugas, de sobrevivir en esa tierra donde los hombres se devoran unos a otros. ¿Sobreviviría Relámpago a los coyotes, al hambre, a los rifles invisibles?
El sueño lo eludió y en su mente danzaban visiones de muerte. Al amanecer, el desierto parecía un cementerio silencioso. Juan se levantó con el cuerpo entumecido, el sombrero polvoriento cubriendo ojos inyectados en sangre. Recogió su rifle y su cantimplora, dispuesto a rastrear las huellas antes de que el sol las borrara.
Caminó horas bajo un cielo implacable, el sudor pegándose a su camisa raída. De pronto, un relincho lejano lo detuvo en seco. Relámpago. Su corazón latió como tambor de guerra. Corrió hacia el sonido, tropezando en las rocas, y allí, emergiendo de un arroyo seco como un fantasma, vio a su caballo. Pero no estaba solo.
Sobre su lomo, erguida como diosa vengadora, cabalgaba una mujer apache. Sus ojos negros brillaban con furia contenida, plumas de águila adornando su cabello largo y salvaje, y un cuchillo reluciente atado al muslo desnudo.
—¿Quién demonios eres? —gruñó Juan, levantando el rifle instintivamente.
El caballo relinchó, acercándose como si nada hubiera pasado. La mujer desmontó con gracia felina, su vestido de pieles revelando cicatrices de batallas pasadas.
—El caballo me eligió a mí —dijo al fin, su voz como viento en las montañas, en un español perfecto pero con el eco de su lengua nativa.
Juan parpadeó, atónito. Relámpago frotó su hocico contra la mano de la mujer, como si fueran viejos amigos.
Se llamaba Luna Roja, hija de un jefe apache masacrado por rancheros blancos en una emboscada. Huía de los federales que la buscaban por haber incendiado un puesto de avanzada en venganza. La noche anterior, en medio de la tormenta, Relámpago había aparecido en su campamento oculto, relinchando como si la llamara. Lo montó sin dudar y el animal la guió directamente de vuelta al vaquero. ¿Destino? ¿Brujería?
Juan no creía en esas cosas, pero algo en sus ojos lo inquietaba.
Esa noche acamparon juntos, no por confianza, sino por necesidad. El desierto no perdona a los solitarios. Mientras compartían un fuego escuálido, Luna Roja contó su historia con palabras que cortaban como navajas. Su tribu había sido diezmada. Ella, única sobreviviente de una familia noble, juró venganza. Los blancos toman todo: tierra, agua, vidas. Pero los espíritus me guían —susurró mirando las estrellas.
Juan, endurecido por su propia vida de fugitivo, había matado a un patrón abusivo en Chihuahua y huido al norte. Sintió una punzada extraña. ¿Simpatía? No, algo más primitivo.
Esa noche, soñó con ella cabalgando desnuda bajo la luna y se despertó sudando, con el rifle en mano. Al alba, un ruido los alertó: cascos de caballos acercándose. Bandidos.
Un grupo de cinco hombres armados, liderados por El Coyote, renegado traficante de armas y mujeres. Habían seguido el rastro de Luna Roja, atraídos por rumores de una apache solitaria con precio en su cabeza. La emboscada fue brutal. Los bandidos dispararon desde las rocas y una bala rozó el brazo de Juan, tiñendo su camisa de rojo.
—¡Corre! —gritó él, pero Luna Roja no huyó. Sacó su cuchillo y, con un grito que helaba la sangre, cargó contra el más cercano. Relámpago, como poseído, pateó a otro bandido, aplastándole el cráneo. Juan disparó, derribando a dos. El Coyote lo apuntó directamente. En ese instante, Luna Roja saltó sobre el líder, clavándole el cuchillo en el cuello. La sangre salpicó como lluvia escarlata.
Los sobrevivientes huyeron, dejando cadáveres humeantes. Juan, jadeando, miró a la mujer cubierta de sangre, pero erguida, invencible.
—¿Por qué me salvaste? —preguntó.

Ella sonrió por primera vez, una sonrisa que ocultaba tormentas.
—El caballo nos unió. Los espíritus lo dicen.
En el bolsillo del Coyote encontraron un mapa robado, marcando un tesoro enterrado en las ruinas de una misión antigua: oro de los españoles, capaz de cambiar sus vidas. Tentados por la promesa, decidieron ir juntos.
Cabalgaron días por cañones traicioneros, evadiendo patrullas mexicanas y apaches rivales. En las noches, la tensión crecía. Juan la observaba mientras ella se bañaba en un oasis, su cuerpo bronceado reluciendo bajo la luna. Una vez, en un momento de debilidad, la besó. Fue como encender pólvora: salvaje, apasionado, pero interrumpido por un aullido de coyote que los alertó de peligro inminente.
—¿Me traicionarás? —preguntó ella después, con los ojos escudriñando su alma.
Juan negó, pero en su mente bullían dudas. ¿El oro lo compartiría?
Llegaron a las ruinas al atardecer, un lugar maldito donde las sombras danzaban como fantasmas. Excavaron bajo una cruz rota y allí estaba el cofre, lleno de monedas relucientes. Pero al abrirlo, un escorpión negro picó a Luna Roja en la mano. Veneno. Ella cayó, palideciendo, su aliento entrecortado.
Juan entró en pánico. ¿La abandonaría con el oro? El desierto lo tentaba. Pero Relámpago relinchó furioso, como acusándolo. Recordó sus palabras: El caballo me eligió. Corrió a buscar antídoto en un pueblo cercano, arriesgando su vida. En el camino fue emboscado por federales que lo reconocieron como el fugitivo de Chihuahua. Disparó, mató a uno, pero recibió una bala en la pierna. Cuando llegó al pueblo, robó hierbas curativas de un curandero.
De vuelta, la encontró al borde de la muerte, delirando sobre espíritus que la llamaban. Le administró el remedio y en la fiebre ella confesó: no era solo venganza lo que la impulsaba. Había visto a Juan en una visión profética, un vaquero que la salvaría o la destruiría.
Al recuperarse, el lazo entre ellos se fortaleció, pero el oro atraía más peligros. Una tormenta los sorprendió en las ruinas. Relámpagos iluminaban el cielo como juicios divinos. En medio del caos apareció un guerrero apache, hermano de Luna Roja, que la creía muerta. Traicionera.
—Te alías con el enemigo —rugió, apuntando una flecha a Juan.
La confrontación fue épica. Luna Roja se interpuso, defendiendo al vaquero.
—¡Él es parte de mí ahora! —gritó.
El hermano, furioso, atacó. Juan luchó con puños y rifle, pero fue Luna Roja quien lo desarmó con un golpe certero.
—Vete, hermano. Esta es mi elección.
Herido en el orgullo, el guerrero huyó jurando venganza.
Ahora, perseguidos por apaches y federales, cabalgaron hacia la frontera, el oro escondido en las alforjas de Relámpago. En una noche de luna llena, acampados en un cañón oculto, la pasión explotó. Se entregaron el uno al otro con una intensidad que borraba el mundo.
Pero al amanecer, un disparo resonó. El hermano de Luna Roja había regresado con una banda. La batalla fue sangrienta. Juan mató a tres, Luna Roja a dos. Pero una bala alcanzó al caballo. Relámpago cayó, relinchando en agonía.
—¡No! —gritó Juan, mientras Luna Roja lloraba por primera vez. Enfurecida, cargó contra su hermano y lo derribó, clavándole una daga en el corazón.
—Por traicionarme —susurró.
Con el caballo muerto, el que los había unido, enterraron el oro y huyeron a pie, heridos pero vivos.
Años después, en un rancho remoto en Arizona, Juan y Luna Roja vivían como marido y mujer, con hijos que cabalgaban libres. Pero el desierto nunca olvida.
Una noche, un caballo salvaje apareció en su puerta, idéntico a Relámpago. Reencarnación. Señal de más tormentas.
Luna Roja sonrió. Los espíritus nos llaman de nuevo. Y así, la aventura continuaba en un ciclo eterno de pérdida y retorno.