«El vaquero solo le estaba curando las heridas la mujer gigante…pero su mano se resbaló donde NO….

«El vaquero solo le estaba curando las heridas la mujer gigante…pero su mano se resbaló donde NO….

La giganta del desierto

En las arenas ardientes del desierto de Sonora, año de 1887, cuando la frontera entre México y los Estados Unidos todavía se dibujaba con sangre y pólvora, cabalgaba un hombre solo. Lo llamaban el tejano, aunque había nacido en Coahuila. Alto, curtido, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un río seco, llevaba dos meses huyendo de una partida de rurales que lo buscaban por matar al hijo de un hacendado en defensa de una india yaqui. En su silla colgaba un rifle Winchester y un morral con poca comida y menos esperanza.

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Aquella tarde el sol era un martillo de bronce. Los saguaros parecían cruces de muertos. El tejano guiaba su caballo flaco cuando vio algo que lo hizo detenerse en seco.

Una mujer, pero no una mujer cualquiera.

Era gigantesca.
Tendida contra una roca colorada, medía fácil tres varas de alto, quizá más. Sus piernas, largas como troncos de mezquite, se extendían por la arena. El vestido blanco, roto y manchado de sangre, apenas le cubría los muslos. Los brazos, musculosos como los de un herrero, reposaban inertes. El cabello negro le caía hasta la cintura como una cascada de obsidiana. Tenía los ojos cerrados, pero el pecho subía y bajaba con dificultad.

A sus pies, dos víboras de cascabel muertas, aplastadas por sus propias manos.

El tejano tragó saliva. Había oído leyendas de los antiguos gigantes tarahumaras y de las mujeres guerreras que los apaches llamaban itsques, las que caminan entre dos mundos. Pensó que era un sueño del calor, pero el olor a sangre era real.

Desmontó con cuidado. La mujer abrió los ojos, dos lagos negros que lo miraron sin miedo.

—Agua —susurró, en una mezcla de español antiguo y lengua apache—. Y luego quítame estas mordidas antes de que el veneno me mate.

El tejano se acercó, vio las heridas, dos punturas profundas en la pantorrilla derecha, hinchadas y moradas. La piel alrededor ardía. Sacó su cantimplora, le dio de beber.
Ella bebió como un camello y luego apoyó la cabeza contra la roca.

—Soy Tala —dijo—, hija de Nana, el gran jefe apache que peleó con Victorio. Me separé de mi gente hace tres lunas. Los soldados azules y los rurales mexicanos nos persiguen sin descanso.

El tejano asintió. Sabía de la guerra. Él mismo había cabalgado con los yaquis contra los rurales.

—Tengo que cortar y chupar el veneno —dijo.

—Duele. He parido dos hijos en el desierto sin gritar —respondió ella con una sonrisa amarga—. Hazlo.

Sacó su cuchillo Bowie, lo calentó en una pequeña fogata de ocotillo, hizo la cruz en cada marca y succionó con fuerza. Escupía la sangre negra en la arena. Tala ni siquiera se inmutaba. Solo lo miraba con esos ojos profundos.

Cuando terminó, rasgó su propia camisa y vendó la pierna. Sus manos, ásperas por años de lazo y rienda, rozaron la piel suave y tibia de la giganta. Ella no se movió. El silencio era tan grande que se oía el latido de los dos corazones.

—Tengo que limpiarte las otras heridas —dijo él, viendo rasguños y cortes más arriba en el muslo.

Tala asintió. Se recostó un poco más. El vestido se abrió. El tejano tragó en seco. Limpió con un paño húmedo, con cuidado, como quien toca un altar. Subía lentamente. La piel de ella brillaba bajo el sol poniente como bronce líquido y entonces pasó. Su mano, temblorosa por el cansancio y por algo más, resbaló. Subió demasiado. Rozó la carne que se vuelve secreto.

Tala dio un respingo, pero no de dolor. Lo miró. Él se quedó helado, la mano todavía allí, como si la hubiera pegado el fuego. Por un segundo eterno, ninguno habló. Luego ella, con voz baja como viento en cañón:

—Eso también era parte de la curación, vaquero.

Él retiró la mano como si quemara.

—Perdón. Yo no quise…

Tala soltó una carcajada que hizo temblar las piedras.

—Los hombres pequeños siempre tienen manos torpes cuando se acercan a una mujer grande.

Pero no había enojo en su voz. Había algo más viejo que el desierto.

La noche cayó rápida. Encendieron una fogata. El tejano compartió su último tasajo y frijoles. Tala comió como tres hombres. Le contó que su tribu había sido emboscada cerca de los montes Dragón, que su padre Nana había muerto cubriéndole la retirada, que ella herida había caminado tres días sin agua hasta caer allí.

—Los apaches vienen por mí —dijo—, Mangas Coloradas, el joven, mi prometido, no deja mujer atrás. Pero también vienen los soldados del coronel Terrazas y los rurales del gobernador Torres. Si me encuentran contigo, te matarán.

El tejano miró las estrellas.

—Pues que vengan —dijo—. Ya estoy muerto desde que maté a aquel hacendado.

En ese momento se oyó un relincho lejano. Luego otro. Tala se puso de pie de un salto a pesar de la pierna herida. Su altura era terrorífica bajo la luna.

—Son ellos —susurró—, mis hermanos.

De la oscuridad salieron doce jinetes apaches pintados de guerra, lanzas y rifles al hombro. Al frente, un hombre joven, alto y orgulloso, con una cicatriz que le cruzaba el pecho: Mangas Coloradas.

El joven, cuando vio a Tala viva, gritó de alegría y bajó del caballo. Corrió hacia ella y la abrazó como se abraza a una montaña. Luego miró al tejano con ojos que podían matar.

—¿Quién es este mexicano? —preguntó en apache.

—Él me salvó —respondió Tala en la misma lengua—. Le debo la vida.

Mangas escupió al suelo.

—Los mexicanos mataron a mi padre, a Victorio, a Losen. Todos los días mueren por sus balas.

El tejano no entendía las palabras, pero entendía el tono. Puso la mano en la culata de su revólver.

Tala se interpuso, gigantesca entre los dos hombres.

—Escúchame, Mangas. Este hombre no es como los otros. Lucha contra los rurales tanto como nosotros.
Y además —bajó la voz—, su mano curó más que mi pierna.

Mangas frunció el ceño. Los otros guerreros murmuraron.

En ese instante, desde el otro lado del cerro, se oyó el sonido que todos temían: corneta militar. Luego disparos lejanos.

—¡Los azules! —gritó un apache.

El campamento improvisado se convirtió en caos. Los apaches montaron rápido. Mangas tomó a Tala del brazo.

—Ven, mujer, pelearemos juntos como siempre.

Pero Tala miró al tejano. Algo había cambiado en sus ojos.

—No —dijo—, yo me quedo. Este hombre y yo tenemos una deuda que pagar.

Mangas la miró como si le hubieran clavado un cuchillo.

—¿Te quedas con un mexicano antes que con tu pueblo?

—Mi pueblo está donde está mi corazón —respondió ella, y su voz tembló por primera vez.

El tejano no entendía todo, pero entendió lo suficiente. Dio un paso adelante.

—Yo cabalgo con ustedes —dijo en español—. Si ella se queda, yo voy. Si ella va, yo voy. Pero no la dejo sola otra vez.

Mangas levantó su rifle. Por un segundo pareció que iba a matarlo allí mismo.
Entonces Tala puso su mano enorme sobre el cañón y lo bajó.

—Déjalo vivir, Mangas, o mátame a mí primero.

El silencio fue más fuerte que cualquier grito. De pronto, desde la loma aparecieron las luces de las linternas de los soldados. Eran más de cincuenta rurales mexicanos y soldados americanos juntos, aliados por una vez contra los apaches.

Mangas maldijo. No había tiempo para peleas internas.

—¡A las rocas! —gritó.

Los apaches corrieron hacia un círculo de peñas. El tejano montó su caballo. Tala subió detrás de él. El pobre animal casi se desploma bajo su peso y galoparon juntos.

La batalla fue feroz. Los apaches peleaban como demonios. Disparaban desde las alturas, rodaban piedras enormes, lanzaban flechas encendidas. El tejano, al lado de Tala, recargaba su Winchester con una rapidez que sorprendió incluso a los guerreros. Tala, con su fuerza sobrenatural, levantaba rocas que cuatro hombres no podrían mover y las lanzaba contra los soldados como si fueran piedras de río.

Un rural joven, casi un niño, apuntó al tejano. Antes de que disparara, Tala lo levantó con una mano y lo estrelló contra el suelo. El muchacho quedó inmóvil.

—¿Lo maté? —preguntó ella con voz rota.

—No lo sé —respondió el tejano—. Pero si no lo hubieras hecho, él me mataba a mí.

En el fragor, Mangas luchaba como un león herido. Mató a tres soldados con su lanza, pero una bala le atravesó el hombro. Cayó de rodillas.

Tala gritó como una loba y corrió hacia él. El tejano la siguió.
Cuando llegaron, Mangas sangraba mucho.

—Vete —le dijo a Tala—. Llévate a tu mexicano y vive.

—No —respondió ella, con lágrimas que parecían ríos—. Tú eres mi hermano de sangre. Él… él es otra cosa.

Mangas miró al tejano. Por primera vez no había odio en sus ojos, solo cansancio.

—Cuídala —dijo en español torpe—, o te encontraré en el más allá.

El tejano asintió. Los soldados avanzaban. Ya no había salida.

Entonces, Tala hizo algo que nadie esperaba. Tomó una cuerda de maguey, la ató a una roca enorme y con un grito que retumbó en todo el cañón, la arrancó y la lanzó contra los soldados que subían. La roca rodó llevándose a diez hombres al abismo. Los demás retrocedieron aterrorizados.

En ese momento de confusión, los apaches restantes bajaron por una vereda secreta. Tala cargó a Mangas sobre su hombro como si fuera un niño. El tejano cubría la retirada disparando hasta vaciar su rifle.

Corrieron toda la noche. Al amanecer llegaron a un oasis escondido entre las sierras, lugar sagrado donde los apaches guardaban a sus mujeres y niños. Allí curaron a Mangas. Allí, por primera vez, el tejano fue aceptado como hermano.

Pasaron los días, la pierna de Tala sanó, pero algo más había nacido entre ella y el vaquero.

Una noche, junto al fuego, mientras los niños dormían y los centinelas vigilaban, Tala tomó la mano del tejano y la puso donde aquella vez había resbalado.

—Ahora no es accidente —susurró.

Él la besó.
Ella lo levantó en vilo como si no pesara nada y lo llevó a la sombra de un mezquite antiguo. Hicieron el amor como si el mundo se acabara esa noche, como si cada caricia pudiera borrar años de guerra y de dolor.

Al amanecer, Mangas los vio salir juntos de la tienda. No dijo nada, solo asintió lento.

Semanas después, cuando los rurales y los soldados americanos finalmente encontraron el oasis, los apaches ya se habían ido más al sur, hacia la Sierra Madre. El tejano cabalgaba al lado de Tala. Ella ya no era solo la giganta que había salvado, era su mujer. Y en su vientre, meses después, crecería un niño que tendría la estatura de su madre y el corazón indomable de su padre.

Porque a veces, en el desierto, una mano que resbala donde no debe es el comienzo de una leyenda.

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